AL
CAER EL TIEMPO:
DECLIVE Y NACIMIENTO DE UN SUEÑO QUE NO EXISTE
¡Qué
triste no saber florecer!
Tener
que poner verso sobre verso como quien
construye
un muro
y ver
si está bien y tirarlo si no lo está!
FERNANDO
PESSOA
El guardador de rebaños XXXVI
Poesía, la línea en blanco que
dejan las palabras
Al caer el tiempo es, en realidad, un buen
pretexto para hablar un poco de poesía. Ese silencio en libertad que deja la
expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Ese venero donde está la
esencia e intimidad del ser, su efervescencia y llaga donde la vida nace y
muere y se transforma. La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que
dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento
que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena
el vacío de estar siempre vacíos.
Sí,
la poesía es el alma del ser, el poema, por su parten es, digámoslo así, el
cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser. La poesía es
sentimiento, alma y poema es carne, envoltura y mortaja. La poesía, entonces, es
un espectro infinito de sentimientos y pasiones, duelos, amor, odio, luz y
esperanza; agua, oscuridad y respiración de sal. Bécquer, Gustavo Adolfo
Bécquer, en sus cartas literarias a una
mujer, lo señaló muy bien, “poesía eres tú, porque la poesía es el
sentimiento, y el sentimiento es la mujer”. Líneas después agrega: “la poesía
es al saber de la humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es
misterio. Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable; todo en él es
ilógico; todo en él es vaguedad y absurdo”.
Sé
que hablar de sentimientos y emociones no es, en absoluto, poca cosa. En
principio, ambos no son ni buenos ni malos, mucho menos enfermedades psíquicas,
son manifestaciones humanas, cien por ciento humanas y, como tales, dependen de
cada cual y su circunstancia. Las generalidades y abstracciones aquí pierden
vigencia. Por ejemplo, nos dice don Carlos Castilla del Pino en su libro El odio, “si bien no hay envidia sin
odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia” y, más aún, nuevamente cito a
don Carlos, ocurre, sin embargo, que los sentimientos se tienen o no se tienen,
y en ese sentido se puede prescribir el “compórtate con el que odias como si lo
amases”, pero no el “no odies”, que es tan absurdo como aconsejarle a alguien
“no ames” cuando se le ve profundamente enamorado”.
Lo cierto es que Al caer el tiempo forma parte de esta idea de poesía y, en
particular, de un intento de dialogar con la vejez y la decadencia del tiempo, más
todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, está ya en cuenta
regresiva y, por otra parte, tal vez por la misma edad, percibo que la
decadencia no solo es propia de la persona, sino también del tiempo y de las
cosas, de la naturaleza y dinámica misma del devenir del cosmos.
Nos tocó vivir, afortunados somos todos,
tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no
veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada
instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y
muerte. En el entendido de que el ser, por sí solo es alma en pena, la carne
por sí sola es carne muerta. Es así que, en Al
caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar
estas dos grandes esferas, la personal y su tiempo, la historia personal y la
historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.
Debo decir, por otra parte, que, en realidad,
no sé con exactitud qué
encierra el poemario referido. Quizá solamente el paso de mi vejez o el declive
y nacimiento de un sueño que no existe o, posiblemente, solo una mínima parte
de la radiografía de la simple fosa que yo mismo cabe con el paso de los años,
uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer, el júbilo de vivir y
haber vivido y el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte de uno, la muerte
del otro en uno, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser
viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, por qué no, el poemario en
cuestión únicamente se refiere a la hermosa realidad de saber que nada es para
siempre, todo se transforma y cambia.
La llama del ser y la expresión de la palabra
Como una piedra que vive la bondad e inclemencia
del tiempo, busco la flama de mis ser, la vida, la muerte y el vacío. Busco el
silencio y el sentido de mi existencia, el suelo y el subsuelo clavados como
espinas en mi alma. Busco el grito interior en agonía, la sombra de mi sombra
que no encuentro y, sin embargo, está, los sé bien, muy dentro de mí, como
astilla que llora y a la vez me abraza.
Busco en mí el ser de la
palabra, y la palabra que uno escribe es única e irrepetible, pero, además, es
solo la intuición sobre la efervescencia que encierra el alma, el misterio
donde todo es un permanente nacer y agonía, vida y muerte que viene y va,
revelación en brasas donde arde el color de sentimientos encontrados, sonidos claros
y borrosos, vaivén de sombra, viento, noche y agua, días dormidos sin
despertar, noches de permanente luz y desconsuelo, piedras amorosas que en la
oscuridad nos miran. Así es la voz, así es la naturaleza permanente de la voz del
infinito: poesía de sentimientos de múltiples formas y colores, aromas de veredas
y destellos que marcan el camino.
