sábado, 27 de mayo de 2023

Lectura de poemas de Genaro González Licea en el tercer encuentro de Poesía, Minificción y Cuento Breve “Roberto López Moreno” 2023

 


Roberto López Moreno 

Fotografía sin datar 


Con un cerrado aplauso de respeto y reconocimiento a los escritores y poetas que se han ido de este mundo, inició, en el Centro Cultural Independiente Sarah Tisdall, el tercer encuentro de Poesía, Minificción y Cuento Breve “Roberto López Moreno” 2023, convocado por El Canto de la Alondra, palabra de colibrí III.

Rodeados de arte y cultura como forma natural y cotidiana de vivir, cada escritor y poeta expresó su fuerza y calidad hecha palabra. Las pinturas de Sarah Tisdall, su creación artística de tono surrealista y colorido muy mexicano y suyo, envolvió la voz y narración poética, sucedió lo mismo con las pinturas de evidente compromiso social de Arturo Reyes Mata, y el simbólico espacio libertario que lleva el nombre del muralista José Hernández Delgadillo.

Gracias por la invitación y el esfuerzo enorme, entre otros, de Arturo Reyes Mata, director del Centro Cultural en cuestión, de los organizadores Francisco Fierro Brito y Marcela Romn y, por supuesto, de las palabras mayores de cada uno de los participantes en el merecido homenaje al poeta y amigo Roberto López Moreno. Roberto, mi estimado Roberto, poeta feliz por estar presente “en esta tarde inolvidable”, poeta que cantó, sin micrófono y de memoria, ese hermoso corrido compuesto para él mismo, titulado “la muerte de Roberto López Moreno”.

Pues bien, en este espacio de cultural leí los siguientes versos de “la sequedad del estanque”, título del poemario de mi autoría de próxima publicación. 


Flor Mendoza, Roberto López Moreno, 
y participantes en el tercer encuentro 
de poesía "Roberto López Moreno" 2023. 
Fotografía sin datar  


GENARO GONZÁLEZ LICEA

 

A los poetas y escritores del 1º, 2º y 3º

Encuentro de Poesía, Cuento Corto y Minificción

“Roberto López Moreno”.

 

 

Prepárate a morir, poeta

 Prepárate a morir, poeta,

solo, sin una sombra que te abrace.

Desnudo de ti, de mí,

de la gloría calcinada en el camino.

 

El alma es un instante de misterios y pasiones,

luces y sombras encontradas,

comunión de voces divinas y profanas,

instantes de llamas, brisa, tierra y ceniza adolorida.

 

Prepárate a morir, poeta.

Despídete de esa tu voz hecha de leña

y arde, con ella, sin temores.


Genaro González Licea 

Fotografía sin datar  


 Mi tristeza se borra con la sombra de la luna

 

Mi tristeza se borra con la sombra de la luna,

mis pasos lloran como el agua que no encuentra su camino,

como una voz que en los ojos se deshace,

se desliza y se despide,

cansada ya, de tanto estar cansada.

 

  

Moriré, un día moriré

 Moriré, un día moriré.

Nadie me buscará más que mi sombra,

la infinita sombra que habité,

esa sombra, mi sombra,

que un día también me olvidará.

 

  

En un cementerio abandonado

 En un cementerio abandonado,

tu alma y la mía son como flores cristalinas

que nacen y mueren mirando su ser entristecido.

 

  

Veo sus cenizas palpitar

 

Veo sus cenizas palpitar

como gotas de rocío perdidas en la aurora.

El aire las lleva con su voz distante

y ese suave mirar del que sabe

que ya jamás verá la luz del día,

ni el rostro del ser amado,

ni la vieja cobija que tanto amó.

 

Su cuerpo es nada ya.

Sol y ceniza dejada entre mis manos,

tarde que se aleja como pájaro sin alas,

olor de brisa, manantial y sepultura.

 

  

El vacío engendra su vacío

 El vacío engendra su vacío,

un instante, un latido,

un brillo en su sombra, un desvacío.

 

  

Me ahogué con mi propio sudor envejecido

 Me ahogué con mi propio sudor envejecido.

Destruí mi tumba antes de haberme sepultado.

Los gusanos me buscarán sin encontrarme,

morirán viejos como yo, buscando, buscando, buscando.

 

Mañana seré un viento suave jugando entre tus manos,

un suspiro perdido sobre el agua.

  

Caloclica, CDMEX, 27 de mayo de 2023. 


Promocional del tercer encuentro 
de Poesía, Minificción y Cuento Breve 
“Roberto López Moreno” 2023. 



domingo, 14 de mayo de 2023

Genaro González Licea, "poesía: es el silencio que dejan las palabras, la línea en blanco de su voz"

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar



POESÍA: EL SILENCIO QUE DEJAN LAS PALABRAS, LA LÍNEA EN BLANCO DE SU VOZ


 

A la memoria de don Eduardo Nicol i Franciscá

13/12/1907–06/05/1990

 


Desnudo, sin más cobijo que el desamparo, el respiro amoroso de estar vivo y la espera serena y sosegada de la muerte, me pregunto desde mis entrañas, desde mi tú a tú en carne viva: “¿qué es poesía?”.

