viernes, 5 de julio de 2024

Genaro González Licea: La cruz maya o visión indocristiana de Benito Balam

 

Promocional: 
Casa Marie José y Octavio Paz 


Al pintor, escultor y muralista

Alberto Cerritos 


Benito Balam es un poeta al que no hay que perder de vista nunca. Supe de él hace aproximadamente cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años, sin embargo, es hasta hace poco que intenté elaborar un comentario, realmente muy modesto y para mí, sobre su obra literaria. Comentario que Benito generosamente tuvo a bien incorporar en las Raíces del agua, cosa que le agradeceré siempre.

Para aquel primer comentario acudí a periódicos de la época, bibliotecas, hemeroteca y librerías que malamente se les llama de libros “viejos”. Acudí también con amigos, unos me decían algo, otros más, otros me proporcionaban algún material, otros no los soltaban por considerarlos una reliquia de incalculable valor.

Hoy, teniendo en mis manos las Raíces del agua, antología hecha, para empezar, con la selección del propio autor, reconozco, por supuesto, que me quedé muy corto en aquel primer decir, pero satisfecho al dejar para mí mismo y, de alguna manera, para la comunidad literaria un primer peldaño de acercamiento a la obra de Benito.

Cada que acudo a la obra poética de Benito Balam nuevos hallazgos me esperan, su obra es una pluralidad de encuentros y reflexiones, parecería que está construida, como él mismo señala, “en mares de misterio / cantor de signos / que se cruzan a un tiempo”. Es una obra digna de ver el paso del tiempo.

Una parte de ella es Raíces del agua, la cual, por lo dicho anteriormente, además de ser una gran antología poética de lo escrito por él de 1976 a 2023, es también la expresión de un contexto social que formó a una generación entera e incluso, es también la expresión de la generación formada y, a su vez, de la formadora de nuevas generaciones.

Es más de medio siglo de la vida literaria de un país y su contexto. Parece lejano ante este mundo acelerado que ha llegado a la llamada “inteligencia artificial”, y parece, solo parece, que ha olvidado la pobreza y los cadáveres al paso, el campesino y su destierro, la población originaria de nuestros pueblos y su desamparo, el entusiasmo y trabajo de toda una juventud que luchó por hacer valer su voz y presencia social, su forma de ver la vida y sentir el peso natural de la misma, del arte y la poesía, la expresión mural y artística. Un semillero de jóvenes, profesores después, poetas, escritores, dramaturgos, artistas desde su origen que revolucionaron una forma de ver y vivir la vida, la academia, la historia y nuestra propia historia.

Las Raíces del agua nos da cuenta de un país lleno de creatividad que se abrió paso, juventud creativa y sociedad aletargada, sociedad madura para transformarse y abrir nuevos caminos.

Represiones y temores se vivieron, pobreza, impotencia y rechinar de dientes. Eran tiempos de un transitar “en la pólvora, con calles orinadas por el miedo”, diría Juan Bautista Villaseca, tiempos donde los dioses de aplausos y pedestal, cito a Yamilé Paz Paredes, “aún tuvieron la osadía de impedirnos que les diéramos tierra” a nuestros muertos.

Eran tiempos, diría Marco Antonio Montes de Oca, donde “recuerda el poeta lo que el pueblo olvida: / el color de la macana, / el sabor del gas en la boca rota, / el aire inmóvil, muerto de una directísima pedrada, / el terror colgando de un hilo”.

Eran tiempos, para decirlo en este recinto recordando a don Octavio Paz y a Marie José, donde la limpidez “No es límpida: / Es una rabia / (Amarilla y negra / Acumulación de bilis en español) / Extendida sobre la página. / ¿Por qué? / La vergüenza es ira / Vuelta contra uno mismo: / Si / Una nación entera se avergüenza/ Es león que se agazapa / Para saltar”.

