Voz:
memoria de piedra y viento
A bordo del “Sinaia”
España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de esta mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
PEDRO GARFIAS ZURITA
Entre España y México
(Obra poética completa)
Fonoteca de poesía
Es verdad, hay un venero que brota de una
herida, de tierra y piedras enraizadas más allá del tiempo. Ahí comulgan los
cuatro puntos cardinales, veredas, campos y montañas que miran pasar el viento,
ríos de profundas venas con su aroma de colores sobre el agua, a veces clara, a
veces de verde oscuro y otras más de un triste azul sin nido, de un triste azul
olvido. En ese venero se funde el viento, las noches miran pasar su sombra y un
racimo de voces en silencio espera. Ese venero de piedra y agua, de viento y
raíz de barro, de infinito vaivén del tiempo, es la Fonoteca Española de
Poesía, base fundante, sin fines de lucro, del Fondo Sonoro de Poesía
Contemporánea en Lengua Española, hoy, al alcance de todos como fonoteca de poesía.
En un rincón de ese lugar de
piedra y agua, cálido y de suave viento, húmedo y callado como los girasoles
que sin saber te miran, ahí, en ese rincón de soledad y espera, descansará mi
voz que conozco y desconozco, mi ser indigente de permanente herida, mi palabra
que escucha, abraza y en silencio sin mí respira. Mi agradecimiento muy de
veras al equipo directivo de la Fonoteca Global de Poesía, gracias por
obsequiarme el privilegio de formar parte de su fondo documental de poetas, no
solo de lengua española sino del mundo entero y, con ello, de la memoria del
tiempo, voz molida que nunca olvidará el olvido, siempre estará ahí, esperando,
esperando, esperando que alguien comulgue en su destino.
Gracias también a las personas
que han sentido el interno dolor de la existencia, la raíz, mi raíz, que viene
del subsuelo y mira, desde ahí, el devenir del tiempo, la indigencia del ser, los
pasos de la vida y de la muerte, pasos infinitos, unidos e inseparables
siempre. En particular, dejo constancia aquí del profundo significado que tienen
para mí Ángeles Fernández Martín y J. Juan López Raya (AngelesJuan), canta
autores que han llevado por los mares algunos versos de mi autoría, así como al
poeta José-María González Ortega, quien prologó mi libro La Sequedad del Estanque, poemario que contiene los versos que, a
partir del 14 de septiembre de 2026, habitarán en el fondo documental de la
fonoteca antes referida.
La voz
pertenece al viento
Soy un profesor que escribe poesía, mi voz, la
voz, la voz de todos, es un instante que pertenece al viento, es parte del ser
del viento, expresión viva y vital del ser del viento. Está en las piedras y en
las hojas, en las estrellas que hablan con la luna, en tus ojos y en los míos. Es
un instante de sombra y vacío, silencio y resplandor, revelación del ser, del sentir
íntimo del ser: viviente, pensante y del infinito vaivén del infinito.
Debo decir que, ustedes sabrán
perdonarme, para mí el principio del principio del ser no fue la palabra
articulada, sino el zumbido del viento, el grito de parto de la tierra herida,
el eco de la piedra llorando sin el mar, el bramido del agua buscando su
sendero, su sombra, su luz, su ser en abandono, el abandono de su ser en
libertad. La luz, para ser luz, no basta mirarse a sí misma, necesita del otro,
ir y comulgar con el otro para ser realmente luz. La indigencia está en todo,
vive y convive, se hace y se deshace, está en la totalidad del ser.
El principio del principio fue
el sonido del vacío y su indigencia, entendida ésta como esa fisura que da lo
inacabado, la falta de plenitud siempre, el deseo y necesidad de buscar, fuera
de sí, lo que no es posible tener por la hechura de sí mismo. La luz no está en
el más allá, está en ella misma al buscar su propia necesidad de subsistencia, su
necesidad vital, indigente, de encontrar la sombra que ilumine, la oscuridad
que le exprese su existencia, el aire, el sonido, el silencio del otro que está
en el firmamento y necesita de él para seguir siendo.