Varias respuestas hay. Unas las conozco, otras no y son las menos las que recuerdo. Todas tienen algo de razón, me alimentan por su brillo y, al mismo tiempo, me llevan a decir que, en poesía, nadie tiene la última palabra o, mejor dicho, cada uno tiene su propio decir, su instante y resplandor que ilumina el misterio que encierra la poesía, el venero del silencio, de la voz del silencio y del vacío, infinito vacío donde habita el principio del principio del ser y la palabra.

La palabra primera que no es otra sino la revelación del silencio, del silencio hecho palabra, expresión poética en su estado más puro y natural. Sí, más allá de todo origen, del origen del origen al que no se llega nunca, está el silencio, el infinito silencio que revela el canto y grito de miles de voces y sonidos que comulgan con la luz y la sombra del ocaso, con la tierra fecundada con el agua, con el aire suspirando entre la hierba, con la piedra enmudecida al verse en sí misma sepultada.

Y del silencio nació la intimidad del ser, el sentir del alma, el rostro interno que veo y me ve, me esclaviza y me libera, me ata y me desata. Llagas que se abren y se cierran, grietas que suspiran su canto y su dolor. Somos viento y ceniza, voz y sentimiento de agua, creación liberadora, polvo que regresa al polvo, silencio y vacío mirando el infinito.

Dioses aquí no hay, tampoco dobleces y escondrijos. ¿Qué decir?, ¿qué decirme, a mí mismo, qué decirme? Me pregunto, nuevamente ¿qué es poesía?, y siento un golpe de piedra en mis adentros. Triste y mudo me quedo sin respuesta. ¿Qué contestar, qué decir? Camino sin saber a dónde, vago, viejo ya, como sombra ciega buscando un instante de silencio, un dialogar conmigo a solas.

Parecería que la pregunta es más que literaria, filosófica. Encierra una actitud y visión de vida, un comportamiento individual y colectivo que trae consigo, no solo el poeta, sino todo ser humano, pero, además, nos remite, me remite, a un origen donde no hay origen, hay, eso sí, una pregunta sin respuesta, un silencio donde el silencio es poesía, realidad revelada, misterio, espacio encarnado y desencarnado en el ser de cada quien, en el fluir del sentimiento donde la razón se desvanece, se pierde, se evapora, enmudece y se va, como yo ahora, buscando, siempre buscando.

En poesía la razón es un abismo nebuloso, un instante revelado en el cual difícilmente cabe la razón, incluso, se diría, que en poesía lo más certero es decir que no existe la razón, que en ella filosofar es tratar de explicar lo inexplicable: el silencio del ser donde fluyen atados y desatados un sinfín de sentimientos, unos conocidos, otros no, generados al paso del camino. Se ha intentado unir las dos esferas, bien como poesía filosófica, bien como filosofía poética, intento grandioso, excepcional y de inmenso valor para ambas esferas que dan cuenta del ser, sin embargo, estimo, que ese valioso y excepcional esfuerzo ha quedado, hasta ahora, como eso, un valiosísimo intento de unión y reflexión y, con franqueza, no sé si un día llegue al mismo intento de fusión que otros ya intentaron.

Por ahora, ubico claramente dos esferas que se acercan y se alejan a la vez, son inseparables y autónomas al mismo tiempo. Les une, se diría, la búsqueda del ser y el lenguaje que se asoma al silencio del ser, al complejo mundo del ser que ya no es y, al mismo tiempo, sigue siendo vivencia acumulada, uno, la poesía, buscando revelarlo, otro, la filosofía, buscando su explicación. Las dos esferas buscan acercarse al ser, buscan conocerle, y conocer es una expresión humana, amorosamente humana de internar saber quién soy, cuál es mi esencia y cómo puedo construir mi propio destino y sentido de vida. Pequeño espacio de mi libertad de ser, porque el destino, nuestro destino, lo sabemos bien, es la muerte, el vacío. Vivimos para morir, sin embargo, en el trayecto contamos con un margen de libertad, no para construir un destino distinto o para evadirlo, sino para construir, de acuerdo a los azares y circunstancias, un reducido, pero propio sentido y forma de vivir y concluir en este mundo. La muerte es parte de la vida, es intrínseca a ella, una se corresponde a la otra. Si concluye la vida, concluye también la muerte, ambas se respetan y veneran por igual. La vida y la muerte las vivimos abrazadas en lo dulce y amargo que habita las entrañas, son íntimas e indivisibles al andar de nuestros pasos. La vida se queda en la vivacidad, en la historicidad o huella que deja el caminar de ser, y la muerte, al ser la muerte de la vida, se transforma en vacío de vida, en misterio de la nada.

