viernes, 23 de enero de 2026

Genaro González Licea: El vuelo al infinito en Azul Profundo de Sara Victoria Reséndiz Ramírez.

 

Fotografía del promocional de la
 Feria del libro 2025. Nopala de Villagrán, Hgo. 


El vuelo al infinito

La poesía nos devuelve al origen del ser, a la esencia que origina la palabra. La palabra es el asomo, el signo que expresa el poeta, el escritor, el artista, al ver a su propio yo, al otro, al vacío, al misterio que encierra el vacío donde el agua es polen y ceniza el viento. La poesía es el logos del ser, su voz sublime, el grito y alarido de un sinfín de sentimientos que produce, muy al fondo de cada quien, el andar de su camino.

La palabra, entonces, es un símbolo, una convención inacabada, siempre inacabada, que se asoma e intenta describir los sentimientos del ser, las manifestaciones que genera el alma al sentir la voz del viento, el contexto cultural vivido, los usos y costumbres, la cruz del colectivo que transita al ras del suelo, las piedras del consciente e inconsciente incrustadas como espinas. La palabra, como lo he dicho ya mil veces, es la forma, el cuerpo convencional con el cual la persona se asoma a los múltiples sentimientos que encierra el ser. Es una convención muy necesaria y útil para tratar de expresar los sentimientos, mas no estrictamente indispensable.

Cuando yo percibo el olor a leña bañada con el fuego, el correr del río, el aroma de una flor, el cadáver que vi dejado al abandono. El sentimiento producido ahí está, hondo, profundo. Sobran las palabras. El gesto, la mirada, el silencio, son más que suficientes. La palabra, la oración, el poema, vendrán después y solo después, a intentar asomarse o describir un sentimiento, dejar constancia de él y su revelación.

Son infinitas las formas, colores y matices contenidos en los sentimientos, como infinita es la manera de expresarlos a través de la palabra. Dentro de esta pluralidad está el azul, con él Picasso expresó una parte de su alma y realidad. César Vallejo acuñó, en el Trilce, su “azular y planchar todos los caos”, con lo cual visibiliza el trabajo honrado de millones de personas que lavan ropa y con ella alimentan y dignifican tanto a sí mismas como a sus seres queridos: “ropas lavadas”, “lavandera del alma” les dice y reconoce Vallejo. Está también Rubén Darío con su libro que tituló Azul, el cual no solamente es un canto a la primavera, “el gran bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo perfume de amor”, sino también, la creación de una nueva estructura del soneto al incorporar serventesios al mismo, concepto propio de las coplas de los trovadores y, para decir uno más, Rafael Alberti con el azul del sueño andaluz, su Marinero en tierra y, en particular, esa su forma triste y nostálgica, cambiante y transformadora del azul: “la sombra es más azul cuando ya el cuerpo que la proyecta se ha desvanecido”.

Sara Reséndiz, Sara Victoria Reséndiz Ramírez, nuestra poeta, también se detiene en el color azul y sus matices, en particular, en el azul profundo del azul. El azul es el color que está en su interior, quizá también en el nuestro y no lo vemos ni lo sentimos y, sin embargo, el viento lo lleva y trae en nuestros pasos. Mas Sara Reséndiz lo ubica muy bien. Es el color que le ha generado su encuentro con la vida, su mirar interno, su mirar al otro y a la realidad. Es, por tanto, la línea central con la cual colorea su poesía. Y cuando un poeta unifica su ser con el tono de sus versos, como es el caso, se genera un sonido poético que el otro, el que escucha, inmediatamente reconoce, precisamente porque al intentar expresar un sentimiento se descubren, al mismo tiempo, otros más que en él están inmersos y que, incluso, ni el mismo poeta que lo escribió los veía con claridad. El poeta también aprende de sí mismo.

No es casual, por lo mismo, que uno al leer el poemario que aquí comento, tenga la sensación de caminar por los senderos de la vida, tener la fuerza y el coraje de caer y levantarse, sentir dolor y placer, esperanza y desesperanza, amor y desamor. Uno al leer a Reséndiz Ramírez siente lo agridulce de la vida. Admiro lo sencillo y natural de su poesía, su valentía de decir las cosas como son, con esa forma de expresar muy suya: “desde que no pronuncio / ya tu nombre, / mi boca enmudeció / y el alma llora”. Expresión directa y sencilla que hace presente múltiples dolores y azules contenidos, una gran valentía de asomarse a un interior con la carne abierta y a un sinfín de sentimientos de infinidad de matices y colores, en este caso todos inmersos en el azul profundo, cosa que se agradece y valora.

