sábado, 20 de septiembre de 2025

Genaro González Licea: Luis Yrausquín, el poeta de caminos solitarios sin regreso. A propósito de Memorias del delirio.


Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta de caminos solitarios sin regreso. Sus letras son las huellas del camino recorrido. En ellas hay búsqueda y tristeza, soledad en vuelo. Su poesía despide dolor y desaliento, esperanza y desesperanza, vida y muerte, amor y abandono. Su poesía es un permanente galopar en sueños y realidades, montañas, bosques y mares. Musas, como las llama él, que a fin de cuentas no son otra cosa sino la expresión amorosa de lo que encierra la poesía.

En este contexto de galopar de sueños, bien se puede decir también que la poesía de Luis Yrausquín es la expresión de un vuelo desolado, errante luciérnaga que busca su yo íntimo, personal, personalísimo y, al mismo tiempo, su yo comunitario instalado en la libertad del ser. Pero, además, es una voz que busca su yo profundo, su otro yo, su complejidad de yoes, con un tono de carne abierta, de heridas hondas cubiertas con la sal y la cal de la existencia.

Yoes que son muchos y a la vez es uno solo, el que uno siente como propio. Sí, uno conoce sus yoes, sabe que están ahí, listos para actuar en la gloria o en el infierno, a flor de piel o agazapados y, sin embargo, dentro esos yo hay muchos que no conocemos, otros que nos gustan y otros que no nos gustan, otros que deseamos, y otros más que no queremos, pero es la soledad, la nuestra y de nadie más, la que los frena, los desnuda o los libera.

Entre este conflicto de yoes y la soledad como punto de encuentro y desencuentro es donde, me atrevo a decir, nace el principal tono, la piedra que funda y motiva la poesía de Yrausquín en su aspecto general, en particular de la contenida en Memorias del delirio, libro que aquí comento.

Es de mencionar que, a mi parecer, la soledad de Yrausquín no es una soledad cualquiera, mucho menos la soledad romántica y llorona que toca en las campanas de los pueblos. No, su soledad es un mirar desencarnado hacia dentro de sí, hacia el encuentro a carne viva de uno en uno mismo, es, para nuestro poeta, su forma de ver la vida, la muerte y su amor a la vida y a la muerte, es su musa, su conflicto y su equilibrio.

Son sus ojos con los que sienten el peso de su sombra, su camino y su destino. “Hoy quiero verte en la noche/ y usurpar los lazos de las estrellas / que nos unen del día al atardecer: / contemplarte en el diamante / de la soledad”, nos dice el poeta Luis Yrausquín, y con ella, con su soledad a solas, dialogar y discutir, amasar el desamparo y desconcierto: “otórgame la miel / de tus labios opiáceos, / doncella de mirada fiera y soberbia / déjame caer en un sueño profundo / tropezando con los fulgores de esta noche, / cuando la soledad de la ilusión muerda / en esta prostituta ciudad de locura”.

Sí, la soledad es para Yraisquín Landaez esa turbulencia interna que muerde hasta los huesos, es tristeza, abandono y seducción: “voy al nacimiento de la estrella del sur / en aguas movedizas de los colores del poniente / se complacen mis sentidos / una soledad de espanto / surge de la boca del seno de la diosa el perverso Nosferatu de la melancolía”.

Es hastío, cansancio de ver la tristeza en uno mismo, la desolación de ver al otro subyugado, sometido a la pobreza, a la injusticia de vivir sin libertad. La soledad, nos dice, “es el hastío de la saciedad / la carencia sin justa medida. / Es vacío el que grita / dentro de mi plexo solar / sin importar cuánta gente me rodea / yo vivo. / Es la sensación del vértigo / sin alejarme de la soga / Es caminar a contraluz”. Es, como él mismo lo dice más delante, su abismo que “tiene formas de dragones que se jactan en la ausencia”, el puño de su letra que “invita a los pecados” y “permanece fuera del centro” y “se enmudece en las cuevas”.

Insisto, la principal piedra triangular de nuestro poeta es la soledad, a partir de ahí palpa y siente sus múltiples seducciones por la vida, por la muerte y por el amor a la poesía. La poesía, esa musa cuya sombra le seduce, le lleva a buscar su rostro al fondo de sí mismo. La poesía, la esencia de la poesía donde el poeta de Memorias del delirio enmudece “vagabundo junto a las llamas” y es ante ella “un reptil” y la besa toda hasta fallecer devorando su vacío, entre otras cosas, porque, cito al poeta, “su corazón / es parecido al mío / errabundo / me seduce hacia el final / me lanza a la muerte de mi ser”.