Al final lo que queda es el mismo paradigma: poesía y filosofía como dos esferas autónomas unidas por la “y”, pero, al mismo tiempo, separadas, por esa misma “y”, por esa conjunción copulativa que es la “y”. Según recuerdo, a propósito del tema, y de haber entendido bien la palabra de un filósofo maestro mío, don Eduardo Nicol: “la asociación es, al mismo tiempo, disociación”.

En poesía es difícil la existencia de la razón, incluso, bien se puede decir que en poesía no hay razón ni explicación, que es propio de la filosofía, lo que hay, en última instancia, es una expresión filosófica inmersa en su propia creación. La poesía más que explicar, revela. Es un acercamiento, un asomo al ser, mediante una expresión de libertad, de voz creativa en su pureza, autónoma, autosuficiente, sin más límite que su propio límite, desenvoltura y vastedad. Lo cual significa que la filosofía puede utilizar un lenguaje poético al intentar describir el ser y, por su parte, la poesía, al asomarse también al ser, puede contener un lenguaje filosófico al revelar su propia creación, sin embargo, su lenguaje está contenido en sí mismo, es autosuficiente para revelar su propia creación.

El lenguaje es el punto de asociación y disociación de estas dos esferas que buscan describir y asomarse a la intimidad del ser. A la filosofía, insisto, le une el lenguaje poético, en tanto que, a la poesía, su lenguaje poético es, o puede ser, en sí mismo, una expresión filosófica. Hay un decir poético y uno filosófico, en ambos está la pureza originaria de la palabra, la búsqueda de la expresión del ser, el asomo a la complejidad del ser. Dos lenguajes unidos por la búsqueda del ser y, por lo mismo, dos fuentes de creación y libertad humana.

Poesía es encuentro y desencuentro, recuerdo y olvido, voz que revela el silencio del alma. Es asombro, misterio y comunión de un sinfín de sentimientos y emociones que solamente uno sabe y, tal vez, en ocasiones, ni uno. Son sentimientos que están ahí, y pueden renacer envueltos en un lenguaje poético por excelencia, para morir nuevamente en uno, pero, al mismo tiempo, en el otro, en los ojos del alma del otro que mira y siente el silencio que dejan las palabras, la línea en blanco de su voz que ahí está, que siempre estará ahí, como el insaciable infinito mirando nuestras manos. Cuando las palabras se asoman con su pureza a los sentimientos del alma, individual o colectiva, la creación poética se hace presente.

La poesía es un lenguaje sublime del ser, de todo ser viviente, es el asomo de cada quien a su sentir del alma. Es lo que vi y me vio, creación y movimiento, liberación del alma. La poesía está en el fondo del ser, es real, interna, doliente. Mueve y remueve lo que la vida produjo en los adentro, instantes de recuerdos y olvidos que renacen y mueren nuevamente para estar a la intemperie, viajando, como el aire por siempre al infinito. Poetas somos todos, pues todo ser humano, a su manera, se asoma a su mundo interno, a su vivacidad construida al caminar.

La poesía es comunión y diálogo amoroso con uno mismo y con el otro, comprende una visión y actitud de vida adherida al ser y a la forma de ser, a la cultura que somos y vivimos. Insisto, en esencia, poetas somos todos, encerramos un comportamiento de vida y una enseñanza de lo vivido, instante que fue, sentimientos que quedaron para revivir en nuestros pasos, y este acto humano y de amorosa redención, encuentro y desencuentro, encierra, en sí mismo, un sentido poético por excelencia, un tener presente que el hombre es finitud, vida y muerte juntas, nunca separadas. Saberlo y tenerlo presente es lo que nos distingue de las piedras y naturaleza viviente, mas no pensante.

La poesía, así vista, es la más pura expresión de la vida y de la muerte caminando al mismo paso, juntas siempre, es la revelación de la conciencia de vivir y morir, así como el duelo permanente de lo efímero que somos. Expresa sin dobleces el nacimiento y la muerte del instante, del efímero instante que es la vida, de la vivacidad que se queda de ese instante en el alma de cada quien, pero, además, la muerte de ese instante de vida que ahora es conciencia de vida y muerte, duelo permanente de un instante que en la vida fue.

Saber que moriremos, no mañana ni pasado, sino en el mismo instante que vivimos, genera una conciencia de existencia muy profunda de pérdida y soldad, del vacío que envuelve el suspiro de polvo que somos, el aire invisible que sentimos y dejamos de sentir, luz y sombra, la nada y el silencio, la originaria voz del silencio que habita en su silencio.

Y es ahí donde aflora la poesía, su asomo al ser, al silencio de lo que fue, de lo que sigue y seguirá siendo en la conciencia, su expresión de permanente duelo, búsqueda, encuentro y desencuentro. La poesía es ese acercamiento a la vida, a la muerte y duelo permanente que nos queda, búsqueda de ser otros sin dejar de ser los mismos, deseos y vacíos anudados en el alma, del alma mía en comunión de todos. Si fuese solo mía sería entonces tan solo un puñado de hojas tendidas en la hierba, más soy un ser pensante que vive en comunión. Ese asomo es la poesía, el acercamiento a un instante del ser que fue y en nosotros deja huella.