El azul, entonces, es, para nuestra poeta, el infinito, la eternidad y la muerte. Es el color con el cual tiñe su pasado, presente y futuro, el peculiar futuro que todos andaremos: la eterna eternidad que nadie sabe a ciencia cierta lo que encierra. El azul, por tanto, comprende, a su vez, su paso cotidiano por la vida, su lírica y su vuelo, sus sueños y recuerdos, sus tropiezos y búsqueda de libertad, soledad y silencio, sentimientos del entorno y cultura. Tema que, por su importancia, abordo a continuación y con él concluyo el presente escrito.

Con el azul y sus matices, Sara Victoria aborda la realidad y cultura que vivió y le formó y, con ello, le da voz a los usos y costumbres, a la lengua materna que le permitió describir las cosas y comprometerse, íntimamente comprometerse, con esa realidad y sentido de identidad y pertenencia. Al hablar con un yo propio, indivisible, único, habla, a su vez, con un nosotros, con una expresión cultural de raíces y sentimientos que se asumen y se heredan.

Poesía y cultura se presentan a la vista de todos. Deja constancia de llanos y pastizales, ruinas y raíces de la tierra que le vio nacer. Del amoroso ambiente del hogar, el olor del barro de su tierra, las nubes apacibles y el aroma de cocina y de las flores. Deja constancia del trino de los pájaros, de la espera, sin tiempo, de los gatos y del silbido del tren. Del repicar de las campanas, la luz de las estrellas y el correr del arroyuelo. Deja constancia también del miedo que lleva al estómago pegarse al espinazo, así como de la fuente, esa fuente donde los palomos enamorados solían estar y ahora se ha secado.

En Azul profundo los paisajes lejanos se vuelven presente y nuevamente se siente la llaga del dolor. No hay diccionario que diga cómo describir los sentimientos profundos de la infancia y los contextos cotidianos, culturales y huellas de identidad. Razón por la cual, con gran cuidado nuestra poeta nos advierte: “no te asustes mi bien / que hoy simplemente / mi alma está habitada / por fantasmas. / Pobres, flacos / sin ganas de existencia, / son mis viejos fantasmas / del pasado”. Leerle y escucharle con el oído interno es lo mejor.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, enero de 2026.

 

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar 


miércoles, 12 de noviembre de 2025

Genaro González Licea: presentación de Al caer el tiempo en Librofest Metropolitano de la UAM Azcapotzalco.

 

Manolo Mugica (izquierda), 
Genaro González Licea (centro) 
Fotografía: obsequio de  
Librofest Metropolitano en la UAM Azcapotzalco


La poesía es silencio en libertad. Es la libertad del silencio que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Es un asomo a la intimidad y a la efervescencia del ser, a la llaga donde la vida nace y muere y se transforma.

La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena el vacío de estar siempre vacíos. La poesía, entonces, es el ser, el alma del ser, en tanto que el poema, digámoslo así, es el cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser.

Al caer el tiempo es parte de este espíritu de asomo a la raíz del ser, más todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, como expresa don Carlos Castilla del Pino, “se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”.

Sin embargo, la decadencia del tiempo, del ser, no solamente es propio de la persona, también lo es de las cosas, de la naturaleza y de la dinámica misma del universo. Nos tocó vivir, afortunados somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y muerte. El ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola es carne muerta.

Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar estas dos grandes esferas. La historia personal y la historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.

Debo decir, por otra parte, que, en realidad, no sé, con exactitud, qué encierra Al caer el tiempo. Tal vez solamente mi vejez o el agotamiento del tiempo, el declive y nacimiento de un sueño que no existe o la fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer. Tal vez el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte del otro que es también mi muerte, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, quizá, sea tan solo la hermosa realidad de saber que el ser no es infinito.

Mientras tanto, permítanme leer los siguientes versos:

 

1

Mi camino es un sendero

donde los muertos florecen con sus penas.

 

Es un silencio llagado entre mi boca,

una voz muerta que no encuentra su destino.

Alma errante

como la bruma indigente tirada sobre el muelle,

como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.

 

2.

El recuerdo es un instante que nace del olvido.

Es un lamento y un quejido

que palpita en ilusiones que no existen.

Es la sombra de un migrante como yo, como tú,

buscando, siempre buscando,

un fantasma dormido sobre el tiempo.

 

3.

Los atardeceres envejecen como yo ahora,

son cavernas mirando mis pesares,

recuerdos disecados en mi lengua,

latidos amargos como el polen errante de mis manos.