La soledad y la poesía, juntas ya en su propia sombra, le llevan al abismo, al infierno y a enfrentar la adversidad. Como él mismo nos señala en su poema Descenso: “Bajé al infierno / abrasado / buscando / en tu espíritu algo fúnebre / en las aves del camino / buscando desvestirme / en la cordura / de mirarte madrugada”. Nada fácil fue el camino, ahí sintió en carne propia lo que es el pánico y el miedo, la oscuridad de la luz y el silencio que le llevaron a devolverse, nos dice: “al jardín abandonado que era / resucitando de mis propias cenizas”, y más todavía, a mencionar con todas sus letras: “he transitado en este jardín la Diosa de los mil infiernos, / succionando de sus sombras / sin percatarme del tiempo / hasta secarme con mis azucenas”.

En mí no hay ninguna duda, Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta que viaja al interior de su propia soledad y busca su propio yo, su propia identidad sin olvidar al otro, al ser humano también de barro que camina junto a él y es parte de su sombra. Es enorme su creatividad poética y su volcán de sentimientos que desgarran su palabra.

Como ejemplo, uno más, por supuesto, ahí están estos sus versos del hermoso poema titulado Espontáneo: “me atomizo / soy una niebla / y mutilado del todo / busco / mis pedazos / después del naufragio”. Su voz no busca el aplauso, busca su ser, la eternidad de asomarse un instante a su condición humana, convencido, hondamente convencido, de encontrar un instante, por un solo instante, la sombra de su rostro interno en plena libertad.

Cito, como muestra su poema Anhelo: “siempre / voy buscando libertad / en avenidas / bosques / y ciudades / siempre voy buscando incendios desiertos / y polvos / con ninfas salvajes”. Y es tan sincero y auténtico su anhelo que, al mismo tiempo, le permite exhortar a las ninfas, a las musas, a la poesía y al mundo entero, que aligeren con “esas alas de hada” y vuelen “hacia la libertad”, / no vean “atrás la montaña dorada, jamás; / mientras muera, un poco, sin gloria, / renazca en este maldito dolor / seguiré buscando poemas / añejados en un mal tiempo de cosecha / intentando embriagarme de ilusión / hasta hallarme insurrecto en la luz de las montañas; / suéltame y vuela sin ver hacia atrás”.

Lo digo sin titubeos, la fuerza de la palabra poética de Luis Yrausquín tiene y tendrá resonancias literarias en los cuatro puntos cardinales. Yo no sé cuántos poemarios vendrán al que comento, lo que sí sé es que su trazo íntimo, único e inconfundible está aquí y se agigantará con el tiempo. En los poemas que hasta aquí conozco está la semilla de su esencia poética, su búsqueda permanente, literaria y personal, que le permitirá ir dejando huella de su paso literario y, al mismo tiempo, dejando constancia del misterio y esencia que encierra la poesía.

Yrausquín tiene el acierto de decir las cosas sin costras literarias, su lenguaje sencillo, entendible, directo y sin rodeos, permite un diálogo íntimo que se le agradece. Otra virtud de su poesía, específicamente de la contenida en Memorias del delirio, es la remarcada idea de soledad y desolación, más no es esa soledad y desolación que vive y muere en escritorio, sino la que surge de la orfandad de uno y de lo que uno encuentra en el camino. El ser humano es, por naturaleza, un ser inacabado, indigente siempre. Mas no es común que esa naturaleza la retome la sensibilidad de un poeta y la exponga con su propia carne destazada. Su poema Desolación es, me parece, un buen ejemplo:

 

Hoy me parece que el mejor destino sería la muerte

golpeo el espacio del silencio

y ahí voy

concentrado en un desliz suicida.

 

Trazo razones sobre la huida

y me hallo cortado

soy un fauno que busca el exilio 

un héroe sin armas ni corazas ni carros alados.

 

Heme aquí en el rincón del hastío

en el corazón de una patria náufraga

que colisiona con la ventura de la vida misma.

 

Heme aquí y allá, en el futuro y en el pasado,

visitando muertos y desvistiéndome para un funeral

atrapando palabras en el sótano.

 

Hoy necesito manuales de viejos alemanes,

aquellos que derribaron el muro de Berlín

para seguir en este ocaso.

 

Heme aquí pululando con recuerdos

sobre todas las rocas de los naufragios del mundo

 

¿Aún, después de esto, esperaré ser libre?