Repito los últimos versos del poeta, “si una nación entera se avergüenza es león que se agazapa para saltar”. Esos son, amigos, los tiempos que circulaban entonces y están contenidos en las Raíces del agua, tiempos de dignidad y restructuración de la palabra, palabra de a pie recorriendo las calles en papel de estraza, expresiones gráficas de resistencia y creatividad en murales de escuelas y calles, en libros volantes, libros folletos y hojas literarias obsequiadas de mano en mano.

Sin embargo, en esta antología hay un agregado más, un agregado muy marcado que nos hermana a todos, la historicidad subterránea de nuestros pueblos originarios, su fuerza viva, milenaria, que diariamente nos sostiene. “Indio antes y después del hombre”, expresa César Vallejo,

“coyote agazapado” en la respiración contenida desde el día de la conquista, diría Roberto Obregón,

“jaguar maya”, por su parte, levanta la voz Benito, nuestro poeta, jaguar de Indoamérica, jaguar que reclama y con todas sus letras nos dice: “los pueblos originarios / iniciaron nuestra histórica a pesar de la “historia” / muy suya / muy nuestra / sus hijos se extendieron / llevando sus raíces hasta en las piedras / sin dejar de tocar nada / sus muertos se pudrían como aliento / de las plantas y las fieras / la tierra vivía en su sangre / acostumbrada a su presencia / y al llanto de sus crías”.

         Esta antología da cuenta de esa historia y de cuarenta y siete años en la vida literaria de Benito Balam y de su tiempo, más los que asoma en sus poemas inéditos y poemarios de futura publicación, como es el caso de Ojos de la claridad; Palabra Luz; o Mi Serena Ternura.

Lo digo con toda sinceridad, Raíces del agua es una antología que merece leerse con mucho cuidado y detenimiento, no solo por su trabajo poético que encierra, sino también por la expresión de un tiempo, de una juventud que abrió nuevos caminos literarios y creó una expresión muy propia y, por si fuera poco, porque en ella uno se reencuentra con el lenguaje olvidado, simbólico, ancestral, mágico, muy de la sabiduría de nuestros pueblos originarios y, por lo mismo, de nuestra raíz y manantial de agua.

Es cierto que Raíces del agua reúne el trabajo literario y la visión de mundo de Benito Balam de 1976 a 2023. Es cierto también que Benito le ha hablado siempre a los desposeídos y explotados y su palabra es la misma y al mismo tiempo una palabra distinta aquilatada.

Es cierto, todo es cierto, pero ¿qué hay antes de ese periodo de juventud?, ¿qué de esa piedra de niñez e infancia, de formación y temple, de recogimiento y reconciliación?

Sin duda, mis amigos, ese periodo de niñez e infancia también está contenido implícitamente en las páginas que aquí se presentan, explícitamente solo Benito tiene la palabra.

En cada línea, en cada verso, veo la plenitud del ser que hoy entre nosotros camina. Veo su fuerza de tierra y agua, también un cierto dolor y tristeza, una amorosa sombra que le abraza igual que el júbilo y la alegría de vivir y haber vivido lo que ha vivido.

De esos veinte años primeros, posiblemente un día Benito nos extienda su explícita palabra, de ser así, les aseguro que contaremos con un canto amoroso del tono, igual y distinto, de veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, poema que, por cierto, cumple cien años de vida, Neruda, por su parte, veinte años más. Lo digo en presente, siempre en presente. Ojalá se cumplan mis deseos.

         Lo que trato de decir es que, al margen de que Benito Balam haga explícito ese poema, implícitamente está en toda su obra, son silencios que están sin estar, son silencios que uno entiende, incluso, silencios necesarios que afianzan la línea en blanco que dejan las palabras, el poema, la poesía. “En el maya me asemejo, nos dice Benito, cuando me siento indio / los huesos me aconsejan / seguir con el venado” y agrega estos versos de Blanca Rosa de Jesús Creollo Díaz, con los cuales humedece todo el canto de su obra: “cierra tus ojos y piensa en mí / así cuando cierro mis ojos, pienso en ti”. Sombra del sol, agrega el poeta, “sol en la penumbra / mordisco de luna, luna encarcelada/ ombligo de luna, vientre encarcelado/ sol del jaguar, ¡ábreme la luna!”.