 

La vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,

es un cadáver esperando el calor de su ceniza.

 

4.

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo que en silencio se deshace.

 

5.

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

6.

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

7.

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

Concluyo con un poema que, si bien no es parte de Al caer el tiempo, sino de un poemario de próxima publicación titulado Silencio y abandono, ello en virtud de que. entre otras cosas, deseo hacerles partícipe de un sentimiento muy personal que ojalá se cumpla:

 

No quiero sobrevivir a nada,

ni aplausos ni pedestales,

mucho menos el perdón del olvido.

 

Busco la libertad de estar solo

y rehacerme en mi propia ausencia.

 

Busco la bondad del silencio,

la plenitud del mudo abandono

disperso en su propio olvido.

 

            Gracias a la editorial El Canto de la Alondra por permitirme estar aquí en Librofest Metropolitano en la UAM Azcapotzalco, a Marcela, Marcela Romn; Frank Fierro Brito, por ese hermoso prólogo al libro Al caer el tiempo y, por supuesto, tanto a Manolo Mugica que me acompañó en el presídium como a todas las personas que nos dieron la oportunidad de ser escuchados.

 

Genaro González Licea

Caloclica, 12 de noviembre 2025. 

                     

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Genaro González Licea y el renacer de Poesía y Olvido.

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar


POESÍA Y OLVIDO, UN LIBRO QUE MURIÓ DE AMOR

 

Un libro, un libro nuestro es, diría don Antonio Machado, “la ceniza de un fuego que se ha apagado y que tal vez no ha de encenderse más”. Eso es Poesía y Olvido, ceniza de un fuego que murió de amor. Sin embargo, en esa expresión de don Antonio Machado hay un “tal vez” que encierra una esperanza y abre la posibilidad de que ese fuego apagado pueda encenderse una vez más.

Y esa es precisamente la razón que aquí nos trajo: hablar sobre este libro de ensayo literario que, en su momento, murió de amor y hoy su fuego se ha encendido nuevamente. Hablaré de él desde el recuerdo y gratitud que le guardo, además, la precisión, a mi edad, es todo un lujo.

Poesía y Olvido me permitió, para bien, conocer a los amigos, su calidad humana y literaria y, por supuesto, aprender de ellos, respirar profundo y seguir. En ese sentido, el libro es un testimonio de gratitud a las personas que he encontrado en el camino y me permitieron, o efectuar una presentación o elaborar un modesto acercamiento a su obra, es el caso de “La sensación del instante y la eterna eternidad de la poesía. A propósito del aroma del haiku de Martha Obregón Lavín”, y “Búsqueda y ausencia en Soliloquios de Hans Giébe”, aquí presente.

Martha Obregón Lavín, poeta, pintora, retratista y docente. Luchadora social de toda la vida y extremadamente sensible y sencilla, de esa sencillez que ilumina, le cito: “En el abismo, /un pájaro recobra /la luz del alba”. En lo personal, me parece que Martha Obregón Lavín proporciona un nuevo amanecer a la esencia del haiku, y así lo digo.

Hans Giébe, por su parte, con una obra, igual que la de Martha, más que conocida, me detuve en una, solo en una de sus obras, que a mí me dice mucho: Soliloquios, también conocida como Solipsismos. En esta obra encuentro, como lo digo en el libro que aquí se presenta, “una frase densa y ligera, como agua de manantial, poética, reflexiva y de una sencillez que solo he visto al perderse una hoja con el viento”, y agrego: “al releerlo me da la impresión de tener en mis manos un libro que nunca había leído, a pesar de las anotaciones y subrayados hechos, sin duda, por mí y para mí”.

Por otra parte, en el libro que aquí nos reúne, también están presentes los ensayos sobre la obra, o para ser preciso, de una parte de ella, de Enrique González Rojo Arthur, Diana Lucinda González de Cosío, Lucía Paola Esquivel Mercado, Juan Carlos Capetillo, Otto Rene Castillo, Lazlo Moussong, y Esquivelho (Horacio Esquivel Duarte) el pintor jerezano cuya pintura, “naturaleza que agoniza”, es la portada del libro, la contraportada, es una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz, que hace referencia a la cultura griega, con una leyenda que señala: “lo que una vez fue y aún nos mira. Las huellas del pasado”.

Dicho lo anterior, bien se puede decir que Poesía y Olvido es un modesto diálogo con la obra de los escritores y pintores referidos, así como la exposición de escritos literarios personales con los cuales reinicié, públicamente, dicha actividad, después de más de cuarenta años de no hacerlo. A esto responde Aforismos a propósito de la vida y la muerte; El silencio y la sombra, o la indigencia de la vida y el tiempo, así como Poesía y olvido, a propósito de tumbas en el olvido. Título este último que dio origen al libro que hoy se presenta.

