jueves, 8 de octubre de 2026

Genaro González Licea: Voz: memoria de piedra y viento. Palabras de gratitud a la Fonoteca Española de Poesía

 

Fotografía: Fonoteca Española de Poesía 

 

Voz: memoria de piedra y viento


 A bordo del “Sinaia”

 

España que perdimos, no nos pierdas;

guárdanos en tu frente derrumbada,

conserva a tu costado el hueco vivo

de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces,

sobre la densa y poderosa espalda

de esta mar, con los brazos ondeantes

y el latido del mar en la garganta.

 

PEDRO GARFIAS ZURITA

Entre España y México

(Obra poética completa) 


Fonoteca de poesía

Es verdad, hay un venero que brota de una herida, de tierra y piedras enraizadas más allá del tiempo. Ahí comulgan los cuatro puntos cardinales, veredas, campos y montañas que miran pasar el viento, ríos de profundas venas con su aroma de colores sobre el agua, a veces clara, a veces de verde oscuro y otras más de un triste azul sin nido, de un triste azul olvido. En ese venero se funde el viento, las noches miran pasar su sombra y un racimo de voces en silencio espera. Ese venero de piedra y agua, de viento y raíz de barro, de infinito vaivén del tiempo, es la Fonoteca Española de Poesía, base fundante, sin fines de lucro, del Fondo Sonoro de Poesía Contemporánea en Lengua Española, hoy, al alcance de todos como fonoteca de poesía.

En un rincón de ese lugar de piedra y agua, cálido y de suave viento, húmedo y callado como los girasoles que sin saber te miran, ahí, en ese rincón de soledad y espera, descansará mi voz que conozco y desconozco, mi ser indigente de permanente herida, mi palabra que escucha, abraza y en silencio sin mí respira. Mi agradecimiento muy de veras al equipo directivo de la Fonoteca Global de Poesía, gracias por obsequiarme el privilegio de formar parte de su fondo documental de poetas, no solo en lengua española sino del mundo entero y, con ello, de la memoria del tiempo, voz molida que nunca olvidará el olvido, siempre estará ahí, esperando, esperando, esperando que alguien comulgue en su destino.

Gracias también a las personas que han sentido el interno dolor de la existencia, la raíz, mi raíz, que viene del subsuelo y mira, desde ahí, el devenir del tiempo, la indigencia del ser, los pasos de la vida y de la muerte, pasos infinitos, unidos e inseparables siempre. En particular, dejo constancia aquí del profundo significado que tienen para mí Ángeles Fernández Martín y J. Juan López Raya (AngelesJuan), canta autores que han llevado por los mares algunos versos de mi autoría, así como al poeta José-María González Ortega, quien prologó mi libro La Sequedad del Estanque, poemario que contiene los versos que, a partir del 14 de septiembre de 2026, habitarán en el fondo documental de la fonoteca antes referida.

 

La voz pertenece al viento

Soy un profesor que escribe poesía, mi voz, la voz, la voz de todos, es un instante que pertenece al viento, es parte del ser del viento, expresión viva y vital del ser del viento. Está en las piedras y en las hojas, en las estrellas que hablan con la luna, en tus ojos y en los míos. Es un instante de sombra y vacío, silencio y resplandor, revelación del ser, del sentir íntimo del ser: viviente, pensante y del infinito vaivén del infinito.

Debo decir que, ustedes sabrán perdonarme, para mí el principio del principio del ser no fue la palabra articulada, sino el zumbido del viento, el grito de parto de la tierra herida, el eco de la piedra llorando sin el mar, el bramido del agua buscando su sendero, su sombra, su luz, su ser en abandono, el abandono de su ser en libertad. La luz, para ser luz, no basta mirarse a sí misma, necesita del otro, ir y comulgar con el otro para ser realmente luz. La indigencia está en todo, vive y convive, se hace y se deshace, está en la totalidad del ser.