Recuerdo unas líneas que escribí al regresar, después de más de cuarenta años, a dialogar sobre poesía en un lugar público. Líneas que están en mi poemario “poesía en el atardecer” y reproduzco ahora:

 

La poesía es el suspiro de un hechizo que por un instante nos permite acariciar la intimidad de nuestro ser en su estado más grande de pureza. Es el sublime lenguaje del nahual fundido en nuestra propia nada. Silencio que nace desde el interior más hondo de nuestra alma sepultada. No es un lenguaje de dioses, es un lenguaje mágico de recuerdos y olvido, de dolor y de vacío que habla cuando el viento roza el alma en carne viva, o la luciérnaga acompaña nuestra pequeñez humana, o simplemente cuando el alma se enlaza con la muerte, la vida y lo vivido.

Es la experiencia de ser asesinado en sí mismo sin saberlo. Es el instante que nace y muere para ser otro y el mismo al mismo tiempo. Es un espacio de comunión entre el ser y la nada. Diálogo íntimo, amoroso, desnudo, unión que sangra por los ojos, y duele, duele, duele.

Es una intimidad muy nuestra, muy de todos y de nadie. Es una intimidad que conocemos y desconocemos al mismo tiempo, tal vez por lo cercano y adherido que está en nuestra propia intimidad por años escondida.

La poesía es un misterio que desnuda el alma del ser y de las cosas, elimina las barreras del vacío indigente que vivimos, nuestros miedos, nuestro íntimo silencio amordazado.

Ninguna palabra describe lo que somos y sentimos, insinúa, tal vez, su contorno y su relieve, su eco, su aroma y su misterio. Es, posiblemente, la línea en blanco que dejan las palabras donde nace la poesía. Es ahí donde se ajusta su exacto contenido, porque en ella, quizá, ya lo único que existe es el silencio sublime que deja el lenguaje en la intimidad de cada quien”.

 

La fuente de la poesía es el alma del ser y la poesía es el asomo, solo el asomo, del sentir del alma, del alma del ser, abierta, pura, intangible, sonámbula en el misterio de su propio caminar. Y digo que la poesía es asomo al sentir del alma, porque, a mi parecer, es el medio, el único tal vez, que puede asomarse, con mayor pureza, a las emociones y sentimientos de cada quien. La poesía es un asomo, por medio de la palabra, a los sentimientos del alma, por eso la poesía no se acaba nunca, su fuente es íntima e infinita, como infinito es el silencio del ser.

La forma poética de cómo acercarse a ese ser, puede cambiar de mil maneras de acuerdo al ser y al ser social que le rodea, puede variar la forma de decirla, forma que, incluso, puede llamarse antipoesía y, sin embargo, sigue siendo poesía esa forma de ver el mundo y asomarse al ser del alma, son posturas de vanguardia sí, vanguardia que puede contraponerse a otra forma de decir poesía, a otra forma de asomarse al ser y al ser abrazado de su tiempo, pero sigue siendo poesía. Cambian las formas, la poesía conserva siempre su esencia: el asomo al sentir del alma.

Es por eso que, en la poesía, hasta donde alcanzo a ver, no hay cabida a marcos ideológicos ni clases o estratos sociales, tampoco a expresiones filosóficas y literarias. La poesía es autónoma, autosuficiente, libre en su propia libertad, se basta a sí misma y está en el ser de cada quien, en la esencia de la naturaleza de las cosas, de la vida, de las piedras, de los árboles, hojas, tierra, agua, selvas y montañas. Es el silencio de la tierra, la sabiduría de la luz y sombras del ser. Sombras que caminan igual que nuestros pasos, recuerdos y olvidos enterrados por nosotros mismos o por el tiempo. Recuerdos y olvidos que nos duelen, alegran o entristecen, viven y reviven, son raíces de lo que somos y no somos, sentimientos y emociones que están ahí y recordamos al ver el camino de una hoja prendida de su tallo o tirada a la orilla del camino, a un migrante perdido, a un algo que nos lleva a esa alegría, tristeza o dolor.

La poesía es una expresión sublime del ser, del ser sin adjetivos, ser viviente, cotidiano, humano. Es una voz que se asoma y recoge el saber del ser de cada quien, del saber del ser que tenemos todos. Un preso, un esclavo, un campesino, un letrado, un minero, un obrero o un filósofo, se alegrará o no de ver el nuevo día y sentir lo fresco de la aurora, pero esa cercanía de comunión es el asomo al sentir de su alma al ver el nuevo día, un asomo de comunión poética, un asomo al sentir del alma.