Es de mencionar que, en todo mi recorrido literario, conté con el apoyo sincero y generoso de Enrique González Rojo Arthur, quien siempre me dio la oportunidad de dialogar con él desde que yo tenía, si no mal recuerdo, escasos 18 años. Diálogo que se mantuvo hasta unos meses antes de su muerte el 5 de marzo de 2021. Enrique fue, es y será, una persona clave en mi formación literaria, educativa y profesional, de la misma manera que don Pedro Vuskovic Bravo y don Carlos Castilla del Pino; Enrique Ruiz García (Hernando Pacheco o Juan María Alponte) y don Eduardo Nicol. Insisto, la presencia de González Rojo Arthur tiene para mí un gran significado. Fue él quien más me insistió en que diera a conocer mis escritos y, además, que nunca dejará de escribir. Cuestión que le prometí y espero cumplirla.

Recuerdo aquí que un día estuve en casa de Enrique González Rojo, hacía poco tiempo de haber fallecido el buen amigo de Eusebio Ruvalcaba. Entre silencios y palabras enlutadas, Enrique me mostro una pluma muy original de un color verde jade, si no mal recuerdo, y me dijo: “es la pluma de Eusebio, antes de morir pidió que me la entregaran”. Su servidor ya no podrá hacer lo mismo, pero mi pluma ya le pertenece. Se diría que es a esta insistencia de Enrique, a lo que responde su prólogo al poemario de Caloclica que marcó un compromiso hondamente en mí, lo tituló: “DESESPERANZA Y POESÍA. En torno a la Caloclica de Genaro González Licea”.

Otro acto generoso de Enrique, de los tantos y tantos que se dieron, fue el haberme permitido hablar de su obra poética, en 2019, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, a propósito de un homenaje a él. Sobre el particular, recuerdo que le pregunté: “deseas que mencione algo en particular”, “no Genero, expón lo que tú quieras”, me contestó. En el presente libro hay un breve comentario tanto al prólogo en cuestión, como mi exposición en la Sala Manuel M. Ponce. El primero se titula Desesperanza y poesía y, el segundo, El devenir del tiempo en la poesía de Enrique González Rojo Arthur.

Por otra parte, debo decir también que guardo un hermoso recuerdo de cada una de las obras y autores a las que se refieren los ensayos literarios contenidos en Poesía y Olvido. Uno de esos recuerdos es que, en cada obra de los autores ya citados, “vi lo grandioso y efímero del ser humano, el misterio amoroso del ser, del ser de barro que se extingue con el agua”. “Sí, el polvo vuelve al polvo, al infinito polvo que recorre la sombra azul que vive en la eterna eternidad del infinito”. Vi la grandeza de la palabra y la pequeñez e insignificancia que somos ante el infinito y, sin embargo, nuestra grandeza está en vivir, en la vida y lo vivido. Escúchese, en lo que uno ha hecho que suceda.

Otro recuerdo, muy presente en mí, fue que, al elaborar notas de las obras de los autores, me percaté hasta el poro más hondo del alma, de la enorme dimensión, peso y densidad que tiene el silencio y el olvido en la literatura en general, en mí en particular. Somos instante y eternidad al mismo tiempo, destello de recuerdos, silencios y olvidos. Entendí que el silencio es un espacio de libertad que da el olvido, y que el ser, para ser libre requiere del olvido y abandono.

Agregaría, finalmente, que Poesía y Olvido se compone de trece ensayos y, si recuerdo bien, once epígrafes. De éstos últimos, permítanme, para concluir, leer siete de ellos:

1

Siniestro aullido

el del perro que piensa

en su suicidio.

Enrique González Rojo Arthur

20 haikus heterodoxos.

 

2

Viento otoñal,

para mí ya no hay dioses,

no hay Budas ya.

Shiki.

 

3

Nunca creí que amar doliera tanto.

Estoy en la miseria, me revuelco

como el pez en la arena, en la imposible

proximidad del mar que creyó suyo.

Rubén Bonifaz Nuño

El manto y la corona (1958)

De otro modo lo mismo.

 

4

Me voy

pero no te preocupes

si antes del otoñó

no he vuelto todavía.

Otto René Castillo

Poesía (1989).

 

5

A pesar de las espinas bajo mi piel,

Abracé los sueños que olvidé,

Y besé los recuerdos del ayer.