 

Con esta voz, Luis Yrausquín, nuestro poeta, recorrerá el mundo y el firmamento. Dialogará consigo mismo y con generaciones enteras. En lo personal, guardaré siempre un agradecimiento por permitirme encontrarlo, sentir su voz y permitirme reconocer su incuestionable sensibilidad y contenido que expresa su palabra. Tocar la llaga de la creación, amigo Yrausquín, es un gran privilegio y tú lo tienes. Sigue recorriendo los puntos cardinales de este mundo y del infinito mismo, y llévanos a ellos con los recuerdos que ahí surgieron y los misterios que engrandecieron los pasos de tus pasos.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, septiembre de 2025.

 

Genaro González Licea

Fotografía sin datar 


miércoles, 16 de julio de 2025

Genaro González Licea: CONCIENCIA CÓSMICA Y HUMANA EN EL SENTIPENSAR INDOCRISTIANO DE BENITO BALAM

 


CONCIENCIA CÓSMICA Y HUMANA

EN EL SENTIPENSAR INDOCRISTIANO DE BENITO BALAM

 Sentipensar Indocristiano, libro de Benito Balam que aquí se presenta, es la palabra ancestral de los pueblos indígenas de América, expuesta con el tono azul turquesa de una visión de mundo que hierve en nuestra sangre todavía.

Es la expresión de nuestros pueblos indígenas, hecha con una raíz muy nuestra y, al mismo tiempo, fusionada con los injertos propios del paso del tiempo. Ensambles de historicidad que, hasta hoy en día, se manifiesta en el actuar de nuestra vida cotidiana. Ello es así, porque dicho ensamble y comunión encierra una visión humanista del mundo, una cultura libertaria y respetuosa del ser, del ser pensante y del ser viviente, en un tiempo y espacio comunal, sagrado, místico e interactuante en la diversidad que se encuentra en el camino.

Y es así como Benito Balam estudia la honda raíz de los ancestros, su filosofía y su palabra. Palabra que en el presente libro se nos muestra en su hondura y resplandor y, por si fuera poco, bellamente ilustrada por el maestro Alberto Cerritos. Todo mi reconocimiento a su trabajo.

En Sentipensar Indocristiano tenemos la exposición del contenido y significado de la palabra fundante. La palabra de claridad, la palabra biocósmica y de advenimiento, la palabra de las palabras de la Piedra del tiempo, la del hermano mayor y la del camino blanco.

También se expone el significado y contenido de la palabra del hermano maíz, la madre tierra y del vidente. La palabra de la sabiduría y de la medicina; la palabra del sol, la tormenta y el agua, el viento, la semilla y la aurora y, finalmente, la palabra de la serpiente emplumada, el venado guía, el fuego sagrado y, por supuesto, la palabra que han dejado los difuntos, unida al amor a la vida y al más allá.

En suma, se expone, como dije, la palabra fundante de nuestra historicidad y el ensamble en ella recibida por la propia dinámica del tiempo. El tiempo, igual que uno, no es fijo y para siempre, es dinámico y cambiante. El tiempo, diría Benito Balam, “no es un invierno humano, es un devenir del ser, donde el centro de su medición es la vida misma, su sobrevivencia y su buen vivir, por eso, el punto de partida del conocer, no está en la mente humana, sino en la conciencia cósmica, que sostiene el orden para que prevalezca la vida, y dentro de ésta, el ser humano”.

Razón por la cual, no tengo ninguna duda, puedo afirmar que Sentipensar Indocristiano es y será un libro capital para aquellos que busquen, con seriedad y respeto, asomarse a nuestras raíces, injertos, entrecruzamientos y modificaciones que han erosionado nuestra historia.

Es un libro complejo, libro para leer, releer y estudiar. Es un libro vital que nos muestra el sentir, el pensar y actuar de nuestros antepasados, unido a la filosofía de otras formas de ver el mundo, formas que se enlazan y complementan, pero también, se entrecruzan, dialécticamente, como contrarios, no para destruirse sino para transformarse y propiciar el respeto y convivencia en comunidad.

En este sentido, si bien, hasta donde percibo, Benito Balam enfatiza su estudio en la palabra de la cultura maya, en realidad, su estudio es piedra angular que comprende, al mismo tiempo, la palabra de la cultura purépecha y huichol, otomí, náhuatl y yaqui, por decir algunas, así como la palabra de oriente y occidente, entrelazadas en su devenir.

