jueves, 8 de octubre de 2026

Genaro González Licea: Voz: memoria de piedra y viento. Palabras de gratitud a la Fonoteca Española de Poesía

 

Fotografía: Fonoteca Española de Poesía 

 

Voz: memoria de piedra y viento

  

             A bordo del “Sinaia”

 

España que perdimos, no nos pierdas;

guárdanos en tu frente derrumbada,

conserva a tu costado el hueco vivo

de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces,

sobre la densa y poderosa espalda

de esta mar, con los brazos ondeantes

y el latido del mar en la garganta.

 

PEDRO GARFIAS ZURITA

Entre España y México

(Obra poética completa)

 

Fonoteca de poesía

Es verdad, hay un venero que brota de una herida, de tierra y piedras enraizadas más allá del tiempo. Ahí comulgan los cuatro puntos cardinales, veredas, campos y montañas que miran pasar el viento, ríos de profundas venas con su aroma de colores sobre el agua, a veces clara, a veces de verde oscuro y otras más de un triste azul sin nido, de un triste azul olvido. En ese venero se funde el viento, las noches miran pasar su sombra y un racimo de voces en silencio espera. Ese venero de piedra y agua, de viento y raíz de barro, de infinito vaivén del tiempo, es la Fonoteca Española de Poesía, base fundante, sin fines de lucro, del Fondo Sonoro de Poesía Contemporánea en Lengua Española, hoy, al alcance de todos como fonoteca de poesía.

En un rincón de ese lugar de piedra y agua, cálido y de suave viento, húmedo y callado como los girasoles que sin saber te miran, ahí, en ese rincón de soledad y espera, descansará mi voz que conozco y desconozco, mi ser indigente de permanente herida, mi palabra que escucha, abraza y en silencio sin mí respira. Mi agradecimiento muy de veras al equipo directivo de la Fonoteca Global de Poesía, gracias por obsequiarme el privilegio de formar parte de su fondo documental de poetas, no solo de lengua española sino del mundo entero y, con ello, de la memoria del tiempo, voz molida que nunca olvidará el olvido, siempre estará ahí, esperando, esperando, esperando que alguien comulgue en su destino.

Gracias también a las personas que han sentido el interno dolor de la existencia, la raíz, mi raíz, que viene del subsuelo y mira, desde ahí, el devenir del tiempo, la indigencia del ser, los pasos de la vida y de la muerte, pasos infinitos, unidos e inseparables siempre. En particular, dejo constancia aquí del profundo significado que tienen para mí Ángeles Fernández Martín y J. Juan López Raya (AngelesJuan), canta autores que han llevado por los mares algunos versos de mi autoría, así como al poeta José-María González Ortega, quien prologó mi libro La Sequedad del Estanque, poemario que contiene los versos que, a partir del 14 de septiembre de 2026, habitarán en el fondo documental de la fonoteca antes referida.

 

La voz pertenece al viento

Soy un profesor que escribe poesía, mi voz, la voz, la voz de todos, es un instante que pertenece al viento, es parte del ser del viento, expresión viva y vital del ser del viento. Está en las piedras y en las hojas, en las estrellas que hablan con la luna, en tus ojos y en los míos. Es un instante de sombra y vacío, silencio y resplandor, revelación del ser, del sentir íntimo del ser: viviente, pensante y del infinito vaivén del infinito.

Debo decir que, ustedes sabrán perdonarme, para mí el principio del principio del ser no fue la palabra articulada, sino el zumbido del viento, el grito de parto de la tierra herida, el eco de la piedra llorando sin el mar, el bramido del agua buscando su sendero, su sombra, su luz, su ser en abandono, el abandono de su ser en libertad. La luz, para ser luz, no basta mirarse a sí misma, necesita del otro, ir y comulgar con el otro para ser realmente luz. La indigencia está en todo, vive y convive, se hace y se deshace, está en la totalidad del ser.

El principio del principio fue el sonido del vacío y su indigencia, entendida ésta como esa fisura que da lo inacabado, la falta de plenitud siempre, el deseo y necesidad de buscar, fuera de sí, lo que no es posible tener por la hechura de sí mismo. La luz no está en el más allá, está en ella misma al buscar su propia necesidad de subsistencia, su necesidad vital, indigente, de encontrar la sombra que ilumine, la oscuridad que le exprese su existencia, el aire, el sonido, el silencio del otro que está en el firmamento y necesita de él para seguir siendo.

