viernes, 6 de febrero de 2026

Genaro González Licea: Al caer el tiempo: declive y nacimiento de un sueño que no existe



 

AL CAER EL TIEMPO:

DECLIVE Y NACIMIENTO DE UN SUEÑO QUE NO EXISTE

 

¡Qué triste no saber florecer!

Tener que poner verso sobre verso como quien

construye un muro

y ver si está bien y tirarlo si no lo está!

FERNANDO PESSOA

El guardador de rebaños XXXVI

 

Poesía, la línea en blanco que dejan las palabras

Al caer el tiempo es, en realidad, un buen pretexto para hablar un poco de poesía. Ese silencio en libertad que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Ese venero donde está la esencia e intimidad del ser, su efervescencia y llaga donde la vida nace y muere y se transforma. La poesía, igual que la vida, es la línea en blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que nos llena el vacío de estar siempre vacíos.

Sí, la poesía es el alma del ser, el poema, por su parten es, digámoslo así, el cuerpo, la forma, la expresión de ese acercamiento al ser. La poesía es sentimiento, alma y poema es carne, envoltura y mortaja. La poesía, entonces, es un espectro infinito de sentimientos y pasiones, duelos, amor, odio, luz y esperanza; agua, oscuridad y respiración de sal. Bécquer, Gustavo Adolfo Bécquer, en sus cartas literarias a una mujer, lo señaló muy bien, “poesía eres tú, porque la poesía es el sentimiento, y el sentimiento es la mujer”. Líneas después agrega: “la poesía es al saber de la humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es misterio. Todo en él son fenómenos a cuál más inexplicable; todo en él es ilógico; todo en él es vaguedad y absurdo”.

Sé que hablar de sentimientos y emociones no es, en absoluto, poca cosa. En principio, ambos no son ni buenos ni malos, mucho menos enfermedades psíquicas, son manifestaciones humanas, cien por ciento humanas y, como tales, dependen de cada cual y su circunstancia. Las generalidades y abstracciones aquí pierden vigencia. Por ejemplo, nos dice don Carlos Castilla del Pino en su libro El odio, “si bien no hay envidia sin odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia” y, más aún, nuevamente cito a don Carlos, ocurre, sin embargo, que los sentimientos se tienen o no se tienen, y en ese sentido se puede prescribir el “compórtate con el que odias como si lo amases”, pero no el “no odies”, que es tan absurdo como aconsejarle a alguien “no ames” cuando se le ve profundamente enamorado”.

Lo cierto es que Al caer el tiempo forma parte de esta idea de poesía y, en particular, de un intento de dialogar con la vejez y la decadencia del tiempo, más todavía cuando la realidad me dice que el tiempo, para mí, está ya en cuenta regresiva y, por otra parte, tal vez por la misma edad, percibo que la decadencia no solo es propia de la persona, sino también del tiempo y de las cosas, de la naturaleza y dinámica misma del devenir del cosmos.

Nos tocó vivir, afortunados somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida, permanencia y muerte. En el entendido de que el ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola es carne muerta. Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar estas dos grandes esferas, la personal y su tiempo, la historia personal y la historia colectiva, la decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.

Debo decir, por otra parte, que, en realidad, no sé con exactitud qué encierra el poemario referido. Quizá solamente el paso de mi vejez o el declive y nacimiento de un sueño que no existe o, posiblemente, solo una mínima parte de la radiografía de la simple fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer, el júbilo de vivir y haber vivido y el dolor de ver y sentir la muerte, la muerte de uno, la muerte del otro en uno, la muerte del ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la yerba y el agua, o, por qué no, el poemario en cuestión únicamente se refiere a la hermosa realidad de saber que nada es para siempre, todo se transforma y cambia.

 

La llama del ser y la expresión de la palabra

Como una piedra que vive la bondad e inclemencia del tiempo, busco la flama de mis ser, la vida, la muerte y el vacío. Busco el silencio y el sentido de mi existencia, el suelo y el subsuelo clavados como espinas en mi alma. Busco el grito interior en agonía, la sombra de mi sombra que no encuentro y, sin embargo, está, los sé bien, muy dentro de mí, como astilla que llora y a la vez me abraza.

Busco en mí el ser de la palabra, y la palabra que uno escribe es única e irrepetible, pero, además, es solo la intuición sobre la efervescencia que encierra el alma, el misterio donde todo es un permanente nacer y agonía, vida y muerte que viene y va, revelación en brasas donde arde el color de sentimientos encontrados, sonidos claros y borrosos, vaivén de sombra, viento, noche y agua, días dormidos sin despertar, noches de permanente luz y desconsuelo, piedras amorosas que en la oscuridad nos miran. Así es la voz, así es la naturaleza permanente de la voz del infinito: poesía de sentimientos de múltiples formas y colores, aromas de veredas y destellos que marcan el camino.