El origen fue
música y tormento, canto y silencio indigente que nos mira, ojos que enmudecen
como piedras solitarias dejadas por el tiempo. Fue, y por siempre será, fuego y carne viva,
soplo de luz y sombra, ceniza inexistente de ti, de mí, de aquel que un día
escuchará en la nada el zumbido de sus pasos. El sonido y la voz entonces son una
expresión del ser que pertenece al viento, al devenir del viento. No nacen de
fantasmas ni cuelgan del manto de los dioses, son asombro y comunión de
sentimientos, sonidos indigentes que busca su sendero, su júbilo y dolor, sus
lágrimas y espinas que anidan en el alma, en el manantial del alma que no se estanca
nunca.
Y es así que la voz acompaña a
la palabra, ambas se asoman, solo se asoman, a la intimidad del ser. Comulgar
es su destino, aunque a veces, las primeras enmudecen y, la segunda, escurre
sus lágrimas atadas, su dolor de parto y firmamento, su soledad de peñasco y
abandono, amoroso desprendimiento del ser unido a su silencio e indigencia del
propio sonido de su voz. Ambas son expresiones del sentimiento del ser, de la
vivacidad del manantial del ser, instantes de vida y muerte en lo más íntimo
del vaivén del infinito. No son los sentimientos mismos, por supuesto, pero sí
su permanente asomo, más si les acompaña esa expresión sublime que abraza a la
poesía.
La poesía, esa línea en blanco,
ese silencio, que deja la voz y la palabra, es el silencio en libertad que deja
el abandono, el desapego, el desprendimiento del “yo” para asomarse al ser del
ser desnudo, al venero de los íntimos sentimientos del ser y su indigencia. El
poema, por su parte, es la envoltura, la forma que asume la poesía para
asomarse a la efervescencia del ser, es la osamenta, la envoltura, la mortaja,
la manifestación con la cual se expresa el sentimiento, el manantial de
sentimientos que en el ser y en el permanente devenir habitan.
El poema es, entonces, la envoltura
inacabada que intenta expresar la manifestación de un sentimiento, de un
suspiro articulado, de una pincelada que deje constancia, en blanco y negro, de
su acercamiento al ser, o bien, al oído interno que escucho el eco de un sonido
que ya se fue al viento, al aire amoroso libremente liberado. Ambas, palabra y
voz, son el instrumento, el medio para expresar en forma articulada la esencia
y revelación del ser en la poesía. La parte y el todo, que son un permanente
siendo, comulgan en el ser de su indigencia y regresan, incompletas de sí, a la
nada, al silencio, al vacío que siempre está vacío.
Poesía y poema conjugan su
indigencia, miran en su rostro, su rostro por siempre inacabado, su asomo al
instante que se fue y, a la vez, que se quedó para seguir buscando el silencio
y la sombra que habitan la voz y palabra, el rostro que se pierde y alguien lo
encuentra al ver el viento, el dolor del viento, la piedra herida, la voz hecha
de espinas y de leña, de cal, de ceniza y sepultura, de agua y firmamento, de barro
dejado en el camino.
Se entiende entonces que la
creación poética no surge de la nada, sino del ser y su indigencia, comunión,
encuentro y desencuentro. De ahí la piedra, la amorosa piedra de la vida unida
con la muerte, con la conciencia de la muerte y la dicha de estar vivos,
sintiendo la herida del ser que se hace y se deshace, el dolor y el firmamento,
el amor y el desamor, el otro y uno mismo donde el ser revive, libre, despojado
de sí, indigente, como he dicho y lo diré mil veces, indigente siempre.