Este velo que cubre el alma desnuda del poeta, lo vuelve a develar al abrir los brazos de la misericordia y la redención cuando dedica a sus padres y hermanos el poema soy poeta naviero, y en él los siguientes versos:

David: “sinfonía en azul / las olas bravas se estrellan y deshacen / la mar apacible te mece en su regazo / allí donde el corazón hermano / se funde con el de la madre / horizonte de vertiginosa ternura / que a los pies presurosos / arrebata”.

A Blanquita, por su parte, le dice: “eres un tamborcito de piel / con sonaja dentro / tu sonrisa es cascabel de agua / que nos transporta a la cascada / donde bebemos la bendición / con que tu mano pura / nos lleva al corazón / y nos blanquea de rosas”.

Finalmente, a Gaby se dirige así: “Caracol pétreo / calcárea luminosa / herida por el sol / que al ser abrazada por su fuego / irradia su luz cristalizada / herida eterna / en nuestras almas que buscan su ser vivo / y apenas lo escuchan en silencio / en su sonido interno”.

Y ese es Benito Balam, un alma abierta en un todo continúo en sus esferas de vida y su congruencia al caminar. Su entrega al otro, a la comunidad, como si fuera él mismo. Su búsqueda de justicia y equidad, su lucha permanente de comunión y libertad.

En él, mis amigos, no veo un punto y aparte, veo una obra literaria que comprende una visión de mundo congruente con su andar. Desde esos primeros años que humedecen toda su obra, hasta ese 1976 donde se reencuentra con sus ancestros mayas, traigo un jaguar que me desgarra dentro, poema triangular en la vida de Benito, quien trae un jaguar “Maya Quiché, / de Yucatán y Chiapas / Maya de ayer, / reconocido ahora / Maya de garra / que raya el firmamento”, y cierra el poema con esta visión de cruz que hasta el momento abraza: “soy un jaguar de Indoamérica / lo reconozco / a bien salud mi respetable herencia”.

Posteriormente, ese ser compacto y congruente, se reencuentra en su intimidad al vislumbrar al hombre nuevo en 1989, el hombre que “viene de los descarnados / del Mictlan viene su signo / viene de puños y voces / ondeando la innumerable sangre ida / donde las cuencas de los ojos / no terminan de agotar su ausencia”.

La muerte, la vida, la transformación de lo que era y ya no es y, sin embargo, sigue siendo. “Cuando los seres abandonan el cuerpo, nos dice Benito, van al mundo de Xibalbá. Nuestro Interior. Siempre estamos viviendo nuestra muerte, porque el interior del hombre nunca muere. Los mayas sabían muy bien que el hombre es sólo una pequeña criatura del cosmos”.

Vendrá después su reencuentro de integridad, el cual se da en 1994, año en el cual, según interpreto, se hace presente la revelación y plena conciencia de que el pivote central para lograr ese hombre nuevo es, precisamente, la visión intercultural para hacer florecer nuestro andar en esta tierra, aquí se une el pasado, el presente y el futuro que en silencio nos espera.

Y ahí está su poema horizonte que pisa al pie descalzo, “el Dios de Juan Diego Quetzalcóatl, / su animador sagrado, su gran Espíritu, / lo llamaba a escalar siendo escalerilla, / lo llamaba a subir estando bien abajo”.

Están también sus versos de la noche está, es cierto, pero no es lo único cierto de la noche, en los cuales en una de sus partes nos señala: “oigo mi corazón nahual, mi corazón indio, mi corazón maya huichol, / mi corazón iluminado e eclipse de sol, pariendo ante la luna/ una tierna humanidad inacabada”.

Empero, por si esto fuera poco, concluye este reencuentro con la santificación de aquellas tierras de la selva de Bolivia donde fue sacrificado Ernesto Guevara de la Serna: “selva virgen de Nuestra América / los indígenas bolivarianos, quechua, aymara, / han bautizado ese lugar / como el de San Ernesto de las Higueras”.