Lucía Esquivel Mercado,

del poema: sobre el tiempo.

 

6

Muerte, con tu inocencia que liberas vidas,

que sólo cumples veredictos

y efectos provocados por las causas.

Muerte amiga, carente de amigos,

Muerte que consuelas, Muerte salvadora,

incomprendida,

rescatista del dolor,

ladrona del tiempo.

Lazlo Moussong

Tibor, mi tío vampiro.

 

7

¿Qué queda de las alegrías

y penas del amor cuando éste desaparece?

Nada, o peor que nada;

queda el recuerdo de un olvido.

Luis Cernuda,

La realidad y el deseo.

 

Mi agradecimiento a Casa Manu, La Tertulia Nacional MX, Sumeru, hermoso referente cultural ubicado en el Centro Histórico de la CDMX. Casa que nos obsequió la oportunidad de presentar Poesía y Olvido, así como a Hans Giébe quien me acompañó en este diálogo con todos ustedes.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, octubre de 2025.

 

Promocional del evento



sábado, 20 de septiembre de 2025

Genaro González Licea: Luis Yrausquín, el poeta de caminos solitarios sin regreso. A propósito de Memorias del delirio.


Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta de caminos solitarios sin regreso. Sus letras son las huellas del camino recorrido. En ellas hay búsqueda y tristeza, soledad en vuelo. Su poesía despide dolor y desaliento, esperanza y desesperanza, vida y muerte, amor y abandono. Su poesía es un permanente galopar en sueños y realidades, montañas, bosques y mares. Musas, como las llama él, que a fin de cuentas no son otra cosa sino la expresión amorosa de lo que encierra la poesía.

En este contexto de galopar de sueños, bien se puede decir también que la poesía de Luis Yrausquín es la expresión de un vuelo desolado, errante luciérnaga que busca su yo íntimo, personal, personalísimo y, al mismo tiempo, su yo comunitario instalado en la libertad del ser. Pero, además, es una voz que busca su yo profundo, su otro yo, su complejidad de yoes, con un tono de carne abierta, de heridas hondas cubiertas con la sal y la cal de la existencia.

Yoes que son muchos y a la vez es uno solo, el que uno siente como propio. Sí, uno conoce sus yoes, sabe que están ahí, listos para actuar en la gloria o en el infierno, a flor de piel o agazapados y, sin embargo, dentro esos yo hay muchos que no conocemos, otros que nos gustan y otros que no nos gustan, otros que deseamos, y otros más que no queremos, pero es la soledad, la nuestra y de nadie más, la que los frena, los desnuda o los libera.

Entre este conflicto de yoes y la soledad como punto de encuentro y desencuentro es donde, me atrevo a decir, nace el principal tono, la piedra que funda y motiva la poesía de Yrausquín en su aspecto general, en particular de la contenida en Memorias del delirio, libro que aquí comento.

Es de mencionar que, a mi parecer, la soledad de Yrausquín no es una soledad cualquiera, mucho menos la soledad romántica y llorona que toca en las campanas de los pueblos. No, su soledad es un mirar desencarnado hacia dentro de sí, hacia el encuentro a carne viva de uno en uno mismo, es, para nuestro poeta, su forma de ver la vida, la muerte y su amor a la vida y a la muerte, es su musa, su conflicto y su equilibrio.

Son sus ojos con los que sienten el peso de su sombra, su camino y su destino. “Hoy quiero verte en la noche/ y usurpar los lazos de las estrellas / que nos unen del día al atardecer: / contemplarte en el diamante / de la soledad”, nos dice el poeta Luis Yrausquín, y con ella, con su soledad a solas, dialogar y discutir, amasar el desamparo y desconcierto: “otórgame la miel / de tus labios opiáceos, / doncella de mirada fiera y soberbia / déjame caer en un sueño profundo / tropezando con los fulgores de esta noche, / cuando la soledad de la ilusión muerda / en esta prostituta ciudad de locura”.

Sí, la soledad es para Yraisquín Landaez esa turbulencia interna que muerde hasta los huesos, es tristeza, abandono y seducción: “voy al nacimiento de la estrella del sur / en aguas movedizas de los colores del poniente / se complacen mis sentidos / una soledad de espanto / surge de la boca del seno de la diosa el perverso Nosferatu de la melancolía”.