Escuchar el silencio, el desprendimiento
del ser en libertad, el interior vacío, la poesía, el poema, la voz que siendo
tuya ya no es tuya, es vislumbrar, diría don Carlos Castilla del Pino en su
prólogo al libro poemas de la sequía
de Juan Sánchez de Miguel (Ediciones Demófilo, 1980), que la obra poética “vive
por sí misma, con independencia del propio creador. Es ya, una vez que ha sido
hecha, obra de los demás”.
El
silencio en silencio se deshace
La poesía es aquello que no puede ser
completamente poseído por la voz y la palabra. Es la pincelada de silencio que
el ser le reveló. Es un instante, solo un instante, del enorme manantial, sin
límite ni orilla, que tiene el alma. La poesía, por lo mismo, se diría que, si
bien se asoma al alma, no es el alma, solo un atisbo de su hechura y su
misterio. Asimismo, se diría también, que la mejor forma de expresarlo no es
con un capricho de palabras, sino, más bien, con metáforas que emanan desde el
alma, desde lo más profundo del ser del alma, con ese velo tan natural, tan
puro, como el silencio cristalino, indigente e inacabado que nace de su abismo
y su dolor.
No sé con exactitud qué
encierra lo que escribo, sé solamente que nace de una herida que me duele, de un
silencio que me mira, me desnuda y me deshace como luz de remolino molida entre
mis ojos. Intento sonreír y estoy llorando, la vida camina en mí al lado de la
muerte. Veo una hoja y contemplo su raíz desde el subsuelo. En él encuentro con
mayor claridad el eslabón de la indigencia, ese hueco que tiene todo ser y lo
lleva a comulgar con el otro para cubrir una necesidad que por sí mismo no
podría. El ser, siempre, necesita la comunión del otro, para seguir siendo, del
otro que también es indigente como tú, como yo, como tú y yo que somos parte
del dolor del infinito, de las hojas y la tierra, del aire y del agua que
bebemos, de las piedras que, al mirarlas, a la vez, nos miran.
Trato de acercarme al vacío de
mi vacío, al silencio de mi yo que envuelve mi indigencia. A veces escucho su dolor
alejarse con la luna, otras el murmullo de la muerte germinando entre mis ojos
para ver el camino de otro modo. Caigo, levanto y sigo con los pies astillados construyendo
mi camino. Mi voz se entierra a sí misma al escucharse. Las piedras abrazan mi
soledad que a ciegas transita su destino. Sé que mi polen nunca llenará el
misterio que nace de mis manos. La muerte vive en mí cuando respiro, se muele
en el subsuelo y en mi boca se evapora para seguir siendo, como dije, de algún
modo de otro modo. La vida y la muerte son mis ojos, mi cruz de barro que, al
verme, a la vez, te miran.
Respeto mucho a los poetas
celestiales, yo quisiera escribir con la mano de dios y hacer que florezca el
infinito, mas yo no puedo. Escribo desde el subsuelo y el dolor del firmamento,
la ceniza de mil almas en exilio, los huesos migrantes de mi sombra, de tu
sombra en mi sombra ensombrecida. Mis girasoles no conocen a los dioses, son
raíces de luz oscura, sombra de la sombra mía. La vida y la muerte caminan juntas
en mis pasos, renacen en las piedras, en el musgo, en el agua que beben de
memoria las almas que agonizan y la sed de los ahorcados.
He de seguir así, por siempre
así. Mi estancia en ese hermoso rincón de piedra y agua es solo un instante que respira en el camino, una pausa, un silencio que revive mi sombra
sepultada. Nada desaparece, todo permanece en el instante de un olvido, olvido que
al ser humano, no dejará de existir, solo será una permanente espera, una
transformación distinta de lo que fue.