El cuarto reencuentro de nuestro poeta Benito se efectúa, bien se podría decir, en 1997, fecha en la cual florece su amorosa fe personal e indocristiana, “parece increíble, nos dice, como el tiempo lo construimos por medio del amor / y camina en un sentido tan diferente al tiempo normal”.

Estamos frente a un ser en potencia redimido, tanto, le cito nuevamente, en el “alma indocristiana de nuestros pueblos” como en la búsqueda de “su nueva emancipación”.

Su casa es el todo espiritual del hombre y universo, el amor es el alma que habita y crea lo que en él existe. “Solamente el amor / reconcilia lo infinito”, nos dice, después lo remarca con estas sus palabras: “amo la flor del espíritu / la luz interior / amo la mística que es la poesía/ con que nuestras voces se cruzan con el Espíritu de lo alto / con que nuestros cuerpos diminutos / se hacen eco sonoro del Amante mayor / del increado / del guardián del silencio / el paridor de la Palabra”.

Y concluye: “no sé si seré indio o no / pero mi alma maya huichol / muerde la raíz del árbol del desierto / donde camina y ama / saturada de estrellas en su selva / mi alma india es un moridor de lunas / un moridor de estrellas / un moridor del follaje roto / del agua agotada e incierta”.

Finalmente, la parte quinta de su reencuentro, 2001-2023 es, todo indica, el que responde a su entrega espiritual a la creación cotidiana del ser indocristiano, su andar con el alma al descubierto en esta Madre Tierra Tonantzin Guadalupe, en este desierto de viento suave y tempestades enlutadas, donde si algo está vivo y muy presente para Benito es la cruz, su cruz maya, la cruz con la cual busca al otro, al prójimo y a sí mismo.

Cruz con que descifro, nos dice, “el enigma de mí mismo / y con la que me has señalado / para aprender a pronunciar mi nombre / interculturalmente / Benito Balam de la Santa Faz / Benito Balam Flor y Canto”.

Las fechas, como cortes del tiempo, son, por supuesto, una mera convención para hacer referencia a un todo continuo, a un todo congruente en la interioridad del ser. Es a ese continúo, implícito y explícito, lo que encontrarán en Benito Balam, en Raíces del agua, antología que aquí, como agua fresca, nos ha reunido para después seguir.

Agradezco la invitación de Benito Balam para hablar un poco de su obra, a los poetas Francisco Fierro Brito y Hans Giébe por permitirme acompañarles y, por supuesto, agradezco mucho la hospitalidad de Leticia Luna, directora de este espacio tan simbólico en la vida cultural de nuestro país como es la Casa Marie José y Octavio Paz, don Octavio del que tantos recuerdos tengo, así como la generosidad y tolerancia de todos ustedes al escucharme.

 

Genaro González Licea

Del libro: Diciembre tres, ceniza e infinito 

Caloclica, CDMX, julio de 2024


Genaro González Licea 

Fotografía sin datar


 

lunes, 17 de junio de 2024

Reconocimiento a Juan Galván Paulin, lectura de poemas de Genaro González Licea

 

Juan Galván Paulin

Fotografía de su página de Facebook 


Qué gusto participar en este merecido homenaje a don Juan Galván Paulin, todo un poeta y maestro labrando la palabra, la palabra propia y la del otro, alumnos y personas inmersas en la cultura y en la educación de la que somos parte.

    Poeta con voz propia y nada convencional, poeta de inspiración y trabajo, mucho trabajo para forjar la expresión de la palabra, su libertad de ser, su personalidad y alma de escritor sin ataduras. Don Juan Galván es voz profunda y reflexiva, creativa y vital, nos orienta al sumirnos en el mundo literario, real e imaginario, al mundo de esperanza y sueño, de realidad encarnada en alegría o desolación, nos lleva a lo que es y al mismo tiempo dejó de ser, al mundo de encuentro y desencuentro del ser, del ser uno, de ser más uno mismo al aceptase como es.