La palabra actual, igual que la ancestral, comprende una visión de mundo, una historicidad, un ensamble, un injerto y bifurcación, una comunión dialéctica de respecto y equilibrio para actuar en convivencia, lo cual no quiere decir que no existan tendencias de poder que busquen dominar con su palabra y visión sectaria de poder la unión multicultural que encierra la palabra. Sin embargo, el comportamiento natural y profundo de la palabra no es generar inestabilidad y violencia, sino, más bien, justicia, respeto y tolerancia para vivir y convivir en comunidad.

La palabra expuesta en Sentipensar Indocristiano comprende, por tanto, una conciencia universal del ser, un asomo a los sentimientos y pensamientos del ser, del ser viviente y pensante; una unión de pensar y sentir, razón y sentimiento, razón y bondad, un sentipensar. Término que es entendido en la obra de Benito Balam “como un elemento de la conciencia cósmica, comunitaria, intercultural, crítica, humana y espiritual”, ello en virtud de que, cito nuevamente sus palabras “no se restringe a lo humano, sino se centra en el proceso de la vida, donde encuentra su realización humana”.

Dicho esto, concluye: “estamos en el tiempo en que es posible lograr, que la mente sea puesta al servicio de la conciencia del ser humano, que a la vez que cuida de la vida, se deje cuidar por la vida. Si nos oponemos a eso, la vida misma en sus manifestaciones naturales, se encargará de recordarnos, que ella es prexistente a cualquier ser humano”.

Esta es la palabra de entendimiento y comunión que contienen las páginas del libro que aquí se presenta. Palabra que viene desde los ancestros y se conjuga e interpreta con la voz indocristiana de Juan Diego en su experiencia mística, según refiere Benito Balam, “con Santa María Tonantzin Guadalupe, en el Nican Mopohua, copilada en náhuatl por Antonio Valeriano, alrededor de 1556”.

Y es así como las raíces indígenas y cristianas se entrelazan en el tiempo y el espacio, en la dimensión biocósmica del sol, ello a pesar de que, refiere Benito, “sabemos por la ciencia occidental que la tierra gira alrededor del sol”, pero, como él mismo nos reitera, “en la ciencia maya, el sol de cada día con su noche, es único e irrepetible, al menos durante 52 años, en que se renueva el sentido de ese nuevo sol, y se recarga con nuevos significados, su día con su noche”.

De esta manera, permítanme decirlo de así, la palabra, a pesar de ser plural y estar compuesta por múltiples aristas, entre ellas el misterio del silencio y la llama donde nace, en realidad es una, un símbolo y expresión que se asoma, solo se asoma, a describir ese misterio, ese sentimiento de razón y bondad, conciencia cósmica y humana del ser, lo repito una vez más, del ser pensante y del ser viviente, en un tiempo y espacio determinado.

Por lo expuesto, es posible decir que el centro de esa palabra, múltiple y unificada, es el ser, la efervescencia cósmica del ser, unida al pensamiento y sentimiento producido en la raíz de la persona, ya sea en lo individual o colectivo. Esferas que se complementan, se unen, buscan su sentido e identidad, y se liberan.

Debo agregar, finalmente, que Sentipensar Indocristiano constituye un eslabón muy importante en el estudio que por años ha efectuado Benito Balam sobre la visión indocristiana o ensamble de dos visiones de mundo.

Visión cada vez más necesaria en nuestros días, pues nos permite reencontrar y reencauzar la voz de millones de cristos que caminan sus viacrucis atados a la pobreza. Son personas que buscan respeto y dignidad, convivencia comunitaria y libertad de ser, hermanada con el comportamiento de la tierra y el cosmos.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, julio de 2025.

De derecha a izquierda: 

Hans Giebe, Benito Balam y Genaro González Licea 

Fotografía obsequio de Hans Giebe  


jueves, 29 de mayo de 2025

Genaro González Licea: así como el agua ama a la flor.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz 
Eretria, Grecia

 

A Enrique Ruelas Barajas

I.

Así como el agua ama a la flor,

y la flor a la sombra

que ondula sobre el agua,

sobre la flor en la flor del agua.

 

Así como el follaje se tiende placentero

sobre un zarzal escondido en el olvido,

y llora al sentir la intimidad del río,

su seca soledad

de siempre estar muy solo,

estoico, sosegado, mudo,

sintiendo la dicha y la desdicha

de vivir las inclemencias del tiempo,

el instante que se va, el olvido que no vuelve.

 

Así, así es el amor,

la esencia indigente del amor.

 

II.

El amor,

la vivacidad del amor,

quietud húmeda y serena de unos brazos

que en silencio esperan un instante de consuelo

a su propia soledad.