En el caso, así como la luna desgrana su interior en el alma que en
silencio mira, así también fueron cinco los destellos que guiaron el camino de Al caer el tiempo, poemario abrazado con
una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz como portada. Por su
significado para mí, permítanme citarlos. En primer destello es la reflexión de
don Carlos Castilla del Pino, dicha en la Casa
del olivo, que refiere: “el tiempo pasa para
todos. Pero mi futuro se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo
deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”. Le sigue la sentencia acuñada
por don Eduardo Nicol en su libro La
primera teoría de la praxis, misma que a la letra dice: “para ser lo que
es, el hombre necesita hacerse un hombre nuevo: ser distinto para ser sí
mismo”.
El siguiente destello es el de Enrique
González Rojo Arthur, expuesto en su Poema
filosófico I, el cual señala que: “la nada, como no es, no puede ser límite
de nada”. Le sigue la expresión de amor y tristeza, fuerza y reclamo de don
Pedro Garfias Zurita, misma que recorre y recorrerá por siempre la conciencia
de México y España y el mundo entero: “ahora voy a llorar por los que han
muerto sin saber por qué”. Finalmente, el quinto destello que como timón de
banco resistió la tempestad del mar embravecido y permitió sacar a flote el
poemario que aquí comento, fue este monólogo íntimo y sereno de Marguerite
Yourcenar, contenido en su poema ¿Qué
tienes para consolar la tumba?, el cual refiere: “¿Qué tienes para consolar
la tumba? —Tengo el caudal de haber sido”.
Mis amigos, si nada quedara de
Al caer el tiempo, más que estos
epígrafes de piedra anclados en él, mi alma se irá tranquila desgranando su
sombra en el vacío. El vacío que, para mí, como bien lo dice tanto Marcela Romn
como Fran Fierro Brito, prologuistas y editores del presente libro, “es un
personaje cuya pérdida del sentido vital es un llamado a volver la mirada a lo
que sucede aquí y ahora dentro del ser y a su alrededor, a tomar conciencia de
la realidad”.
El vacío, el sublime vacío que
me lleva a decir que la poesía es la expresión del sentimiento más íntimo del
ser. Razón por la cual es libre, solitaria, autosuficiente y no necesita de
dioses para sostener su existencia, mucho menos de personas endiosadas para
mostrar su fuerza, su valor, su voz. Toda ella es la libertad misma del alma,
el libre sentimiento que transita como el agua, las hojas, el viento y la
sombra del misterio que anima el rostro profundo del ser. ¿Por qué tratar de
atar la libertad de un sentimiento?, ¿por qué tratar de atar a la palabra que a
él se asoma?
Para mí, el mayor genocidio
literario es tratar de sujetar a la poesía a una convención o capricho medido
por palabras. No entiendo ni entenderé nunca por qué el arte se regocija con el
ego creador de alguien que ha dejado el sentir del alma como un cadáver
indefenso a la vista de modas y etiquetas endiosadas. Moldes y figuras muertas,
cadáveres sin voz, sin el fuego interno de la vida, de la vida y lo vivido que
comprende, también, la huella cotidiana de la muerte. Poeta, tú que te dices
poeta, deja que tu sentimiento aflore y el poema se exprese en libertad. Los
sentimientos no son cuantificables, son propios e inherentes al instante que
expresa el sentimiento más íntimo del ser, la voz interna que no vemos, pero bien
sabemos que ahí está.
Como dije, no sé con
exactitud qué encierra Al caer el tiempo.
Intenté asomarme a la vejez, a la vida, a la decadencia del tiempo. Intenté asomarme
a la muerte que día a día se hace presente en uno y en el otro y en tantos y
tantos más. Muertos y más muertos, nuestros míos, mis muertos.
He aquí un par de poemas del Al
caer el tiempo:
1
Mi camino es un sendero
donde los muertos florecen con sus penas.
Es un silencio llagado entre mi boca,
una voz muerta que no encuentra su destino.
Alma errante
como la bruma indigente tirada sobre el muelle,
como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.
2.
El recuerdo es un instante que nace del olvido.
Es un lamento y un quejido
que palpita en ilusiones que no existen.
Es la sombra de un migrante como yo, como tú,
buscando, siempre buscando,
un fantasma dormido sobre el tiempo.
3.
Los
atardeceres envejecen como yo ahora,
son
cavernas mirando mis pesares,
recuerdos
disecados en mi lengua,
latidos
amargos como el polen errante de mis manos.
La
vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,
es
un cadáver esperando el calor de su ceniza.
4.
Un cuerpo tirado al andar de su camino.
Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.
Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.
Un viento que se lleva el olor negro de su herida.
Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.
Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo
que en silencio se deshace.
5.
Un cadáver mutilado,
niños con lágrimas atadas en la boca,
mujeres desnudas flotando sobre el río,
sobre la luz huérfana del río.
¡Cuántos muertos sin enterrar!
¡Cuánto dolor tendido entre
las piedras!
Quejido de sus ojos en mis
ojos,
muertos míos, mis muertos.
6.
Con el tiempo,
los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,
las flores olvidadas que nos ven,
el polvo que en silencio nos espera.
7.
Las fosas clandestinas
son labradas con las penas de mis huesos,
con la carne deshecha de mis manos,
con el alma mezquina de tus ojos,
de los míos,
de los ojos del tiempo indigente que nos mira.



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