martes, 13 de diciembre de 2022

Genaro González Licea presenta Poesía y olvido en el Museo Interactivo Casa Ramón López Velarde de Jerez, Zacatecas.

 

Participantes en la presentación del libro Poesía y olvido 
Fotografía sin datar


I

 

La casa de Ramón López Velarde, Jerez, Zacatecas, es toda ella una poesía, un santuario poético sin tiempo. Sus corredores, patios y habitaciones, sus ventanas y pozo, aún con su cubeta para el agua, los libros y escritos del poeta, sus objetos personales cargados de historicidad y vida.

         Poesía y olvido se presentaría, a las seis de la tarde, en uno de los espacios de esta bella casa, llamado, ahora, Foro Zozobra, en recuerdo a uno de los poemarios de López Velarde escrito en 1919, y en el cual está, por cierto, el poema “hoy como nunca…”, dedicado a don Enrique González Martínez, y del cual cito los siguientes versos:

 

Mis lirios van muriendo, y me dan pena;

pero tu mano pródiga acumula

sobre mí sus bondades veraniegas,

y te respiro como a un ambiente

frutal; como en la fiesta

del Corpus respiraba hasta embriagarme

la fruta del mercado de mi tierra.

 

El Foro Zozobra contaba ya con una atmósfera fraterna y amorosa, cálida de recuerdos y de amigos jerezanos, y de otros puntos cardinales, que aman la cultura.

Esquivelho, el pintor jerezano de incuestionable creatividad artística y con un espacio ya en la pintura mexicana y cultura sin fronteras, me invitó a disfrutar por un momento de la paz y el instante reflexivo que propicia el patio solariego. El patio donde López Velarde contemplaba y escuchaba a los canarios y al zenzontle prisionero, a ti, a mí, a él, a todo aquel que busca su libertad, su propia libertad del ser: silencio y armonía, viento que camina con el viento.

La jaula sigue ahí, la miré con ese respeto y aire entristecido que uno siente al pasar por una celda. El zenzontle ya no estaba y a la vez estaba. Su canto quedó para siempre fijo en los versos del poema “para el zenzontle impávido” de don Ramón López Velarde:

 

He vuelto a media noche a mi casa, y un canto

como vena de agua que solloza, me acoge…

Es el músico célibe, es el solista dócil

y experto, es el zenzontle que mece los cansancios

seniles y la incauta ilusión con que sueñan

las damitas… No cabe duda que el prisionero

sabe cantar. …

         Sigo oyendo

la musical tarea del zenzontle, y lo admiro

por impávido y fuerte, porque no se amilana

en el caos de las lóbregas vigilias, y no teme

despertar a los monstruos de la noche. …

         El zenzontle me lleva

hasta los corredores del patio solariego

en que había canarios, con el buche teñido

con un verde inicial de lechuga, y las alas

como onzas acabadas de troquelar. También

había por aquellos corredores, las roncas

palomas que se visten de canela y se ajustan

los collares de luto…

…..

 

         Todo fue un instante de revelación y comunión en el patio solariego. Un canto muy lejano me volvió a la realidad. Era el canto del zenzontle, del canario y del gorrión al mismo tiempo. Era la voz de luna triste y sol esperanzado de dos almas que aman la poesía: Ángeles Fernández Martín y J. Juan López Raya, artistas generosos que obsequian su voz y ritmo a los poemas, les dan calor, imagen, textura y elegancia musical a los versos del poeta.

         Era su voz, su canto suave y lejano hundido entre mis venas. Cantaban a mi alma “nada dejo”, poema que a ellos dediqué y, para mi sorpresa, musicalizaron y liberaron el alma que ahí estaba. Alma que ahora fluye como el viento.

Mi carne caía a pedazos, los muros flotaban como nubes, mi alma presa entre mis huesos se liberó en un suspiro amoroso que aún transita sin saber mi nombre, no hay nombre, no hay nada, es, quizá, el ser de mi ser fluyendo en libertad.

Seguía escuchando la voz de Ángeles y Juan: “la calidez del sol/ endulza mi sombra vacía /tendida sobre el agua. /Un árbol sin hojas cuida mi voz entristecida, /mis ojos enterrados mirando mi dolor. /Nada dejo a mi paso, nada dejo. /Fui un quejido perdido en la pradera, /un suspiro desterrado al caminar”.

Sin la piedra dolida al ver mi carne, lápida de culpas que nos ata, sin la urna que llora al sentir mi grito prisionero, vi a un hombre caminar en desapego, ligero como el viento, libre como el agua que busca y encuentra su destino. Y así, bañado en lágrimas internas, entré, liberado de mí, a ese espacio dulce y amoroso de la casa de López Velarde a presentar Poesía y olvido.

 


II

 

Regreso a las hermosas calles de Jerez que tanto amó López Velarde, a su casa tan amada, la del viejo pozo “compendio de ilusión y pequeñeces”.

         Regreso a sus calles floridas y su sol minero, a sus ventanas “que miran al oriente”, y a su “tierra mojada de las tardes líquidas /en que la lluvia cuchichea (…) bajo el redoble del agua en la azotea”.

         Siento nuevamente la hermosura de su gente, gente buena, cálida, muy cálida y humana. Mirada directa y trasparente como el agua que recorre sus montañas y abraza el dolor del abandono.

         Jerez, lo traigo en la cabeza, es un recuerdo de leña que despierta en la neblina, una piedra minera que sonríe, un olor de naranjos que florece todo el año. Ese es Jerez, esa la hermosura de su gente.

         Gracias a su Gobierno Municipal, al Instituto Jerezano de Cultura, al Museo Interactivo Casa Ramón López Velarde, y al pintor Esquivelho, por la oportunidad de este mi regreso.

Hace tres años estuve aquí, septiembre de 2019 para ser precisos, presentando El silencio y la sombra, poemario que intenta describir la condición de la indigencia humana, del tiempo, y de las cosas.

En aquel entonces, antes de partir a estas tierras, hablé con Enrique González Rojo Arthur sobre la poesía y el tiempo que le tocó vivir a López Velarde. Concluyó con estas palabras: “amo la poesía de López Velarde, me parece que es un hombre que encontró el lado oscuro de su tiempo, y lo sacó a flote. A pesar de la diferencia de edades, mi abuelo, Enrique González Martínez, y él, eran muy amigos”.

         Enrique González Rojo Arthur, el filósofo, el maestro, el poeta de la dignidad humana, murió dos años después, el 5 de marzo de 2021, tenía 93 años. A partir de este sábado, 3 de diciembre de 2022, sus cenizas descansan en un lugar florido, verde y apacible. Mi alma y gratitud está con él, la oración del 3 de diciembre será mi rezo.

         El polvo vuelve al polvo, al infinito caminar del infinito. Nuestra madre fue de barro, igual que la raíz que fecundó la humedad de sus entrañas. Diciembre es otoño, sus hojas son cálidas y frías, se dispersan con el viento, amorosos huesos que nos miran, nos abrazan y se van. La vida, la muerte, el polvo que en el polvo resucita. Carne y hueso es, misterio permanente de luz y agonía.

         Hoy regreso a Jerez lleno de amor y soledad, de inmenso amor y soledad envuelta en luto y en neblina, en colores destellantes de sombras resignadas, de luces azulosas encontradas al andar de mi camino.

         Poesía y olvido es eso, expresiones amorosas que he encontrado en mi camino. Testimonios de gratitud, polvo de poesía y olvido. Enrique González Rojo Arthur está ahí, igual, entre otros, Diana Lucinda González de Cosío, Martha Obregón Lavín, Lucía Paola Esquivel Mercado, Otto Rene Castillo, Lazlo Moussong, Hans Giébe y Esquivelho, el pintor jerezano siempre amigo y presente en mí.

         Todos hirieron con su dolor mi carne, lloré y grité con ellos, y en ellos vi lo grandioso y efímero del ser humano, el misterio amoroso del ser, del ser de barro que se extingue con el agua.

         Sí, el polvo vuelve al polvo, al infinito polvo que recorre la sombra azul que vive en la eterna eternidad del infinito. Y ahí está Luis Cernuda, Pessoa, Wilhelm Reich, Heráclito, Eduardo Nicol, Carlos Castilla del Pino, los mineros, los campesinos, los migrantes, los todos ellos que son nosotros hablándonos sobre poesía y olvido.

         Comunión y suspiro colectivo, instante y eternidad de una sombra y un silencio que no cesa. Está en nosotros, somos nosotros, destello de recuerdos, silencios y olvidos. Olvidos, sí, olvidos que uno olvida. Olvidos que uno no quisiera recordar, y olvidos que uno guarda muy al fondo del fondo de uno mismo. Expresiones de huesos que nadie quiere mencionar. Dolores del ser que en el ser deambula como ánimas en pena.

         Poesía y olvido, mis amigos, no es otra cosa sino la búsqueda de un silencio en libertad: la libertad del ser que es el olvido. Un ser libre es un alma que fluye en el olvido. Un don del tiempo y de la naturaleza de las cosas. Una expresión envuelta en la agonía de la vida y de la muerte.

         Esa es, me parece, la sabiduría que encierra la naturaleza del ser, del tiempo y de las cosas: la naturaleza de su propia libertad olvidada en el olvido.

         Sin embargo, esa sabiduría que está a la vista de todos, no todos la podemos ver. Y ahí está Esquivelho y su pintura. Su expresión abstracta que describe la decadencia del tiempo, la agonía de la vida y el asomo de la muerte, el latido misterioso del fluir del agua, del renacer de algo que a la vista de todos ya no existe.

         Esquivelho y su retina interna que le lleva a ver y a escuchar el llorido de las piedras, el grito de los ríos, el dolor de la montaña, las palabras que juegan sobre el agua. Esquivelho y su don de escuchar el alma de las cosas, la alegría y la tristeza de su entorno, lo adverso de la vida, débil latido que, a pesar de su agonía, nace de su escombro una alegre flor sonriendo como niño, amarilla de luz soleada, verde en sus hojas de esperanza bañadas con la espuma de la luna.

         Se entiende entonces mi gratitud y privilegio por esa hermosa pintura de Esquivelho, naturaleza que agoniza, que abraza a Poesía y olvido. Pintura de ninguna manera aislada de su creación artística, de su lluvia y estallido de colores, de su ocre mineral que endulza la vida y lo vivido, de su purpura celestial y cotidiano que reza el misterio de la muerte, la creación de socavones de esperanza, su mina de sal y de cobalto, sus piedras mineras y cantera zacatecana, su serie impresionante de raíces de nopal unidas con el frío, nopal que a pesar de lo muerto de su carne alimenta de vida lo rojo de la tuna, lo verde de una vida sonriendo en sus espinas.

         Ahí está su trabajo en libertad, su amor a la naturaleza y la gran enseñanza de don Manuel Felguérez, su maestro y amigo. Ahí está el pintor jerezano con su verde jade que le dice y nos dice que “vivir y morir es un don del tiempo y de las hojas”, un don amoroso que envejece y agoniza igual que el tiempo. El tiempo, esa “voz interior de estar vacío. /Instante, sequedad, /agonía tendida en lo efímero del viento”.

         Un día soñé que el viento tristemente me veía, /sentí el desencanto de mis pasos, /el silencio escondido de mi olvido. /Sentí la agonía de mi sombra, /el vacío abrazándome sin tiempo, /no hay tiempo, no hay nada”.

         La vida y “la muerte es agonía y silencio llorando en una piedra, /es aroma de yerba dormida sobre el río, /canto de un olvido que florece con el frío, /pureza del tiempo envuelto sin el tiempo. /La muerte es un misterio, /un instante de luz y sombra perdida con la mía. Eso y más es para mí naturaleza que agoniza, pintura abstracta donde vi mi propia vejez en ojo de agua, el silencio de mi vida y lo vivido.

         En ella vi el camino natural de mi camino, la esperanza de ser otro sin dejar de ser el mismo: tiempo y olvido soy, barro disuelto en agua será el silencio de mis pasos al final de mi camino. En ella “encontré mi voz embalsamada, /mis pasos grabados con el frío, /mi agonía ungida con el barro, /mi boca pegada en mi sombra calcinada.”

         Encontré, mis amigos, las llagas de mi cuerpo casi muerto, olvidos y recuerdos escondidos, “sentimientos que sin párpados me miran”, sangre seca que florece si respiro, agonía de un tiempo que es mi tiempo, mi sombra, mi esperanza y mi agonía.

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 6 de diciembre de 2022 



A la izquierda Esquivelho (Horacio Esquivel Duarte), 
autor de la pintura Naturaleza que agoniza, portada del libro 
Poesía y olvido, y a la derecha, señalando la flor de la esperanza, 
Genaro González Licea, autor del libro. 
Fotografía sin datar.  





jueves, 10 de noviembre de 2022

Genaro González Licea: Jesús Nava, su poesía al caminar, palabra en imagen.

 

Fotografía de Jesús Nava


 Jesús Nava, su poesía al caminar, palabra en imagen

 

Mis dedos

levantando la fotografía

ponen ante mis ojos

un mar que carga a las espaldas todo el cielo

como Atlas sudoroso que intentase

cargar el infinito.