     Poetas, novelistas y narradores, agradecen y aquilatan la voz de don Juan Galván. Su paciencia, respeto y tolerancia para escuchar la semilla literaria de cada cual, sus latidos y deseos de construir su ser poético, situación que ha contribuido, me parece, al florecimiento de la vida literaria por décadas. ¡Dónde están esos escritores y artistas en general!, ¿importa acaso saberlo?, les aseguro que están entre nosotros, igual que el maestro Galván Paulin, con la humildad de ser personas como nosotros y, a la vez, grandes artistas, poetas y escritores por su calidad humana y su palabra poética y literaria. Cualquier calificación que se haga sobre esa palabra, sería, además de subjetiva, secundaria e intrascendente, un atropello al otro y a uno mismo.

      Esa es la enseñanza de humildad de Galván Paulin, para él, a mi entender, todo aquel que escribe o desea escribir es, antes que nada, una persona y un compañero en el camino de la escritura, no un ser superior o inferior a nadie, solamente es único y distinto a todos. Por ello mismo, para mí no es nada sorprendente que poetas, escritores, pintores, muralistas y creadores de arte y cultura, estén y estarán siempre ahí, igual que él, con su vivacidad y características propias. No conocerán nunca el olvido, siempre estarán ahí, estoicos, como una piedra, sin lloriqueos ni chantajes emocionales. Uno al caminar por las grietas y veredas internas del alma, tal vez los encuentre o no al paso, dialogará o no con ellos, pero ellos, su obra, la obra literaria de don Juan, siempre estará ahí como una parte del todo cultural de la existencia, como parte de la cultura colectiva. Esa, me parece, es la gran enseñanza de la humildad literaria de don Juan, la humildad literaria sin esa búsqueda desesperada de pedestales como objetivo de reconocimiento y gloria.

      La sombra, las sombras, “una sola sombra de dos cuerpos”, un “plumaje de luz y sus preguntas en la ausencia de Dios”, un abrazo, su abrazo, y “en su abrazo el acecho del jaguar la infancia asalte esta vejez y la redima encontrar a tu llegada de ti la sombra que me abraza…”, todo esto y más, mucho más, en Como la sombra acaricia su deseo del poeta Galván Paulin, del poeta que siempre está y estará ahí, en la cultura y el tiempo, con su obra de Ritual de piedra; Desnudo peregrino de mi boca; La arena de sus huellas; El viejo Roth; Dama León; Fotografía del cementerio judío de Praga: “mi vida está en la calle, este lugar es para dormir”, y agrega:

“…ella está en el andén, lo espera y no llega, no llegará aunque ella haya subido al tren y lo busque ansiosa, en esta niebla no puede verse nada (…), en la mirada desde el tren en marcha que ella deja ahí prendida, como centinela para cuando él llegue a buscarla, mientras, su cuerpo se disuelve un año tras otro en la piel de ella, se le sumaron gestos y marcas al rostro que ya no es el mismo en el recuerdo, es el rostro de él que le pertenece, el de sus gemidos, el que llevó a casa porque no podía dejarlo a solas en el andén, el que puede besar entre los murmullos de los pasajeros de este tren del cementerio donde ella y él se encuentran siempre por primera vez desde el día en que llegó aquí, porque la bobe murió el jueves, amasando pan para recibir a los nietos”.

 

Su trabajo literario no conoce fronteras. A cielo abierto nos muestra la huella interna y externa de su paso por la vida. Y ahí está su vivencia Bajo la ceiba de Ochil y del “helor traído de la calle en su orfandad y los zapatos sacuden huellas viejas en el serrín de otros pasos de aquellos senderos del Infierno del Edén en un paisaje de magueyes al amanecer donde pueda evocarte”. Está también el tema de la vejez y el despertar a solas, “despertar así a solas es embarcación a la deriva del lecho   es un naufragio”, o expresiones muy del sublime frenesí del cuerpo: Mi cuerpo germina temblor entre tus labios.