La poesía, entonces, para mí, no es la letra o la palabra con la cual el ser intenta describir su asomo al sentir del alma, eso sería tan solo la forma de decirlo. No, para mí la poesía es el silencio que dejan las palabras, la línea en blanco de su voz. Misterio y comunión de un asomo amoroso al sentir del alma, del otro y de uno al mismo tiempo.

Sentimientos y palabras que están en el ser de cada quien y tienen múltiples formas de expresarse. Unos lo harán con rima, otros con suspiro, otros más con ademanes o el grito del silencio. Cada quien expresa su sentir a su manera y posibilidad. Hay voces que suspiran, miradas que nos hablan, lágrimas que al verlas entristecen. Asomos todos al sentir del alma. Pureza de silencios que dejan las palabras, unión y comunión del otro en uno, libertad infinita al caminar.

Por otra parte, agréguese a lo dicho que, de igual manera que el ser humano se alegra o no de ver el nuevo día, así también el inmenso mundo que la vida natural expresa su sentir. Naturaleza viviente más no pensante. El pasto nace, crece y muere, florece con el agua, se seca con su ausencia. El pasto ve, las plantas gritan, las piedras oyen, sienten el musgo y el rocío. Su lenguaje es otro, el ser humano, en general lo sabe, y el ser consciente, sabio o no, poeta o no, se asoma también a su sentir, escucha su voz, la hace suya y por ellas expresa la palabra.

Poetas somos todos, sin embargo, se designa como tal al que construye y plasma ese asomo al alma del ser, a la esencia de la naturaleza y de las cosas, como una forma de ser y ver la vida, igual que lo hace un carpintero, un encuadernador o pescador. Todos podemos serlo, mas no todos tenemos el don de hacer una silla o encuadernación hermosa, mucho menos arar la tierra o lanzar la red como lo hace diariamente un pescador. Ser y hacer. Dos momentos de reflexión central. Ser poeta y hacer poesía, cuestiones hermanadas y, sin embargo, uno más que ser lo que es, es lo que hace, en este sentido será la acción, el movimiento, el acto, lo que en última instancia determine al ser, como lo es, en el caso, el hacer poesía. Si la persona tiene el don de ser poeta, que lo tiene, pero, además, hace poesía, es decir, construye con la voz de la palabra su revelación al asomarse al ser, individual o colectivo, es muy grande la responsabilidad que asume.

La poesía no es azul, blanca o negra, la poesía es y está en la esencia de las cosas, en la naturaleza de la vida y en el alma del ser de cada quien. La poesía aflora cuando alguien se asoma a esa esencia, a esa naturaleza o a ese interior del alma y la expresa a su manera y con los medios que a su alcance estén. El silencio que deja esa expresión es la poesía, pues, como dije, para mí la poesía es el silencio que dejan las palabras, la línea en blanco de su voz.

 

Genaro González Licea:  

Del libro: Diciembre tres, ceniza e infinito.

 


viernes, 3 de marzo de 2023

Genaro González Licea: diciembre tres, ceniza e infinito. A la memoria de Enrique González Rojo Arthur

 

Enrique González Rojo Arthur
Fotografía sin datar


DICIEMBRE TRES, CENIZA E INFINITO

 

Todo barco,

para que lo sea,

tiene que conocer,

vivir,

saborear

una tempestad.

 

Enrique González Rojo Arthur

Al pie de tu mirada o ganados por el día

 

 Diciembre tres, poeta, será un día de silencio y canto. Desde ese día, Enrique, estarás en un lugar florido, verde y apacible como un lirio sonriendo debajo de una piedra.

Respirarás, ahora, la humedad de tus palabras, el musgo nacido de las piedras, el aire amoroso de tu voz, la libertad de tu ser unido al infinito. Serás, por siempre, el poeta de la esperanza, la dignidad y la resistencia cotidiana, polvo que vuelve al polvo, raíz y humedad de barro, viento de huesos flotando entre las hojas.

Hablarás con la soledad del viento, como lo hacen dos viejos amigos de la infancia. Se abrazarán como tantas veces y juntos andarán sin un centavo de tristeza recorriendo los recuerdos, las luces oscuras escondidas en los charcos dejados por la luna, el vacío de su vacío que en la nada habita y deletrea el infinito.

La soledad será tu eterna compañía, el silencio abrazando tu ceniza, el sol lejano tocándote los pasos, la sombra desnuda mirando el reposo silente de tus ojos. Soledad dolorosa que endulza tu tristeza desde niño, compañera amorosa de agua y de neblina, de vientre ausente que nunca te ha dejado, y no te dejará en este tu nuevo alumbramiento, quizá, el último de todos. Y digo quizá, porque ella, igual que nosotros, es “necesidad —nunca satisfecha— del otro”, es indigencia, como indigente es el tiempo y el infinito mismo.

El polvo se abraza con el polvo, con la luz que resucita en la neblina, con la sombra que duerme en el silencio como un niño, como un suspiro olvidado al mirar su sepultura.