Dormiré en esta tumba hecha de
viento, seré memoria que espera los oídos del tiempo, un alma que estará en la
libertad del abandono, despojada de todo lo que fui. Seré silencio que renace
si lo miras, sea en susurro o en voz alta, yo prefiero la intimidad del
silencio, leer en voz alta para mí tiene un significado muy especial, me duele
hacerlo, lo confieso, siento desnudar la intimidad de un silencio que está más
allá, mucho más allá de la palabra y exponerlo a la intemperie, a la conciencia
del vacío, al mundo cotidiano donde los pasos, la tristeza, la muerte, el amor
y el dolor, son, en gran parte, posesión, de veras que me duele. Mas quien soy
yo para decirlo. El silencio, a fin de cuentas, también es un sonido, es la voz
interior del ser, del devenir del ser, instante de parto, grito, llorido,
amoroso sonido que atraviesa la soledad, el abandono, la intimidad del
abandono, y regresa, con su eterna indigencia, al viento.
Aquel
que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro camino
¿Qué queda cuando la voz es viento y la palabra
un suspiro que en sus poros desvanece? Queda el silencio. El silencio que
soporta el contenido de la voz y la palabra, el esbozo del fondo inacabado del
ser, del ser del alma y su vacío. Queda el ser que iniciará un camino distinto
al caminado, solo, desnudo, sin más grieta que su indigencia a cuestas.
Sí, vagaré lleno de ausencia y
de memoria por veredas que no existen. Mi único cobijo será el vacío indigente
de mi ausencia. Aquel que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro
camino. Mi ser, como dije en unos versos hace tiempo, caminará por siempre en
un lugar perdido. Tal vez no valga la pena ni sea el momento aquí, pero
permítanme, por favor, citarlo:
Mi ser
caminará por siempre en un lugar perdido.
Ya no
regresaré ni sabré dónde me encuentro,
ya no
seré más lo que un día fui.
Ahora
será el atardecer la palma de mis manos
y mi
sangre la humedad de la montaña.
El sol
será la lejana lejanía de mis pasos,
y la
noche el humo de mi rostro envejecido.
Ahora,
sí, ahora,
los
días serán las luciérnagas negras de mis ojos
y mi
aura la neblina llorando en el rocío.
Y es así que en ese rincón sonoro
seré permanente espera, latente lejanía y olvido. En ese rincón de piedra y
agua, mi voz y mi palabra fluirán en silencio mirando girasoles, el girasol
interno que habita en todos, su raíz profunda que ilumina al ser, su alma que
siendo parte mía ya no es mía, sino de un suave murmullo de sombras
contemplando su vacío, el vacío de mi vacío. En ese rincón, sí, en ese, en ese rincón,
permítanme citar una vez más unos versos de don Pedro Garfias, ahora de su poema
recién muerto: “me gustaría / que la
tierra fuese dura / como piedra conmovida. / Me gustaría / que me llenasen la
boca / de tierra mía”. De tierra mía.
Poemas
para el fondo documental de la Fonoteca Española de Poesía
Voy a leer unos poemas de mi libro La Sequedad del Estanque (El Canto
de la Alondra, 2024), libro que encierra la indigencia del ser, la soledad de
mi soledad inacabada.
Primer poema
Los girasoles de noche lloran
con sus pétalos caídos.
Miran mis cenizas en su sombra
y en silencio me acompañan en mi
olvido.
Su raíz es agua en mis ojos
sepultados,
triste, tal vez, como el venero
que me abraza al sentir mi
desamparo.
Segundo poema
Moriré, un día moriré.
Nadie me buscará más que mi
sombra,
la infinita sombra que habité,
esa sombra, mi sombra,
que un día también me olvidará.
Tercer poema
Prepárate a morir, poeta,
solo, sin una sombra que te
abrace.
Desnudo de ti, de mí,
de la gloría calcinada en el
camino.
El alma es un instante de
misterios y pasiones,
luces y sombras encontradas,
comunión de voces divinas y
profanas,
instantes de llamas, brisa,
tierra y ceniza adolorida.
Prepárate a morir, poeta.
Despídete de esa tu voz hecha de
leña
y arde, con ella, sin temores.
Genaro González Licea
Caloclica, CDMX, 8 de octubre de 2026
Fotografía sin datar