Mas no conforme, sigue y busca y confronta su voz con otras voces, y nace entonces Pavana para dos infantes, así como los ensayos de gran enseñanza para todos: …Calar en el espejo…, Me mato por una mujer traidora, y La pintura de Abraham Ángel. Por supuesto, lo hasta aquí dicho no es limitativo, existen otros textos como Plúmbago Polanco, y un sinnúmero de artículo y notas, miles de notas, de sus exposiciones académicas y conferencias, es el caso de sus disertaciones sobre la obra, entre otros, de dos autores de gran significado en la atmósfera literaria, como son José Lezama Lima y Amparo Dávila.

En lo particular, debo confesar que muy de madrugada y con un café en la mano, leo De biznagas y otros nombres, en especial “la mortaja de tía Serapia”, cuento que me recuerda las sombras y veredas de mi pueblo, de la raíz de los pueblos míos:

“…deja ya de revolcarte sobre el suelo como un enrabiado, ya no puedes seguir comiéndote las uñas con el resabio de tus venganzas, ni puedes seguir apuñalando a los aparecidos ni a los vivos, ni dejar que te lloren por ahí tus hijos regados… ya ves, tu mujer se murió del puro miedo, de vergüenza porque no te quería, porque para ella todo fue una apuesta con las demás muchachas: de que la querías y te daba hijos, de que le calmabas los retozos con tu violencia de animal de monte… ya deja de retorcerte, hijo, que no puedo acomodarte la mortaja…”

 

         Existen mucho más cosas por decir sobre la obra literaria de Galván Paulin, su creación literaria tan única e inconfundible amerita un buen estudio, el cual, al hacerlo, nutrirá y sorprenderá al que lo lleve a cabo, con su tono poético y escritura entretejida, su descripción de voces, sombras, deseos, realidades y sueños, con su libertad de ser y su maestría de expresar el misterio del verbo y el silencio, el vacío encarnado sin puntos ni comas, solamente con puntos suspensivos: “entre mis huellas echa a andar la madrugada y los mezquites sonrisaelbesolamirada cabalgados de tiempo hacen de esta sombra la certeza de mi cuerpo…”, así concluye el maestro como la sombra acaricia su deseo.

No me cansaré de decirlo, don Juan Galván Paulin está y estará siempre en la esfera de la creación poética y literaria, muchas generaciones ya lo han encontrado, otras lo encontrarán, será leído y releído siempre. Por supuesto, el camino se allana cuando se convoca a homenajear a don Juan Galván, como lo ha hecho El Canto de la Alondra, su director el poeta Francisco Fierro Brito, y nuestra estimada Marcela Romn, autora, entre otros, del poemario Los mares que somos.

Convocatoria a la cual acudo con mucho gusto y modestia, mediante los siguientes versos de mi libro Silencio y abandono.

 

Toco mi soledad

Toco mi soledad

con mi alma sepultada.

 

Siento el aroma del sol,

el calor de mi pasado,

el suspiro del polvo que fui,

y el olvido, el silencioso olvido,

floreciendo en lo más profundo de mí.

 

 

El silencio es piedra encendida

El silencio es piedra encendida

durmiendo entre mis manos,

bramido sin agua, ausencia,

sueño y espesura.

 

Es quietud, canto sereno,

vagabunda ilusión de ánima perdida,

distante, sola, como luz liberada

en las grietas de mi olvido.

 

 

La plenitud del silencio

La plenitud del silencio:

encontrarse a uno mismo

con su alma descalza

al fondo del vacío.

 

 

Somos misterio

Somos misterio,

marea desnuda

en la piel del agua,

espinas mirando la existencia,

párpados de inútil destino

y amorosa oscuridad.

 

 

Moriré como una hoja

Moriré como una hoja

que cae y el tiempo la deshace,

como un día que se acaba

y sigue su destino.

 

Moriré, moriré y nacerán espinas,

amorosas espinas dejadas al olvido.

 

 

El viento dispersa mi sombra

El viento dispersa mi sombra,

mis pasos se pierden

y un cirio me mira.

 

El polvo se va conmigo

y a la vez sin mí,

nada somos,

nada, nada somos.

 

 

Mi carne fundida entre la hoguera

Mi carne fundida entre la hoguera,

huérfana de dolor sin mí,

se aleja con su dolor a solas,

con su olor sereno de tierra

y agua evaporada.