El principio del principio fue el sonido del vacío y su indigencia, entendida ésta como esa fisura que da lo inacabado, la falta de plenitud siempre, el deseo y necesidad de buscar, fuera de sí, lo que no es posible tener por la hechura de sí mismo. La luz no está en el más allá, está en ella misma al buscar su propia necesidad de subsistencia, su necesidad vital, indigente, de encontrar la sombra que ilumine, la oscuridad que le exprese su existencia, el aire, el sonido, el silencio del otro que está en el firmamento y necesita de él para seguir siendo.

El principio del principio fue música y tormento, canto y silencio indigente que nos mira, ojos que enmudecen como piedras solitarias dejadas por el tiempo. Fue y es, fuego y carne viva, soplo de luz y sombra, ceniza inexistente de ti, de mí, de aquel que un día escuchará en la nada el zumbido de sus pasos. El sonido y la voz entonces son una expresión del ser que pertenece al viento, al devenir del viento. No nacen de fantasmas ni cuelgan del manto de los dioses, son asombro y comunión de sentimientos, sonidos indigentes que busca su sendero, su júbilo y dolor, sus lágrimas y espinas que anidan en el alma, en el manantial del alma que no se estanca nunca.

Y es así que la voz acompaña a la palabra, ambas se asoman, solo se asoman, a la intimidad del ser. Comulgar es su destino, aunque a veces, las primeras enmudecen y, la segunda, escurre sus lágrimas atadas, su dolor de parto y firmamento, su soledad de peñasco y abandono, amoroso desprendimiento del ser unido a su silencio e indigencia del propio sonido de su voz. Ambas son expresiones del sentimiento del ser, de la vivacidad del manantial del ser, instantes de vida y muerte en lo más íntimo del vaivén del infinito. No son los sentimientos mismos, por supuesto, pero sí su permanente asomo, más si les acompaña esa expresión sublime que abraza a la poesía.

La poesía, esa línea en blanco, ese silencio, que deja la voz y la palabra, es el silencio en libertad que deja el abandono, el desapego, el desprendimiento del “yo” para asomarse al ser del ser desnudo, al venero de los íntimos sentimientos del ser y su indigencia. El poema, por su parte, es la envoltura, la forma que asume la poesía para asomarse a la efervescencia del ser, es la osamenta, la envoltura, la mortaja, la manifestación con la cual se expresa el sentimiento, el manantial de sentimientos que en el ser y en el permanente devenir habitan.

El poema es, entonces, la envoltura inacabada que intenta expresar la manifestación de un sentimiento, de un suspiro articulado, de una pincelada que deje constancia, en blanco y negro, de su acercamiento al ser, o bien, al oído interno que escucho el eco de un sonido que ya se fue al viento, al aire amoroso libremente liberado. Ambas, palabra y voz, son el instrumento, el medio para expresar en forma articulada la esencia y revelación del ser en la poesía. La parte y el todo, que son un permanente siendo, comulgan en el ser de su indigencia y regresan, incompletas de sí, a la nada, al silencio, al vacío que siempre está vacío.

Poesía y poema conjugan su indigencia, miran en su rostro, su rostro por siempre inacabado, su asomo al instante que se fue y, a la vez, que se quedó para seguir buscando el silencio y la sombra que habitan la voz y palabra, el rostro que se pierde y alguien lo encuentra al ver el viento, el dolor del viento, la piedra herida, la voz hecha de espinas y de leña, de cal, de ceniza y sepultura, de agua y firmamento, de barro dejado en el camino.

Se entiende entonces que la creación poética no surge de la nada, sino del ser y su indigencia, comunión, encuentro y desencuentro. De ahí la piedra, la amorosa piedra de la vida unida con la muerte, con la conciencia de la muerte y la dicha de estar vivos, sintiendo la herida del ser que se hace y se deshace, el dolor y el firmamento, el amor y el desamor, el otro y uno mismo donde el ser revive, libre, despojado de sí, indigente, como he dicho y lo diré mil veces, indigente siempre.

