viernes, 6 de febrero de 2026

Genaro González Licea: Al caer el tiempo: declive y nacimiento de un sueño que no existe



 

AL CAER EL TIEMPO:

DECLIVE Y NACIMIENTO DE UN SUEÑO QUE NO EXISTE

 

¡Qué triste no saber florecer!

Tener que poner verso sobre verso como quien

construye un muro

y ver si está bien y tirarlo si no lo está!

FERNANDO PESSOA

El guardador de rebaños XXXVI

 

Poesía, la línea en blanco que dejan las palabras

Al caer el tiempo es, en realidad, un buen pretexto para hablar un poco de poesía. Ese silencio en libertad que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Ese venero donde está la esencia e intimidad del ser, su efervescencia y llaga donde la vida nace y muere y se transforma. La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena el vacío de estar siempre vacíos.

Sí, la poesía es el alma del ser, el poema, por su parten es, digámoslo así, el cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser. La poesía es sentimiento, alma y poema es carne, envoltura y mortaja. La poesía, entonces, es un espectro infinito de sentimientos y pasiones, duelos, amor, odio, luz y esperanza; agua, oscuridad y respiración de sal. Bécquer, Gustavo Adolfo Bécquer, en sus cartas literarias a una mujer, lo señaló muy bien, “poesía eres tú, porque la poesía es el sentimiento, y el sentimiento es la mujer”. Líneas después agrega: “la poesía es al saber de la humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es misterio. Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable; todo en él es ilógico; todo en él es vaguedad y absurdo”.

Sé que hablar de sentimientos y emociones no es, en absoluto, poca cosa. En principio, ambos no son ni buenos ni malos, mucho menos enfermedades psíquicas, son manifestaciones humanas, cien por ciento humanas y, como tales, dependen de cada cual y su circunstancia. Las generalidades y abstracciones aquí pierden vigencia. Por ejemplo, nos dice don Carlos Castilla del Pino en su libro El odio, “si bien no hay envidia sin odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia” y, más aún, nuevamente cito a don Carlos, ocurre, sin embargo, que los sentimientos se tienen o no se tienen, y en ese sentido se puede prescribir el “compórtate con el que odias como si lo amases”, pero no el “no odies”, que es tan absurdo como aconsejarle a alguien “no ames” cuando se le ve profundamente enamorado”.

Lo cierto es que Al caer el tiempo forma parte de esta idea de poesía y, en particular, de un intento de dialogar con la vejez y la decadencia del tiempo, más todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, está ya en cuenta regresiva y, por otra parte, tal vez por la misma edad, percibo que la decadencia no solo es propia de la persona, sino también del tiempo y de las cosas, de la naturaleza y dinámica misma del devenir del cosmos.

Nos tocó vivir, afortunados somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y muerte. En el entendido de que el ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola es carne muerta. Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar estas dos grandes esferas, la personal y su tiempo, la historia personal y la historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.

Debo decir, por otra parte, que, en realidad, no sé con exactitud qué encierra el poemario referido. Quizá solamente el paso de mi vejez o el declive y nacimiento de un sueño que no existe o, posiblemente, solo una mínima parte de la radiografía de la simple fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer, el júbilo de vivir y haber vivido y el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte de uno, la muerte del otro en uno, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, por qué no, el poemario en cuestión únicamente se refiere a la hermosa realidad de saber que nada es para siempre, todo se transforma y cambia.

 

La llama del ser y la expresión de la palabra

Como una piedra que vive la bondad e inclemencia del tiempo, busco la flama de mis ser, la vida, la muerte y el vacío. Busco el silencio y el sentido de mi existencia, el suelo y el subsuelo clavados como espinas en mi alma. Busco el grito interior en agonía, la sombra de mi sombra que no encuentro y, sin embargo, está, los sé bien, muy dentro de mí, como astilla que llora y a la vez me abraza.