 

Mi carne,

luz indigente

de luciérnagas perdidas,

errante vacío de olvido

y polvo liberado.

 

 

No huyas de la sal y el frío

No huyas de la sal y el frío

que tu ser encierra,

déjales vivir su instinto

de morir en paz,

igual que la oscuridad del mar

al palpitar desnuda entre la arena.

 

 

Las flores en mi país

Las flores en mi país

huelen a sudor y olvido,

a carne sangrando sal

y huesos sin sepultar.

 

Sí, las flores en mi país

huelen a ojos sin encontrar,

a cirios y cempasúchil,

y a tierra llagada llorando cal.

 

Son flores tristes, muy tristes,

cargadas sin mecapal.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, junio de 2024 

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar



domingo, 16 de junio de 2024

Versos del poemario más reciente de Genaro González Licea: Tu sombra en la mía


 

Genaro González Licea 

Fotografía sin datar 


Somos ausencia

buscando un sendero,

luz sin camino,

pasos de sombra tocando el agua.


Somos almas sosiegas,

semilla descalza,

luciérnagas muertas

amando su soledad.


Somos silencio, suspiro perdido,

nada y vacío. 


Genaro González Licea, del poemario Tu sombra en la mía

Caloclica, CDMX, 16 de junio de 2024. 


Fotografía de Ingrid L. González Díaz



martes, 21 de mayo de 2024

Presentación en la librería El Hallazgo de La Sequedad del Estanque de Genaro González Licea


De izquierda a derecha: 

Manolo Mugica, Genaro González, Juan Guillermo Lera

 Fotografía de la página de Francisco Fierro Brito


 

Veo mi cadáver tendido entre mis ojos,

mi sobra vacía,

la ausencia del viento,

el árbol seco sintiendo mi agonía,

el silencio de mí hundiéndose sin llanto.

 

Así inicia La Sequedad del Estanque, mi acercamiento a la decadencia del tiempo, a la ausencia y al vacío, al misterio de la muerte y al renacer de la vida. Así inicia la voz del desamparo de mi propia soledad, el silencio, el llanto subterráneo del silencio, su nacer y florecer. El silencio, la libertad del silencio.

En estos tiempos, mis tiempos, no veo turbulencias ni tempestades, ni desorden ni caos. Veo silencio y vacío, la efervescencia del silencio en caos, la semilla del vacío donde nace el principio del principio, el principio y el fin de la creación. Sí, veo decadencia, vacío, vejez, muerte y vida, mucha vida, un hermoso renacer de vida.

Y eso es La Sequedad del Estanque, un asomo poético, muy modesto por supuesto, a la efervescencia del principio en caos, al sonido que crea la palabra. 

Y ahí están sus apartados: El silencio y el agua, La tristeza del viento, Los girasoles en luz, La agonía del instante y, finalmente, Llévame a morir, llévame, llévame ya. Expresión propia de la voluntad de aquel que siente el vacío y la quietud del viento, el abandono y el silencio de la libertad, la sombra que abraza el renacer del infinito. Pero también, ahí está su orfandad, su desapego y libertad de iniciar su propio andar, igual que un velero que busca navegar en alta mar.

Gracias a la librería El Hallazgo por ser parte del recorrido de este poemario. Gracias al poeta Francisco Fierro Brito por editar La Sequedad del Estanque en “El Canto de la Alondra”, compromiso cultural abierto, como él dice, “a autorías con reconocida trayectoria, pero también a quienes se inician en las letras”. 

Gracias a los poetas Juan Guillermo Lera y Manolo Mugica por acompañarme. Dos poetas y amigos de reconocida escritura y juicio literario de los cuales he aprendido mucho.

Agradezco también al poeta José-María González Ortega por su hermoso prólogo que acompaña a La Sequedad del Estanque, así como a los embajadores de la sonoridad poética Ángeles Fernández Martín y don J. Juan López Raya que han hecho suyo diversos poemas del libro que aquí se presenta y gracias a ello han llegado a diversos puertos que nunca imaginé, es el caso de Nada dejo, La soledad del lago y Ese azul que abraza mi indigencia, “la infancia que no tuve, / la sombra que no encuentro. / Ese azul que siempre me acompaña, / ese azul olvido, ese, ese”.

