sábado, 20 de septiembre de 2025

Genaro González Licea: Luis Yrausquín, el poeta de caminos solitarios sin regreso. A propósito de Memorias del delirio.


Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta de caminos solitarios sin regreso. Sus letras son las huellas del camino recorrido. En ellas hay búsqueda y tristeza, soledad en vuelo. Su poesía despide dolor y desaliento, esperanza y desesperanza, vida y muerte, amor y abandono. Su poesía es un permanente galopar en sueños y realidades, montañas, bosques y mares. Musas, como las llama él, que a fin de cuentas no son otra cosa sino la expresión amorosa de lo que encierra la poesía.

En este contexto de galopar de sueños, bien se puede decir también que la poesía de Luis Yrausquín es la expresión de un vuelo desolado, errante luciérnaga que busca su yo íntimo, personal, personalísimo y, al mismo tiempo, su yo comunitario instalado en la libertad del ser. Pero, además, es una voz que busca su yo profundo, su otro yo, su complejidad de yoes, con un tono de carne abierta, de heridas hondas cubiertas con la sal y la cal de la existencia.

Yoes que son muchos y a la vez es uno solo, el que uno siente como propio. Sí, uno conoce sus yoes, sabe que están ahí, listos para actuar en la gloria o en el infierno, a flor de piel o agazapados y, sin embargo, dentro esos yo hay muchos que no conocemos, otros que nos gustan y otros que no nos gustan, otros que deseamos, y otros más que no queremos, pero es la soledad, la nuestra y de nadie más, la que los frena, los desnuda o los libera.

Entre este conflicto de yoes y la soledad como punto de encuentro y desencuentro es donde, me atrevo a decir, nace el principal tono, la piedra que funda y motiva la poesía de Yrausquín en su aspecto general, en particular de la contenida en Memorias del delirio, libro que aquí comento.

Es de mencionar que, a mi parecer, la soledad de Yrausquín no es una soledad cualquiera, mucho menos la soledad romántica y llorona que toca en las campanas de los pueblos. No, su soledad es un mirar desencarnado hacia dentro de sí, hacia el encuentro a carne viva de uno en uno mismo, es, para nuestro poeta, su forma de ver la vida, la muerte y su amor a la vida y a la muerte, es su musa, su conflicto y su equilibrio.

Son sus ojos con los que sienten el peso de su sombra, su camino y su destino. “Hoy quiero verte en la noche/ y usurpar los lazos de las estrellas / que nos unen del día al atardecer: / contemplarte en el diamante / de la soledad”, nos dice el poeta Luis Yrausquín, y con ella, con su soledad a solas, dialogar y discutir, amasar el desamparo y desconcierto: “otórgame la miel / de tus labios opiáceos, / doncella de mirada fiera y soberbia / déjame caer en un sueño profundo / tropezando con los fulgores de esta noche, / cuando la soledad de la ilusión muerda / en esta prostituta ciudad de locura”.

Sí, la soledad es para Yraisquín Landaez esa turbulencia interna que muerde hasta los huesos, es tristeza, abandono y seducción: “voy al nacimiento de la estrella del sur / en aguas movedizas de los colores del poniente / se complacen mis sentidos / una soledad de espanto / surge de la boca del seno de la diosa el perverso Nosferatu de la melancolía”.

Es hastío, cansancio de ver la tristeza en uno mismo, la desolación de ver al otro subyugado, sometido a la pobreza, a la injusticia de vivir sin libertad. La soledad, nos dice, “es el hastío de la saciedad / la carencia sin justa medida. / Es vacío el que grita / dentro de mi plexo solar / sin importar cuánta gente me rodea / yo vivo. / Es la sensación del vértigo / sin alejarme de la soga / Es caminar a contraluz”. Es, como él mismo lo dice más delante, su abismo que “tiene formas de dragones que se jactan en la ausencia”, el puño de su letra que “invita a los pecados” y “permanece fuera del centro” y “se enmudece en las cuevas”.

Insisto, la principal piedra triangular de nuestro poeta es la soledad, a partir de ahí palpa y siente sus múltiples seducciones por la vida, por la muerte y por el amor a la poesía. La poesía, esa musa cuya sombra le seduce, le lleva a buscar su rostro al fondo de sí mismo. La poesía, la esencia de la poesía donde el poeta de Memorias del delirio enmudece “vagabundo junto a las llamas” y es ante ella “un reptil” y la besa toda hasta fallecer devorando su vacío, entre otras cosas, porque, cito al poeta, “su corazón / es parecido al mío / errabundo / me seduce hacia el final / me lanza a la muerte de mi ser”.