A su instinto de ser y libertad de amar,

de amar la fragancia de lo que es,

el deseo de lo que nunca ha sido,

la humildad de cobijar en las entrañas

las grietas del abandono,

el eterno abandono que vive el abandono.

 

El amor,

el amoroso amor de amar,

canto de pájaro en la soledad del viento,

sombra callada de alma peregrina

que vaga desnuda e incompleta de sí,

vacía, serena, resignada,

sin la esperanza de encontrar su plenitud,

solo el instante,

el eterno instante del vacío,

el hondo vacío de siempre estar vacío.

 

Así es el amor,

la plenitud y la fragancia del amor:

búsqueda y aroma,

inicio y fin de la existencia,

tierra y rocío, corteza herida,

piedra y semilla silenciosa

donde nace y muere el tiempo.

 

III.

El amor,

el amoroso amor

de dar lo que no existe,

y recibir lo que nunca llegará.

 

Lo que se busca y se desea,

lo que está y a la vez no está,

dulce instante que nos ve y sonríe,

y se va sin atar ni desatar destino,

solo se va, sereno, firme, digno,

como lágrima callada que deja caer la luna

donde llora la sequedad del mar.

 

El amor,

la indigencia amorosa del amor,

búsqueda permanente

de un suspiro en la piel del viento,

deseo, encuentro y desencuentro del ser,

del ser pensante, viviente y del cosmos:

piedra, tierra, agua e infinito,

vacío silencioso, eterno y esencial.

  

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 25 de abril de 2025

 

Del libro: 

Sombra, sombra mía de Genaro González Licea 


Fotografía obsequio de un evento en 
Casa Marie José y Octavio Paz  



sábado, 17 de mayo de 2025

Casa Marie José y Octavio Paz: acercamiento de Genaro González Licea al poemario Sobre la piel de la piedra de Roberto López Moreno

 

De izquierda a derecha: Maestra Leticia Luna, 
Roberto López Moreno, Marcela Romn, 
Genaro González Licea. 
Fotografía obsequio del evento  


UNA MIRADA AL POEMARIO SOBRE LA PIEL DE LA PIEDRA

DE ROBERTO LÓPEZ MORENO

 “Roberto López Moreno es todo un poeta de piedra y agua, de voces que aletean como espinas en el aire, palabra hecha montaña, leyenda de maíz mirando la neblina, es voz de sol y cascada de metáforas, selva y mar, ríos de fuego y esperanza, puño libertario de barro chiapaneco: “pero esta América tendrá que ser más grande que los viles, grande y luminosa”, nos dice y nos repite de mil formas esta su voz y su palabra”.

            Estas líneas que escribí hace algún tiempo en un ensayo que titulé Roberto López Moreno, el poeta de mil tonos de piedra y agua, las reitero ahora, aquí, en la presentación de su poemario Sobre la piel de la piedra, el cual es un relato, personal y social del poeta, como él mismo lo dice: “soy la voz del pedazo de tierra que me toca, / (…) / He aquí que conozco la trama / y me siento a contarla. / He aquí que desgrano la mazorca, / cal a cal”.

            Esta es la voz del poeta en el libro que se presenta. Expresión de profundas raíces de dioses, flores, piedras, pájaros de mil colores, sabiduría del agua subterránea que riega nuestras venas. Nuestra historia prehispánica está “sobre la piel de la piedra”, sobre la sombra que somos, sobre los pasos que damos.

Cuarenta y dos poemas dan forma a este hermoso libro dedicado a Flor de María Mendoza Quino. Libro repleto de metáforas que calan, de soles y espinas dejadas por los ancestros en la masa de barro de cada quien, pero, además, este poemario que será citado de mil formas, está custodiado por un excelente prólogo y diseño de la editorial El Canto de la Alondra y, por si fuera poco, por una bellísima serigrafía, como portada, del maestro José Hernández Delgadillo, titulada Mujer Florecida, con la cual López Moreno hace un reconocimiento al gran muralista mexicano y nos alerta sobre la importancia de su obra, más no conforme con ello, nuestro poeta nos entrega, como testimonio, unos versos que escribió ante un mural de Hernández Delgadillo, poema que llamó, precisamente, Testimonio, he aquí unos versos del mismo: “el pueblo enfrenta / los pétalos ardientes de la fusilería. /

Nuestra voz de milpa nació sobre una cama / de plumas verdes y azules, / y reptando fue la sabiduría de la tierra, / se hizo serpiente, / y águila en desplome / con su tragedia de alas ultrajadas”.

Y es así como nuestro poeta inicia su recorrido Sobre la piel de la piedra, sobre la memoria que somos: “Yo te amo flor del amanecer, / mi corazón colibrí, está contento”, le dice a la mujer amada, a la historia, a la diosa Tecayehuatzin, en tanto que a Xochipilli, el dios de las flores, lo exhorta a “¡Que viva el canto! ¡Que cante la vida! (…) las piedras de un río manso vuelven a tomar arquitectura en el fresco a la mano fondo claro, minuto movedizo. / (…). Todo rompe Xochipilli, tú, aquí otra vez, abriéndote desde las tinieblas para tocar con tu dedo las auroras desde el ayer otra y mil veces entre nosotros, siempre, en el estallido de las sorpresas”.

Con esa fuerza lo expresa nuestro poeta porque sabe que nosotros somos hijos de Kukulkán, nosotros, expresa, “sus hijos, la minúscula partícula que somos su cuerpo, aguardamos silenciosos el descenso. Sabemos que el Dios Sol ha escogido la pirámide para bajar por ella hacia nosotros. Sabemos que la antigua fuerza, el misterio de la sabiduría, le dio ese punto de contacto con la tierra”.

La tierra, sí, la tierra, nuestra casa, nuestra Calli que, cito a López Moreno, es “limpia como la camisa del día, / como la ola que la conforma, / la casa. / Una de las ventanas abre al mar, / la otra a la montaña maestra, tiempo arriba; / piso y techumbre de esta casa / que nos habita de bondades. / (…) / El hombre es su casa, / lo que crezca en ella crecerá su casa”.

Esa es la casa, nuestra casa, y la casa, no se olvide, está en el vientre de la tierra. La tierra, la madre tierra, la enorme y amorosa casa donde nosotros, igual que los mexicas, retomo la voz de Roberto, vivimos “diariamente un poema / que (tiñe) el agua y las montañas de oriente / al pecho del primer gallo / mitad sombra, mitad sangre”.

Sangre y sombra que le llevan a exclamar sin detenerse: “Dios te salve Coatlicue, llena eres de gracia y de desgracia, parida de la sombra, luz tremenda, devoradora que repartes las mazorcas de tus manos, de tu collar de corazones, del cráneo con que ciñes tu cintura. Madre tierra de donde parte y a donde llega todo, amargo y dulce nuestro, terriblemente tierna, tiernamente terrible, míranos crecer, multiplicarnos, pegados a tu difícil carne litográfica, a tu tatuaje de estrellas en donde hace sus cónclaves el cosmos”.

Mas este basamento triangular de nuestra historia, historia de nuestra historia escrita sobre la piel de la piedra y la sabiduría de códices con miles de preguntas y una información genética que llevamos en los huesos, encierra también miles de ojos distantes y plurales, un mundo compuesto por infinidad de mundos, filosofía y trabajo creador de hechos y personas concretas que están y estarán siempre ahí, esperándonos y nunca en el olvido. Yo no creo en el olvido, más bien, ante lo vasto de la diversidad de los pasos cotidianos, y quizá algunos desatinos que encierra la soberbia, yo estimo que cada quien tiene su espacio y tiempo, antes o después, eso es intrascendente, lo importante es que los hechos y el trabajo creador estará ahí esperando a la persona que a él acuda y no en el olvido.

Y ahí está nuestro poeta dejando testimonio de lo encontrado al paso de sus pasos, los bramidos de la selva, el canto del cenzontle, el dormir o despertar del día, el latido del tambor, la marimba, la marimba candela, o los negros de Tlalpan, este último poema, qué poema, el solo título directamente se dirige a la conciencia, cito con un dolor cruzado unos versos del mismo: “los negros de Tlalpan, los que antes caminaron sobre espuma, / los que hasta el pedregal vinieron, / desde atrás de la distancia, / andando los insomnios de la luna, / la geometría de las constelaciones. Pasa un colectivo y los incrusta / en el vientre de la ciudad voraz. / (…) / Los negros de Tlalpan son, ahora, / una molécula del verdinegro reloj, el gran. / El valle crece”.

En este contexto de testimonios y recuerdos, está también el que le dedica al Cerro de la estrella, esos ojos mudos que en silencio miran. Ya habían corrido los siglos, nos expresa López Moreno, “pero el Cerro de la estrella / ahí estaba, todavía, / ahí está, / preservando con dificultad / el promontorio / desde donde ha visto / (ve) / pasar el tiempo”.

