Luis
Yrausquín, Luis Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta de caminos solitarios
sin regreso. Sus letras son las huellas del camino recorrido. En ellas hay
búsqueda y tristeza, soledad en vuelo. Su poesía despide dolor y desaliento,
esperanza y desesperanza, vida y muerte, amor y abandono. Su poesía es un
permanente galopar en sueños y realidades, montañas, bosques y mares. Musas, como
las llama él, que a fin de cuentas no son otra cosa sino la expresión amorosa
de lo que encierra la poesía.
En este contexto de galopar de sueños, bien se
puede decir también que la poesía de Luis Yrausquín es la expresión de un vuelo
desolado, errante luciérnaga que busca su yo íntimo, personal, personalísimo y,
al mismo tiempo, su yo comunitario instalado en la libertad del ser. Pero,
además, es una voz que busca su yo profundo, su otro yo, su complejidad de
yoes, con un tono de carne abierta, de heridas hondas cubiertas con la sal y la
cal de la existencia.
Yoes que son muchos y a la vez es uno solo, el
que uno siente como propio. Sí, uno conoce sus yoes, sabe que están ahí, listos
para actuar en la gloria o en el infierno, a flor de piel o agazapados y, sin
embargo, dentro esos yo hay muchos que no conocemos, otros que nos gustan y
otros que no nos gustan, otros que deseamos, y otros más que no queremos, pero es
la soledad, la nuestra y de nadie más, la que los frena, los desnuda o los
libera.
Entre este conflicto de yoes y la soledad como
punto de encuentro y desencuentro es donde, me atrevo a decir, nace el principal
tono, la piedra que funda y motiva la poesía de Yrausquín en su aspecto general,
en particular de la contenida en Memorias
del delirio, libro que aquí comento.
Es de mencionar que, a mi parecer, la soledad de
Yrausquín no es una soledad cualquiera, mucho menos la soledad romántica y
llorona que toca en las campanas de los pueblos. No, su soledad es un mirar
desencarnado hacia dentro de sí, hacia el encuentro a carne viva de uno en uno
mismo, es, para nuestro poeta, su forma de ver la vida, la muerte y su amor a
la vida y a la muerte, es su musa, su conflicto y su equilibrio.
Son sus ojos con los que sienten el peso de su
sombra, su camino y su destino. “Hoy quiero verte en la noche/ y usurpar los
lazos de las estrellas / que nos unen del día al atardecer: / contemplarte en
el diamante / de la soledad”, nos dice el poeta Luis Yrausquín, y con ella, con
su soledad a solas, dialogar y discutir, amasar el desamparo y desconcierto:
“otórgame la miel / de tus labios opiáceos, / doncella de mirada fiera y
soberbia / déjame caer en un sueño profundo / tropezando con los fulgores de
esta noche, / cuando la soledad de la ilusión muerda / en esta prostituta
ciudad de locura”.
Sí, la soledad es para Yraisquín Landaez esa
turbulencia interna que muerde hasta los huesos, es tristeza, abandono y
seducción: “voy al nacimiento de la estrella del sur / en aguas movedizas de
los colores del poniente / se complacen mis sentidos / una soledad de espanto /
surge de la boca del seno de la diosa el perverso Nosferatu de la melancolía”.
Es hastío, cansancio de ver la tristeza en uno
mismo, la desolación de ver al otro subyugado, sometido a la pobreza, a la
injusticia de vivir sin libertad. La soledad, nos dice, “es el hastío de la
saciedad / la carencia sin justa medida. / Es vacío el que grita / dentro de mi
plexo solar / sin importar cuánta gente me rodea / yo vivo. / Es la sensación
del vértigo / sin alejarme de la soga / Es caminar a contraluz”. Es, como él
mismo lo dice más delante, su abismo que “tiene formas de dragones que se
jactan en la ausencia”, el puño de su letra que “invita a los pecados” y “permanece
fuera del centro” y “se enmudece en las cuevas”.
Insisto, la principal piedra triangular de
nuestro poeta es la soledad, a partir de ahí palpa y siente sus múltiples
seducciones por la vida, por la muerte y por el amor a la poesía. La poesía,
esa musa cuya sombra le seduce, le lleva a buscar su rostro al fondo de sí
mismo. La poesía, la esencia de la poesía donde el poeta de Memorias del delirio enmudece “vagabundo
junto a las llamas” y es ante ella “un reptil” y la besa toda hasta fallecer
devorando su vacío, entre otras cosas, porque, cito al poeta, “su corazón / es
parecido al mío / errabundo / me seduce hacia el final / me lanza a la muerte
de mi ser”.
La soledad y la poesía, juntas ya en su propia
sombra, le llevan al abismo, al infierno y a enfrentar la adversidad. Como él
mismo nos señala en su poema Descenso:
“Bajé al infierno / abrasado / buscando / en tu espíritu algo fúnebre / en las
aves del camino / buscando desvestirme / en la cordura / de mirarte madrugada”.