La soledad y la poesía, juntas ya en su propia sombra, le llevan al abismo, al infierno y a enfrentar la adversidad. Como él mismo nos señala en su poema Descenso: “Bajé al infierno / abrasado / buscando / en tu espíritu algo fúnebre / en las aves del camino / buscando desvestirme / en la cordura / de mirarte madrugada”. Nada fácil fue el camino, ahí sintió en carne propia lo que es el pánico y el miedo, la oscuridad de la luz y el silencio que le llevaron a devolverse, nos dice: “al jardín abandonado que era / resucitando de mis propias cenizas”, y más todavía, a mencionar con todas sus legras: “he transitado en este jardín la Diosa de los mil infiernos, / succionando de sus sombras / sin percatarme del tiempo / hasta secarme con mis azucenas”.

En mí no hay ninguna duda, Luis Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta que viaja al interior de su propia soledad y busca su propio yo, su propia identidad sin olvidar al otro, al ser humano también de barro que camina junto a él y es parte de su sombra. Es enorme su creatividad poética y su volcán de sentimientos que desgarran su palabra.

Como ejemplo, uno más, por supuesto, ahí están estos sus versos del hermoso poema titulado Espontáneo: “me atomizo / soy una niebla / y mutilado del todo / busco / mis pedazos / después del naufragio”. Su voz no busca el aplauso, busca su ser, la eternidad de asomarse un instante a su condición humana, convencido, hondamente convencido, de encontrar un instante, por un solo instante, la sombra de su rostro interno en plena libertad.

Cito, como muestra su poema Anhelo: “siempre / voy buscando libertad / en avenidas / bosques / y ciudades / siempre voy buscando incendios desiertos / y polvos / con ninfas salvajes”. Y es tan sincero y auténtico su anhelo que, al mismo tiempo, le permite exhortar a las ninfas, a las musas, a la poesía y al mundo entero, que aligeren con “esas alas de hada” y vuelen “hacia la libertad”, / no vean “atrás la montaña dorada, jamás; / mientras muera, un poco, sin gloria, / renazca en este maldito dolor / seguiré buscando poemas / añejados en un mal tiempo de cosecha / intentando embriagarme de ilusión / hasta hallarme insurrecto en la luz de las montañas; / suéltame y vuela sin ver hacia atrás”.

Lo digo sin titubeos, la fuerza de la palabra poética de Luis Yrausquín tiene y tendrá resonancias literarias en los cuatro puntos cardinales. Yo no sé cuántos poemarios vendrán al que comento, lo que sí sé es que su trazo íntimo, único e inconfundible está aquí y se agigantará con el tiempo. En los poemas que hasta aquí conozco está la semilla de su esencia poética, su búsqueda permanente, literaria y personal, que le permitirá ir dejando huella de su paso literario y, al mismo tiempo, dejando constancia del misterio y esencia que encierra la poesía.

Yrausquín tiene el acierto de decir las cosas sin costras literarias, su lenguaje sencillo, entendible, directo y sin rodeos, permite un diálogo íntimo que se le agradece. Otra virtud de su poesía, específicamente de la contenida en Memorias del delirio, es la remarcada idea de soledad y desolación, más no es esa soledad y desolación que vive y muere en escritorio, sino la que surge de la orfandad de uno y de lo que uno encuentra en el camino. El ser humano es, por naturaleza, un ser inacabado, indigente siempre. Mas no es común que esa naturaleza la retome la sensibilidad de un poeta y la exponga con su propia carne destazada. Su poema Desolación es, me parece, un buen ejemplo:

 

Hoy me parece que el mejor destino sería la muerte

golpeo el espacio del silencio

y ahí voy

concentrado en un desliz suicida.

 

Trazo razones sobre la huida

y me hallo cortado

soy un fauno que busca el exilio 

un héroe sin armas ni corazas ni carros alados.

 

Heme aquí en el rincón del hastío

en el corazón de una patria náufraga

que colisiona con la ventura de la vida misma.

 

Heme aquí y allá, en el futuro y en el pasado,

visitando muertos y desvistiéndome para un funeral

atrapando palabras en el sótano.

 

Hoy necesito manuales de viejos alemanes,

aquellos que derribaron el muro de Berlín

para seguir en este ocaso.

 

Heme aquí pululando con recuerdos

sobre todas las rocas de los naufragios del mundo

 

¿Aún, después de esto, esperaré ser libre?

 

Con esta voz, Luis Yrausquín, nuestro poeta, recorrerá el mundo y el firmamento. Dialogará consigo mismo y con generaciones enteras. En lo personal, guardaré siempre un agradecimiento por permitirme encontrarlo, sentir su voz y permitirme reconocer su incuestionable sensibilidad y contenido que expresa su palabra. Tocar la llaga de la creación, amigo Yrausquín, es un gran privilegio y tú lo tienes. Sigue recorriendo los puntos cardenales de este mundo y del infinito mismo, y llévanos a ellos con los recuerdos que ahí surgieron y los misterios que engrandecieron los pasos de tus pasos.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, septiembre de 2025.

 

Genaro González Licea

Fotografía sin datar 


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