El origen fue música y tormento, canto y silencio indigente que nos mira, ojos que enmudecen como piedras solitarias dejadas por el tiempo. Fue, y por siempre será, fuego y carne viva, soplo de luz y sombra, ceniza inexistente de ti, de mí, de aquel que un día escuchará en la nada el zumbido de sus pasos. El sonido y la voz entonces son una expresión del ser que pertenece al viento, al devenir del viento. No nacen de fantasmas ni cuelgan del manto de los dioses, son asombro y comunión de sentimientos, sonidos indigentes que busca su sendero, su júbilo y dolor, sus lágrimas y espinas que anidan en el alma, en el manantial del alma que no se estanca nunca.

Y es así que la voz acompaña a la palabra, ambas se asoman, solo se asoman, a la intimidad del ser. Comulgar es su destino, aunque a veces, las primeras enmudecen y, la segunda, escurre sus lágrimas atadas, su dolor de parto y firmamento, su soledad de peñasco y abandono, amoroso desprendimiento del ser unido a su silencio e indigencia del propio sonido de su voz. Ambas son expresiones del sentimiento del ser, de la vivacidad del manantial del ser, instantes de vida y muerte en lo más íntimo del vaivén del infinito. No son los sentimientos mismos, por supuesto, pero sí su permanente asomo, más si les acompaña esa expresión sublime que abraza a la poesía.

La poesía, esa línea en blanco, ese silencio, que deja la voz y la palabra, es el silencio en libertad que deja el abandono, el desapego, el desprendimiento del “yo” para asomarse al ser del ser desnudo, al venero de los íntimos sentimientos del ser y su indigencia. El poema, por su parte, es la envoltura, la forma que asume la poesía para asomarse a la efervescencia del ser, es la osamenta, la envoltura, la mortaja, la manifestación con la cual se expresa el sentimiento, el manantial de sentimientos que en el ser y en el permanente devenir habitan.

El poema es, entonces, la envoltura inacabada que intenta expresar la manifestación de un sentimiento, de un suspiro articulado, de una pincelada que deje constancia, en blanco y negro, de su acercamiento al ser, o bien, al oído interno que escucho el eco de un sonido que ya se fue al viento, al aire amoroso libremente liberado. Ambas, palabra y voz, son el instrumento, el medio para expresar en forma articulada la esencia y revelación del ser en la poesía. La parte y el todo, que son un permanente siendo, comulgan en el ser de su indigencia y regresan, incompletas de sí, a la nada, al silencio, al vacío que siempre está vacío.

Poesía y poema conjugan su indigencia, miran en su rostro, su rostro por siempre inacabado, su asomo al instante que se fue y, a la vez, que se quedó para seguir buscando el silencio y la sombra que habitan la voz y palabra, el rostro que se pierde y alguien lo encuentra al ver el viento, el dolor del viento, la piedra herida, la voz hecha de espinas y de leña, de cal, de ceniza y sepultura, de agua y firmamento, de barro dejado en el camino.

Se entiende entonces que la creación poética no surge de la nada, sino del ser y su indigencia, comunión, encuentro y desencuentro. De ahí la piedra, la amorosa piedra de la vida unida con la muerte, con la conciencia de la muerte y la dicha de estar vivos, sintiendo la herida del ser que se hace y se deshace, el dolor y el firmamento, el amor y el desamor, el otro y uno mismo donde el ser revive, libre, despojado de sí, indigente, como he dicho y lo diré mil veces, indigente siempre.

Escuchar el silencio, el desprendimiento del ser en libertad, el interior vacío, la poesía, el poema, la voz que siendo tuya ya no es tuya, es vislumbrar, diría don Carlos Castilla del Pino en su prólogo al libro poemas de la sequía de Juan Sánchez de Miguel (Ediciones Demófilo, 1980), que la obra poética “vive por sí misma, con independencia del propio creador. Es ya, una vez que ha sido hecha, obra de los demás”.