Todo el infinito es hoy poesía, Enrique, oh poesía, dirías tú, “microscopio que descubre la ilusión de lo invisible, sacas de su madriguera lo extraviado y nos dibujas en las pupilas los contornos insospechados del vacío”. Todo es voz en liberad escuchando en silencio su vacío, rostro de esperanza en la conciencia de un capullo, polvo encallado en la pureza más pura de la nada, nada íntegra, virgen, cristalina, “con nada de impureza”, como bien tú lo dirías.

La tierra alimentará tu hambre, la lluvia tu sed de mediodía, el viento te verá caminar como entre espinas, y las piedras serán la casa donde habite el verdor de tu palabra.

Seguramente desde hoy escucharás por la mañana el olor de las flores, y más tarde al horizonte leyéndote un poema. Seguramente, también, el silencio de la luna platicará contigo hasta sentir el alba, y en el rocío descansará el humo de tus huesos recordando la luz de los luceros, de los seres queridos que, igual que tú ahora, son aire vacío unido al viento.

El polvo unido al polvo, a la libre sombra que fluye en la llanura, luz ciega que mira el firmamento, raíz poética de ver profundo, origen del origen, voz del silencio, canto del canto fecundado. Serás, eres ya a partir de ahora, un todo unido con la nada, una metamorfosis de luz y sombra, una tierra indigente como el agua, un frío migrante como el polen, un canto y alarido buscando, siempre buscando, la identidad del ser, el misterio de luz dispersa en un abismo ennegrecido.

Escuchemos el silencio, la sabiduría que habla en el silencio, tu silencio, alma volátil que languidece con la luz y se une al silencio de la nada, nuestro silencio también ahora. “Dejemos los prejuicios encima del ropero”, bien decías, y “seamos todo oídos: sepamos del mandamiento inexorable de que nunca se debe “mencionar el nombre de la nada en vano””.

La nada, el viento, el silencio. La luz de la orfandad unida al firmamento, el abandono de tu alma encerrada entre tu puño. Las grietas de tu andar sobre la tierra y el buscar con tu dolor el rostro de tu rostro abandonado, son parte del polvo y del silencio ahora, del “alfabeto de la soledad”, como solías llamarlo. En realidad, siempre lo han sido, mas nuestros oídos son ciegos para ver el caminar del alma.

El desamparo y el abandono de entonces, son tan grandes como los de ahora, en ambos estuviste y estás tú y nadie más, mirando el ser a solas con tus ojos. El silencio entonces, el silencio ahora. La vida y la muerte en movimiento, viento y ceniza mirando el firmamento.

El alma entera fue siempre tu palabra. Letras construidas con una gramática muy tuya y un sinfín de tristezas, dolores, alegrías y silencios. Misterios e interrogantes del hombre en su andar sobre la tierra. Hay deseos y vivencias, sueños y realidades, como bien lo dices citando a Sigmund Freud, que el hombre abriga y “no quisiera comunicar a los demás ni aun siguiera confesarse a sí mismo”, y eso se entiende y se respeta.

Por todas estas cosas y muchas más, mirar ahora tus cenizas hablar con una piedra, revive el pensamiento y purifica el alma. Saber que estás sin estar ahí, acompañado del silencio, la soledad y quizá tu inseparable migraña, tu “cáncer de la guarda”, compañera con la cual, según aseguraste, compartirías “el mismo epitafio o el paladar de idénticos gusanos”, anima a no claudicar en estos caminos llenos de piedras y egoísmo.

Ver la vivacidad de tu obra (literaria, filosófica, académica y política) es palpar un ojo de agua dejado en el desierto. Tu obra sigue en las aulas, en los estudiantes, en las personas de a pie, en los mercados y en los andamios, en los socavones de las minas y en los surcos resecos del campo abandonado, sigue, según percibo, propiciando conciencia ciudadana. Habrá, seguramente, homenajes de templete y estatuas de cristal, hecho lógico en una obra de la magnitud como la tuya. Sin embargo, tu obra está por encima de todos esos avatares, siempre al margen del poder y al lado de los más necesitados.

Aunque me muera de ganas, nos dices, “no puedo de un brinco /hallarme en la copa de un árbol /para intercambiar palabras /con mi estrella favorita”, y agregas:

 

Pero sí que puedo,

ahora a mis 90 años,

ayudar a una anciana de 100

y pasar la calle.

Sí que me es posible

rechazar un homenaje que,

en un descuido,

la mafia del poder

quisiera organizarme creyendo que,

en la epidemia de olvidos que padezco,

se halla el no y su militancia

de siempre.

 

No al poder, sí a la solidaridad, a la militancia ciudadana solidaria. El poder, ese instrumento fagocita que se traga conciencias y libertades, continúo con tus palabras, “doblega arbitrios, /cercena ademanes/ si y sólo sí el súbdito /impedido por un corazón agusanado/ tiende a arrastrarse por la tierra”. Tu postura distante y crítica al poder y más si este es absoluto.