Es hastío, cansancio de ver la tristeza en uno mismo, la desolación de ver al otro subyugado, sometido a la pobreza, a la injusticia de vivir sin libertad. La soledad, nos dice, “es el hastío de la saciedad / la carencia sin justa medida. / Es vacío el que grita / dentro de mi plexo solar / sin importar cuánta gente me rodea / yo vivo. / Es la sensación del vértigo / sin alejarme de la soga / Es caminar a contraluz”. Es, como él mismo lo dice más delante, su abismo que “tiene formas de dragones que se jactan en la ausencia”, el puño de su letra que “invita a los pecados” y “permanece fuera del centro” y “se enmudece en las cuevas”.

Insisto, la principal piedra triangular de nuestro poeta es la soledad, a partir de ahí palpa y siente sus múltiples seducciones por la vida, por la muerte y por el amor a la poesía. La poesía, esa musa cuya sombra le seduce, le lleva a buscar su rostro al fondo de sí mismo. La poesía, la esencia de la poesía donde el poeta de Memorias del delirio enmudece “vagabundo junto a las llamas” y es ante ella “un reptil” y la besa toda hasta fallecer devorando su vacío, entre otras cosas, porque, cito al poeta, “su corazón / es parecido al mío / errabundo / me seduce hacia el final / me lanza a la muerte de mi ser”.

La soledad y la poesía, juntas ya en su propia sombra, le llevan al abismo, al infierno y a enfrentar la adversidad. Como él mismo nos señala en su poema Descenso: “Bajé al infierno / abrasado / buscando / en tu espíritu algo fúnebre / en las aves del camino / buscando desvestirme / en la cordura / de mirarte madrugada”. Nada fácil fue el camino, ahí sintió en carne propia lo que es el pánico y el miedo, la oscuridad de la luz y el silencio que le llevaron a devolverse, nos dice: “al jardín abandonado que era / resucitando de mis propias cenizas”, y más todavía, a mencionar con todas sus legras: “he transitado en este jardín la Diosa de los mil infiernos, / succionando de sus sombras / sin percatarme del tiempo / hasta secarme con mis azucenas”.

En mí no hay ninguna duda, Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta que viaja al interior de su propia soledad y busca su propio yo, su propia identidad sin olvidar al otro, al ser humano también de barro que camina junto a él y es parte de su sombra. Es enorme su creatividad poética y su volcán de sentimientos que desgarran su palabra.

Como ejemplo, uno más, por supuesto, ahí están estos sus versos del hermoso poema titulado Espontáneo: “me atomizo / soy una niebla / y mutilado del todo / busco / mis pedazos / después del naufragio”. Su voz no busca el aplauso, busca su ser, la eternidad de asomarse un instante a su condición humana, convencido, hondamente convencido, de encontrar un instante, por un solo instante, la sombra de su rostro interno en plena libertad.

Cito, como muestra su poema Anhelo: “siempre / voy buscando libertad / en avenidas / bosques / y ciudades / siempre voy buscando incendios desiertos / y polvos / con ninfas salvajes”. Y es tan sincero y auténtico su anhelo que, al mismo tiempo, le permite exhortar a las ninfas, a las musas, a la poesía y al mundo entero, que aligeren con “esas alas de hada” y vuelen “hacia la libertad”, / no vean “atrás la montaña dorada, jamás; / mientras muera, un poco, sin gloria, / renazca en este maldito dolor / seguiré buscando poemas / añejados en un mal tiempo de cosecha / intentando embriagarme de ilusión / hasta hallarme insurrecto en la luz de las montañas; / suéltame y vuela sin ver hacia atrás”.

Lo digo sin titubeos, la fuerza de la palabra poética de Luis Yrausquín tiene y tendrá resonancias literarias en los cuatro puntos cardinales. Yo no sé cuántos poemarios vendrán al que comento, lo que sí sé es que su trazo íntimo, único e inconfundible está aquí y se agigantará con el tiempo. En los poemas que hasta aquí conozco está la semilla de su esencia poética, su búsqueda permanente, literaria y personal, que le permitirá ir dejando huella de su paso literario y, al mismo tiempo, dejando constancia del misterio y esencia que encierra la poesía.

Yrausquín tiene el acierto de decir las cosas sin costras literarias, su lenguaje sencillo, entendible, directo y sin rodeos, permite un diálogo íntimo que se le agradece. Otra virtud de su poesía, específicamente de la contenida en Memorias del delirio, es la remarcada idea de soledad y desolación, más no es esa soledad y desolación que vive y muere en escritorio, sino la que surge de la orfandad de uno y de lo que uno encuentra en el camino. El ser humano es, por naturaleza, un ser inacabado, indigente siempre. Mas no es común que esa naturaleza la retome la sensibilidad de un poeta y la exponga con su propia carne destazada. Su poema Desolación es, me parece, un buen ejemplo:

 

Hoy me parece que el mejor destino sería la muerte

golpeo el espacio del silencio

y ahí voy

concentrado en un desliz suicida.