 

El silencio en silencio se deshace

La poesía es aquello que no puede ser completamente poseído por la voz y la palabra. Es la pincelada de silencio que el ser le reveló. Es un instante, solo un instante, del enorme manantial, sin límite ni orilla, que tiene el alma. La poesía, por lo mismo, se diría que, si bien se asoma al alma, no es el alma, solo un atisbo de su hechura y su misterio. Asimismo, se diría también, que la mejor forma de expresarlo no es con un capricho de palabras, sino, más bien, con metáforas que emanan desde el alma, desde lo más profundo del ser del alma, con ese velo tan natural, tan puro, como el silencio cristalino, indigente e inacabado que nace de su abismo y su dolor.

No sé con exactitud qué encierra lo que escribo, sé solamente que nace de una herida que me duele, de un silencio que me mira, me desnuda y me deshace como luz de remolino molida entre mis ojos. Intento sonreír y estoy llorando, la vida camina en mí al lado de la muerte. Veo una hoja y contemplo su raíz desde el subsuelo. En él encuentro con mayor claridad el eslabón de la indigencia, ese hueco que tiene todo ser y lo lleva a comulgar con el otro para cubrir una necesidad que por sí mismo no podría. El ser, siempre, necesita la comunión del otro, para seguir siendo, del otro que también es indigente como tú, como yo, como tú y yo que somos parte del dolor del infinito, de las hojas y la tierra, del aire y del agua que bebemos, de las piedras que, al mirarlas, a la vez, nos miran.

Trato de acercarme al vacío de mi vacío, al silencio de mi yo que envuelve mi indigencia. A veces escucho su dolor alejarse con la luna, otras el murmullo de la muerte germinando entre mis ojos para ver el camino de otro modo. Caigo, levanto y sigo con los pies astillados construyendo mi camino. Mi voz se entierra a sí misma al escucharse. Las piedras abrazan mi soledad que a ciegas transita su destino. Sé que mi polen nunca llenará el misterio que nace de mis manos. La muerte vive en mí cuando respiro, se muele en el subsuelo y en mi boca se evapora para seguir siendo, como dije, de algún modo de otro modo. La vida y la muerte son mis ojos, mi cruz de barro que, al verme, a la vez, te miran.

Respeto mucho a los poetas celestiales, yo quisiera escribir con la mano de dios y hacer que florezca el infinito, mas yo no puedo. Escribo desde el subsuelo y el dolor del firmamento, la ceniza de mil almas en exilio, los huesos migrantes de mi sombra, de tu sombra en mi sombra ensombrecida. Mis girasoles no conocen a los dioses, son raíces de luz oscura, sombra de la sombra mía. La vida y la muerte caminan juntas en mis pasos, renacen en las piedras, en el musgo, en el agua que beben de memoria las almas que agonizan y la sed de los ahorcados.

He de seguir así, por siempre así. Mi estancia en ese hermoso rincón de piedra y agua es solo un instante que respira en el camino, una pausa, un silencio que revive mi sombra sepultada. Nada desaparece, todo permanece en el instante de un olvido, olvido que al ser humano, no dejará de existir, solo será una permanente espera, una transformación distinta de lo que fue.

Dormiré en esta tumba hecha de viento, seré memoria que espera los oídos del tiempo, un alma que estará en la libertad del abandono, despojada de todo lo que fui. Seré silencio que renace si lo miras, sea en susurro o en voz alta, yo prefiero la intimidad del silencio, leer en voz alta para mí tiene un significado muy especial, me duele hacerlo, lo confieso, siento desnudar la intimidad de un silencio que está más allá, mucho más allá de la palabra y exponerlo a la intemperie, a la conciencia del vacío, al mundo cotidiano donde los pasos, la tristeza, la muerte, el amor y el dolor, son, en gran parte, posesión, de veras que me duele. Mas quien soy yo para decirlo. El silencio, a fin de cuentas, también es un sonido, es la voz interior del ser, del devenir del ser, instante de parto, grito, llorido, amoroso sonido que atraviesa la soledad, el abandono, la intimidad del abandono, y regresa, con su eterna indigencia, al viento.

 

Aquel que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro camino

¿Qué queda cuando la voz es viento y la palabra un suspiro que en sus poros desvanece? Queda el silencio. El silencio que soporta el contenido de la voz y la palabra, el esbozo del fondo inacabado del ser, del ser del alma y su vacío. Queda el ser que iniciará un camino distinto al caminado, solo, desnudo, sin más grieta que su indigencia a cuestas.

Sí, vagaré lleno de ausencia y de memoria por veredas que no existen. Mi único cobijo será el vacío indigente de mi ausencia. Aquel que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro camino. Mi ser, como dije en unos versos hace tiempo, caminará por siempre en un lugar perdido. Tal vez no valga la pena ni sea el momento aquí, pero permítanme, por favor, citarlo:

 

Mi ser caminará por siempre en un lugar perdido.

Ya no regresaré ni sabré dónde me encuentro,

ya no seré más lo que un día fui.

 

Ahora será el atardecer la palma de mis manos

y mi sangre la humedad de la montaña.

 

El sol será la lejana lejanía de mis pasos,

y la noche el humo de mi rostro envejecido.

 

Ahora, sí, ahora,

los días serán las luciérnagas negras de mis ojos

y mi aura la neblina llorando en el rocío.

 

Y es así que en ese rincón sonoro seré permanente espera, latente lejanía y olvido. En ese rincón de piedra y agua, mi voz y mi palabra fluirán en silencio mirando girasoles, el girasol interno que habita en todos, su raíz profunda que ilumina al ser, su alma que siendo parte mía ya no es mía, sino de un suave murmullo de sombras contemplando su vacío, el vacío de mi vacío. En ese rincón, sí, en ese, en ese rincón, permítanme citar una vez más unos versos de don Pedro Garfias, ahora de su poema recién muerto: “me gustaría / que la tierra fuese dura / como piedra conmovida. / Me gustaría / que me llenasen la boca / de tierra mía”. De tierra mía.

 

Poemas para el fondo documental de la Fonoteca Española de Poesía

Voy a leer unos poemas de mi libro La Sequedad del Estanque (El Canto de la Alondra, 2024), libro que encierra la indigencia del ser, la soledad de mi soledad inacabada.

 

Primer poema

Los girasoles de noche lloran

con sus pétalos caídos.

Miran mis cenizas en su sombra

y en silencio me acompañan en mi olvido.

Su raíz es agua en mis ojos sepultados,

triste, tal vez, como el venero

que me abraza al sentir mi desamparo.

 

Segundo poema

Moriré, un día moriré.

Nadie me buscará más que mi sombra,

la infinita sombra que habité,

esa sombra, mi sombra,

que un día también me olvidará.

 

Tercer poema

Prepárate a morir, poeta,

solo, sin una sombra que te abrace.

Desnudo de ti, de mí,

de la gloría calcinada en el camino.

 

El alma es un instante de misterios y pasiones,

luces y sombras encontradas,

comunión de voces divinas y profanas,

instantes de llamas, brisa, tierra y ceniza adolorida.

 

Prepárate a morir, poeta.

Despídete de esa tu voz hecha de leña

y arde, con ella, sin temores.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 8 de octubre de 2026

 

Genaro González Licea

Fotografía sin datar



sábado, 30 de mayo de 2026

Versos de Genaro González Licea

 

Genaro González Licea
Fotografía de Jesús Nava


Zurcí mi piel con hondas raíces escondidas,

y el herido silencio de un sueño que nunca despertó.

 

Ninguna herida hay en mí,

todo lo calcinó el viento.

 

Déjame aquí,

con este tono de piedra entristecida,

no te hundas conmigo en este tu pantano,

aléjate,

aléjate con la alegre canción de un cielo en ruinas,

y el tono genariano que se fue.

 

De Azul olvido de 

Genaro González Licea,

libro en proceso de publicación.

 

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Genaro González Licea: a la memoria de Guillermo H. Ortiz Blanco, el pintor de los instintos


Fotografía del muro de facebook de 
Guillermo Ortiz, 
con un escrito que refiere: 
"tres hermanas en la playa. Joaquín Sorolla"  


  A la memoria de 

Guillermo H. Ortiz Blanco 


  

Ahí estaba, era él.

Dormía como pincel envuelto en su madera,

madera de cruz y de calvario,

de astillas perdidas buscando su perdón.

 

El cuerpo se apoderó del cuerpo,

se llagó con esa esperanza sin llegar.

Todo en él era silencio,

silencio triste de espinas clavadas sin andar.