Hay sin embargo un poder distinto que puede contrarrestar este poder, hay un contrapoder muy presente en ti y en tu palabra, el poder autogestionario que cada quien tiene en sus entrañas, poder nada divino, por el contrario, plenamente terrenal y de gente solidaria, gente de a pie, de overol y andamio, mineros de cobre y de carbón, campesinos de maíz y voz de barro.

Fomentar y defender tu obra es una responsabilidad cultural de todos, incluso, por supuesto, de las propias instituciones del Estado. Seguramente se intentará santificar tu imagen, sacralizar tu puño en oro, desnaturalizar la fuerza de tu voz, pero nada lograrán, tu obra es de raíces muy profundas que traspasan la tierra y los océanos, es palabra colectiva, voz subterránea nacida del dolor de la injusticia y la pobreza, es la esperanza y libertad de un hombre emancipado, un hombre de conciencia.

De ahí tu canto a mis herederos, a tus seres queridos, a tus hijos, a la humanidad entera. A todos, y cada uno lo tome a su manera, nos dejaste, tu “rechinar de dientes” y una digna actitud frente a la vida y al poder: “deseo que odien el poder hasta más no poder. /Que no den nunca /el brazo de su rectitud /a torcer”, y agregas: “mis hijos saben /que todo esto /tiene que ver con el amor”. La dignidad, el poeta de la dignidad está presente.

Tu obra nació y creció al ras del piso, sigue y seguirá de pie, sembrando conciencia, hablando de la médula de la reproducción del capital, de la plusvalía, de la explotación del trabajo asalariado y de la libertad del ser humano. No se perderá en los espejismos de la piel, en el humo del discurso y, mucho menos, en el olvido.

Lo cual se traduce, por una parte, en no confundir los distintos y los contrarios: “la luna y el perro son distintos. /El día y la noche, contrarios. /Un seno y el otro, distintos. /La poesía y el orden existente, contrarios”, y por otra, en que, llegado el caso, quedará siempre el recurso vivo de la clandestinidad, experiencia que relatas de la siguiente manera: “a fin de protegerle /de la fumigación ideológica, /en los libros, /en los sotabancos, /en los sótanos /o entre los entretelares de la discreción. /La hicimos pasar a la clandestinidad. /Le ceñimos una máscara de letras, /un pasamontaña hecho /con trozos de noche /que, voraz, /desdibujó sus huellas dactilares /y convirtió la pila bautismal en pieza de museo”.

Tu obra sigue y seguirá de pie, Enrique, y no me refiero solamente a la ya clásica Para deletrear el infinito, parte importante del todo, más no el todo, sino a toda tu obra en el sentido pleno y amplio de la palabra. Es cierto que mencionaste que, al concluir Al pie de tu mirada o ganados por el día, concluías, a la vez, el proyecto poético de convertir, en libro, cada uno de los cantos que integran Para deletrear el infinito. El proyecto sí, el proyecto, porque, en realidad, en cuestiones de poesía, palabra y canto, el trabajo es un cuento de “nunca acabar”.

Recuerdo aquí tu poema obsesión. En él asomas el trabajo del escritor, la artesanía de construir el contenido y significado de la palabra. Una idea admite mil maneras de ser dicha, comprende realidades de múltiples colores, encarna historicidad y alma en sus entrañas. De ahí tu expresión en el poema recién citado: “deletrear la mayor de las palabras /no es el menor de los suplicios: /cuando estoy a punto de decir todas sus letras /se viene abajo la última sílaba /y tengo que volver a empezar”.

En efecto, hay otros suplicios que te aquejan, uno de ellos, enlazado con lo anterior, es el mito de Sísifo, el cual comprende, entre otros temas, el dolor, el suicidio (tema filosófico por cualquier lado que se le vea), el amor a la vida, el absurdo, la muerte en vida, la culpa, la renuncia a la libertad, el encadenamiento a algo o a uno mismo, el masoquismo, el destino, el poder como necesidad, la repetición de una y otra vez lo mismo, comer y levantarse por los siglos de los siglos.

Sin embargo, es común que poco o nada de esto se perciba, y entonces, Enrique, se entiende por qué “deletrear la mayor de las palabras no es el menor de los suplicios” y menos todavía cuando estás a punto de decir todas sus letras y “se viene abajo la última sílaba” y hay que volver a empezar. No, este “no es el menor de los suplicios”, sino “el adelgazamiento, /la vulgarización del mito de Sísifo: /aparece como el tronco /que en las ferias de los pueblos /yergue la forma /austera, /ridícula, /innoble /y ensebada /que asume lo imposible”.

Razonamiento que, muy tu forma de ser, concluyes, e inicias, con una interrogante, filosófica por excelencia:

 

¿No será que en el fondo

querría yo ubicarme

no en sitio del ser

que, mordiéndose las uñas, deletrea

su pobre finitud en lo infinito,

sino allá en el lugar donde pervive,

gozando de las mieles que produce

un panal de relojes descompuestos,

la eternidad que arroja a la basura

la completa redada de sepulcros?