 

Trazo razones sobre la huida

y me hallo cortado

soy un fauno que busca el exilio 

un héroe sin armas ni corazas ni carros alados.

 

Heme aquí en el rincón del hastío

en el corazón de una patria náufraga

que colisiona con la ventura de la vida misma.

 

Heme aquí y allá, en el futuro y en el pasado,

visitando muertos y desvistiéndome para un funeral

atrapando palabras en el sótano.

 

Hoy necesito manuales de viejos alemanes,

aquellos que derribaron el muro de Berlín

para seguir en este ocaso.

 

Heme aquí pululando con recuerdos

sobre todas las rocas de los naufragios del mundo

 

¿Aún, después de esto, esperaré ser libre?

 

Con esta voz, Luis Yrausquín, nuestro poeta, recorrerá el mundo y el firmamento. Dialogará consigo mismo y con generaciones enteras. En lo personal, guardaré siempre un agradecimiento por permitirme encontrarlo, sentir su voz y permitirme reconocer su incuestionable sensibilidad y contenido que expresa su palabra. Tocar la llaga de la creación, amigo Yrausquín, es un gran privilegio y tú lo tienes. Sigue recorriendo los puntos cardenales de este mundo y del infinito mismo, y llévanos a ellos con los recuerdos que ahí surgieron y los misterios que engrandecieron los pasos de tus pasos.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, septiembre de 2025.

 

Genaro González Licea

Fotografía sin datar 


miércoles, 16 de julio de 2025

Genaro González Licea: CONCIENCIA CÓSMICA Y HUMANA EN EL SENTIPENSAR INDOCRISTIANO DE BENITO BALAM

 


CONCIENCIA CÓSMICA Y HUMANA

EN EL SENTIPENSAR INDOCRISTIANO DE BENITO BALAM

 Sentipensar Indocristiano, libro de Benito Balam que aquí se presenta, es la palabra ancestral de los pueblos indígenas de América, expuesta con el tono azul turquesa de una visión de mundo que hierve en nuestra sangre todavía.

Es la expresión de nuestros pueblos indígenas, hecha con una raíz muy nuestra y, al mismo tiempo, fusionada con los injertos propios del paso del tiempo. Ensambles de historicidad que, hasta hoy en día, se manifiesta en el actuar de nuestra vida cotidiana. Ello es así, porque dicho ensamble y comunión encierra una visión humanista del mundo, una cultura libertaria y respetuosa del ser, del ser pensante y del ser viviente, en un tiempo y espacio comunal, sagrado, místico e interactuante en la diversidad que se encuentra en el camino.

Y es así como Benito Balam estudia la honda raíz de los ancestros, su filosofía y su palabra. Palabra que en el presente libro se nos muestra en su hondura y resplandor y, por si fuera poco, bellamente ilustrada por el maestro Alberto Cerritos. Todo mi reconocimiento a su trabajo.

En Sentipensar Indocristiano tenemos la exposición del contenido y significado de la palabra fundante. La palabra de claridad, la palabra biocósmica y de advenimiento, la palabra de las palabras de la Piedra del tiempo, la del hermano mayor y la del camino blanco.

También se expone el significado y contenido de la palabra del hermano maíz, la madre tierra y del vidente. La palabra de la sabiduría y de la medicina; la palabra del sol, la tormenta y el agua, el viento, la semilla y la aurora y, finalmente, la palabra de la serpiente emplumada, el venado guía, el fuego sagrado y, por supuesto, la palabra que han dejado los difuntos, unida al amor a la vida y al más allá.

En suma, se expone, como dije, la palabra fundante de nuestra historicidad y el ensamble en ella recibida por la propia dinámica del tiempo. El tiempo, igual que uno, no es fijo y para siempre, es dinámico y cambiante. El tiempo, diría Benito Balam, “no es un invierno humano, es un devenir del ser, donde el centro de su medición es la vida misma, su sobrevivencia y su buen vivir, por eso, el punto de partida del conocer, no está en la mente humana, sino en la conciencia cósmica, que sostiene el orden para que prevalezca la vida, y dentro de ésta, el ser humano”.

Razón por la cual, no tengo ninguna duda, puedo afirmar que Sentipensar Indocristiano es y será un libro capital para aquellos que busquen, con seriedad y respeto, asomarse a nuestras raíces, injertos, entrecruzamientos y modificaciones que han erosionado nuestra historia.