 

Ahí estaba, era él,

Guillermo, Guillo,

el pintor del sentimiento de colores liberados,

rostros claros y borrosos,

como ciegas luciérnagas mirando su dolor.

 

Ha muerto el pintor de los instintos,

el pintor que dibujó, desde su más profunda soledad,

los párpados oscuros de la muerte,

la fuerza del ser que cae y se levanta y sigue su camino,

suave y sosegado, como el crepúsculo y el alba,

en el eterno silencio preñado por el viento.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 7 de abril de 2026.

  

Fotografía del muro de 
Guillermo Ortiz, 
con un escrito que refiere: "y este ero yo" 


 

martes, 31 de marzo de 2026

Genaro González Licea: Lacónicos, antología de varios autores

 

Fotografía de la página de facebook 
de Manolo Mugica 


La poesía es la expresión del alma y el poema su forma. Un poema puede tener una estructura muy diversa, puede ser breve, extenso o rimado; en prosa, lírico o épico; dístico, alejandrino o libre.

El poema lacónico, propuesto, en su esencia, por Roberto López Moreno, es breve.

Su estructura son dos líneas de ocho y once sílabas, o bien, una línea de catorce.

Cuestión que implica, por una parte, que lo complejo del sentir poético se plasme con las palabras necesarias, sin holanes ni rodeos y, por otra, que es necesario contar, y contar es una facultad que no tengo, más no rechazo, mucho menos cuando las sílabas responden, en gran parte, a la propia naturaleza del parto.

Me ciñe la soledad, el cirio triste que en mi camina. Tierra, agua, aire: el fuego disperso del ser.

 Genaro González Licea, 

"Piedra a piedra, la piedra separada”, 

en Lacónicos, antología, autores varios. Quadrivium Editores.

Caloclica, CDMX, marzo 2026. 

 


Fotografía de la página de Flor Mendoza Quino. 
De pie de izquierda a derecha, Felipe Galván Rodríguez, 
el editor Alberto Villarreal, Martha Obregón Lavín y Manolo Mugica. 
Sentados, Genaro González Licea y Roberto López Moreno. 


lunes, 2 de marzo de 2026

Genaro González Licea: a la memoria de Enrique González Rojo Arthur

 

Enrique González Rojo Arthur 
Fotografía de su página: 
https://www.enriquegonzalezrojo.com


El 5 de marzo de 2021 falleció el poeta y filósofo Enrique González Rojo Arthur. Los días ya no fueron igual sin él.

Con doctorado honoris causa por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana, su acervo en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) al alcance de todos y múltiples reconocimientos literarios y bibliotecas con su nombre.

Con una obra literaria y filosófica que, como piedra, resiste la voz del tiempo, pero, sobre todo, con una huella humanista y solidaria construida sin aspavientos ni besa manos, sino con la sutileza y sencillez de ese viento suave que toca el infinito, Enrique, Enrique González Rojo Arthur es y sigue siendo leído y estudiado en foros académicos y literarios.

Su obra sigue fomentando la reflexión crítica y autocrítica y, por supuesto, la conciencia de no olvidar que, al abordar la realidad actual, es necesario tener en cuenta tanto el motor central que ha generado la teoría materialista de la historia, como los interlocutores que ha tenido a través del tiempo: Heráclito, Tucídides, San Agustín, Maquiavelo, Voltaire, Kant, Hegel, Marx, Lévi-Strauss, Althusser, entre otros.

Teorías e ideales en general que, “olvidadas o desdeñadas en la actualidad siguen siendo la armazón conceptual indispensable para tener una noción integral del proceso histórico y sus múltiples reflexiones”, como él mismo lo dice en su Teoría científica de la historia, editado por la UACM.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, marzo de 2026.

Genaro González Licea

Fotografía sin datar
 


viernes, 6 de febrero de 2026

Genaro González Licea: Al caer el tiempo: declive y nacimiento de un sueño que no existe



 

AL CAER EL TIEMPO:

DECLIVE Y NACIMIENTO DE UN SUEÑO QUE NO EXISTE

 

¡Qué triste no saber florecer!

Tener que poner verso sobre verso como quien

construye un muro

y ver si está bien y tirarlo si no lo está!