 

Enrique González Rojo Arthur

El viento me pertenece un poco

 

Fotografía de Jesús Nava 


Imágenes entrelazadas con palabras en los ojos, y una gran creatividad artística que grita al sentir su libertad, son, me parece, dos de las tantas expresiones que bien pueden describir el alma de Jesús Nava, sensibilidad artística incuestionable, forjada a la intemperie, como el caracol sorteando el vendaval.

         Su fotografía expresa la fuerza creativa de un manantial que extiende sus ramas por bosques y llanuras hasta empapar el mar, es la fuerza solitaria del agua que abraza a un sol entristecido, amoroso, huérfano de egoísmos y alegre de pisar esta tierra que renace de sus ruinas.

         Fuerza y coraje de caer y levantarse, son imágenes constantes que encuentra en su camino. Imágenes del hombre que camina de aquí para allá y a todas horas, sin importar duelos o tristezas, senderos empedrados o zanjas con huesos y cruces olvidadas.

         Su fortaleza y sencillez es la de un árbol, Jesús Nava es la mirada artística de un árbol, mirada milenaria que nos ve pasar y, al mismo tiempo, nos recuerda la belleza de un mundo que no vimos: zapatos rotos de tanto caminar, rieles muertos con el tiempo, nubes oxidadas sin llorar, charcos enfermos de estar presos, lodosos ya de tanto despertar con larvas que nacen con la luna y libélulas sonrientes que se van.

Sus imágenes son luciérnagas que no vimos al pasar, ciegos que somos ya, de tanto mirar lo que no existe. Son imágenes que se incrustan en los ojos, en el eco de tantos y tantos versos, entre ellos, por ejemplo, estos que él mismo me recuerda y ya no sé si fui yo el que los escribió o fue él mismo sin saberlo, están en Caloclica, la casa del camino: “la vida es una travesía /donde una y otra vez caigo y me levanto. /Es un olor a tierra sepultada, /a surcos rasgados por el tiempo /y mis pies como cuchillos /se clavan en el aire”.

         Otros más, también de Caloclica, pueden ser aquellos que recordó al capturar la voz del agua, su murmullo, su júbilo y dolor al buscar en los cauces su camino y, después, la calma: “una voz de piedra se hunde /conmigo más allá del río. /Las horas pisan mi sombra, /veo el rostro de la muerte tan claro como el mío. /Una sonrisa se despega de mis ojos / y se diluye en la quietud del agua”.

La sensibilidad de Jesús Nava es enorme, tanto como su independencia y libertad. Hay en él un viejo recuerdo tirado en la memoria, imágenes muy suyas que me llevan a sentir el dolor de la poesía, la metáfora triste que se queda arrinconada en versos que no existen. Versos que Jesús los llena de esperanza al llevarlos a la pupila, a ese mar, diría González Rojo Arthur, “que carga a las espaldas todo el cielo”, a ese, en fin, cuadro fotográfico de un ser vivo que los mira, los palpa, los hace suyos, dialoga con ellos y con su “yo” que está en el otro, en el ser del inconsciente que los mira.

De esta magnitud es la grandeza de nuestro artista, el cual, como todos, tiene en la cultura un espacio que es muy suyo y de nadie más. Sus imágenes, sus fotografías, sus escritos y creatividad inagotable, son y serán el aula de miles de personas, como yo, que requieren un sonido, un canto, una voz, una expresión visual que les muestre la belleza de un mundo que a los ojos y los pies pasó inadvertido. De ahí mi gratitud y este humilde reconocimiento. 

 

Fotografía de Jesús Nava

En mis pies envejece ya el camino


A Jesús Nava

 

En mis pies envejece ya el camino,

mi alma tambalea y se dirige a cualquier parte,

en mí ya no importa morir con los dientes astillados,

a pleno sol, o en lo negro de la luna.

Es inmenso mi vivir en desamparo,

abarca lo que soy y lo que nunca he sido,

a los árboles más secos y a las nubes que se van.

 

Mi alma está encharcada en su propia sepultura,

su espacio está en la tierra,

es mío, nada más que mío, y de nadie más.

(de Al caer el tiempo; Editorial Vozabisal)

 

Genaro González Licea

Fotografía de Jesús Nava


Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, noviembre de 2022.





jueves, 3 de noviembre de 2022

Genaro González Licea: poema inédito de Martha Obregón Lavín, a propósito del poemario Tumbas en el olvido

 

Fotografía sin datar 


A propósito de Tumbas en el olvido, Martha Obregón Lavín escribió el siguiente shi: 

 

Polen del ser

“la nada es un instante”

vida en la muerte

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz



lunes, 31 de octubre de 2022

Benito Balam escribe sobre: Tumbas en el olvido de Genaro González Licea

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


 Benito Balam escribe sobre:

Tumbas en el olvido de Genaro González Licea

“Estoy vivo de tanto morir vivo”

 

Atravesar el lindero de la poesía de Genaro González Licea, es entrar a un territorio ignoto, desconocido, cuya identidad del “yo” se pierde, no sólo por la expresión que busca con mayor veracidad el decir del propio autor, sino por el escaso entendimiento y azoro, que trata de retenerse en el mismo lector.

 

“No sé si al caminar fui yo el que cayó

                                                                  en un recuerdo sepultado,

o fue mi fantasma bañado de ausencia y de vacío.

No lo sé,

pero sé que mi yo es una sombra enterrada entre mi sombra…

 

“Estoy muerto, esa es la verdad.

El yo que busco ya está muerto…

 

“Ahí estaba…, era yo y mi otro yo caído…

“…de un yo que ya he perdido.

 

“Solo quiero conocer al otro rostro que vivió conmigo,

y reencontrarme con mi propio extraño…

 

“Solo quiero escuchar la voz

que asesinó mi voz asesinada…

 

“Hay un yo caído en las grietas de un peñasco

                                                                               derrumbado…

 

“Es la desolación de alguien que murió sin mí,

de alguien que dejó su desconsuelo…

 

“Es el rostro de mi madre

que duerme carcomido junto al mío…

 

“Es el rostro de mi padre envuelto en una luz sin cuerpo…

 

Soy otro y el mismo que emigró al buscarse…

 

Nada frena a un migrante bajo tierra…”

 

Su “yo” es otro “yo”, que ha muerto y que “ha muerto sin mí”, es un “yo sin mí”, lo reconoce como un “yo extraño”. Y a la vez lo descubre en el rostro de su madre, con el “que duerme carcomido” y en el rostro de su padre, que solo es “luz sin cuerpo”. El poeta se admira de la muerte de su “yo”, que ha muerto con la muerte del rostro de sus padres. Por eso, el vínculo tan cierto del “yo que ha muerto sin mí”, del que ha sido violentamente despojado, de ahí su desconsuelo y su desolación. Una experiencia de presenciar la muerte de su propio “yo”, en lo más grave de un poeta “la voz que asesinó mi voz asesinada”, grande dolor sin duda, ya no poder oír la voz de ese “yo” ad-herido a sus padres, sí, herido de sus padres.

Mas su madre y su padre no son sólo familiares, pertenecen a la raíz telúrica, al viento migratorio que los pronuncia en las ramas de los árboles, al fuego que crepita en las rocas de las montañas y en las entrañas de la tierra. Y que se cristaliza en la tierra que emerge del agua del subsuelo, donde son enterrados nuestros ancestros, en la memoria de las tumbas, cuando el olvido recobra la consciencia, y vuelve a mirarse y a escucharse.

Genaro nuestro poeta, tiene la osadía de recorrer ese territorio de lúgubres augurios, adentrarse en el sendero mitológico del Mictlan, el mundo de los descarnados, el cual no tiene fondo, como el mismo lo asegura; y como en los libros de los muertos del Bardo Thodol de los tibetanos o del Popol Wuj de los mayas, descubre atónito que a la entrada de la gruta se le exige a quien pretenda cruzarla, precisamente la desintegración del “yo”, pues hasta los autores de esos libros sacros se diluyen en el mismo sueño mitológico. Padmasambhava, así como Jun Ajpú e Ix Balam Kej, son ahora meros personajes del relato.  

El duelo entre la vida y la muerte se torna más acuciante, más desgarrador y más deslumbrante, según nos lo narra la poética lapidaria de González Licea, conforme va entrando a las tumbas, enterrándose en el subsuelo, encontrando minas inexistentes, sombras de tesoros, dolor inefable, orfandad soterrada.

 

“La muerte es la vida y la tumba de lo que somos,

de lo que nunca fuimos,

de lo que fuimos sin saberlo,

de lo que somos sin saber que somos…

 

“Somos almas desoladas con el tiempo,

la pureza de la tierra de un ídolo de barro,

la esencia de un hueco inexistente,

la deslumbrante soledad

de un sol indiferente que nos mira…

 

“Y morir es morir sin concesiones.

Luz oscura de luciérnagas perdidas.

Látigo de piedra azotado en otra piedra.

Frío atardecer mordido entre las hojas.

Ojo de agua hundido sobre el agua,

agua mágica que nace de un dolor que me tortura…

 

“Dolor seco como el trueno de un relámpago

                                                                                sin agua…

 

 

Nuestro poeta Genaro, llega a la cueva del frío donde parece que todo está seco, donde hay un lánguido palidecer de un fuego extinto, donde parecería que no hay cobijo posible para permanecer más en la existencia, sobre todo si sufrimos “la indiferencia del sol” como destino. Aún ahí es posible sentir vagamente la promesa de la irradiación de otra vida, que nos da movimiento al reaccionar a su energía invisible y que confundimos con un fantasma.

 

“Aquí donde estoy no hay odios ni envidias ni traiciones.

No hay voces con máscaras colgadas.

Solo el eco desolado de una sombra enloquecida…

 

“Si, en este lugar donde estoy,

mis cenizas se enredaron

en la cara de otra cara que sé bien que era la mía…

 

“quise verme desnudo de mí por un instante,

sin huesos, sin carne,

solo yo y el infinito de este duelo

que deshace mis entrañas…

 

“Y encontré llagas saltando de piedra en piedra,

de una generación a otra,

de un prejuicio a otro…

 

“mujeres enterradas en el aire,

hombres torturados con los cardos abrazados por el frío…

 

“Encontré migrantes milenarios que viven ocultos

en lo oscuro de mis pasos…

 

“desde ese día mis palabras se escondieron atadas

                                                                                       en mi boca,

y mis rostros danzaron sobre mí el rito de la muerte…

 

“Desde ese día, lo supe bien,

la muerte es morir al beber agua…

 

“Desde ese día mis culpas

voces arrodilladas…

 

“en la vida que muere en el dolor de cada instante…

 

“Sábelo bien, enterrar no es olvidar,

es suicidar el recuerdo en un trozo del olvido,

es un desprecio a la vida, a nosotros, a la muerte.

Es un acto de libertad

que pocos tienen el coraje de hacerlo suyo…

 

“La nada es un instante.

Es ver por un instante lo que ya no es,

Lo que ya no somos,

Lo que seremos en lo azul del infinito…

 

“Es el desapego de mi ser que me aniquila…

 

“Ahora lo sé de cierto,

estoy sumergido en el tiempo donde nada existe.

Solo la muerte un día me liberará de estas tumbas

que cargo en las entrañas…

 

“en un presagio que no duerme…”

 

Genaro el poeta de los espejos, de los rostros que lo reflejan, en los cuchillos de obsidiana, que abundan en el Xibalbá, llamado Mictlan, “las mujeres enterradas en el aire”, “los hombres torturados con los cardos abrazados por el frío”, “los migrantes milenarios”, “las voces arrodilladas”, todos esos fantasmas que componen su rostro, sus otros “yo” desvanecidos, ese “yo” colectivo, de generaciones, sin carne ni huesos que quisiera atrapar desde el olvido, desleído, apenas percibido por el recuerdo de los sueños.

Y al verlos ahí, lo recrean a sí mismo, en una danza ritual que poderosamente lo atrae hacia su muerte, no como negación o cobardía, sino como revelación y valentía, de tener el coraje de dolerse de su muerte como su propia muerte, de tener el valor de no “suicidar el olvido” que surge del entierro, la vida que hubo y que sigue siendo para quien no olvida. El mismo declara este coraje al atestiguar cuan entrañable es ese dolor que se ha convertido “en un presagio que no duerme”.

Pero él sin saberlo, aunque lo intuye, anda sobre aguas subterráneas, dominio de esa  “agua mágica” que lo ha torturado desde el principio, “la muerte es morir al beber agua”, que le da a entender el peso de la muerte y que pertenece “al nahual que está en sus pies”, que no es otra cosa, más que el agua donde hemos sido concebidos, ¡cómo deslumbra reconocerlo!, semejante a un parto que gime dentro del corazón y enceguece por su desbordante luz.

 

“Un destierro de rezos humea en gemidos que renacen…

 

“murmullos de un chamán hechizado con el tiempo…

 

“Hay un poder mágico que llora en las hojas,

un espíritu que danza en las montañas…

“Es el espíritu divino del vacío,

es la muerte que abraza el alma de una rama…

“Cantos que nacen de la tierra, de la selva, del viento.

Luces que se enroscan en un ensueño pisoteado,

Luces mágicas que ahora danzan, cantan y lloran.

Son raíces de volcán y lágrimas de lava,

llanuras tejidas con espinas mordidas por chamanes,

mitos del subsuelo donde están mis pies ahora,

mis soles de agua hechos ceniza,

mi tierra embrujada de fuego de maíz y ojos de venado,

de lluvia abrazada con un rayo.

Tigre embrujado molido en el tezontle,

en el fogón de las manos de mi madre…

 

“Este subsuelo de múltiples raíces y colores…

 

“El nahual está en mis pies…

 

“es el mito donde sueñan los campos y las flores…

 

“la raíz de mi pasado que errante me sostiene…

 

“una cultura de obsidiana que arde sobre el río…

 

“Somos un silencio de mágicas raíces…

 

“Somos la voz molida en piedra,

el olor seco de la sombra,

el mosaico de sueños desnudos en el agua.

Yacimientos de lagartijas doradas de amargura.

Tortugas que florecen como plumas.

Dioses de carbón mojado con la lengua.

Pájaros sacrificados a la orilla de las ramas.

Caracoles calcinados con el polen de una nube.

Serpientes enroscadas en la indigencia turquesa

                                                                                   del olvido…

 

“Ya no hay nada aquí…

Soy polvo y silencio,

murmullo tejido con el agua…

 

“como la muerte de mi madre torturada.

Madre tierra, madre agua, madre manantial arrodillada…

 

“Ya no hay nada aquí…

Desciendo en mi propia oscuridad

más allá de mi voz hecha ceniza…”

 

Pareciera que la propia recreación con la fuerza de su luz ciega, pues al término de este festejo, de esta danza por la vida, como que se colapsa de obscuridad el fuego candente, que subterráneo palpita, apenas visible hace un momento, cuando su ser aflorara en la remembranza de un pueblo, que en la memoria del poeta se enlazara Genaro. Pero al instante, deviene el eclipse, colapso del sol que gime bajo tierra, de un sol en el subsuelo, ese dolor de la muerte pareciera ser inabarcable, en especial el dolor por la muerte de la madre, “Madre tierra, madre agua”, “manantial arrodillado”, el poeta arrodilla su palabra y asegura que ya no ha quedado nada.  Sin embargo, ese vado de su fluir poético, es necesario para entrar en un nuevo fondo, en un nuevo encuentro inimaginado, incluso para el mismo poeta, el cual ha reparado que ya hay un río, y es un río acompañado, que suma la presencia de la superficie, donde queda el recuerdo del sol, adquiriendo en su poética otro nivel de elevación en su camino, porque ha retornado al subsuelo, después de haber salido a la luz.

 

“Todos cargamos tumbas olvidadas…

 

“Estoy vivo de tanto morir vivo…

 

“No me busques más,

estoy en una flor que ríe en los ojos que la miran…

 

“Estoy sepultado sin haber nacido…

 

“los abortos que duermen sin haberse sepultado…

 

“Mi vida fue ceniza caída…

 

“un interior que me espera por haberme suicidado…

 

“Es un brujo metido entre las venas…

 

“Voy al paso del tiempo…

la eternidad es nada…

 

“amor desolado tejiendo el sueño de su muerte…

 

“la palabra que tiembla desnuda al recordarme…

 

“No sé cuantas tumbas soy…

 

“Pero en ellas he aprendido

a caer en mí mismo arrodillado,

a amar sin ataduras el rostro de la muerte,

el yo desconocido que vaga por mí asesinado…

 

“Sé que su sombra está conmigo,

que sus brazos son los brazos de mi yo desconocido,

Son mi ceniza…”

 

“Y es entonces cuando escucho mi voz sobre mi oído:

“quédate conmigo, Genaro, ya no vagues más,

sabes muy bien lo que entristece la mañana”…

 

“Yo el que nació en el vientre escondido de una tumba…

 

“He llegado a pensar

que lo único realmente nuestro

es la libertad de soñar

lo que no somos…

 

“Vida y muerte son un misterio sepultado

al interior de lo que somos…

 

“mi yo, mi otro,

mi pluralidad que alumbra mi camino…

 

“Mas uno es un acto de amor,

una fuerza de ser uno mismo así sea por un instante,

el instante fugaz que nos une al viento…

 

“Con estas manos me suicidé en mis tumbas olvidadas,

en mis recuerdos que siempre están conmigo.

Con ellas rasgué las ataduras del dolor de mis palabras,

y maté mis tristezas con mis sueños.

 

“Jamás olvidaré a mi ser desconocido.

Agua marina que bebí como un relámpago en el alma.