Nada fácil fue el camino, ahí sintió en carne propia lo que es el pánico y el
miedo, la oscuridad de la luz y el silencio que le llevaron a devolverse, nos
dice: “al jardín abandonado que era / resucitando de mis propias cenizas”, y
más todavía, a mencionar con todas sus legras: “he transitado en este jardín la
Diosa de los mil infiernos, / succionando de sus sombras / sin percatarme del
tiempo / hasta secarme con mis azucenas”.
En mí no hay ninguna duda, Luis Yrausquín, Luis
Henrique Yraisquín Landaez, es un poeta que viaja al interior de su propia
soledad y busca su propio yo, su propia identidad sin olvidar al otro, al ser
humano también de barro que camina junto a él y es parte de su sombra. Es
enorme su creatividad poética y su volcán de sentimientos que desgarran su
palabra.
Como ejemplo, uno más, por supuesto, ahí están
estos sus versos del hermoso poema titulado Espontáneo:
“me atomizo / soy una niebla / y mutilado del todo / busco / mis pedazos /
después del naufragio”. Su voz no busca el aplauso, busca su ser, la eternidad
de asomarse un instante a su condición humana, convencido, hondamente
convencido, de encontrar un instante, por un solo instante, la sombra de su
rostro interno en plena libertad.
Cito, como muestra su poema Anhelo: “siempre / voy buscando libertad
/ en avenidas / bosques / y ciudades / siempre voy buscando incendios desiertos
/ y polvos / con ninfas salvajes”. Y es tan sincero y auténtico su anhelo que,
al mismo tiempo, le permite exhortar a las ninfas, a las musas, a la poesía y
al mundo entero, que aligeren con “esas alas de hada” y vuelen “hacia la
libertad”, / no vean “atrás la montaña dorada, jamás; / mientras muera, un
poco, sin gloria, / renazca en este maldito dolor / seguiré buscando poemas /
añejados en un mal tiempo de cosecha / intentando embriagarme de ilusión /
hasta hallarme insurrecto en la luz de las montañas; / suéltame y vuela sin ver
hacia atrás”.
Lo digo sin titubeos, la fuerza de la palabra poética
de Luis Yrausquín tiene y tendrá resonancias literarias en los cuatro puntos
cardinales. Yo no sé cuántos poemarios vendrán al que comento, lo que sí sé es
que su trazo íntimo, único e inconfundible está aquí y se agigantará con el
tiempo. En los poemas que hasta aquí conozco está la semilla de su esencia
poética, su búsqueda permanente, literaria y personal, que le permitirá ir
dejando huella de su paso literario y, al mismo tiempo, dejando constancia del
misterio y esencia que encierra la poesía.
Yrausquín tiene el acierto de decir las cosas sin costras literarias, su
lenguaje sencillo, entendible, directo y sin rodeos, permite un diálogo íntimo
que se le agradece. Otra virtud de su poesía, específicamente de la
contenida en Memorias del delirio, es
la remarcada idea de soledad y desolación, más no es esa soledad y desolación
que vive y muere en escritorio, sino la que surge de la orfandad de uno y de lo que uno encuentra en el camino. El ser humano es, por naturaleza, un ser inacabado,
indigente siempre. Mas no es común que esa naturaleza la retome la sensibilidad
de un poeta y la exponga con su propia carne destazada. Su poema Desolación es, me parece, un buen
ejemplo:
Hoy me
parece que el mejor destino sería la muerte
golpeo
el espacio del silencio
y ahí
voy
concentrado
en un desliz suicida.
Trazo
razones sobre la huida
y me
hallo cortado
soy un
fauno que busca el exilio
un
héroe sin armas ni corazas ni carros alados.
Heme
aquí en el rincón del hastío
en el
corazón de una patria náufraga
que
colisiona con la ventura de la vida misma.
Heme
aquí y allá, en el futuro y en el pasado,
visitando
muertos y desvistiéndome para un funeral
atrapando
palabras en el sótano.
Hoy
necesito manuales de viejos alemanes,
aquellos
que derribaron el muro de Berlín
para
seguir en este ocaso.
Heme
aquí pululando con recuerdos
sobre
todas las rocas de los naufragios del mundo
¿Aún,
después de esto, esperaré ser libre?
Con esta voz, Luis Yrausquín, nuestro poeta, recorrerá el mundo y
el firmamento. Dialogará consigo mismo y con generaciones enteras. En lo
personal, guardaré siempre un agradecimiento por permitirme encontrarlo, sentir
su voz y permitirme reconocer su incuestionable sensibilidad y contenido que
expresa su palabra. Tocar la llaga de la creación, amigo Yrausquín, es un gran
privilegio y tú lo tienes. Sigue recorriendo los puntos cardenales de este
mundo y del infinito mismo, y llévanos a ellos con los recuerdos que ahí surgieron
y los misterios que engrandecieron los pasos de tus pasos.
Genaro González Licea
Caloclica, CDMX, septiembre de 2025.
Fotografía sin datar