FERNANDO PESSOA

El guardador de rebaños XXXVI

 

Poesía, la línea en blanco que dejan las palabras

Al caer el tiempo es, en realidad, un buen pretexto para hablar un poco de poesía. Ese silencio en libertad que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Ese venero donde está la esencia e intimidad del ser, su efervescencia y llaga donde la vida nace y muere y se transforma. La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena el vacío de estar siempre vacíos.

Sí, la poesía es el alma del ser, el poema, por su parten es, digámoslo así, el cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser. La poesía es sentimiento, alma y poema es carne, envoltura y mortaja. La poesía, entonces, es un espectro infinito de sentimientos y pasiones, duelos, amor, odio, luz y esperanza; agua, oscuridad y respiración de sal. Bécquer, Gustavo Adolfo Bécquer, en sus cartas literarias a una mujer, lo señaló muy bien, “poesía eres tú, porque la poesía es el sentimiento, y el sentimiento es la mujer”. Líneas después agrega: “la poesía es al saber de la humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es misterio. Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable; todo en él es ilógico; todo en él es vaguedad y absurdo”.

Sé que hablar de sentimientos y emociones no es, en absoluto, poca cosa. En principio, ambos no son ni buenos ni malos, mucho menos enfermedades psíquicas, son manifestaciones humanas, cien por ciento humanas y, como tales, dependen de cada cual y su circunstancia. Las generalidades y abstracciones aquí pierden vigencia. Por ejemplo, nos dice don Carlos Castilla del Pino en su libro El odio, “si bien no hay envidia sin odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia” y, más aún, nuevamente cito a don Carlos, ocurre, sin embargo, que los sentimientos se tienen o no se tienen, y en ese sentido se puede prescribir el “compórtate con el que odias como si lo amases”, pero no el “no odies”, que es tan absurdo como aconsejarle a alguien “no ames” cuando se le ve profundamente enamorado”.

Lo cierto es que Al caer el tiempo forma parte de esta idea de poesía y, en particular, de un intento de dialogar con la vejez y la decadencia del tiempo, más todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, está ya en cuenta regresiva y, por otra parte, tal vez por la misma edad, percibo que la decadencia no solo es propia de la persona, sino también del tiempo y de las cosas, de la naturaleza y dinámica misma del devenir del cosmos.

Nos tocó vivir, afortunados somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y muerte. En el entendido de que el ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola es carne muerta. Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar estas dos grandes esferas, la personal y su tiempo, la historia personal y la historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.

Debo decir, por otra parte, que, en realidad, no sé con exactitud qué encierra el poemario referido. Quizá solamente el paso de mi vejez o el declive y nacimiento de un sueño que no existe o, posiblemente, solo una mínima parte de la radiografía de la simple fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer, el júbilo de vivir y haber vivido y el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte de uno, la muerte del otro en uno, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, por qué no, el poemario en cuestión únicamente se refiere a la hermosa realidad de saber que nada es para siempre, todo se transforma y cambia.

 

La llama del ser y la expresión de la palabra

Como una piedra que vive la bondad e inclemencia del tiempo, busco la flama de mis ser, la vida, la muerte y el vacío. Busco el silencio y el sentido de mi existencia, el suelo y el subsuelo clavados como espinas en mi alma. Busco el grito interior en agonía, la sombra de mi sombra que no encuentro y, sin embargo, está, lo sé bien, muy dentro de mí, como astilla que llora y a la vez me abraza.

Busco en mí el ser de la palabra, y la palabra que uno escribe es única e irrepetible, pero, además, es solo la intuición sobre la efervescencia que encierra el alma, el misterio donde todo es un permanente nacer y agonía, vida y muerte que viene y va, revelación en brasas donde arde el color de sentimientos encontrados, sonidos claros y borrosos, vaivén de sombra, viento, noche y agua, días dormidos sin despertar, noches de permanente luz y desconsuelo, piedras amorosas que en la oscuridad nos miran. Así es la voz, así es la naturaleza permanente de la voz del infinito: poesía de sentimientos de múltiples formas y colores, aromas de veredas y destellos que marcan el camino.