Amorosa quietud que une mi vida con la vida

mi muerte con la muerte…”

 

Así de manera conmovedora Genaro González Licea, nuestro poeta del “morir vivo”, llega al momento cumbre de esta obra de pesares y revelaciones, cuando generosamente se va desprendiendo de su “yo” individual y lo puebla de otros “yos”, la pluralidad de existencias de la que estamos hechos y de la que somos parte, porque nos han acompañado siempre, el poeta va reconociéndolos en su amoroso mirar “estoy en una flor que ríe en los ojos que la miran”, impresionante sentir que cimbra el momento poético de una lírica tierna y dulce, para soportar tanto dolor y desasimiento, que vienen del sufrimiento humano y del desapego de ese dolor, como una mudanza en el alma.

Se va dando una conversión que viene de raíces ancestrales, de una cosmovisión indígena ceñida a la fatalidad de realizar la vida como el camino de nuestra muerte, donde no hay cabida al concepto de eternidad, porque todo es circular y ceñido a un tiempo y a un espacio, según los ciclos de los soles.

En el poeta se va dando paso al amor telúrico y trascendente de la palabra que afirma: “No sé cuántas tumbas soy…”“Pero en ellas he aprendido/ a caer en mí mismo arrodillado, / a amar sin ataduras el rostro de la muerte, / el yo desconocido que vaga por mí asesinado…“Sé que su sombra está conmigo, / que sus brazos son los brazos de mi yo desconocido, / Son mi ceniza…”

Ese otro ser arquetípico de su “yo desconocido”, lo hace reconocer que su abrazo es de un gran Tú, que apenas intuye pero afirma, por el amor que lo ha arrodillado y por el que ha podido “amar sin ataduras el rostro de la muerte”, al darse cuenta que ese desconocido ha sido asesinado por él, descubriendo por fin que su muerte tiene un sentido, el gran amor de haber muerto para que el poeta viviera y así su poesía diera vida a otros, la figura de Cristo arrodillado, se revela potente en medio de una cultura indígena asesinada.

 

“Mas uno es un acto de amor,

una fuerza de ser uno mismo así sea por un instante…

 

“Jamás olvidaré a mi ser desconocido.

Agua marina que bebí como un relámpago en el alma…

 

Fotografía de Benito Balam 



miércoles, 26 de octubre de 2022

Genaro González Licea: Haiku Barcelona premia la poesía de Martha Obregón Lavín.

 

Fotografía de Jesús Nava 


Como el calor de la brasa en el frío invierno, sutil, penetrante y lleno de amoroso abrigo, así es la poesía de Martha Obregón Lavín en los ojos del alma. Es una delicia leerle. Su calidad poética y trayectoria literaria le avala con creces. Trabajo, trabajo y trabajo es su constante.

         Trabajo que le reconocemos todos, que le reconoció Haiku Barcelona al otorgarle, en el ámbito de haiku en castellano, una distinción muy merecida a su trabajo literario. Gran alegría ha producido este reconocimiento internacional al trabajo poético de Martha Obregón. Mil felicidades Martha, tu trabajo y gran sensibilidad te respaldará siempre.

El haiku galardonado de nuestra poeta es el siguiente:

Mirar la luna

escuchar el silencio

que la circunda

 

Mi felicidad se redondea al observar que, en este mismo evento, pero en el ámbito de haiga (haiku y fotografía), también fue reconocido Eduardo Obregón, persona muy estimada por mí, con la siguiente fotografía y poema: 




Agregaría, si me permiten, unos poemas inéditos de Martha Obregón Lavín que, a reserva de su revisión final por ella contemplada, en lo personal me generan y proporcionan una gran reflexión y enseñanza, una brasa en el alma, como dije.

Es el caso del siguiente tanka que escribió nuestra poeta:

Un hombre va

y se adentra en la niebla

siembra palabras

 

florece cada sílaba

su sombra es luminosa.

 

Otro tanka es el siguiente:

Siempre emergiendo

tumbas en el olvido

contradicción.

 

Son memoria imborrable

presencias del presente.

 

Uno más es este senryü:

Al mismo paso

en círculos caminan

vida y muerte

 

Y este haiku, al cual acudo una y otra vez. Acompaña la soledad de mi alma, mi viaje en este mundo, mi sombra que se aleja, lo efímero que soy, que somos:

 

Hojas caídas

como muertos sin tumbas

de pronto vuelan.

 

Finalmente, agregaría también tres poemas de Martha Obregón Lavín, que forman parte de los haikus vampíricos concatenados,  ya publicados en la revista literaria Taller Igitur.

 

Sobre hojarasca

un nido ya sin aves,

sólo una pluma.

 

 

Un vuelo efímero

de oscura travesía,

nocturna nube.

 

 

En cuello y pecho

las ramas encarnadas,

árboles negros…

 

Genaro González Licea

Caloclica, CDMEX, octubre de 2022.