Busco en mí el ser de la palabra, y la palabra que uno escribe es única e irrepetible, pero, además, es solo la intuición sobre la efervescencia que encierra el alma, el misterio donde todo es un permanente nacer y agonía, vida y muerte que viene y va, revelación en brasas donde arde el color de sentimientos encontrados, sonidos claros y borrosos, vaivén de sombra, viento, noche y agua, días dormidos sin despertar, noches de permanente luz y desconsuelo, piedras amorosas que en la oscuridad nos miran. Así es la voz, así es la naturaleza permanente de la voz del infinito: poesía de sentimientos de múltiples formas y colores, aromas de veredas y destellos que marcan el camino.

En el caso, así como la luna desgrana su interior en el alma que en silencio mira, así también fueron cinco los destellos que guiaron el camino de Al caer el tiempo, poemario abrazado con una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz como portada. Por su significado para mí, permítanme citarlos. En primer destello es la reflexión de don Carlos Castilla del Pino, dicha en la Casa del olivo, que refiere: “el tiempo pasa para todos. Pero mi futuro se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”. Le sigue la sentencia acuñada por don Eduardo Nicol en su libro La primera teoría de la praxis, misma que a la letra dice: “para ser lo que es, el hombre necesita hacerse un hombre nuevo: ser distinto para ser sí mismo”.

El siguiente destello es el de Enrique González Rojo Arthur, expuesto en su Poema filosófico I, el cual señala que: “la nada, como no es, no puede ser límite de nada”. Le sigue la expresión de amor y tristeza, fuerza y reclamo de don Pedro Garfias Zurita, misma que recorre y recorrerá por siempre la conciencia de México y España y el mundo entero: “ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber por qué”. Finalmente, el quinto destello que como timón de banco resistió la tempestad del mar embravecido y permitió sacar a flote el poemario que aquí comento, fue este monólogo íntimo y sereno de Marguerite Yourcenar, contenido en su poema ¿Qué tienes para consolar la tumba?, el cual refiere: “¿Qué tienes para consolar la tumba? —Tengo el caudal de haber sido”.

Mis amigos, si nada quedara de Al caer el tiempo, más que estos epígrafes de piedra anclados en él, mi alma se irá tranquila desgranando su sombra en el vacío. El vacío que, para mí, como bien lo dice tanto Marcela Romn como Fran Fierro Brito, prologuistas y editores del presente libro, “es un personaje cuya pérdida del sentido vital es un llamado a volver la mirada a lo que sucede aquí y ahora dentro del ser y a su alrededor, a tomar conciencia de la realidad”.

El vacío, el sublime vacío que me lleva a decir que la poesía es la expresión del sentimiento más íntimo del ser. Razón por la cual es libre, solitaria, autosuficiente y no necesita de dioses para sostener su existencia, mucho menos de personas endiosadas para mostrar su fuerza, su valor, su voz. Toda ella es la libertad misma del alma, el libre sentimiento que transita como el agua, las hojas, el viento y la sombra del misterio que anima el rostro profundo del ser. ¿Por qué tratar de atar la libertad de un sentimiento?, ¿por qué tratar de atar a la palabra que a él se asoma?

Para mí, el mayor genocidio literario es tratar de sujetar a la poesía a una convención o capricho medido por palabras. No entiendo ni entenderé nunca por qué el arte se regocija con el ego creador de alguien que ha dejado el sentir del alma como un cadáver indefenso a la vista de modas y etiquetas endiosadas. Moldes y figuras muertas, cadáveres sin voz, sin el fuego interno de la vida, de la vida y lo vivido que comprende, también, la huella cotidiana de la muerte. Poeta, tú que te dices poeta, deja que tu sentimiento aflore y el poema se exprese en libertad. Los sentimientos no son cuantificables, son propios e inherentes al instante que expresa el sentimiento más íntimo del ser, la voz interna que no vemos, pero bien sabemos que ahí está.

Como dije, no sé con exactitud qué encierra Al caer el tiempo. Intenté asomarme a la vejez, a la vida, a la decadencia del tiempo. Intenté asomarme a la muerte que día a día se hace presente en uno y en el otro y en tantos y tantos más. Muertos y más muertos, nuestros míos, mis muertos.

