El
vuelo al infinito
La poesía nos devuelve al origen del ser,
a la esencia que origina la palabra. La palabra es el asomo, el signo que
expresa el poeta, el escritor, el artista, al ver a su propio yo, al otro, al vacío,
al misterio que encierra el vacío donde el agua es polen y ceniza el viento. La
poesía es el logos del ser, su voz sublime, el grito y alarido de un sinfín de
sentimientos que produce, muy al fondo de cada quien, el andar de su camino.
La palabra, entonces,
es un símbolo, una convención inacabada, siempre inacabada, que se asoma e
intenta describir los sentimientos del ser, las manifestaciones que genera el alma
al sentir la voz del viento, el contexto cultural vivido, los usos y
costumbres, la cruz del colectivo que transita al ras del suelo, las piedras
del consciente e inconsciente incrustadas como espinas. La palabra, como lo he
dicho ya mil veces, es la forma, el cuerpo convencional con el cual la persona
se asoma a los múltiples sentimientos que encierra el ser. Es una convención
muy necesaria y útil para tratar de expresar los sentimientos, mas no
estrictamente indispensable.
Cuando yo percibo el
olor a leña bañada con el fuego, el correr del río, el aroma de una flor, el
cadáver que vi dejado al abandono. El sentimiento producido ahí está, hondo,
profundo. Sobran las palabras. El gesto, la mirada, el silencio, son más que
suficientes. La palabra, la oración, el poema, vendrán después y solo después,
a intentar asomarse o describir un sentimiento, dejar constancia de él y su
revelación.
Son infinitas las
formas, colores y matices contenidos en los sentimientos, como infinita es la manera
de expresarlos a través de la palabra. Dentro de esta pluralidad está el azul,
con él Picasso expresó una parte de su alma y realidad. César Vallejo acuñó, en
el Trilce, su “azular y planchar
todos los caos”, con lo cual visibiliza el trabajo honrado de millones de
personas que lavan ropa y con ella alimentan y dignifican tanto a sí mismas
como a sus seres queridos: “ropas lavadas”, “lavandera del alma” les dice y
reconoce Vallejo. Está también Rubén Darío con su libro que tituló Azul, el cual no solamente es un canto a
la primavera, “el gran bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo
perfume de amor”, sino también, la creación de una nueva estructura del soneto
al incorporar serventesios al mismo,
concepto propio de las coplas de los trovadores y, para decir uno más, Rafael
Alberti con el azul del sueño andaluz, su Marinero
en tierra y, en particular, esa su forma triste y nostálgica, cambiante y
transformadora del azul: “la sombra es más azul cuando ya el cuerpo que la
proyecta se ha desvanecido”.
Sara Reséndiz, Sara
Victoria Reséndiz Ramírez, nuestra poeta, también se detiene en el color azul y
sus matices, en particular, en el azul profundo
del azul. El azul es el color que está en su interior, quizá también en el
nuestro y no lo vemos ni lo sentimos y, sin embargo, el viento lo lleva y trae
en nuestros pasos. Mas Sara Reséndiz lo ubica muy bien. Es el color que le ha
generado su encuentro con la vida, su mirar interno, su mirar al otro y a la
realidad. Es, por tanto, la línea central con la cual colorea su poesía. Y
cuando un poeta unifica su ser con el tono de sus versos, como es el caso, se
genera un sonido poético que el otro, el que escucha, inmediatamente reconoce, precisamente
porque al intentar expresar un sentimiento se descubren, al mismo tiempo, otros
más que en él están inmersos y que, incluso, ni el mismo poeta que lo escribió
los veía con claridad. El poeta también aprende de sí mismo.
No es casual, por lo
mismo, que uno al leer el poemario que aquí comento, tenga la sensación de caminar
por los senderos de la vida, tener la fuerza y el coraje de caer y levantarse, sentir
dolor y placer, esperanza y desesperanza, amor y desamor. Uno al leer a Reséndiz
Ramírez siente lo agridulce de la vida. Admiro lo sencillo y natural de su
poesía, su valentía de decir las cosas como son, con esa forma de expresar muy
suya: “desde que no pronuncio / ya tu nombre, / mi boca enmudeció / y el alma
llora”. Expresión directa y sencilla que hace presente múltiples dolores y
azules contenidos, una gran valentía de asomarse a un interior con la carne
abierta y a un sinfín de sentimientos de infinidad de matices y colores, en
este caso todos inmersos en el azul profundo, cosa que se agradece y valora.
El azul, entonces, es,
para nuestra poeta, el infinito, la eternidad y la muerte. Es el color con el
cual tiñe su pasado, presente y futuro, el peculiar futuro que todos andaremos:
la eterna eternidad que nadie sabe a ciencia cierta lo que encierra. El azul,
por tanto, comprende, a su vez, su paso cotidiano por la vida, su lírica y su
vuelo, sus sueños y recuerdos, sus tropiezos y búsqueda de libertad, soledad y
silencio, sentimientos del entorno y cultura. Tema que, por su importancia,
abordo a continuación y con él concluyo el presente escrito.
Con el azul y sus
matices, Sara Victoria aborda la realidad y cultura que vivió y le formó y, con
ello, le da voz a los usos y costumbres, a la lengua materna que le permitió
describir las cosas y comprometerse, íntimamente comprometerse, con esa
realidad y sentido de identidad y pertenencia. Al hablar con un yo propio,
indivisible, único, habla, a su vez, con un nosotros, con una expresión
cultural de raíces y sentimientos que se asumen y se heredan.
Poesía y cultura se
presentan a la vista de todos. Deja constancia de llanos y pastizales, ruinas y
raíces de la tierra que le vio nacer. Del amoroso ambiente del hogar, el olor
del barro de su tierra, las nubes apacibles y el aroma de cocina y de las
flores. Deja constancia del trino de los pájaros, de la espera, sin tiempo, de
los gatos y del silbido del tren. Del repicar de las campanas, la luz de las
estrellas y el correr del arroyuelo. Deja constancia también del miedo que
lleva al estómago pegarse al espinazo, así como de la fuente, esa fuente donde los
palomos enamorados solían estar y ahora se ha secado.
En Azul profundo los paisajes lejanos se vuelven presente y nuevamente
se siente la llaga del dolor. No hay diccionario que diga cómo describir los sentimientos
profundos de la infancia y los contextos cotidianos, culturales y huellas de
identidad. Razón por la cual, con gran cuidado nuestra poeta nos advierte: “no
te asustes mi bien / que hoy simplemente / mi alma está habitada / por
fantasmas. / Pobres, flacos / sin ganas de existencia, / son mis viejos
fantasmas / del pasado”. Leerle y escucharle con el oído interno es lo mejor.
Genaro González Licea
Caloclica, CDMX, enero de
2026.