Escuchar el silencio, el desprendimiento del ser en libertad, el interior vacío, la poesía, el poema, la voz que siendo tuya ya no es tuya, es vislumbrar, diría don Carlos Castilla del Pino en su prólogo al libro poemas de la sequía de Juan Sánchez de Miguel (Ediciones Demófilo, 1980), que la obra poética “vive por sí misma, con independencia del propio creador. Es ya, una vez que ha sido hecha, obra de los demás”.

 

El silencio en silencio se deshace

La poesía es aquello que no puede ser completamente poseído por la voz y la palabra. Es la pincelada de silencio que el ser le reveló. Es un instante, solo un instante, del enorme manantial, sin límite ni orilla, que tiene el alma. La poesía, por lo mismo, se diría que, si bien se asoma al alma, no es el alma, solo un atisbo de su hechura y su misterio. Así mismo, se diría también, que la mejor forma de expresarlo no es con un capricho de palabras, sino más bien, con metáforas que emanan desde el alma, desde lo más profundo del ser del alma, con ese velo tan natural, tan puro, como el silencio cristalino, indigente e inacabado que nace de su abismo y su dolor.

No sé con exactitud qué encierra lo que escribo, sé solamente que nace de una herida que me duele, de un silencio que me mira, me desnuda y me deshace como luz de remolino molida entre mis ojos. Intento sonreír y estoy llorando, la vida camina en mí al lado de la muerte. Veo una hoja y contemplo su raíz desde el subsuelo. En él encuentro con mayor claridad el eslabón de la indigencia, ese hueco que tiene todo ser y lo lleva a comulgar con el otro para cubrir una necesidad que por sí mismo no podría. El ser, siempre, necesita la comunión del otro, para seguir siendo, del otro que también es indigente como tú, como yo, como tú y yo que somos parte del dolor del infinito, de las hojas y la tierra, del aire y del agua que bebemos, de las piedras que, al mirarlas, a la vez, nos miran.

Trato de acercarme al vacío de mi vacío, al silencio de mi yo que envuelve mi indigencia. A veces escucho su dolor alejarse con la luna, otras el murmullo de la muerte germinando entre mis ojos para ver el camino de otro modo. Caigo, levanto y sigo con los pies astillados construyendo mi camino. Mi voz se entierra a sí misma al escucharse. Las piedras abrazan mi soledad que a ciegas transita su destino. Sé que mi polen nunca llenará el misterio que nace de mis manos. La muerte vive en mí cuando respiro, se muele en el subsuelo y en mi boca se evapora para seguir siendo, como dije, de algún modo de otro modo. La vida y la muerte son mis ojos, mi cruz de barro que, al verme, a la vez, te miran.

Respeto mucho a los poetas celestiales, yo quisiera escribir con la mano de dios y hacer que florezca el infinito, mas yo no puedo. Escribo desde el subsuelo y el dolor del firmamento, la ceniza de mil almas en exilio, los huesos migrantes de mi sombra, de tu sombra en mi sombra ensombrecida. Mis girasoles no conocen a los dioses, son raíces de luz oscura, sombra de la sombra mía. La vida y la muerte caminan juntas en mis pasos, renacen en las piedras, en el musgo, en el agua que beben de memoria las almas que agonizan y la sed de los ahorcados.

He de seguir así, por siempre así. Mi estancia en ese hermoso rincón de piedra y agua es solo un instante de mi respirar en el camino, una pausa, un silencio que revive mi sombra sepultada. Nada desaparece, todo permanece en el instante de un olvido, olvido que al ser humano, no es algo que deja de existir, sino una permanente espera, una transformación distinta de lo que fue.