He aquí un par de poemas del Al caer el tiempo:


 

1

Mi camino es un sendero

donde los muertos florecen con sus penas.

 

Es un silencio llagado entre mi boca,

una voz muerta que no encuentra su destino.

Alma errante

como la bruma indigente tirada sobre el muelle,

como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.

  

2.

El recuerdo es un instante que nace del olvido.

Es un lamento y un quejido

que palpita en ilusiones que no existen.

Es la sombra de un migrante como yo, como tú,

buscando, siempre buscando,

un fantasma dormido sobre el tiempo.

 

3.

Los atardeceres envejecen como yo ahora,

son cavernas mirando mis pesares,

recuerdos disecados en mi lengua,

latidos amargos como el polen errante de mis manos.

 

La vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,

es un cadáver esperando el calor de su ceniza.

 

4.

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo

que en silencio se deshace.

 

5.

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

6.

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

7.

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar 


viernes, 23 de enero de 2026

Genaro González Licea: El vuelo al infinito en Azul Profundo de Sara Victoria Reséndiz Ramírez.

 

Fotografía del promocional de la
 Feria del libro 2025. Nopala de Villagrán, Hgo. 


El vuelo al infinito

La poesía nos devuelve al origen del ser, a la esencia que origina la palabra. La palabra es el asomo, el signo que expresa el poeta, el escritor, el artista, al ver a su propio yo, al otro, al vacío, al misterio que encierra el vacío donde el agua es polen y ceniza el viento. La poesía es el logos del ser, su voz sublime, el grito y alarido de un sinfín de sentimientos que produce, muy al fondo de cada quien, el andar de su camino.

La palabra, entonces, es un símbolo, una convención inacabada, siempre inacabada, que se asoma e intenta describir los sentimientos del ser, las manifestaciones que genera el alma al sentir la voz del viento, el contexto cultural vivido, los usos y costumbres, la cruz del colectivo que transita al ras del suelo, las piedras del consciente e inconsciente incrustadas como espinas. La palabra, como lo he dicho ya mil veces, es la forma, el cuerpo convencional con el cual la persona se asoma a los múltiples sentimientos que encierra el ser. Es una convención muy necesaria y útil para tratar de expresar los sentimientos, mas no estrictamente indispensable.

Cuando yo percibo el olor a leña bañada con el fuego, el correr del río, el aroma de una flor, el cadáver que vi dejado al abandono. El sentimiento producido ahí está, hondo, profundo. Sobran las palabras. El gesto, la mirada, el silencio, son más que suficientes. La palabra, la oración, el poema, vendrán después y solo después, a intentar asomarse o describir un sentimiento, dejar constancia de él y su revelación.

Son infinitas las formas, colores y matices contenidos en los sentimientos, como infinita es la manera de expresarlos a través de la palabra. Dentro de esta pluralidad está el azul, con él Picasso expresó una parte de su alma y realidad. César Vallejo acuñó, en el Trilce, su “azular y planchar todos los caos”, con lo cual visibiliza el trabajo honrado de millones de personas que lavan ropa y con ella alimentan y dignifican tanto a sí mismas como a sus seres queridos: “ropas lavadas”, “lavandera del alma” les dice y reconoce Vallejo. Está también Rubén Darío con su libro que tituló Azul, el cual no solamente es un canto a la primavera, “el gran bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo perfume de amor”, sino también, la creación de una nueva estructura del soneto al incorporar serventesios al mismo, concepto propio de las coplas de los trovadores y, para decir uno más, Rafael Alberti con el azul del sueño andaluz, su Marinero en tierra y, en particular, esa su forma triste y nostálgica, cambiante y transformadora del azul: “la sombra es más azul cuando ya el cuerpo que la proyecta se ha desvanecido”.

