miércoles, 2 de agosto de 2023

Genaro González Licea: Roberto López Moreno, el poeta de mil tonos de piedra y agua

 

Roberto López Moreno 
Fotografía sin datar


ROBERTO LÓPEZ MORENO, EL POETA DE MIL TONOS DE PIEDRA Y AGUA

 

 

Por Genaro González Licea

 

 

Roberto López Moreno es todo un poeta de piedra y agua, de voces que aletean como espinas en el aire, palabra hecha montaña, leyenda de maíz mirando la neblina, es voz de sol y cascada de metáforas, selva y mar, ríos de fuego y esperanza, puño libertario de barro chiapaneco: “pero esta América tendrá que ser más grande que los viles, grande y luminosa”, nos dice y nos repite de mil formas esta su voz y su palabra.

Es un poeta de tierra comprometida con todo lo humano y lo viviente que nos duele, un puño en alto que ha escrito en su andar un gran poema, un solo poema, uno solo, compuesto de miles de versos encendidos. Voz y palabra compartida, piedra y aire unificado, fuego y humedad compleja como el principio del principio, como el silencio del verbo, la tierra, el mar y el infinito.

Todo él es un solo canto unificado, un solo poema de mil voces, tonos y colores escritos en la cúspide del viento, en el polvo del polvo y en la tierra de la tierra, tierra fértil, subsuelo de sabias tempestades. Su vasta obra literaria está labrada en remansos de agua y turbulentos mares, sombras y luces encontradas, pluralidad de gritos e historias surgidas de profundos ríos y peñascos ancestrales, de gritos llagados y descalzos como selvas taladas en pleno desamparo. Llueve, nos dice, “está lloviendo sobre los cadáveres, se están ahogando también los aún con vida, ahí, entre los escombros”.

Es vanguardia permanente, creatividad en movimiento, comunión, encuentro y desencuentro, búsqueda latente de algo que existe y que no existe, silencio y vacío de un hombre que llora al mirar el mar, raíz de fuego abrazado con el agua, grito encendido al sentir la fuerza de fantasmas amasando la conciencia: “no estoy triste por ti ni por mí ni por los perros, es el poeta el que me aúlla el alma”. Roberto, se diría, es un poeta que nació “del arcoíris cuando la humanidad amanecía, en el manantial idioma de los colores, en su centro matiz, ataviado de reflejos y gestión luminaria”.

Reitero, López Moreno es todo un poema escrito en diversos tonos de piedra y agua, pluralidad envuelta en la fuerza de la tierra y la palabra, compromiso social con la madre selva, con la carne negra y callosa hundida en cafetales, con la piel quemada en los surcos campesinos, con la luz oscura del vivir de los mineros y con el andar salado de los pescadores que cargan en sus redes el alma de la luna, gritos que muerden el silencio del sol perdido en el hueco de sus ojos. Él, en una parte de su poema alegato desde el saurio, lo dice así:

 

Alego la vida

intransigentemente

en medio de estos horizontes mal heridos

el saurio nos persigue

nos acosa tan de cerca

que sentimos su tufo en nuestra entrega.

 

Es un poeta, además, que sabe no solamente qué es la vida, sino también la muerte: “yo sé bien lo que es dormir con ella / y despertar sonriendo / y luego, bañarte para ir a platicar / con los amigos del café”, nos dice en unos versos de su poemario el otro yo. Idea que repite al fusionar la vida y la muerte, “la vida muerte, en el zumo amargo de la eternidad”, el adiós que se queda y se va y uno, al decirlo, “se come un puño de vida para siempre”. La muerte, la vida abrazada de la muerte, “la muerte que es la vida en este juego de espejos encontrados”, lo dice en la sinfonía para Soselo, libro indispensable para asomarse a una época y a un poeta lleno de recuerdos y olvidos que salen de su interior a respirar un poco.

Vital, machete en mano abriendo brecha, luchador de veras, Roberto, nuestro poeta, es alguien que busca su ser en el ser del otro, un canto interno con memoria colectiva, grito de obreros y jornaleros y de miles y miles de personas que, como tú y yo, día a día sembramos maíz y cortamos caña, comemos esperanza y amamos el pan y la tortilla nacida de las manos de la vida, de la leña y el comal y, sin embargo, somos como fantasmas en los anaqueles de la vida dorada y envidiosa, no así en la vida cotidiana del andar de mil sabores que tiene la existencia. Me viene a la mente su poema Dolores:

 

Nombre: Dolores Jiménez y Muro.

No diré nada de ella.

Búsquenla en las antologías literarias.

No la hallarán.

Búsquenla en las heridas de la historia.

No la hallarán.

En las páginas del movimiento obrero.

No la hallarán.

En la lista de las mujeres destacadas.

No la hallarán.

No la hallarán pero ¡búsquenla!,

es lo menos que se puede hacer en su memoria.

Búsquenla.

Quizá la encuentren en un doblez del viento,

en el corazón sombrío de la llama,

quizá en la cresta del volcán

o alguna vez el agua quiera declamarla.

Jiménez y Muro, Dolores,

nuestro mayor agradecimiento será encontrarla.

…quizá en el alba…

 

         La obra de nuestro poeta busca mirar la tristeza de un pueblo sepultado, la cultura subterránea que en silencio duele, igual que “la herida de la piedra, la estrella lagrimeante, la flor que cruje pétalo bajo el granizo, el abismo del cielo, solitario y aterido”, como él mismo lo dice. No busca al hombre sabio, al que “solo sabe que sabe”, al hombre enredado en sí mismo sin conocer el mundo. “¿Quién armó al primate?”, se pregunta, “¡Nada somos para él!, nada valemos para su ruda concepción del mundo”. No, no busca a ese ser que le falta escuchar “aunque sea un segundo, / la primera luz que ciego escuchó antes de haber nacido / y que sordo sigue sin mirarla”.

Roberto, el poeta de las décimas lezámicas, y el arca de Caralampio (el extraño mundo zoológico de Chiapas), busca al hombre cotidiano, al hombre desencarnado que habita muy dentro de nosotros con su alma inconquistada y camina día a día buscando un sorbo de agua, para después seguir, seguir, seguir hasta encontrar la piedra final de su camino. Roberto, el poeta, quisiera apartarse por momentos del dolor, más es imposible que su alma lo permita. Llegó a decir, incluso:

 

Me gustaría ser sabio: apartarme

de las luchas del mundo y

transcurrir sin inquietudes

nuestro breve tiempo.

Liberarme de la violencia.

Dar bien por mal.

Pero yo no puedo hacer nada de esto:

verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

 

Y así encontró el mágico lenguaje de selvas y mares, ríos y montañas, cielos subterráneos de soles y de lunas. Coatlicue, le dice con fervor el poeta que escribió a la hora del rosario:

 

Dios te salve Coatlicue, llena eres de gracia y de desgracia, parida de la sombra. Luz tremenda, devoradora que repartes las mazorcas de tus manos, de tu collar de corazones, del cráneo con que ciñes tu cintura. Madre tierra de donde parte y a donde llega todo, amargo y dulce nuestro, terriblemente tierna, tiernamente terrible, míranos crecer, multiplícanos, pegados a tu difícil carne litográfica, en tu tatuaje de estrellas en donde hace sus cónclaves el cosmos.

 

Lenguaje mágico que permeará su obra entera, será la semilla de su voz y canto, su huella distintiva a donde vaya. Su poema meteoro, que da nombre, al mismo tiempo, a una excelente antología de lo mucho que ha escrito nuestro poeta, puede ser esa voz y canto que su alma tenía y brotó con ese muy su tono de fuerza, reclamo y redención del hombre frente al comportamiento natural del universo. He aquí unos versos del poema:

 

En tu pecho, Señor,

de áridas y abandonadas rutas

has colocado la primavera.

El musgo tierno crece en vericuetos

de esa longitud reseca,

anuncia la alegría de lo nuevo.

En ese pecho hay una muerte y una vida de continuo,

es una larga tierra de amor

que el corazón enciende y apaga.

Tu cuerpo es el palacio de Dios,

su adolorido domicilio y sin embargo florece.

Has colocado la primavera en tu pecho, Señor,

el manco que inventaste envuelto en fiebre está contento.

Desciende, Señor, a conocer la luz,

a rendirla con la magia azul del tacto,

ven y reconoce el rostro presentido,

encuentra que era cierto y fuerza

que te nombre montado en el ahí estar de la galaxia.

Ven a tocar el rostro de la luz,

su espectro tras la columna de sombra,

de él eres la partícula que somos,

Padre, presérvame del sol, quema, hiere,

yo, el nacido de la sombra te lo pide,

acércame a tu pecho viejo niño,

hijo indefenso, defiéndeme, protégeme, acógeme,

eleva tu amargo corazón sobre este lodo.

El sol es hijo de esta sangre negra,

con este fluir lo alimentamos diario.

¿De cuántas voces, de cuántos alaridos está formado el cosmos?

Los muertos no existen, señor, lo sabemos,

los actuamos a diario, los hacemos decir, callar,

los movemos en cada pensamiento, adentro de la ropa y de la máscara,

los engendramos para su nacimiento de mañana,

para su muerte a la que habremos de asistir puntuales para que no mueran.

La entraña de la noche es sombra viva.

Yo vengo de la muerte, Señor, de su rostro helado,

el movimiento de la oscura entraña me arrojó a la vida,

de la sombra vengo y en ella hoy me multiplico,

soy ejércitos marchando sobre el polvo de Dios,

camino de Santiago, serpiente de nubes.

Soy el cuerpo de todos, su memoria,

soy tu lanza y tu derrota,

tu victoria final sobre los tiempos.

Escúchanos, Señor, somos tu media imagen,

entre más lastimados más tu triunfo,

tu vuelo de cadenas,

tu alegría de heridas,

tu combustión, tu historia.

 

Está también su libro la sinfonía de los salmos, de ahí recuerdo sus poemas salmo primero, imágenes del quinto sol, y la consagración de la primavera. De ellos y en ese orden, citaré los siguientes versos:

 

De salmo primero:

 

Hay un sonido haciendo el mundo

desde el verbo de cal que nos da forma,

se enreda hacia la patria de los pájaros,

verdad con alas

que nada y que se arrastra.

Hay un sonido en el mundo que nos crece.

Hay un sonido… el mundo…

 

De imágenes del quinto sol:

 

Hacedor del destino,

mira a tus hijos vacíos de toda sangre

crecer los vericuetos

de la sombra infinita,

otórgales de nuevo el movimiento,

la fuerza necesaria para encender el día.

Viaja a la muda mansión de los ausentes

en donde yacen los huesos sagrados de los antecesores,

con ellos habrás de construirnos de nuevo.

 

Del poema la consagración de la primavera:

 

Todo empieza en el ritmo de este cosmos,

la bruma y la desbruma.

El tum tum de la savia,

de la sangre,

de las aguas de robustos manantiales.

Rompe y alza, desvincula el horizonte

para armarlo de nuevo en la pupila.

Tum y tum en la finca del latido,

todo empieza en el ritmo de este cosmos.

 

Este es el tono, a mi entender, que distingue y distinguirá a López Moreno, en él, se diría, el poeta encontró el resplandor de la poesía. Todo en él será ese canto poético, ese destello de metáforas dicho de mil formas y expresiones literarias, unas conocidas, otras creadas por él, como el poemuralismo, las treceadas o el laconismo: “si me quieres matar déjame vivo y no habrá muerto más triste”. Su obra es un destello de imágenes, un acto creativo de libertad, directo, transparente y genuino, amorosamente genuino.

En el andar literario, diría Roberto, cada palabra, “cada idioma es un milagro”, y es así como ha escrito en verso, rima, estrofa, soneto, terceto, cuarteto y décima. Prosa, canción lírica, elegía, oda, sátira y corrido, oportuno momento de citar este su propio corrido:

 

Licencia pide el alero

con la voz de los turpiales

y aromas de tamarindos,

callejeros de la tarde.

El viento que por la noche

platica con el paisaje

lo ha gritado voz en cuello

a la mitad de la calle.

 

Ha muerto López Moreno,

lo sabe la adusta loma,

lo vieron llegar sangrando,

mutilado de palomas.

Vuela, vuela palomita,

noviecita de un lucero,

ve a avisarle a los maizales

que murió López Moreno.

 

Sobre la milpa volaron

alas de blancos pañuelos,

yo… me quedé en los portales

…pues no quise ver mi entierro.

 

Ha escrito, también, cuento, novela, crónica, teatro y ensayo. En vuelo de tierra, por ejemplo, expone la importancia y alcance de diversos poetas, escritores, pintores y tópicos de la cultura en general y, por supuesto, de su poesía misma. En resumidas cuentas, no hay expresión literaria que Roberto no haya experimentado. No hay nada, nos dice, “que no haya puesto en práctica, vasto y variado. Imperfecto, alguna vez, pero he estado en todo”.

Debo agregar, a todo esto, que Roberto en su camino practicó, además, la docencia y el periodismo, en ambos espacios su huella está presente. Soy periodista, nos dice:

 

…, me tocó Tlatelolco,

me tocó, lo toqué con mis dedos de tinta mallugada;

he visto además otras tragedias

clavadas en la entraña de mi patria.

Veo y digo, ese es mi gran delito.

 

Todo en él es poesía, lo diré en cualquier parte, escriba lo que escriba toda su palabra es una expresión poética, miles de versos en un solo poema, toda su obra literaria es un poema unificado. Posiblemente ello se deba a que, nuestro poeta, igual que Mallarmé, descendió “a la nada para poder hablar con certidumbre”, y encontró, como él, que “no hay más que la belleza y ésta sólo tiene una expresión perfecta: la poesía. Todo lo demás es mentira”. Si es así, entonces ahora entiendo el porqué López Moreno nos expresa con un cierto tono de tristeza e ironía: “quizá dios no juega a los dados, pero sí al conquián”, y agrega: “en su mano sostiene el abanico de naipes: una larga lista de corderos degollados”. Sin embargo, respira hondo y se levanta:

 

Nosotros, los de raza sombra,

sabemos que la noche también tiene sus soles,

nueve son, ciñéndose anillos de congelado fuego.

 

Los nueve soles de la noche, del silencio hecho dios, igual que el caracol y el viento. Nueve divinidades dialogando sobre el origen de la palabra, la palabra que estalla y se redime en el silencio del poeta, silencio de comunión donde el “amor se expresa y el infinito desciende a habitar su casa de segundos”. Casa de adobe y cal, de ramas y tejado de espinas que vuelan con la luna, casa mítica llamada Huixtla, que puede ser muy bien la casa donde un día nacimos todos. Ahí nació y habitó López Moreno, Huixtla, lugar mítico donde, retomo sus palabras de los ojos del árbol:

 

Los antiguos mexicanos llegaron a creer que lo habían visto palpitando entre las llamas y lo convirtieron en centro de ceremonias. Le designaron como símbolo una espina de maguey que para ellos significaba el pico de un colibrí. El sonido original de Huixtla era Huitzillin que quiere decir espina que vuela y era el nombre que ellos daban al colibrí, su máxima deidad (Huitzilopochtli significaba “colibrí zurdo”, que era el fuego del corazón).

 

Huixtla, aquella, la de entonces, tiene ahora un templo cultural hecho de piedra y voces ancestrales, se llama Casa de Cultura Huixtla Roberto López Moreno. Ahora desde ahí nuestro poeta extiende su palabra: “soy la sombra de la sombra para poder ser luz que de la sombra nace”. Ahora desde ahí invoca al agua y a la selva, al silencio y a la piedra encendida en las entrañas del sol y de la tierra:

 

Tajamar

Ya se murieron la rana, la tortuga,

el laurel de tu vientre,

recuesto estos versos junto a ti.

 

Y con estas palabras nos invita a navegar, a “sumergimos en la eufónica corriente para volver a flotar purificados”, a engrandecer la raíz de los ancestros, madre tierra, padre sol. Dialoga con la humedad subterránea que permea valles y montañas, con el cacao, el café, la caoba, “la noche chiapaneca / es una densa lluvia de caoba. Alimenta memorias, / lunas que ruedan aromando / el licor de las corolas”. Dialoga con esa libertad muy nacida del fondo de sí y hermanada con la luz y el viento.

 

Vengo de la montaña que todavía me mantiene en su alto.

Vengo mordido por la nahuyaca verde,

con la densa sustancia quemando entre las venas.

Todo verde de mente —mente con alas—

desciendo entre lianas y zumbidos

después de haber reinventado los asombros.

 

Dialoga con sus antepasados, con esa voz genuina nacida del alma para todos. Rita María Moreno Clemente, Ranulfo López Paz. Rita roca, “quien tanto me habló de todo esto; a ella, tan chiapaneca, tan de estas cosas”. Madre Rita:

 

Rostro de sil y hielo, matriz de sil y lumbre,

reflejo del gran horno y de su sombra blanca,

cuerpo de sil y de silencio solo, madre del satélite,

vientre amoroso y terrible del (la) génesis,

ahora, bajo el soplo del sol padre,

que camina por la red de la galaxia

con sus millones de millones de millones de millones

de incandescentes hormigas,

en la hoguera de la sangre del cobre,

de su dura hazaña compartida,

de la aérea sangre de la aurora, vertida al ras del horizonte,

de la sangre del agua fluyendo voluptuosa,

de la sangre del día

y de la noche cohabitando en su lecho de luceros,

de la sangre el tiempo,

nueve golpes de gubia fundadora,

de en medio de esa suma, que es la hoguera,

está surgiendo la otra sed, como milagro.

 

Rita roca, madre, mamá Rita:

 

No siento el gran dolor por tu no día,

hoy, 15 de marzo

(antes del mediodía

y una sábana y un bulto enfrente).

Asumo orgulloso pleno por la forma de tu vida…

y de tu ausencia;

por la arquitectura de tu tiempo,

por el tino con el que hiciste

la construcción de tu no día

para irte de mí de lo más tenue.

Madre:

(mamacita Ritita),

grado 66 de este mi orgullo.

Adiós madre. Chiapaneca.

 

Rita María Moreno Clemente viuda de López, 15 de marzo, antes de mediodía, 25 de diciembre, sus cenizas fueron diseminadas en el río, su río Huixtla, mi río. Desde ese día, en el alma de nuestro poeta, flota y flotará, por siempre, una flor blanca sobre el río. Ese día, Roberto lo describe así:

 

El fosforo cae perpendicular sobre la iguana.

La pequeña urna cede frente a la iguana ardiendo.

La enorme piedra (sacerdotisa) vigila desde su muy alto,

como tensando un eje eléctrico entre su eminencia y el saurio

hidráulico, rebotando entre las piedras de abajo,

hoy más terrestre… y murmullo.

La ceniza de rita roca se une a la corriente

(25 de diciembre)

se reintegra al paisaje;

paisaje es ya y su fuerza

que se mueve… continuamente se mueve…

…la energía del agua y el fósforo…

Una flor flota sobre el río.

 

         Pero en él, como dije, el sol también está presente, padre sol, Ranulfo López Paz, “hombre bueno que hacía poemas”, nos recuerda con amoroso tono López Moreno en los confines de la utopía, para después rendirle cuentas y agradecerle y recordarle, y amarle, amarle siempre:

 

Padre Vivaldi,

con qué palabras dirigirme a ti

y decirte fuego

y decirte padre;

gracias por los lampos del tañido

padre Vivaldi.

Poseíste la tierra y nacimos muchos

…y más todavía.

Pero soy yo el que ahora quiere hablarte.

Te llamaste Ranulfo a orillas del río de Huixtla,

y te llamaste colibrí y quetzal,

iguana y guacamaya

y el sol cayendo a todo peso

(peso y caracol al aire)

sobre mi alma renegrida.

Mamá Rita debió haberse estremecido

en lo más hondo de su orgasmo

mientras tú, con el nombre de Ranulfo López

me escribías con sonidos en la tierra.

¿Desde qué punto mágico la sensualidad de los sonidos,

su organizada danza?, ¿su inteligente?

¿Desde qué rincón de su cerebro? ¿De cuál?

Yo estuve en Tlatelolco, padre;

en la ciudad de México

que en 1985 se hizo añicos;

estuve a punto de perecer en la montaña

persiguiendo periodista las huellas de un tal

comandante a zancos.

Quizás en estos lances estabas a mi lado

y fue la memoria de la oreja

la que me salvó múltiples veces.

Oigo y eco a las puertas de San Marco.

Escucho y eyaculo en litoral mariano

desde la espiral de que provengo.

Antonio López. Ranulfo Vivaldi:

“Señor,

aquel caballero triste

que a cambio de amarguras

un ánfora le diste

repleta de esperanzas,

de amor y de ternuras…”

Padre Vivaldi,

gracias por el sonido

y por esa algarabía que nos has donado

y que presiento que viene de lo eterno.

 

Ambos, tierra y sol, le dieron vida y voz a López Moreno un 11 de agosto, el poeta ese día lloró, como llora ahora sin saber por qué, pero lo sabe. Ese día ambos le dieron vida y voz para que éste, a su vez, se la diera a los campesinos, a los indigentes, a los mineros, a los sedientos de justicia, a los mexicanos o personas nacidas con piel negra en este continente. Estos últimos, por cierto, tal vez por su doble o triple o cuádruple discriminación que han vivido, Roberto, el poeta, los tiene muy presentes.

Y ahí está su poemario négridas y su reconocimiento a don Armando Duvalier, poeta vanguardista, chiapaneco todo él, cuyo verdadero nombre era Armando Cruz Reyes y quien, retomo las palabras de López Moreno “vino a representar para la poesía de Chiapas lo que Tablada representó para la poesía de México, un afán de modernidad ensayando todos los caminos posibles que los nuevos tiempos exigían”.

Négridas y la poesía negrista, el dolor de la esclavitud y el misterio de su alma de fuego y de madera, de son y ritmo de libertad que nadie ha conquistado en Chiapas, México, Latinoamérica, América y el mundo entero. “Risa morena del cañaveral”, diría Roberto, libertad del alma que danza y canta con la sangre del tambor. Piel negra con alma blanca que ríe y llora con los pies descalzos a un lado del cafetal, pies que bailan entre brasas, raza de barro y mineral, raza de hierro y canto que inventó el viento con su “lengua de luz que nos quema las venas y el horizonte”, remarca nuestro poeta para agregar después:

 

Baila la negra clavada

entre la rumba y el son,

suda que suda y resuda

el tiquitac del tambor,

tumba tumba, tumba tumba,

tumba de mí, tumba en Sol,

tumba de la negra alegre

grupa gruesa, ronco ron;

marimba que siembra el canto

canto que canta el cantor.

 

         Y aparece la marimba, la selva de madera embrujada con el viento, la madera silvestre de olor a sol y madrugada. La marimba, la marimba centroamericana, marimba negra, marimba de cacao, café y carbón. Marimba negra y de carbón, “marimba cuache”, madera que canta, diría el poeta que aquí nos une, “lo mismo que canto yo / y va sangrando su carne / con el chorro de su voz, / marimba de siete lanzas / tiquitac del corazón”.

Canto y son gozoso, canto libertario y subterráneo, dignidad de fuego, ardiente lucha de sangre negra:

 

Que si ese negro fue antes que yo;

que si ese negro fue antes

que la mi casa sobre las aguas,

que la mi casa en las tempestades

abriendo surco sobre la sal. Chiquirimbó chiquirimbá,

que abriendo surco sobre la sal.

 

Y ahí está la voz de López Moreno defendiendo las raíces de la marimba, está su libro entre el invento y el “origen” La marimba, la marimba centroamericana, que quede claro. En este libro, por cierto, Roberto emite como punto final estas palabras que bien pueden labrarse en las piedras del jaguar, acuñada por el nudo del gran nudo: “hay un cervario de colibríes que aguarda el acontecimiento y un ferial de cascadas y quetzales que somos los que vendremos desde el tiempo para el tiempo. Para que, por fin, seamos nosotros mismos y planeta”.

         Con este mismo fervor de lucha y canto con que López Moreno defiende la raíz de la sangre negra y la marimba, también lo hace con todo aquel que es discriminado y vive las enormes injusticias del poder. Su obra es un grito de defensa. Chiapas y el movimiento zapatista es toda América encendida.

Tengo frente a mí su libro El Siglo V de San Cristóbal, desnudo relato de atrocidades y discriminación, desde hace cinco siglos a la fecha, en contra de los indígenas de San Cristóbal de las Casas, antes llamado Jovel, que, en el fondo, bien puede referirse a cualquier rincón habitado por personas pertenecientes a nuestros pueblos originarios. Historia narrada en una atmósfera sumida entre la niebla, la niebla del tiempo que nada claro ve. Calles, casas, cerros, selvas, lomeríos, serranías, nos dice el poeta, están hechos de sangre, “son palabra viva, literatura densa, historia cierta llena de rencores, iras, sobresaltos y estupores”.

Y agrega para el resguardo de la memoria colectiva: “sangre es esa vegetación sombría que tiñe la circunferenciada sierra, sangre que el monte colorea de verde, verde oscuro que sabe y calla, que calla y grita, que grita y sabe, que guarda y relata lo que ha visto en la pupila de los siglos. Hasta el centro de estas desmesuras he venido yo, Pedro Díaz Colombo, minúsculo latido, ínfimo lector de esta telúrica presencia, en la intención de desentrañar”.

         La historia de nuestros pueblos originarios es la historia de San Cristóbal: despojos, muertes, rebeliones, conquistas y reconquistas, y enjuiciamientos. Por cierto, es de decir que mientras se llevaba a cabo el enjuiciamiento a “Dominica López y a Juan Gómez en Ciudad Real (San Cristóbal de las Casas), la Virgen se fugó y se fue a aparecer a una joven campesina originaria de Cancuc, María Candelaria”. A cualquier lector deja sin palabras esta aseveración demoledora de nuestro poeta.

Las ironías y contrapuntos de la historia de nuestros pueblos que dicen mucho y solo la creatividad del poeta puede dibujar a plenitud en el consciente e inconsciente colectivo. De ahí el siguiente comentario de El Siglo V de San Cristóbal de don Prudencio a Pedro Díaz: “—en los poetas, en ellos más que en ningún otro, es en los que podrá encontrar la voz más genuina de esta tierra —le había dicho don Prudencio señalando la gran variedad de tomos reposando en los estantes”.

La obra literaria de Roberto está flanqueada de expresiones como la anterior. Es un escritor de los pies a la cabeza, versátil, propositivo y siempre de vanguardia. Ahí están, como ya dije, sus treceadas o innovación poética donde, como él mismo señala, “la última línea, la décimo tercera, rompe totalmente, en la mayoría de los casos, con el discurso desarrollado por las doce líneas anteriores”, así como su poesía virtual, experimental en general, su estudio y exposición tanto del sincretismo que contiene el lenguaje popular de doble sentido, como de la música en la plenitud de la palabra, iniciando, por supuesto, por la musicalidad de la poesía, su ritmo, su canto y su cadencia.

Poesía y música unidas, lo sonoro, el silencio, el zumbido del viento y el viento. La poesía del viento, lo poético del viento, el poema sobre el viento. ¿Cuándo uno?, ¿cuándo otro? La poesía siempre ahí, al fondo, estoica, muda, preñada de su propia musicalidad. La poesía existió, existe y existirá siempre, empero, nos dice nuestro poeta, se dio un momento en que “la poesía culta se separa en definitiva de la canción”. La poesía se separa de su propia musicalidad hasta que otra vez “los poetas se reencuentran”, poesía y música siempre presente y juntas.

Los poetas, los músicos, se unen y se alejan, se encuentran y rencuentran, y es entonces cuando la palabra, nos expresa el poeta, “salta a la escala de la guitarra, el arpa y el piano”, al violín, a la marimba, al canto musical del tiempo. Este asomo de historia musical está en su libro Crónica de la música de México. Breve revista desde sus compositores, de ahí también estas líneas: “ciudad musical por huehuetls, tlalpanhuehuetls, teponaxtles, flautas de barro y de carrizo, México-Tenochtitlan nació en medio del agua. El agua fue su cuna, su vehículo, su motor y su amenaza”. El agua, la sonoridad del agua, después la orquesta, el vals, el tango y el bolero, la trova y la nueva trova. El planteamiento de poesía y música está ahí, una historia y un tiempo de ambas, de la musicalidad de la poesía al fondo, al principio del principio.

         Naturalmente, dentro de esta turbulencia literaria y de vanguarda, está también la unión y desunión simbólica de la iguana y el colibrí, la visión de un mundo y una cultura hecha con el tiempo a ras de piso y a metros bajo tierra, mostrando lo que somos. A esta unión y desunión Roberto López la llamó poemuralismo. Confluencia de voces de soles y lunas mirando la vastedad del mar, de la selva, del llano, del cerro y la montaña, la encrucijada de los miles de caminos subterráneos y a flor de piel que preñan el andar de nuestros pueblos.

         La iguana representa al tiempo, nuestro tiempo ancestral americano, “tiempo sabio nutrido de las enseñanzas planetarias, es un fragmento del planeta; por tanto, el símbolo que le corresponde es la línea horizontal”, nos diría Roberto, en tanto que, al colibrí, le cito nuevamente, al surgir “de la iguana, de su sabiduría”, “se convierte en la imaginación de ésta, es decir, en su vuelo. Por lo tanto, la línea que le corresponde al colibrí es la vertical, es el vuelo que se eleva partiendo del punto iguánido. Por medio del colibrí (la imaginación de la tierra) la sabiduría se eleva a ser en las rutas del aire. La verticalidad es la imaginación que la sabiduría produce”.

El poemuralismo no es un experimento literario, es una necesidad de unir voces sobre un mismo fluir de agua, pero con la propiedad y libertad que cada venero tiene. El sentido de la pluralidad en la unidad. La congruencia del pensar y actuar teniendo en cuenta la raíz de lo que somos. En la América nuestra debe confluir el suelo y el subsuelo con su dignidad inconquistada, y el conocimiento e ideales de un sentir ancestral que nos mantiene de pie y nos alimenta.

         En su poemario morada del colibrí, Roberto López Moreno siembra la semilla de lo que el mismo llamó mural literario, poemurales o poemuralismo, nombre que “es tomado de una corriente pictórica mexicana, el “muralismo”, como punto de identidad con los principios de modernidad y de preocupación social que esta corriente planteaba desde su esencia profundamente latinoamericana”, y lo que pretende, en esencia, es “constituir una manera de expresar el lenguaje de nuestro tiempo (al que pretende inventar en parte creando una “forma de formas”), los asuntos del presente, sin desligarse del pasado ni del futuro que les dan existencia”.

         Dan cuenta del poemuralismo, entre otros poemas, la longitud de la iguana: “iguana: de tu longitud de barro nace el colibrí en el que vuelas”. Guitarra: “cajoncito de recuerdos, jícara del viento”. Río: “metí los ojos al río para ver correr el tiempo pero me miré a mí mismo. Vida y muerte de José Hernández Delgadillo: nuestra voz de milpa nació sobre una cama / de plumas verdes y azules, / y reptando fue la sabiduría de la tierra, / se hizo serpiente, / y águila en desplome / con su tragedia de alas ultrajadas”, y morada de colibrí, extenso poema que en uno de sus versos señala:

 

Tzintzuntzi Tzintzuntzi

Tzintzuntzi Tzintzuntzi

 

Ome Acatl, 2 Caña Tzintzuntzi

 

Estamos haciendo un libro

testimonio de lo que decidimos,

Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

Quién hace tanta bulla y ni deja

testar las islas que van quedando.

Antes de la peluca y la casaca

fueron los ríos, ríos arteriales.

 

Esta resistencia fue hecha con tezontle

y con la fuerza del colibrí,

fragor del Sur, puño de la voluntad.

 

Es de mencionar que este último poema, morada de colibrí, da nombre, al mismo tiempo, al libro mediante el cual, expresa el poeta, se hace “un homenaje a la cultura latinoamericana, de la que somos barro y vuelo, un homenaje a su pasado y a su presente en la idea de que el amoroso ángulo que nos cobija (iguana y colibrí), es eterno. Los poemurales están abiertos a todo lo que en el planeta se crea”.

         Como se puede observar, el poeta deja constancia de su andar cotidiano y de su tiempo, de su dolor y creatividad literaria, movimientos sociales, políticos y culturales, de su diálogo con la pintura y la música, y con las personas involucradas en ellas. Llenaría hojas enteras relatando sus anécdotas y cuestionamientos, sus vivencias en el mundo político y periodístico. Por lo pronto, permítanme seguir con este asomo a su obra y huella literaria marcada en el camino.

         En él, como en todo ser humano, hay huellas muy marcadas que dan cuenta de días soleados y grisáceos, días que duelen y marcan el alma de los pasos. Recuerdo aquí, por ejemplo, que en uno de esos días de sombra y de neblina, nuestro poeta chiapaneco extiende esta su voz:

 

Hoy el día amaneció llorando con la

angustia

de un perro abandonado,

con un aullido que penetraba hasta

los huesos,

pero no lloraba por ti, Julia Alfonso,

lloraba por nosotros, los que nos

quedamos

a tocar tu ausencia

que pesa más que el dolor que debe

provocar

cualquier infarto.

 

         Hay otros días donde la tarde se aleja mordiendo su silencio, su tristeza nos recuerda la pequeñez que somos, “qué solos somos, todo nos es prestado menos la soledad”, diría Roberto, lo efímero de nuestro andar sobre la tierra, cada paso es un saludo y despedida, un silencio, un duelo de permanente soledad y de vacío. “Qué solos se quedan los cuartos que se quedan solos”, cito nuevamente al poeta de a dónde ira veloz y fatigada (Diuno de los adioses), libro en el cual, por cierto, se encuentra también este poema:

 

Mi abuela materna

fue un árbol de marimbo

que permaneció entre nosotros

más allá de sus noventa años,

desde quién sabe cuántos siglos de estirpe;

por eso

su adiós

fue un inmenso vacío

a la mitad de la casa.

 

         Pero hay días también, sino es que diario, en los cuales, estoy seguro, Roberto López Moreno, el poeta de las mariposas de Tía Natí, pensativo y solitario como es, se pregunta por el ser, por el ser del ser y la existencia: “¿de qué luz primera viene el recuerdo de los tiempos?”, ¿qué hay antes de la luz y el tiempo?, ¿qué en ella?, ¿qué en él?, ¿dónde inicia el principio del principio de la madre tierra y del padre sol? Y es así como nace en nuestro poeta abrára, poemario capital en su visión de mundo, en su decir poético y literario.

Ábrara, “lo que abre de su esencia misma, concepto del principio, juego de liliales aes, primer latido acunado en el hondo de la entraña, golpe primo del albor a llama verde, lo que inicia el inicio”. Ábrara: “inio espasmo de la savia abriendo”, “lo que será (ya siendo) materia y hálito”, “sustancia de la sustancia, la que inaugura, el sol, la sol, la voz primera”. “El enigma del principio del principio, la soledad en llamas en el momento de la concepción”, el instante del instante, la causa de la causa, la encantada figura del instante de la creación. Ábrara:

 

No se cierra,

Nunca se cierra.

Siempre se está abriendo

como corresponde a su mágica sustancia,

creación de la creación,

partícula de luz que viene de los finales

porque no hay finales, sino esta cadena

de fogonazos en los que nacen

los ríos de las sangres.

 

Ventana de los principios

y en todo está el principio,

en cada ciclo

que complementa su estremecimiento

haciendo curva y redonda la palabra,

música esferada cargada de longitud y peso.

En todo está el principio

como la fuente inagotable que ha fluido sobre el mundo

y apenas está naciendo

de los úteros de la tierra.

 

Átomo de todo génesis

(del génesis), átomo A

recorrido hasta la semilla clave de su inicio,

oficio de quehaceres,

de mecánica y cohesiones hacia adelante,

hacia-desde las noches y los días

reinventándose mutuamente, pares dinámicos,

cópula de las energías-energía,

el milímetro,

el gramo,

que van a inventar el UNO

siendo un uno cada uno.

 

Y es así como Roberto, nuestro poeta, concluye que el principio del principio, la nada, el silencio, el vacío, “es la poesía, después es el poema de la poesía”. Quizá sea esta la razón por la cual también nos diga en su poema Abstracción. Gira, que “sólo lo creado por los poetas permanece sobre la tierra” y, por lo mismo, que “cuando mueren los poetas la tierra se estremece”. Los poetas, la voz de voces que nace desde el alma y duele. Recuerdo una escena de poliedro, su obra de teatro:

 

EL ADMINISTRADOR GENERAL (con fisonomía de indígena, pero vestido de caporal): Echen a ese hombre que está ahí parado en la entrada.

UN PEÓN: No molesta en nada, señor, sólo quiere hacer unas preguntas.

EL ADMINISTRADOR: ¿Dicen que es poeta?

UN PEÓN: Sólo eso, señor.

EL ADMINISTRADOR: ¿Y quieren más? Esos hombres son muy peligrosos, hablan con el alma de los hombres y con el alma de las cosas.

 

Sí, los poetas son así, Roberto es así, dialoga consigo mismo y con el alma de las cosas, de ahí que su voz sea de piedra y agua, manantial de voces, raíz, viento, polvo e infinito. Sombra y silencio, cascada de metáforas hablando con el sol y con la luna, con el fuego y el sudor calloso de la sal y la tortilla, con libertad de la selva madre del mar evaporado, selva de comunión en él:

 

Selva oscura preñada

de humedades,

en ella, de tanta luz,

nos encontramos perdidos

para encontrarnos en ella.

 

Como dije, Roberto López Moreno es un gran luchador social, un puño en alto que ha escrito en su andar un gran poema, un solo poema, uno solo, compuesto de miles de versos encendidos. Es un canto unificado, su obra toda es un poema. Su gramática es un aguacero escondido de metáforas, símbolos de colores libertarios, estallidos de verbos conocidos y desconocidos, creación de lágrimas y sueños, encantamiento de sonidos y palabras.

Su canto nace entre la selva y el viento, entre la tierra y el mar. Retumba en todas partes, es canto poético que asoma al sentir del alma, cito ahora esta su voz de itinerario inconcluso:

 

En tu cuerpo de sal y fuego y resistencia se te arrodilla el mar con toda su interna eternidad de espuma. Los pendones del mar marean tu pelo; los ritmos de este mar golpean tus venas con el machete de la luna; los huracanes del mar son tu lenguaje; el resumen del mar está en tus ojos, en ellos me sumo, me resumo; en el zumo del mar doy con la vida. Arrodillarte, mar, en eta playa, bandera de nuestra cal, muy cuerpo adentro; hembra de espuma, varón de oleajes, macho líquido, soplo de sal sobre esta playa que estás sobré la tierra.

 

Dioses reencarnados en la selva, en el “sol de soles” de la selva, “lagartos de mil dientes”, “silbo verde que esgrime la vida con la muerte en sus entrañas”. Selva y mar embravecido, donde, retomó su itinerario inconcluso, “los marineros no cantan, son un invento de las olas pero ellos saben, y navegan”, y concluye: “Yo traigo la canción del mar, la que fecunda; doblego tiernamente tus murallas de caoba, somos en un abrazo el brazo, el ojo, el pelo del musgo. De pronto nos amenaza el mar… después te canta entre las piernas… ahora en tu cuerpo se arrodilla el mar y te deja con un peine de pájaros el que peines el fuego que te incendia”.

 

Finalizaré este asomo a la obra poética de López Moreno, haciendo mías las palabras del poeta y filósofo que, en sus tertulias literarias, me dio la oportunidad de conocer a Roberto hace más de cuarenta y seis años, me refiero a Enrique González Rojo Arthur. Él decía, a propósito de un reconocimiento que le hacían a Roberto, nuestro poeta, que sirviera esa celebración, lo que en mi caso serían estas modestas líneas, “para que los jóvenes lean con cuidado, con amor, una obra del temple y la riqueza de la de Roberto”, y agregaba:

 

Sé que un poeta con tan amplio diapasón creativo, aunado a la audacia en la expresión y a una sensibilidad que le brota por todos los poros, se tiene que imponer a la larga en la cultura nacional y saltar del conocimiento —del que ya goza— al reconocimiento que merece. Aunque la poesía de RLM va a acabar por imponerse (ya que tiene la fuerza y los méritos para hacerlo) creo que es un deber de quienes hemos tenido el privilegio de comprender su valía, coadyuvar al aceleramiento de este proceso de evaluación y a que Roberto ocupe lo más pronto posible el lugar de gran poeta que le corresponde.

 

Caloclica, CDMX, agosto de 2023

 

Genaro González Licea 

Fotografía sin datar




miércoles, 12 de julio de 2023

Genaro González Licea: Jesús Nava, su poesía al caminar, palabra en imagen

 


Fotografía de Jesús Nava, con estas sus palabras: 
"Caminamos para seguir siendo, para no olvidar, 
y llevando siempre a quienes atesoramos"


JESÚS NAVA, SU POESÍA AL CAMINAR, PALABRA EN IMAGEN

  

Mis dedos

levantando la fotografía

ponen ante mis ojos

un mar que carga a las espaldas todo el cielo

como Atlas sudoroso que intentase

cargar el infinito.

 

Enrique González Rojo Arthur

El viento me pertenece un poco

 

Imágenes entrelazadas con palabras en los ojos, y una gran creatividad artística que grita al sentir su libertad, son, me parece, dos de las tantas expresiones que bien pueden describir el alma de Jesús Nava, sensibilidad artística incuestionable, forjada a la intemperie, como el caracol sorteando el vendaval.

            Su fotografía expresa la fuerza creativa de un manantial que extiende sus ramas por bosques y llanuras hasta empapar el mar, es la fuerza solitaria del agua que abraza a un sol entristecido, amoroso, huérfano de egoísmos y alegre de pisar esta tierra que renace de sus ruinas.

            Fuerza y coraje de caer y levantarse, son imágenes constantes que encuentra en su camino. Imágenes del hombre que camina de aquí para allá y a todas horas, sin importar duelos o tristezas, senderos empedrados o zanjas con huesos y cruces olvidadas.

            Su fortaleza y sencillez es la de un árbol, Jesús Nava es la mirada artística de un árbol, mirada milenaria que nos ve pasar y, al mismo tiempo, nos recuerda la belleza de un mundo que no vimos: zapatos rotos de tanto caminar, rieles muertos con el tiempo, nubes oxidadas sin llorar, charcos enfermos de estar presos, lodosos ya de tanto despertar con larvas que nacen con la luna y libélulas sonrientes que se van.

Sus imágenes son luciérnagas que no vimos al pasar, ciegos que somos ya, de tanto mirar lo que no existe. Son imágenes que se incrustan en los ojos, en el eco de tantos y tantos versos, entre ellos, por ejemplo, estos que él mismo me recuerda y ya no sé si fui yo el que los escribió o fue él mismo sin saberlo, están en Caloclica, la casa del camino: “la vida es una travesía /donde una y otra vez caigo y me levanto. /Es un olor a tierra sepultada, /a surcos rasgados por el tiempo /y mis pies como cuchillos /se clavan en el aire”.

            Otros más, también de Caloclica, pueden ser aquellos que recordó al capturar la voz del agua, su murmullo, su júbilo y dolor al buscar en los cauces su camino y, después, la calma: “una voz de piedra se hunde /conmigo más allá del río. /Las horas pisan mi sombra, /veo el rostro de la muerte tan claro como el mío. /Una sonrisa se despega de mis ojos / y se diluye en la quietud del agua”.

La sensibilidad de Jesús Nava es enorme, tanto como su independencia y libertad. Hay en él un viejo recuerdo tirado en la memoria, imágenes muy suyas que me llevan a sentir el dolor de la poesía, la metáfora triste que se queda arrinconada en versos que no existen. Versos que Jesús los llena de esperanza al llevarlos a la pupila, a ese mar, diría González Rojo Arthur, “que carga a las espaldas todo el cielo”, a ese, en fin, cuadro fotográfico de un ser vivo que los mira, los palpa, los hace suyos, dialoga con ellos y con su “yo” que está en el otro, en el ser del inconsciente que los mira.

De esta magnitud es la grandeza de nuestro artista, el cual, como todos, tiene en la cultura un espacio que es muy suyo y de nadie más. Sus imágenes, sus fotografías, sus escritos y creatividad inagotable, son y serán el aula de miles de personas, como yo, que requieren un sonido, un canto, una voz, una expresión visual que les muestre la belleza de un mundo que a los ojos y los pies pasó inadvertido. De ahí mi gratitud y este humilde reconocimiento:

 

En mis pies envejece ya el camino,

mi alma tambalea y se dirige a cualquier parte,

en mí ya no importa morir con los dientes astillados,

a pleno sol, o en lo negro de la luna.

Es inmenso mi vivir en desamparo,

abarca lo que soy y lo que nunca he sido,

a los árboles más secos y a las nubes que se van.

 

Mi alma está encharcada en su propia sepultura,

su espacio está en la tierra,

es mío, nada más que mío, y de nadie más.

 

            Como dije, reconozco sin titubeos la creatividad artística de Jesús Nava, su sensibilidad, para mí, se escribe con un punto y aparte, y el lo sabe. Ha luchado, como todos, por defender y construir su voz, su libertad y estilo propio, ante la turbulencia interna y externa que vivimos. Déjame esta voz que tengo, diría don Luis Cernuda, “lo mismo que a la pampa le dejan/ sus matorrales de deseo, /sus ríos secos colgando de las piedras”, y el poeta concluye fijando con clavos la dignidad de sus adentros: “no quiero saber de la gloria envidiosa/ con rabo y cuernos de ceniza”.

            Esa lucha de Jesús Nava al construir y defender su voz contenida en él y plasmada en su obra, es todo un ejemplo y enseñanza para mí. La gloría (o el fracaso, si se quiere), tiene, efectivamente, “rabo y cuernos de ceniza”, es algo exógeno y azaroso que no depende, en esencia, de él, del artista, sino de su obra. El artista, se diría, centra su fuerza en expresar su visión de mundo en su obra y en nadie más. En ella plasma miedos y temores, sombras y luces, tristezas y fantasmas que ve y siente al caminar, al “senderear” por la vida como el mismo diría.

Su obra, como la de todo artista, escritor, poeta, es su llanto en carne viva, su agradecimiento íntimo, muy íntimo de él para su propia obra, es su grito para no explorar como mar embravecido hundido entre sus venas, es silencio, escondido o al descubierto, mordido entre los dientes, brisa llorosa del viento en madrugada, brisa sola, muda, suspirando hacia adentro de los adentros más profundos que braman con su voz engarrotada, pero viva y lista para perderse junto al sendero del calor del día. Lista para seguir, seguir, seguir y evitar ser atrapada como fantasma de coral enterrado entre la arena, como un sapo llagado entre la sal.

Gracias a su obra el artista, nuestro artista, los escritores, pintores y poetas, no explota o enloquece. Su obra es un trago de agua para sortear tempestades y contratiempos, que le permite salir después, raspado o ileso, a seguir mirando y sintiendo la turbulencia del alma en el camino. Los miedos, temores, tristezas, esperanzas y desesperanzas, son tan humanos como los pasos de cualquier persona que son, al mismo tiempo, nuestros pasos. Al final, todo, sin excepción alguna, queda plasmado, directa o indirectamente, en lo que somos, en lo que hacemos, en la obra que construimos y dejamos. Para el artista, entonces, no existe el éxito o fracaso, ¿cuándo uno y cuándo otro?, ninguno de los dos depende de él, dependen del otro, del otro que nos mira, incluso, se diría, dependen del tiempo.

Lo que depende del artista, por tanto, es plasmar, en su obra, lo más auténticamente posible el sentir de su mirar, de su “senderear” interno y externo. La obra poética, escultórica, fotográfica o pictórica, vive, en realidad, por sí misma. Cuestión que me lleva a recordar las siguientes líneas que don Carlos Castilla del Pino plasmó en el prólogo del libro Poemas de la seguía, de Juan Sánchez de Miguel, 1979, Ediciones Demófilo, Córdoba, España:

“La obra poética, como en general toda creación, vive por sí misma, con independencia del propio creador. Es ya, una vez que ha sido hecha, obra de los demás, que se recrean en ella. Por eso no importa tanto lo que el poeta puedo querer comunicarnos cuanto lo que los demás descubrimos en él, sin que quizá fuera por él descubierto”.

            Esta expresión del artista la veo claramente en don Jesús Nava, de ahí su dimensión y fuerza. Su obra, su creación, al plasmar lo que él estima sustancial de sí mismo y de su “senderear” de vida que, al mismo tiempo es de todos, vive y vivirá por sí misma y, por tanto, es al otro, al que mira, al que toca descubrirla.

 

Del libro: 

Diciembre tres, ceniza e infinito de Genaro González Licea 


Genaro González Licea 
Fotografía sin datar



martes, 11 de julio de 2023

Genaro González Licea: caminé por lugares donde las almas lloran

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar


Caminé por lugares donde las almas lloran,

rodé como piedra en mi interior vacío,

mi cuerpo en silencio se desnudó en la hoguera,

fui carne astillada con mis propios huesos,

grito encendido con mi abandono,

estanque sediento buscando el mar.

 

Quemé mi piel al abrazar al viento,

fui ceniza tendida en calladas sombras,

aullido de brasas bailando en humo,

suspiro zurcido de tanto amar.

 

Mi dolor y tristeza de pie murieron,

ciegos ahora buscan mis pasos,

la quietud del llano, mi sombra vacía,

el olor sereno de mi despertar.

 

 Del libro

Silencio y abandono de Genaro González Licea

 


sábado, 8 de julio de 2023

Genaro González Licea, las Raíces del Agua o el principio del principio de Benito Balam


En la amada casa de don Ramón López Velarde,
en Jerez, sí, en Jerez, Zacatecas  




LAS RAÍCES DEL AGUA O EL PRINCIPIO DEL PRINCIPIO DE BENITO BALAM


En las raíces del agua o el principio del principio de Benito Balam, el alma encarnada, viviente, lúcida de José Arturo Fuentes Creollo, veo el brillo de una sombra en pleno alumbramiento.

La aurora juega con la aurora, la neblina cae como el tiempo, mis manos lloran al sentir la soledad del agua, del agua desnuda que recorre el suelo y el subsuelo de la tierra, las entrañas de la vida y el silencio de la muerte. A su paso nada queda atrás, con ella crece la esencia del tiempo, del alma del tiempo, tuya y mía, donde iremos todos.

Alma negra, blanca y cristalina, alma indocristiana, alma maya y universal del “kairós” vivo de cada quien, del “kairós” que crece y se modifica, una y otra vez para ver nuevamente su pequeñez, su miseria y su grandeza, ante sí mismo, ante el infinito, ante, nos diría nuestro Benito, los “vivos, los difuntos; y ante nuestra madre tierra, los demás seres vivos y el cosmos”.

El agua, la sequedad y la humedad del agua, el agua que es otra y la misma en un aquí y en un allá. Somos agua y movimiento, sangre seca que humedece la voz de la conciencia, alma errante que corre atrás del agua, buscando, buscando siempre, la raíz de su principio, del principio del principio que encierra su silencio, su esencia, su voz y su vacío, el silencio vacío que origina al verbo, el murmullo del correr del agua, canto lloroso, instante de amor y despedida.

         En las raíces del agua, en el misterio del abandono, del vacío y la soledad del agua que fluye y transforma al ser, al ser cambiante que integra la voz del infinito, miro también las heridas de un Benito Balam que camina con su voz inacabada, las llagas internas de un alma que busca, llagas mortales cubiertas de sombra, de instantes que nacen al fondo del ser, al fondo de la conciencia desnuda del ser, del ser que siente, en sus pies, la cruz de su sendero.

Veo el testimonio de un andar personal y literario de un hombre que busca caminar en libertad, de un hombre que nace al verse desnudo frente a sí mismo, solo y en pleno desamparo. Su alma frente a la orfandad del alma.

Sí, las raíces del agua son instantes de parto, expansión de conciencia en las entrañas, fuerza de un viento que crece con el viento, con el alma del otro unida al cosmos, al silencio del silencio que acompaña el andar del agua. Son un mirar interno, de vida y literario, un diálogo concreto, transparente y fresco como la sangre que tenemos, como el alma del nahual que está en los pies de todos, en las grietas del silencio, en la voz ahuesada que clavamos al andar de nuestros pasos.

Y es así como laten las piedras angulares que forman la conciencia del ser a lo largo del camino. Sorbos de agua que reviven la sequedad del alma, revelaciones que marcan el sendero, la confluencia del ser y lo que somos, el amor hundido en los ojos de la tierra, en la soledad del cosmos amando lo blanco y negro de la luna, la muerte de las hojas, lo alegre de las flores, el eterno renacer del hombre, del ser que camina astillado de sus huesos y canta sin dolor el dolor de las espinas.

         Cinco partes conforman las raíces del agua, todas ellas son un gran alumbramiento, una antología de la expansión del ser y su conciencia, una ventana poética que permite asomarse al alma del poeta y de su pueblo.

Benito Balam nació de la tierra y del sol, madrecita tierra y padrecito sol, ambos fueron la carne que le dieron vida, ambos lo crearon con su voz y su poesía, en él viven y cantan y perduran y perdurarán por siempre, son su ser y su conciencia, su pasado en el presente, silencio de piedra y fluir de agua, alumbramiento primigenio que siempre se asoma y asomará en el hueco de sus sienes.

Padre y madre son y serán siempre, entrañas de hierro y barro que lo formaron y le dieron voz y alas para emprender un canto en libertad. Esas raíces son, para mí, las raíces del agua. Dolor de un destino que marca un caminar, una huella de pasos buscando la cruz blanca que un día alguien vio al centro del camino.

         De este alumbramiento de piedra y agua del poeta, llegaron otros y otros más, “fruto de nuestra circunstancia” como él señala. Uno de ellos, por ejemplo, nuestro poeta lo relata así:

“Hará como diez años, en tierras de mis abuelos mayas, cuando comprendí que Yucatán era mi verdadera cuna, mis primeros sembradíos poéticos fueron diseminados por los vientos acústicos del mar y la calcárea blanca de mi pequeña patria. Ahí aprendí los matices de los árboles, el temperamento de las aguas subterráneas y el bullicio de los animales vivos y sin celda. No imaginaba yo el hervor que me envolvería, cada vez que me encontraba alguna huella de mi origen, porque nadie se conoce solamente por lo que es, sino el cómo fue concebido. Una y otra vez las gargantas de las hojas y los imperceptibles vuelos de los insectos germinaban en mí palabras que no entendía”.

         Aflora el poeta y el compromiso del poeta desde entonces a la fecha, los ojos de la poesía o la poesía como testimonio, el cuerpo de su cuerpo de su otro cuerpo, cráneos regados y maltrechos, “silencios encontrados en tumbas y en rosario”.

         Y otra vez aparece Quetzalcóatl, aquel que “bajó al Mictlan/ en el vientre de la tierra/ con una antorcha/ con una lámpara de luna”. “Confió que el fuego/ iluminaba la conciencia del hombre/ pero no fue así/ porque también son amarillos los perros/ y blancos los colmillos del jaguar”.

Pero también aparece Tonantzin Guadalupe, una expresión indocristiana al cual nuestro poeta entrega su polvo y su conciencia, su flor y canto, su raíz de agua indígena, su voz amamantada de maíz, su canto de ave entregado, como el expresa, “al alma indocristiana de nuestros pueblos para que alcancen su nueva emancipación”.

         Las raíces del agua es una antología poética hermosamente custodiada por simbólicas ilustraciones de José Hernández Delgadillo y Alberto Cerritos, cuestión que merece todo un comentario aparte que en otra ocasión haré, pero, sobre todo, es la voz propia de un poeta, de un poeta de verdad, que cae y se levanta con ese espíritu heredado con la luna y el sol de sus ancestros, dignidad de piedra, que nadie ha conquistado. Es un poemario de amor a la vida, a los otros y así mismo, una serena ternura al amor, ese amor “indispensable/ importante/ y urgente / ¡oh, amada! /abrazo tus labios/ con los míos”.

 

Genaro González Licea

Caloclica, Ciudad de México, 7 de julio de 2023.

 

Genaro González Licea 

fotografía sin datar




sábado, 24 de junio de 2023

Genaro González Licea: la piedra de mi abandono

 

Autor: Esteban Eduardo Guerreiro 
Maqueta para una Moneda de Oro
Grafito y tinta sobre cartulina 
y tamiz de Luz del Mediodía 


Un privilegio que don Esteban Eduardo Guerreiro me dedicara esta hermosa obra de arte, 

y un gusto que acompañe las siguientes líneas:   


La piedra de mi abandono

está sobre un pedestal de arena,

sobre un recuerdo enterrado

y unas lágrimas atadas,

un sueño de caracolas abrazándose en el agua,

y un silencio desnudo amando la soledad del mar.

 

La piedra de mi abandono

está en mi sombra vacía,

en el despertar del día

y en las nubes que se van.

 

Del libro:

Silencio y abandono de

Genaro González Licea