Dormiré en esta tumba hecha de viento, seré memoria que espera los oídos del tiempo, un alma que estará en la libertad del abandono, despojada de todo lo que fui. Seré silencio que renace si lo miras, sea en susurro o en voz alta, yo prefiero la intimidad del silencio, leer en voz alta para mí tiene un significado muy especial, me duele hacerlo, lo confieso, siento desnudar la intimidad de un silencio que está más allá, mucho más allá de la palabra y exponerlo a la intemperie, a la conciencia del vacío, al mundo cotidiano donde los pasos, la tristeza, la muerte, el amor y el dolor, son, en gran parte, posesión, de veras que me duele. Mas quien soy yo para decirlo. El silencio, a fin de cuentas, también es un sonido, es la voz interior del ser, del devenir del ser, instante de parto, grito, llorido, amoroso sonido que atraviesa la soledad, el abandono, la intimidad del abandono, y regresa, con su eterna indigencia, al viento.

 

Aquel que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro camino

¿Qué queda cuando la voz es viento y la palabra un suspiro que en sus poros desvanece? Queda el silencio. El silencio que soporta el contenido de la voz y la palabra, el esbozo del fondo inacabado del ser, del ser del alma y su vacío. Queda el ser que iniciará un camino distinto al caminado, solo, desnudo, sin más grieta que su indigencia a cuestas.

Sí, vagaré lleno de ausencia y de memoria por veredas que no existen. Mi único cobijo será el vacío indigente de mi ausencia. Aquel que fue, el de entonces, ahora buscará la raíz de otro camino. Mi ser, como dije en unos versos hace tiempo, caminará por siempre en un lugar perdido. Tal vez no valga la pena ni sea el momento aquí, pero permítanme, por favor, citarlo:

 

Mi ser caminará por siempre en un lugar perdido.

Ya no regresaré ni sabré dónde me encuentro,

ya no seré más lo que un día fui.

 

Ahora será el atardecer la palma de mis manos

y mi sangre la humedad de la montaña.

 

El sol será la lejana lejanía de mis pasos,

y la noche el humo de mi rostro envejecido.

 

Ahora, sí, ahora,

los días serán las luciérnagas negras de mis ojos

y mi aura la neblina llorando en el rocío.

 

Y es así que en ese rincón sonoro seré permanente espera, latente lejanía y olvido. En ese rincón de piedra y agua, mi voz y mi palabra fluirán en silencio mirando girasoles, el girasol interno que habita en todos, su raíz profunda que ilumina al ser, su alma que siendo parte mía ya no es mía, sino de un suave murmullo de sombras contemplando su vacío, el vacío de mi vacío. En ese rincón, sí, en ese, en ese rincón, permítanme citar una vez más unos versos de don Pedro Garfias, ahora de su poema recién muerto: “me gustaría / que la tierra fuese dura / como piedra conmovida. / Me gustaría / que me llenasen la boca / de tierra mía”. De tierra mía.

 

Poemas para el fondo documental de la Fonoteca Española de Poesía

Voy a leer unos poemas de mi libro La Sequedad del Estanque (El Canto de la Alondra, 2024), libro que encierra la indigencia del ser, la soledad de mi soledad inacabada.

 

Primer poema

Los girasoles de noche lloran

con sus pétalos caídos.

Miran mis cenizas en su sombra

y en silencio me acompañan en mi olvido.

Su raíz es agua en mis ojos sepultados,

triste, tal vez, como el venero

que me abraza al sentir mi desamparo.

 

Segundo poema

Moriré, un día moriré.

Nadie me buscará más que mi sombra,

la infinita sombra que habité,

esa sombra, mi sombra,

que un día también me olvidará.

 

Tercer poema

Prepárate a morir, poeta,

solo, sin una sombra que te abrace.

Desnudo de ti, de mí,

de la gloría calcinada en el camino.

 

El alma es un instante de misterios y pasiones,

luces y sombras encontradas,

comunión de voces divinas y profanas,

instantes de llamas, brisa, tierra y ceniza adolorida.

 

Prepárate a morir, poeta.

Despídete de esa tu voz hecha de leña

y arde, con ella, sin temores.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 8 de octubre de 2026

 

Genaro González Licea

Fotografía sin datar