Sara Reséndiz, Sara Victoria Reséndiz Ramírez, nuestra poeta, también se detiene en el color azul y sus matices, en particular, en el azul profundo del azul. El azul es el color que está en su interior, quizá también en el nuestro y no lo vemos ni lo sentimos y, sin embargo, el viento lo lleva y trae en nuestros pasos. Mas Sara Reséndiz lo ubica muy bien. Es el color que le ha generado su encuentro con la vida, su mirar interno, su mirar al otro y a la realidad. Es, por tanto, la línea central con la cual colorea su poesía. Y cuando un poeta unifica su ser con el tono de sus versos, como es el caso, se genera un sonido poético que el otro, el que escucha, inmediatamente reconoce, precisamente porque al intentar expresar un sentimiento se descubren, al mismo tiempo, otros más que en él están inmersos y que, incluso, ni el mismo poeta que lo escribió los veía con claridad. El poeta también aprende de sí mismo.

No es casual, por lo mismo, que uno al leer el poemario que aquí comento, tenga la sensación de caminar por los senderos de la vida, tener la fuerza y el coraje de caer y levantarse, sentir dolor y placer, esperanza y desesperanza, amor y desamor. Uno al leer a Reséndiz Ramírez siente lo agridulce de la vida. Admiro lo sencillo y natural de su poesía, su valentía de decir las cosas como son, con esa forma de expresar muy suya: “desde que no pronuncio / ya tu nombre, / mi boca enmudeció / y el alma llora”. Expresión directa y sencilla que hace presente múltiples dolores y azules contenidos, una gran valentía de asomarse a un interior con la carne abierta y a un sinfín de sentimientos de infinidad de matices y colores, en este caso todos inmersos en el azul profundo, cosa que se agradece y valora.

El azul, entonces, es, para nuestra poeta, el infinito, la eternidad y la muerte. Es el color con el cual tiñe su pasado, presente y futuro, el peculiar futuro que todos andaremos: la eterna eternidad que nadie sabe a ciencia cierta lo que encierra. El azul, por tanto, comprende, a su vez, su paso cotidiano por la vida, su lírica y su vuelo, sus sueños y recuerdos, sus tropiezos y búsqueda de libertad, soledad y silencio, sentimientos del entorno y cultura. Tema que, por su importancia, abordo a continuación y con él concluyo el presente escrito.

Con el azul y sus matices, Sara Victoria aborda la realidad y cultura que vivió y le formó y, con ello, le da voz a los usos y costumbres, a la lengua materna que le permitió describir las cosas y comprometerse, íntimamente comprometerse, con esa realidad y sentido de identidad y pertenencia. Al hablar con un yo propio, indivisible, único, habla, a su vez, con un nosotros, con una expresión cultural de raíces y sentimientos que se asumen y se heredan.

Poesía y cultura se presentan a la vista de todos. Deja constancia de llanos y pastizales, ruinas y raíces de la tierra que le vio nacer. Del amoroso ambiente del hogar, el olor del barro de su tierra, las nubes apacibles y el aroma de cocina y de las flores. Deja constancia del trino de los pájaros, de la espera, sin tiempo, de los gatos y del silbido del tren. Del repicar de las campanas, la luz de las estrellas y el correr del arroyuelo. Deja constancia también del miedo que lleva al estómago pegarse al espinazo, así como de la fuente, esa fuente donde los palomos enamorados solían estar y ahora se ha secado.

En Azul profundo los paisajes lejanos se vuelven presente y nuevamente se siente la llaga del dolor. No hay diccionario que diga cómo describir los sentimientos profundos de la infancia y los contextos cotidianos, culturales y huellas de identidad. Razón por la cual, con gran cuidado nuestra poeta nos advierte: “no te asustes mi bien / que hoy simplemente / mi alma está habitada / por fantasmas. / Pobres, flacos / sin ganas de existencia, / son mis viejos fantasmas / del pasado”. Leerle y escucharle con el oído interno es lo mejor.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, enero de 2026.

 

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar 


miércoles, 12 de noviembre de 2025

Genaro González Licea: presentación de Al caer el tiempo en Librofest Metropolitano de la UAM Azcapotzalco.