Por supuesto que Sobre la piel de la piedra hay muchos testimonios más, de hecho, todo el poemario es un gran testimonio, permítanme, por lo mismo, citar uno más. Sí, el que se refiere al grito de la tierra en septiembre de 1985: “cuánta carne nuestra fue entregada a solas” reclama nuestro poeta, y agrega para no dejar ninguna duda: “solitarios fuimos frente al cosmos, / solitarios estamos con nosotros mismos / frente al hecho concreto del derrumbe”.

He de comentar que el poemario que aquí nos reúne comprende también un número considerable de agradecimientos a personas que Roberto encontró a su paso. Acto no solamente biográfico sino muy generoso y sugerente que nos permite preguntarnos: ¿qué ha sido, entre otros, del compositor Eduardo Soto Millán; del escultor Luis Aguilar Castañeda; del poeta Ángel Carlos Sánchez?; ¿Qué ha sido del arqueólogo y docente Raúl Martín Arana Álvarez; del pintor Ramón Oviedo o de la poeta Josefina Magaña? ¿Dónde está el pintor y grabador Castro Pacheco, dónde las notas musicales de Álvarez del Toro? De todos ellos su obra está y no en el olvido, la falta es nuestra. Gracias mi estimado Roberto por sacarnos del mundo ensimismado que vivimos y hacernos ver otros horizontes que también son nuestros.

Sin duda que del poemario que aquí se presenta existen muchas cosas más que decir, pues, les aseguro, lo hasta aquí señalado no es más que el asomo que da una primera mirada a su profundo contenido. Hay mil cosas más que decir, lo sé, lo sé bien, porque los poemas que lo componen son una piedra compuesta por un crisol de colores, son reflexiones propias de una persona que nos hace partícipes de algo de lo mucho recorrido.

Razón por la cual le digo al amigo, les digo a ustedes, Sobre la piel de la piedra es un hondo testimonio de Roberto López Moreno, es la búsqueda de generar una clara conciencia del enorme potencial de lo que somos, es la voz de una historia inagotable que verá el paso del tiempo, igual que el Cerro de la estrella, los códices, el mar y la piedra, la piel de la piedra donde el poeta incrusta éstas sus palabras: “Patria de llagas / esta voz / ave en punta / rompiendo el horizonte”.

 Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, mayo de 2025.

  



domingo, 4 de mayo de 2025

Genaro González Licea en el Encuentro de Letras “Roberto López Moreno” en el Museo de Arte Sarah Tisdall.

 

Arturo Reyes Mata (izquierda), 
Abdiel Organista (centro) y Genaro González Licea. 
Fotografía obsequio del evento.  


 En las paredes heladas de las fosas clandestinas

En las paredes heladas de las fosas clandestinas

nacen cardos que lloran en mí cuando respiro,

flores transparentes que brillan al sentir mi lejanía,

quejidos que buscan dormir sobre mi hierba,

piedras que buscan las lágrimas del río,

gritos ciegos, desolados,

dejados por la muerte violada en lo efímero del alba.

 

 

El aire huele a muertos arrastrados por el agua

El aire huele a muertos arrastrados por el agua,

a cráneos tirados mirando su agonía,

a voces atadas en la tumba de mis manos.

 

El aire huele a muertos torturados,

a quejidos escondidos en la tierra que pisamos,

a presagios, rezos y alaridos.

 

Es grande el dolor que deja el silencio de la muerte.

 

 

En el alba las almas se despiertan

En el alba las almas se despiertan

al sentir lo fresco del rocío,

el abrazo de un recuerdo que vive sepultado,

la tristeza de una sombra que en el viento se ha perdido.

 

 

Alma mía que vagarás sin mí

Alma mía que vagarás sin mí,

igual que el polvo en la eternidad del tiempo,

no mires hacia atrás ni veas extinguir

en el vacío el cuerpo que dejaste.

 

El infinito es permanente cambio,

misterio de calma y tempestad

donde el silencio vive.

 

Sigue, alma mía, igual que yo,

el sentir del viento,

sigue sin ver los campos recorridos

y cumple, como yo, el destino que forjaste.

 

Uno, a fin de cuentas, es lo que hace

y no lo que hizo ayer.

 

No te detengas, no, no te detengas.

Tú, mi humilde sombra de piedra

que conmigo sintió los pasos del camino,

la voz del agua y de los muertos

del pasado en mí.

 

Los muertos, mis muertos,

los amorosos muertos que habitan el olvido,

la indigencia natural del abandono.