Por eso, en veces,

querría yo encontrarme

no del lado de aquel que deletrea,

sino del ser que se halla deletreando.

Más que remedio.

Como debo de ponerme

la camisa de fuerza del ni modo.

No tengo más opción que conformarme.

Aullar mi puño.

Morderme un sueño.

 

         Tu enseñanza es más que duradera, no solo la que se refiere a la congruencia entre el decir y el actuar, sino también la que comprende tu calidad humana, tu obra filosófica, política, literaria, poética y, en particular, la que se refiere a tu gran respeto y humildad al acercarte a la naturaleza del fluir del ser, de las cosas y de los fenómenos sociales: “las cosas son como son. /El ser que las amasa, las contamina. /Ellas no tienen la más mínima posibilidad /de incomodar al destino / y desoír su mandato”.

         A las anteriores agregaría una más, y es precisamente la que se refiere a la práctica, te encuentres donde te encuentres, de siempre estar atentos y vigilantes a los comportamientos del poder, por ejemplo, al comportamiento de los himnos nacionales, más de aquellos cantos que surgen en su contra, cito unos versos del poema nota a nota:

 

Contra los himnos nacionales,

surgió un día,

destruyendo fronteras,

arrinconando límites,

desactivando idiomas,

un canto con pretensiones ecuménicas.

Pero poco a poco

la gente fue advirtiendo

que ese cántico era

un himno nacional enmascarado.

Un himno patrio simulador

que buscaba

el holocausto de todos los himnos nacionales

para quedar dueño de la escena

y tomar a saco

el don de la ubicuidad.

 

         No obstante, la realidad es un todo complejo compuesto de mil voces, voces que están ahí, que siempre han estado ahí “gritando a voz en patria” su esperanza. Cito nuevamente un fragmento del poema referido:

 

Algunos himnos

gritando a voz en patria,

no tenían las lenguas enlodadas

por el narcicismo

de su diversidad,

e iban por el mundo

cargando en realidad la cruz

de sus fronteras.

Por eso no hay qué entregarse,

atados de pies y manos,

a la desesperanza.

Llegará un día,

a la vuelta del futuro,

en que tengamos frente a nosotros:

la batuta,

y su trazo de jeroglíficos

en el aire,

las cuerdas,

los metales

y los cornos

consabidos.

 

         Inconforme con lo dicho, nos muestras en seguida los efectos, lo que en todo acto siempre hay que tener presente para evitar culpas y golpes de pecho:

 

Y de ahí brotará,

en clave de utopía,

de meta,

de deseo,

no los himnos fratricidas y antropófagos:

los himnos de rapiña.

Ni las internacionales

embaucadoras,

manantial de melodías

envenenadas,

sino un nuevo,

auténtico,

veras

canto de hermanos.

         Cerraré este mi reconocimiento a la obra de Enrique González Rojo Arthur, mi maestro de toda la vida, sugiriendo la lectura del poema oda a nuestra embarcación, del cual uno de sus versos es el epígrafe en este escrito, aunque todo él es la enseñanza de alguien que murió un cinco de marzo como hoy, a la edad de noventa y tres años, en tanto que su obra nace día a día.

         Durante este tiempo, nuestro poeta, supo que significa caminar en esta tierra de espinas encontradas, caer y levantase, vivir a solas su propia soledad y no claudicar nunca. Supo, por tanto, que, cito un verso de oda a nuestra embarcación: “todo barco, /para que lo sea, /tiene en veces /que hallarse a la deriva /o a la mala de Dios. /Bogar roto, /destartalado, /huérfano de astilleros, /harapiento de velas, /pordiosero de segundos más de vida”. Ante tal situación, le dice al marinero, al capitán, a ti y a mí juntos, lo importante y necesario que es “remar con la meta anticipada”.

         Diciembre tres, la ceniza de tu ceniza estará contigo y a la vez sin ti. Serán huesos regados con la música del agua, pesares dejados en el viento, lágrimas dulces y saladas mirando tu silencio cuando llueve.

         Serán piedras y puños de esperanza, tierra encendida buscando la mañana, sombras de luna y sol de medio día, horizonte escondido custodiando la luz de tu camino.

         Desde este día, poeta, tu sueño será un suspiro colgado en el silencio, un calor acurrucado en alguien que se fue, un árbol liberado de su sombra, de su deseo permanente de encontrar un calor lleno de espigas, de amor paterno y maternal, de amor de “canguridad” emocional, como decías.

         Diciembre tres, Enrique, piedra y ceniza serán la voz de tu silencio. Deletrearás por siempre el infinito, la naturaleza del ser y el “antiguo relato del verso de nunca acabar”.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, marzo 5 de 2023

 

Genaro González Licea 

Fotografía sin datar