En el caso, así como la luna desgrana su interior en el alma que en silencio mira, así también fueron cinco los destellos que guiaron el camino de Al caer el tiempo, poemario abrazado con una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz como portada. Por su significado para mí, permítanme citarlos. En primer destello es la reflexión de don Carlos Castilla del Pino, dicha en la Casa del olivo, que refiere: “el tiempo pasa para todos. Pero mi futuro se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”. Le sigue la sentencia acuñada por don Eduardo Nicol en su libro La primera teoría de la praxis, misma que a la letra dice: “para ser lo que es, el hombre necesita hacerse un hombre nuevo: ser distinto para ser sí mismo”.

El siguiente destello es el de Enrique González Rojo Arthur, expuesto en su Poema filosófico I, el cual señala que: “la nada, como no es, no puede ser límite de nada”. Le sigue la expresión de amor y tristeza, fuerza y reclamo de don Pedro Garfias Zurita, misma que recorre y recorrerá por siempre la conciencia de México y España y el mundo entero: “ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber por qué”. Finalmente, el quinto destello que como timón de banco resistió la tempestad del mar embravecido y permitió sacar a flote el poemario que aquí comento, fue este monólogo íntimo y sereno de Marguerite Yourcenar, contenido en su poema ¿Qué tienes para consolar la tumba?, el cual refiere: “¿Qué tienes para consolar la tumba? —Tengo el caudal de haber sido”.

Mis amigos, si nada quedara de Al caer el tiempo, más que estos epígrafes de piedra anclados en él, mi alma se irá tranquila desgranando su sombra en el vacío. El vacío que, para mí, como bien lo dice tanto Marcela Romn como Fran Fierro Brito, prologuistas y editores del presente libro, “es un personaje cuya pérdida del sentido vital es un llamado a volver la mirada a lo que sucede aquí y ahora dentro del ser y a su alrededor, a tomar conciencia de la realidad”.

El vacío, el sublime vacío que me lleva a decir que la poesía es la expresión del sentimiento más íntimo del ser. Razón por la cual es libre, solitaria, autosuficiente y no necesita de dioses para sostener su existencia, mucho menos de personas endiosadas para mostrar su fuerza, su valor, su voz. Toda ella es la libertad misma del alma, el libre sentimiento que transita como el agua, las hojas, el viento y la sombra del misterio que anima el rostro profundo del ser. ¿Por qué tratar de atar la libertad de un sentimiento?, ¿por qué tratar de atar a la palabra que a él se asoma?

Para mí, el mayor genocidio literario es tratar de sujetar a la poesía a una convención o capricho medido por palabras. No entiendo ni entenderé nunca por qué el arte se regocija con el ego creador de alguien que ha dejado el sentir del alma como un cadáver indefenso a la vista de modas y etiquetas endiosadas. Moldes y figuras muertas, cadáveres sin voz, sin el fuego interno de la vida, de la vida y lo vivido que comprende, también, la huella cotidiana de la muerte. Poeta, tú que te dices poeta, deja que tu sentimiento aflore y el poema se exprese en libertad. Los sentimientos no son cuantificables, son propios e inherentes al instante que expresa el sentimiento más íntimo del ser, la voz interna que no vemos, pero bien sabemos que ahí está.

Como dije, no sé con exactitud qué encierra Al caer el tiempo. Intenté asomarme a la vejez, a la vida, a la decadencia del tiempo. Intenté asomarme a la muerte que día a día se hace presente en uno y en el otro y en tantos y tantos más. Muertos y más muertos, nuestros míos, mis muertos.

He aquí un par de poemas del Al caer el tiempo:


 

1

Mi camino es un sendero

donde los muertos florecen con sus penas.

 

Es un silencio llagado entre mi boca,

una voz muerta que no encuentra su destino.

Alma errante

como la bruma indigente tirada sobre el muelle,

como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.

  

2.

El recuerdo es un instante que nace del olvido.

Es un lamento y un quejido

que palpita en ilusiones que no existen.

Es la sombra de un migrante como yo, como tú,

buscando, siempre buscando,

un fantasma dormido sobre el tiempo.

 

3.

Los atardeceres envejecen como yo ahora,

son cavernas mirando mis pesares,

recuerdos disecados en mi lengua,

latidos amargos como el polen errante de mis manos.

 

La vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,

es un cadáver esperando el calor de su ceniza.

 

4.

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo

que en silencio se deshace.

 

5.

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

6.

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

7.

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, febrero 2026

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar