viernes, 23 de enero de 2026

Genaro González Licea: El vuelo al infinito en Azul Profundo de Sara Victoria Reséndiz Ramírez.

 

Fotografía del promocional de la
 Feria del libro 2025. Nopala de Villagrán, Hgo. 


El vuelo al infinito

La poesía nos devuelve al origen del ser, a la esencia que origina la palabra. La palabra es el asomo, el signo que expresa el poeta, el escritor, el artista, al ver a su propio yo, al otro, al vacío, al misterio que encierra el vacío donde el agua es polen y ceniza el viento. La poesía es el logos del ser, su voz sublime, el grito y alarido de un sinfín de sentimientos que produce, muy al fondo de cada quien, el andar de su camino.

La palabra, entonces, es un símbolo, una convención inacabada, siempre inacabada, que se asoma e intenta describir los sentimientos del ser, las manifestaciones que genera el alma al sentir la voz del viento, el contexto cultural vivido, los usos y costumbres, la cruz del colectivo que transita al ras del suelo, las piedras del consciente e inconsciente incrustadas como espinas. La palabra, como lo he dicho ya mil veces, es la forma, el cuerpo convencional con el cual la persona se asoma a los múltiples sentimientos que encierra el ser. Es una convención muy necesaria y útil para tratar de expresar los sentimientos, mas no estrictamente indispensable.

Cuando yo percibo el olor a leña bañada con el fuego, el correr del río, el aroma de una flor, el cadáver que vi dejado al abandono. El sentimiento producido ahí está, hondo, profundo. Sobran las palabras. El gesto, la mirada, el silencio, son más que suficientes. La palabra, la oración, el poema, vendrán después y solo después, a intentar asomarse o describir un sentimiento, dejar constancia de él y su revelación.

Son infinitas las formas, colores y matices contenidos en los sentimientos, como infinita es la manera de expresarlos a través de la palabra. Dentro de esta pluralidad está el azul, con él Picasso expresó una parte de su alma y realidad. César Vallejo acuñó, en el Trilce, su “azular y planchar todos los caos”, con lo cual visibiliza el trabajo honrado de millones de personas que lavan ropa y con ella alimentan y dignifican tanto a sí mismas como a sus seres queridos: “ropas lavadas”, “lavandera del alma” les dice y reconoce Vallejo. Está también Rubén Darío con su libro que tituló Azul, el cual no solamente es un canto a la primavera, “el gran bosque es nuestro templo; allí ondea y flota un santo perfume de amor”, sino también, la creación de una nueva estructura del soneto al incorporar serventesios al mismo, concepto propio de las coplas de los trovadores y, para decir uno más, Rafael Alberti con el azul del sueño andaluz, su Marinero en tierra y, en particular, esa su forma triste y nostálgica, cambiante y transformadora del azul: “la sombra es más azul cuando ya el cuerpo que la proyecta se ha desvanecido”.

Sara Reséndiz, Sara Victoria Reséndiz Ramírez, nuestra poeta, también se detiene en el color azul y sus matices, en particular, en el azul profundo del azul. El azul es el color que está en su interior, quizá también en el nuestro y no lo vemos ni lo sentimos y, sin embargo, el viento lo lleva y trae en nuestros pasos. Mas Sara Reséndiz lo ubica muy bien. Es el color que le ha generado su encuentro con la vida, su mirar interno, su mirar al otro y a la realidad. Es, por tanto, la línea central con la cual colorea su poesía. Y cuando un poeta unifica su ser con el tono de sus versos, como es el caso, se genera un sonido poético que el otro, el que escucha, inmediatamente reconoce, precisamente porque al intentar expresar un sentimiento se descubren, al mismo tiempo, otros más que en él están inmersos y que, incluso, ni el mismo poeta que lo escribió los veía con claridad. El poeta también aprende de sí mismo.

No es casual, por lo mismo, que uno al leer el poemario que aquí comento, tenga la sensación de caminar por los senderos de la vida, tener la fuerza y el coraje de caer y levantarse, sentir dolor y placer, esperanza y desesperanza, amor y desamor. Uno al leer a Reséndiz Ramírez siente lo agridulce de la vida. Admiro lo sencillo y natural de su poesía, su valentía de decir las cosas como son, con esa forma de expresar muy suya: “desde que no pronuncio / ya tu nombre, / mi boca enmudeció / y el alma llora”. Expresión directa y sencilla que hace presente múltiples dolores y azules contenidos, una gran valentía de asomarse a un interior con la carne abierta y a un sinfín de sentimientos de infinidad de matices y colores, en este caso todos inmersos en el azul profundo, cosa que se agradece y valora.

El azul, entonces, es, para nuestra poeta, el infinito, la eternidad y la muerte. Es el color con el cual tiñe su pasado, presente y futuro, el peculiar futuro que todos andaremos: la eterna eternidad que nadie sabe a ciencia cierta lo que encierra. El azul, por tanto, comprende, a su vez, su paso cotidiano por la vida, su lírica y su vuelo, sus sueños y recuerdos, sus tropiezos y búsqueda de libertad, soledad y silencio, sentimientos del entorno y cultura. Tema que, por su importancia, abordo a continuación y con él concluyo el presente escrito.

Con el azul y sus matices, Sara Victoria aborda la realidad y cultura que vivió y le formó y, con ello, le da voz a los usos y costumbres, a la lengua materna que le permitió describir las cosas y comprometerse, íntimamente comprometerse, con esa realidad y sentido de identidad y pertenencia. Al hablar con un yo propio, indivisible, único, habla, a su vez, con un nosotros, con una expresión cultural de raíces y sentimientos que se asumen y se heredan.

Poesía y cultura se presentan a la vista de todos. Deja constancia de llanos y pastizales, ruinas y raíces de la tierra que le vio nacer. Del amoroso ambiente del hogar, el olor del barro de su tierra, las nubes apacibles y el aroma de cocina y de las flores. Deja constancia del trino de los pájaros, de la espera, sin tiempo, de los gatos y del silbido del tren. Del repicar de las campanas, la luz de las estrellas y el correr del arroyuelo. Deja constancia también del miedo que lleva al estómago pegarse al espinazo, así como de la fuente, esa fuente donde los palomos enamorados solían estar y ahora se ha secado.

En Azul profundo los paisajes lejanos se vuelven presente y nuevamente se siente la llaga del dolor. No hay diccionario que diga cómo describir los sentimientos profundos de la infancia y los contextos cotidianos, culturales y huellas de identidad. Razón por la cual, con gran cuidado nuestra poeta nos advierte: “no te asustes mi bien / que hoy simplemente / mi alma está habitada / por fantasmas. / Pobres, flacos / sin ganas de existencia, / son mis viejos fantasmas / del pasado”. Leerle y escucharle con el oído interno es lo mejor.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, enero de 2026.

 

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar 


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