 

Manolo Mugica (izquierda), 
Genaro González Licea (centro) 
Fotografía: obsequio de  
Librofest Metropolitano en la UAM Azcapotzalco


La poesía es silencio en libertad. Es la libertad del silencio que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Es un asomo a la intimidad y a la efervescencia del ser, a la llaga donde la vida nace y muere y se transforma.

La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena el vacío de estar siempre vacíos. La poesía, entonces, es el ser, el alma del ser, en tanto que el poema, digámoslo así, es el cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser.

Al caer el tiempo es parte de este espíritu de asomo a la raíz del ser, más todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, como expresa don Carlos Castilla del Pino, “se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”.

Sin embargo, la decadencia del tiempo, del ser, no solamente es propio de la persona, también lo es de las cosas, de la naturaleza y de la dinámica misma del universo. Nos tocó vivir, afortunados somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y muerte. El ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola es carne muerta.

Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar estas dos grandes esferas. La historia personal y la historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.

Debo decir, por otra parte, que, en realidad, no sé, con exactitud, qué encierra Al caer el tiempo. Tal vez solamente mi vejez o el agotamiento del tiempo, el declive y nacimiento de un sueño que no existe o la fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer. Tal vez el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte del otro que es también mi muerte, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, quizá, sea tan solo la hermosa realidad de saber que el ser no es infinito.

Mientras tanto, permítanme leer los siguientes versos:

 

1

Mi camino es un sendero

donde los muertos florecen con sus penas.

 

Es un silencio llagado entre mi boca,

una voz muerta que no encuentra su destino.

Alma errante

como la bruma indigente tirada sobre el muelle,

como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.

 

2.

El recuerdo es un instante que nace del olvido.

Es un lamento y un quejido

que palpita en ilusiones que no existen.

Es la sombra de un migrante como yo, como tú,

buscando, siempre buscando,

un fantasma dormido sobre el tiempo.

 

3.

Los atardeceres envejecen como yo ahora,

son cavernas mirando mis pesares,

recuerdos disecados en mi lengua,

latidos amargos como el polen errante de mis manos.

 

La vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,

es un cadáver esperando el calor de su ceniza.

 

4.

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo que en silencio se deshace.

 

5.

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

6.

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

7.

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

Concluyo con un poema que, si bien no es parte de Al caer el tiempo, sino de un poemario de próxima publicación titulado Silencio y abandono, ello en virtud de que. entre otras cosas, deseo hacerles partícipe de un sentimiento muy personal que ojalá se cumpla:

 

No quiero sobrevivir a nada,

ni aplausos ni pedestales,

mucho menos el perdón del olvido.

 

Busco la libertad de estar solo

y rehacerme en mi propia ausencia.

 

Busco la bondad del silencio,

la plenitud del mudo abandono

disperso en su propio olvido.

 

            Gracias a la editorial El Canto de la Alondra por permitirme estar aquí en Librofest Metropolitano en la UAM Azcapotzalco, a Marcela, Marcela Romn; Frank Fierro Brito, por ese hermoso prólogo al libro Al caer el tiempo y, por supuesto, tanto a Manolo Mugica que me acompañó en el presídium como a todas las personas que nos dieron la oportunidad de ser escuchados.

 

Genaro González Licea

Caloclica, 12 de noviembre 2025. 

                     

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Genaro González Licea y el renacer de Poesía y Olvido.

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar


POESÍA Y OLVIDO, UN LIBRO QUE MURIÓ DE AMOR

 

Un libro, un libro nuestro es, diría don Antonio Machado, “la ceniza de un fuego que se ha apagado y que tal vez no ha de encenderse más”. Eso es Poesía y Olvido, ceniza de un fuego que murió de amor. Sin embargo, en esa expresión de don Antonio Machado hay un “tal vez” que encierra una esperanza y abre la posibilidad de que ese fuego apagado pueda encenderse una vez más.

Y esa es precisamente la razón que aquí nos trajo: hablar sobre este libro de ensayo literario que, en su momento, murió de amor y hoy su fuego se ha encendido nuevamente. Hablaré de él desde el recuerdo y gratitud que le guardo, además, la precisión, a mi edad, es todo un lujo.