En realidad, y para decirlo rápidamente, La Sequedad del Estanque es un poemario rodeado de bondad. Desde don Pedro Vuskovic Bravo, a quien se lo dedico, con mucha gratitud y respeto, hasta el diseño de Ulises Fierro Naranjo, la fotografía de Ingrid L. González Díaz, la lectura tan detallada de Frida González y de mi estimada poeta Marcela Romn. Sin olvidar a los poetas y escritores ya mencionados.

Finalmente, permítanme, por favor, leer unos cuantos versos del poemario que aquí se presenta:


 1

La sequedad del estanque.

El silencio vacío.

Mi aura flotando sin el agua.

El palpitar del frío envuelto entre la escarcha:

nada quedará de mí, de ti,

del olor a musgo en esas grietas que me miran.

 

2

La vida es tan efímera como la muerte,

aromas pálidos que rozan gozosos

el musgo de una piedra perdida en el olvido.

 

3

Entre las horas pardas

y los cirios consumidos,

veo mi cuerpo partir abrazado de un suspiro.

Nada quedará de él.

El viento destejerá su carne

y el sol su voz y su alarido.

Nada quedará de él, nada.

 

4

Los girasoles siguen también la sombra de la luna,

la voz amarga del verano,

el llanto de los muertos perdidos en un mar sin sepultura,

el murmullo de las hojas envueltas

en lo oscuro de mis pasos,

la eterna eternidad del agua abrazada

con la noche y su espesura.

 

5

Hay veleros que se van al mar

sabiendo que está vacío,

la brisa les llama,

fresca, imponente, eterna,

plena de soledad y ausencia,

ausencia de ti, de mí,

de este andar y desandar sin rumbo,

buscando tan solo un día, un instante,

que nunca llegará.

 

6

Nadie me espera ya,

ni el murmullo del agua,

ni el consuelo de mi voz humedecida.

Nadie,

ni el viento, ni mi sombra, ni el vacío.

 

7

Ahora lo sé,

mis pasos no son más que un polvo de huesos

al ras de mi camino.

 

8

Alma mía que te vas sin mí,

ya jamás sentirás mi piel amarga.

Serás brisa flotando en el ocaso.

 

9

Antes de que las brasas encuentren

lo oscuro de mis penas,

antes de que arda mi piel entre mis llagas,

sí, antes de que el viento se deslice

en lo incierto de mis huesos,

debo decirte que amé

como ama aquel que no busca ser correspondido.

 

De odios y venganzas nada supe,

amé como el viento ama al viento,

la piedra a la piedra y el agua al agua.

 

Amé sin sentimientos encontrados.

Amé como se ama el día y el día que se va.

 

10

Prepárate a morir, poeta,

solo, sin una sombra que te abrace.

Desnudo de ti, de mí,

de la gloría calcinada en el camino.

 

El alma es un instante de misterios y pasiones,

luces y sombras encontradas,

comunión de voces divinas y profanas,

instantes de llamas, brisa, tierra y ceniza adolorida.

 

Prepárate a morir, poeta.

Despídete de esa tu voz hecha de leña

y arde, con ella, sin temores.

 

Muchas gracias a todos.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, mayo de 2024 

Promocional: 
El Hallazgo Librería de Paso, Facebook
 


viernes, 3 de mayo de 2024

"La Sequedad del Estanque" navega por los cuatro vientos

 

Contraportada del poemario 
Las Sequedad del Estanque 
Editado por El canto de la Alondra 


Con estas palabras de aliento del poeta Francisco Fierro Brito y otras más del también poeta José-Maria González Ortega, "la sequedad del estanque" inicia su recorrido por ríos, mares y montañas. 

Que la fortuna acompañe su soledad, que es, al mismo tiempo, la soledad del poeta.  


La Sequedad del Estanque 

poemario editado por El canto de la Alondra