 

Genaro González Licea,

Caloclica, CDMX, 3 de mayo de 2025

Genaro González Licea, 
fotografía obsequio del evento.



lunes, 28 de abril de 2025

Presentación de Al caer el tiempo de Genaro González Licea en el Tianguis Cultural “Cipreses Azcapotzalco”.

 

Marcela Romn, Fran Fierro Brito (al centro) 
y el autor de Al caer el tiempo
Fotografía sin datar 

 

“En los poemas de Al Caer el Tiempo, el vacío es un personaje cuya pérdida del sentido vital es un llamado a volver la mirada a lo que sucede aquí y ahora dentro del ser y a su alrededor, a tomar conciencia de la realidad”. 


Prólogo de Al caer el tiempo

EL CANTO DE LA ALONDRA 

Marcela Romn 

Fran Fierro Brito 


La poesía es una expresión del ser, un sentimiento íntimo, profundamente íntimo del ser, del ser viviente y del ser pensante. No necesita de dioses para sostener su existencia, tampoco de personas endiosadas para mostrar su fuerza, su valor, su voz.

            La poesía, al ser un sentimiento, está en el alma de todo ser: de las personas, del agua, de las piedras, de las hojas y del tiempo. Es libre como el agua, como el viento. ¿Por qué tratar de atar un sentimiento?, ¿por qué tratar de atar a la palabra que a él se asoma? Para mí, el mayor genocidio literario es tratar de sujetar a la poesía a un capricho medido por palabras. Poesía y poema son dos cosas muy distintas. Poetas somos todos. Poeta, tú que te dices poeta, deja que tu sentimiento aflore y que el poema exprese su libertad.

            Al caer el tiempo es un asomo a ese sentir del alma desde la vida, la decadencia, la muerte. La muerte que día a día se hace presente en uno, pero también en el otro. Cuando un ser vivo muere, muere también una parte de mí.

En ese sentido, hoy, en esta presentación de Al caer el tiempo, haré presente a los migrantes y desaparecidos, a los miles de muertos sin sepultar en mi país. Duelos que viven con nosotros igual que el viento. Pedro Garfías lloró “por los que han muerto sin saber por qué”, yo intento hablar por ellos, hacerlos presente en nuestro andar cotidiano, como presente es la sombra de nuestros pasos.

            Muy agradecido a Marcela Romn, Fran Fierro Brito y a El Canto de la Alondra, mi hogar editorial, por acompañarme en esta presentación y por ese prólogo tan hermoso que me envuelve el alma y me exhorta a no claudicar en este camino de luces y sombras, piedras y espinas.

Gracias, también, a la Congregación Literaria de la CDMX, a la Alcaldía Azcapotzalco y a las personas en general por permitirme escuchar y ser escuchado.

 

 

***

Me acompaña mi vejez, la lejanía del río,

un cuerpo astillado que mira mi abandono,

un alma desahuciada en el rostro que fue mío,

unos lirios soñando en mis párpados resecos,

unos huesos sintiendo mi agonía.

 

Me acompaña el silencio de mi sombra,

el vacío de estar siempre vacío,

vacío, vacío.

 

 

***

Un migrante camina

por la vieja vereda

que entierra los pasos de los muertos,

los sueños rotos,

el hambre de encontrar su voz, su sombra,

en las grietas resecas de un estanque abandonado.

 

 

***

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor

de ese cuerpo que en silencio se deshace.

 

 

***

Tirado en una grieta que me cuida,

sin levantarme por siempre ya,

sin saber que he llegado al fin de mi destino,

a este viento, a esta sombra,

a esta tierra que me esconde,

mi alma vaga en el vacío,

como otras que han muerto, igual que yo,

sin saber por qué.

 

 

***

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

 

***

Fui asesinado con las manos del otro que son mías.

Soy mortaja clandestina sin cruz en el camino.

Mi hogar es el baldío,

el recuerdo de una sombra que fue mía.

 

 

***

Morí sin saber dónde.

Un alma me arrojó al vacío,

otra, la mía, camina como fantasma

perdido entre las hojas.

 

 

***

No cierres mis ojos, no, no los cierres,

en ellos verás siempre la tristeza de los tuyos,

el campo verde, el silencio de lo blanco de la luna,

la flor llorosa que vi en ti

al sentir la soledad del viento alejarse entre tus pasos.

 

 

***

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

 

***

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

 

***

La vida y la muerte son dos cadáveres

que se aman desahuciados.

Son breves

como un instante de tiempo

envuelto en la palabra.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, abril 2025

Genaro González Licea 

Fotografía sin datar