Es un libro complejo, libro para leer, releer y estudiar. Es un libro vital que nos muestra el sentir, el pensar y actuar de nuestros antepasados, unido a la filosofía de otras formas de ver el mundo, formas que se enlazan y complementan, pero también, se entrecruzan, dialécticamente, como contrarios, no para destruirse sino para transformarse y propiciar el respeto y convivencia en comunidad.

En este sentido, si bien, hasta donde percibo, Benito Balam enfatiza su estudio en la palabra de la cultura maya, en realidad, su estudio es piedra angular que comprende, al mismo tiempo, la palabra de la cultura purépecha y huichol, otomí, náhuatl y yaqui, por decir algunas, así como la palabra de oriente y occidente, entrelazadas en su devenir.

La palabra actual, igual que la ancestral, comprende una visión de mundo, una historicidad, un ensamble, un injerto y bifurcación, una comunión dialéctica de respecto y equilibrio para actuar en convivencia, lo cual no quiere decir que no existan tendencias de poder que busquen dominar con su palabra y visión sectaria de poder la unión multicultural que encierra la palabra. Sin embargo, el comportamiento natural y profundo de la palabra no es generar inestabilidad y violencia, sino, más bien, justicia, respeto y tolerancia para vivir y convivir en comunidad.

La palabra expuesta en Sentipensar Indocristiano comprende, por tanto, una conciencia universal del ser, un asomo a los sentimientos y pensamientos del ser, del ser viviente y pensante; una unión de pensar y sentir, razón y sentimiento, razón y bondad, un sentipensar. Término que es entendido en la obra de Benito Balam “como un elemento de la conciencia cósmica, comunitaria, intercultural, crítica, humana y espiritual”, ello en virtud de que, cito nuevamente sus palabras “no se restringe a lo humano, sino se centra en el proceso de la vida, donde encuentra su realización humana”.

Dicho esto, concluye: “estamos en el tiempo en que es posible lograr, que la mente sea puesta al servicio de la conciencia del ser humano, que a la vez que cuida de la vida, se deje cuidar por la vida. Si nos oponemos a eso, la vida misma en sus manifestaciones naturales, se encargará de recordarnos, que ella es prexistente a cualquier ser humano”.

Esta es la palabra de entendimiento y comunión que contienen las páginas del libro que aquí se presenta. Palabra que viene desde los ancestros y se conjuga e interpreta con la voz indocristiana de Juan Diego en su experiencia mística, según refiere Benito Balam, “con Santa María Tonantzin Guadalupe, en el Nican Mopohua, copilada en náhuatl por Antonio Valeriano, alrededor de 1556”.

Y es así como las raíces indígenas y cristianas se entrelazan en el tiempo y el espacio, en la dimensión biocósmica del sol, ello a pesar de que, refiere Benito, “sabemos por la ciencia occidental que la tierra gira alrededor del sol”, pero, como él mismo nos reitera, “en la ciencia maya, el sol de cada día con su noche, es único e irrepetible, al menos durante 52 años, en que se renueva el sentido de ese nuevo sol, y se recarga con nuevos significados, su día con su noche”.

De esta manera, permítanme decirlo de así, la palabra, a pesar de ser plural y estar compuesta por múltiples aristas, entre ellas el misterio del silencio y la llama donde nace, en realidad es una, un símbolo y expresión que se asoma, solo se asoma, a describir ese misterio, ese sentimiento de razón y bondad, conciencia cósmica y humana del ser, lo repito una vez más, del ser pensante y del ser viviente, en un tiempo y espacio determinado.

Por lo expuesto, es posible decir que el centro de esa palabra, múltiple y unificada, es el ser, la efervescencia cósmica del ser, unida al pensamiento y sentimiento producido en la raíz de la persona, ya sea en lo individual o colectivo. Esferas que se complementan, se unen, buscan su sentido e identidad, y se liberan.

Debo agregar, finalmente, que Sentipensar Indocristiano constituye un eslabón muy importante en el estudio que por años ha efectuado Benito Balam sobre la visión indocristiana o ensamble de dos visiones de mundo.

Visión cada vez más necesaria en nuestros días, pues nos permite reencontrar y reencauzar la voz de millones de cristos que caminan sus viacrucis atados a la pobreza. Son personas que buscan respeto y dignidad, convivencia comunitaria y libertad de ser, hermanada con el comportamiento de la tierra y el cosmos.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, julio de 2025.

De derecha a izquierda: 

Hans Giebe, Benito Balam y Genaro González Licea 

Fotografía obsequio de Hans Giebe