Poesía y Olvido me permitió, para bien, conocer a los amigos, su calidad humana y literaria y, por supuesto, aprender de ellos, respirar profundo y seguir. En ese sentido, el libro es un testimonio de gratitud a las personas que he encontrado en el camino y me permitieron, o efectuar una presentación o elaborar un modesto acercamiento a su obra, es el caso de “La sensación del instante y la eterna eternidad de la poesía. A propósito del aroma del haiku de Martha Obregón Lavín”, y “Búsqueda y ausencia en Soliloquios de Hans Giébe”, aquí presente.

Martha Obregón Lavín, poeta, pintora, retratista y docente. Luchadora social de toda la vida y extremadamente sensible y sencilla, de esa sencillez que ilumina, le cito: “En el abismo, /un pájaro recobra /la luz del alba”. En lo personal, me parece que Martha Obregón Lavín proporciona un nuevo amanecer a la esencia del haiku, y así lo digo.

Hans Giébe, por su parte, con una obra, igual que la de Martha, más que conocida, me detuve en una, solo en una de sus obras, que a mí me dice mucho: Soliloquios, también conocida como Solipsismos. En esta obra encuentro, como lo digo en el libro que aquí se presenta, “una frase densa y ligera, como agua de manantial, poética, reflexiva y de una sencillez que solo he visto al perderse una hoja con el viento”, y agrego: “al releerlo me da la impresión de tener en mis manos un libro que nunca había leído, a pesar de las anotaciones y subrayados hechos, sin duda, por mí y para mí”.

Por otra parte, en el libro que aquí nos reúne, también están presentes los ensayos sobre la obra, o para ser preciso, de una parte de ella, de Enrique González Rojo Arthur, Diana Lucinda González de Cosío, Lucía Paola Esquivel Mercado, Juan Carlos Capetillo, Otto Rene Castillo, Lazlo Moussong, y Esquivelho (Horacio Esquivel Duarte) el pintor jerezano cuya pintura, “naturaleza que agoniza”, es la portada del libro, la contraportada, es una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz, que hace referencia a la cultura griega, con una leyenda que señala: “lo que una vez fue y aún nos mira. Las huellas del pasado”.

Dicho lo anterior, bien se puede decir que Poesía y Olvido es un modesto diálogo con la obra de los escritores y pintores referidos, así como la exposición de escritos literarios personales con los cuales reinicié, públicamente, dicha actividad, después de más de cuarenta años de no hacerlo. A esto responde Aforismos a propósito de la vida y la muerte; El silencio y la sombra, o la indigencia de la vida y el tiempo, así como Poesía y olvido, a propósito de tumbas en el olvido. Título este último que dio origen al libro que hoy se presenta.

Es de mencionar que, en todo mi recorrido literario, conté con el apoyo sincero y generoso de Enrique González Rojo Arthur, quien siempre me dio la oportunidad de dialogar con él desde que yo tenía, si no mal recuerdo, escasos 18 años. Diálogo que se mantuvo hasta unos meses antes de su muerte el 5 de marzo de 2021. Enrique fue, es y será, una persona clave en mi formación literaria, educativa y profesional, de la misma manera que don Pedro Vuskovic Bravo y don Carlos Castilla del Pino; Enrique Ruiz García (Hernando Pacheco o Juan María Alponte) y don Eduardo Nicol. Insisto, la presencia de González Rojo Arthur tiene para mí un gran significado. Fue él quien más me insistió en que diera a conocer mis escritos y, además, que nunca dejará de escribir. Cuestión que le prometí y espero cumplirla.

Recuerdo aquí que un día estuve en casa de Enrique González Rojo, hacía poco tiempo de haber fallecido el buen amigo de Eusebio Ruvalcaba. Entre silencios y palabras enlutadas, Enrique me mostro una pluma muy original de un color verde jade, si no mal recuerdo, y me dijo: “es la pluma de Eusebio, antes de morir pidió que me la entregaran”. Su servidor ya no podrá hacer lo mismo, pero mi pluma ya le pertenece. Se diría que es a esta insistencia de Enrique, a lo que responde su prólogo al poemario de Caloclica que marcó un compromiso hondamente en mí, lo tituló: “DESESPERANZA Y POESÍA. En torno a la Caloclica de Genaro González Licea”.

Otro acto generoso de Enrique, de los tantos y tantos que se dieron, fue el haberme permitido hablar de su obra poética, en 2019, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, a propósito de un homenaje a él. Sobre el particular, recuerdo que le pregunté: “deseas que mencione algo en particular”, “no Genero, expón lo que tú quieras”, me contestó. En el presente libro hay un breve comentario tanto al prólogo en cuestión, como mi exposición en la Sala Manuel M. Ponce. El primero se titula Desesperanza y poesía y, el segundo, El devenir del tiempo en la poesía de Enrique González Rojo Arthur.

Por otra parte, debo decir también que guardo un hermoso recuerdo de cada una de las obras y autores a las que se refieren los ensayos literarios contenidos en Poesía y Olvido. Uno de esos recuerdos es que, en cada obra de los autores ya citados, “vi lo grandioso y efímero del ser humano, el misterio amoroso del ser, del ser de barro que se extingue con el agua”. “Sí, el polvo vuelve al polvo, al infinito polvo que recorre la sombra azul que vive en la eterna eternidad del infinito”. Vi la grandeza de la palabra y la pequeñez e insignificancia que somos ante el infinito y, sin embargo, nuestra grandeza está en vivir, en la vida y lo vivido. Escúchese, en lo que uno ha hecho que suceda.

Otro recuerdo, muy presente en mí, fue que, al elaborar notas de las obras de los autores, me percaté hasta el poro más hondo del alma, de la enorme dimensión, peso y densidad que tiene el silencio y el olvido en la literatura en general, en mí en particular. Somos instante y eternidad al mismo tiempo, destello de recuerdos, silencios y olvidos. Entendí que el silencio es un espacio de libertad que da el olvido, y que el ser, para ser libre requiere del olvido y abandono.

Agregaría, finalmente, que Poesía y Olvido se compone de trece ensayos y, si recuerdo bien, once epígrafes. De éstos últimos, permítanme, para concluir, leer siete de ellos:

1

Siniestro aullido

el del perro que piensa

en su suicidio.

Enrique González Rojo Arthur

20 haikus heterodoxos.

 

2

Viento otoñal,

para mí ya no hay dioses,

no hay Budas ya.

Shiki.

 

3

Nunca creí que amar doliera tanto.

Estoy en la miseria, me revuelco

como el pez en la arena, en la imposible

proximidad del mar que creyó suyo.

Rubén Bonifaz Nuño

El manto y la corona (1958)

De otro modo lo mismo.

 

4

Me voy

pero no te preocupes

si antes del otoñó

no he vuelto todavía.

Otto René Castillo

Poesía (1989).

 

5

A pesar de las espinas bajo mi piel,

Abracé los sueños que olvidé,

Y besé los recuerdos del ayer.

Lucía Esquivel Mercado,

del poema: sobre el tiempo.

 

6

Muerte, con tu inocencia que liberas vidas,

que sólo cumples veredictos

y efectos provocados por las causas.

Muerte amiga, carente de amigos,

Muerte que consuelas, Muerte salvadora,

incomprendida,

rescatista del dolor,

ladrona del tiempo.

Lazlo Moussong

Tibor, mi tío vampiro.

 

7

¿Qué queda de las alegrías

y penas del amor cuando éste desaparece?

Nada, o peor que nada;

queda el recuerdo de un olvido.

Luis Cernuda,

La realidad y el deseo.

 

Mi agradecimiento a Casa Manu, La Tertulia Nacional MX, Sumeru, hermoso referente cultural ubicado en el Centro Histórico de la CDMX. Casa que nos obsequió la oportunidad de presentar Poesía y Olvido, así como a Hans Giébe quien me acompañó en este diálogo con todos ustedes.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, octubre de 2025.

 

Promocional del evento