En el caso, así como la luna desgrana su interior en el alma que en silencio mira, así también fueron cinco los destellos que guiaron el camino de Al caer el tiempo, poemario abrazado con una hermosa fotografía de Ingrid L. González Díaz como portada. Por su significado para mí, permítanme citarlos. En primer destello es la reflexión de don Carlos Castilla del Pino, dicha en la Casa del olivo, que refiere: “el tiempo pasa para todos. Pero mi futuro se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo, incomparablemente más breve que mi pasado”. Le sigue la sentencia acuñada por don Eduardo Nicol en su libro La primera teoría de la praxis, misma que a la letra dice: “para ser lo que es, el hombre necesita hacerse un hombre nuevo: ser distinto para ser sí mismo”.

El siguiente destello es el de Enrique González Rojo Arthur, expuesto en su Poema filosófico I, el cual señala que: “la nada, como no es, no puede ser límite de nada”. Le sigue la expresión de amor y tristeza, fuerza y reclamo de don Pedro Garfias Zurita, misma que recorre y recorrerá por siempre la conciencia de México y España y el mundo entero: “ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber por qué”. Finalmente, el quinto destello que como timón de banco resistió la tempestad del mar embravecido y permitió sacar a flote el poemario que aquí comento, fue este monólogo íntimo y sereno de Marguerite Yourcenar, contenido en su poema ¿Qué tienes para consolar la tumba?, el cual refiere: “¿Qué tienes para consolar la tumba? —Tengo el caudal de haber sido”.

Mis amigos, si nada quedara de Al caer el tiempo, más que estos epígrafes de piedra anclados en él, mi alma se irá tranquila desgranando su sombra en el vacío. El vacío que, para mí, como bien lo dice tanto Marcela Romn como Fran Fierro Brito, prologuistas y editores del presente libro, “es un personaje cuya pérdida del sentido vital es un llamado a volver la mirada a lo que sucede aquí y ahora dentro del ser y a su alrededor, a tomar conciencia de la realidad”.

El vacío, el sublime vacío que me lleva a decir que la poesía es la expresión del sentimiento más íntimo del ser. Razón por la cual es libre, solitaria, autosuficiente y no necesita de dioses para sostener su existencia, mucho menos de personas endiosadas para mostrar su fuerza, su valor, su voz. Toda ella es la libertad misma del alma, el libre sentimiento que transita como el agua, las hojas, el viento y la sombra del misterio que anima el rostro profundo del ser. ¿Por qué tratar de atar la libertad de un sentimiento?, ¿por qué tratar de atar a la palabra que a él se asoma?

Para mí, el mayor genocidio literario es tratar de sujetar a la poesía a una convención o capricho medido por palabras. No entiendo ni entenderé nunca por qué el arte se regocija con el ego creador de alguien que ha dejado el sentir del alma como un cadáver indefenso a la vista de modas y etiquetas endiosadas. Moldes y figuras muertas, cadáveres sin voz, sin el fuego interno de la vida, de la vida y lo vivido que comprende, también, la huella cotidiana de la muerte. Poeta, tú que te dices poeta, deja que tu sentimiento aflore y el poema se exprese en libertad. Los sentimientos no son cuantificables, son propios e inherentes al instante que expresa el sentimiento más íntimo del ser, la voz interna que no vemos, pero bien sabemos que ahí está.

Como dije, no sé con exactitud qué encierra Al caer el tiempo. Intenté asomarme a la vejez, a la vida, a la decadencia del tiempo. Intenté asomarme a la muerte que día a día se hace presente en uno y en el otro y en tantos y tantos más. Muertos y más muertos, nuestros míos, mis muertos.

He aquí un par de poemas del Al caer el tiempo:


 

1

Mi camino es un sendero

donde los muertos florecen con sus penas.

 

Es un silencio llagado entre mi boca,

una voz muerta que no encuentra su destino.

Alma errante

como la bruma indigente tirada sobre el muelle,

como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.

  

2.

El recuerdo es un instante que nace del olvido.

Es un lamento y un quejido

que palpita en ilusiones que no existen.

Es la sombra de un migrante como yo, como tú,

buscando, siempre buscando,

un fantasma dormido sobre el tiempo.

 

3.

Los atardeceres envejecen como yo ahora,

son cavernas mirando mis pesares,

recuerdos disecados en mi lengua,

latidos amargos como el polen errante de mis manos.

 

La vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,

es un cadáver esperando el calor de su ceniza.

 

4.

Un cuerpo tirado al andar de su camino.

Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.

Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.

Un viento que se lleva el olor negro de su herida.

Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.

Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo

que en silencio se deshace.

 

5.

Un cadáver mutilado,

niños con lágrimas atadas en la boca,

mujeres desnudas flotando sobre el río,

sobre la luz huérfana del río.

 

¡Cuántos muertos sin enterrar!

¡Cuánto dolor tendido entre las piedras!

Quejido de sus ojos en mis ojos,

muertos míos, mis muertos.

 

6.

Con el tiempo,

los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,

las flores olvidadas que nos ven,

el polvo que en silencio nos espera.

 

7.

Las fosas clandestinas

son labradas con las penas de mis huesos,

con la carne deshecha de mis manos,

con el alma mezquina de tus ojos,

de los míos,

de los ojos del tiempo indigente que nos mira.

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar