miércoles, 6 de julio de 2022

Genaro González Licea: Salvador Franco Cravioto y su “Canto a mitad de órbita" al viajar hacia Mictlan

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


SALVADOR FRANCO CRAVIOTO Y SU “CANTO A MITAD DE ÓRBITA” AL VIAJAR HACIA MICTLAN

 

Canto a mitad de órbita del poeta Salvador Franco Cravioto es, en realidad, un espacio lleno de enseñanzas, sueños y realidades, certezas e interrogantes de un andar en las profundidades de un “yo” interno que resulta ser la comunión de todos. Es la reflexión de un viaje, un detenerse a tomar un sorbo de agua en el camino, una revelación de los pasos que se han ido y, a la vez, siguen ahí, muy dentro del él y de nosotros, actuando en el presente y mirando, a lo lejos, el vacío del horizonte.

         Cuando uno se da cuenta, sin moralismos ni lagrimeos, que cada paso en la vida al mismo tiempo es un paso hacia la muerte, que cada instante al abrazar la vida, abraza también el sendero que lleva a Mictlan, a la región íntima donde la sombra de nadie es nuestra sombra, entonces uno se percata también que nuestro ser, cada instante de su existencia, está situado al centro del camino, al centro de la bruma, esa bruma que, dicho por nuestro poeta, “se disipa siempre, /muere la muerte. /Claro de vida: /trayecto hacia Mictlan; /mitad de órbita”.

         De ninguna manera veo casual, por lo mismo, que el poemario que aquí se comenta sea la expresión de un andar y desandar de la existencia, de la existencia de él, de Salvador, de todos en realidad y, por otra parte, que cada verso que lo integra, lo haya dedicado al ser querido, a nosotros, “a la vida, a la muerte y al cosmos”, pues son estos latidos e instancias los que dan cuerpo, sonido, peso y dimensión a la palabra del poeta, a su voz interior encontrada en el camino, a sus revelaciones que duelen, nutren y orientan.

         Qué importancia reviste que el ser humano efectúe un alto en el camino, un estado de cuentas, un descenso interior, un andar y desandar de la existencia. Sin embargo, no todos tenemos el coraje de emprender un viaje hacia el centro de uno mismo, llevando, tan solo, el silencio de la voz en la conciencia. Franco Cravioto lo tuvo y, generoso como es, nos revela lo ahí visto.

         En este su descenso, lento, apacible, sereno, nuestro poeta vio sus años de infancia, sus sueños de libertad, sus sueños de volar sobre los “mares, bosques y fiordos”, con la esperanza de “liberar las aves” y encontrar una “luz de amanecer” y de nuevas realidades: yo soñaba, nos dice, “que volaba /por los aires convencido, /al viento del sueño herido /por la duda que mataba. /Era un pájaro perdido, /un sin rumbo que aleteaba, /cuando pronto despertaba /en mitad del recorrido”.

Vio, entonces, devorar su “tierna edad, /en la mazmorra del tiempo infame, /que envuelve en cuatro muros, /de piedra medieval”; vio el infierno en la vida, los “presentes de lunas blancas y mestizas, /estigio maldito de destino y azar”, la “faena lejana del hombre de la América española, /mitad indio, mitad ibero, /con rasgos de Fenicia, /dotes de caballero /y andar de solitario lord”. Sintió, además, la nostalgia de los tiempos idos, esa brizna que lleva lejos y “exhuma la joya del tiempo ya muerto”, nostalgia que regresa una y otra vez “transfigurada en el pánico /del sol naranja de la tarde”, sintió el dolor y las ansias de renovarse al ver un mundo salvaje hundido en el desierto.

Fue así como de pronto despertó del letargo y supo a ciencia cierta que el ser humano al estar inmerso en una atmosfera de poder, puede fácilmente atropellar a la conciencia. Dicho con sus palabras: “dentro del rebaño /las ovejas no piensan en ser pastores. /Segundo, el cáliz colmado de resignación, /se quiebra en dagas, que sangran el ego del injusto. /En síntesis, el poder se mantiene, /aunque a veces cambia de dueño”.

Empero, paralelamente a lo anterior, supo también con suma nitidez que el hombre no es “ni dios ni bestia”, es un ser pensante que duda y actúa al sentir lo adverso, lo cambiante del devenir del tiempo. Fue así como sintió el dolor y el ansia de renovarse. Retomó el sendero de la “libertad y el fuego”, le cantó a la “tierra de polvo rojo” “vigilada por el insomnio de los guerreros de Tula” y a la patria le expresó su amor y desconsuelo: mi patria “llena de contradicciones” y sus ciudades de “grandes hormigueros”.

         De esa voz interior, de ese viaje y pausa en el camino es la manera que Salvador Franco Cravioto nutre su poemario, que en lo personal agradeceré siempre. La acción misma de emprender el viaje al interior del ser, de buscarnos e ir al doloroso encuentro de uno mismo, es un acto que de suyo es toda una lección en uno. Un exhorto de esa magnitud no siempre se recibe.

Como dije, se requiere coraje para ir a un espacio donde nada de lo hecho y por hacer es tan grande y valioso como pensamos. Uno frente a la desnudez del alma, uno al centro del camino, solo, amorosamente en desamparo, mirando el silencioso fluir del viento, el vacío del infinito, su vacío, mi vacío, el humano vacío del vacío. Uno al centro del infinito, de la órbita, del lugar donde nunca hemos estado y, sin embargo, sabemos bien que existe, que ahí estuvimos y un día regresaremos, en silencio, en ese mágico silencio que regresa y se va como sin nada.

         Empero, su enseñanza poética no concluye ahí, pues también nos muestra el coraje que debemos de tener para seguir en busca de sí mismos como si nada se hubiese revelado, seguir sin detenernos, seguir caminando hacia la nada, como si nada se supiera. ¡Qué difícil y grandioso ha de ser asimilar una revelación así! Uno a fin de cuentas es pequeño, mas no tan pequeño como para no pensar y buscar su propia libertad. Tlaloc, le confiesa nuestro poeta, “yo sufro, el árbol incólume no, /la raíz sabia lo mantiene erguido, /su centro imperturbable, el mío inestable, /y yo, yo necesito volverme árbol”.

Con esa fuerza de nuestro pasado y saldadas las heridas que nos atan, Franco Cravioto se llena de esperanza y nos dice a todos, me dice a mí y a los que vienen: “rocía Tlaloc bendiciones /en forma de miles de gotas de lluvia, /arrullo de la tarde, /ensueño de mi yo miniatura. /La mañana declara/ que los dioses mesoamericanos viven /¿Será que resucitamos en aves / y los guerreros en colibríes?”.

         Lo digo sin titubear, un poemario así, por supuesto, se agradece, pero más todavía, difícilmente lo marchitará el tiempo, al contrario, crecerá con él, pues su fuerza y su virtud estriba en que ese recuento personal e íntimo que vive y expone Salvador, sí le abraza a él, pero, a su vez, me abraza a mí, abraza al hombre colectivo, a los pasos que hemos dado junto al otro que es al mismo tiempo uno. Nos confronta, nos encara, nos hace descender al centro del ser social de lo que somos. “He descendido/ el puente del corazón/ que lleva la sangre de Apolo/ esperando conversar/ con tus algarabías”, y vaya que logra muy bien su cometido.

         No me cansaré de mencionarlo: la poesía de Salvador Franco Cravioto, su voz interior, sus metáforas y realidad poética, puede constatarse, sin duda, en cada uno de sus poemas. En cada poema, en realidad, uno puede fácilmente detenerse. En este sentido, permítaseme agregar un comentario.

Tal vez por sentir ahora el desamparo de mi sombra y una luz tenue que de pronto se acerca a saludarme, o quizá, tal vez, porque siento, seguramente de manera equivocada, la existencia de una sociedad muy desdichada, aislada en su propio desamor y desconsuelo, muy en abandono e inmersa en una dictadura ficticia y sobrepuesta, tal vez por eso y otras cosas que hasta ahora no comprendo, hay un poema en el cual me detuve en demasía y fue el que se refiere a la muerte de Garcín.

         Su aroma cobrizo, su desdicha de tierra y sal, su destino sombrío y tormentoso, me parece, bien puede permear la existencia del hombre entero. Garcín, el pobre Garcín, que en gran parte somos todos, el que liberó “lo que no cupo en la jaula de los mortales”, el que fue elogiado e incomprendido por extraños y “amigos que ante un futuro llameante vieron infortunio”, el “malentendido y querido por los buenos bebedores de ajenjo” que no pudo “contener el azul del ave de alas enclaustradas que comía y vivía de (su) creación”. Garcín, sí, el pobre Garcín, el que tuvo “la afección de los creadores, /los que (viven) con corazones que se frenan de júbilo, /tal como se ahogan en copas de cristal sin salida, /la dualidad de un destino sombrío /por sobredosis de placer y de resaca tormentosa, /diagnóstico imposible para los galenos, /que hago para ti, en memoria tuya, mi querido Garcín”.

         Qué diagnóstico dicta a todos nuestro poeta. El tiempo retomará sus letras, una y otra vez se citará la fuerza de su canto. Este poema en particular, quizá a unos les recordó a su propia desdicha y abandono, a otros, posiblemente al Garcín descrito por Rubén Darío en “el pájaro azul”, hombre triste, muy triste, que deambulaba por las calles y aseguraba tener “un pájaro azul en el cerebro”. En lo personal, a mí me recordó a Catulo, a Cayo Valerio Catulo, el poeta que no se resignaba a dar por perdido lo perdido, el poeta que al sentir el desamparo de su amada y de la vida, una y otra vez se repetía: “pobre Catulo, deja de hacer locuras, y da por perdido lo que ves que se perdió. En otros tiempos brillaron para ti soles resplandecientes. Entonces eran otros tiempos que ahora ya se han ido. Ahora ella te desprecia, tú, insensato, no la quiera tampoco, y no persigas lo que huye, ni entristezcas tu vida, resiste, Catulo, obstinadamente resiste y no cedas”.

         Insisto, en este poema sobre la muerte de Garcín, percibo que nuestro poeta plasma una voz muy personal, muy de él y de todo aquel que en ellas se detenga. Construye un diagnóstico sobre el amor y el desamor, el amparo y el desamparo del ser humano de estos tiempos, de estos tiempos en los cuales ya no hay locos, todos son sabios cibernéticos, homo internautus, como bien lo dice el mismo Salvador.

         Discúlpeseme por lo reiterativo que soy, pero no me cansaré de repetir que la poesía que Salvador Franco Cravioto nos presenta en Canto a mitad de órbita, es una voz que nace de un manantial profundo, es un diálogo, más que con el tiempo, con lo que nuestro poeta ha provocado que suceda con el tiempo, es una revelación sobre un camino andado y por andar, es fuerza acumulada y un vacío que a lo lejos se vislumbra. No tengo duda en señalar que la poesía de Salvador será encontrada y reencontrada por todo aquel que busque un alto en su camino, una voz íntima, fraterna, amorosa, como el silencio del agua que abraza el reflejo de la luna. Cualquier persona que le escuche, estoy seguro, acercará sus pies al centro de su vida y su camino, y eso se agradece muy de veras.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 18 de marzo de 2022. 




lunes, 4 de julio de 2022

Poema de la "sequedad del estanque" de Genaro González Licea

 

Fotografía de Jesús Nava


 A Jesús Nava

 

En mis pies envejece ya el camino,

mi alma tambalea y se dirige a cualquier parte,

en mí ya no importa morir con los dientes astillados,

a pleno sol, o en lo negro de la luna.

Es inmenso mi vivir en desamparo,

abarca lo que soy y lo que nunca he sido,

a los árboles más secos y a las nubes que se van.

 

Mi alma está encharcada en su propia sepultura,

su espacio está en la tierra,

es mío, nada más que mío, y de nadie más.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMX, 3 de julio de 2022.

 


sábado, 18 de junio de 2022

Genaro González Licea: participación en el 2º encuentro literario “Roberto López Moreno”




Roberto López Moreno es un poeta de maíz y barro, de puño libertario de piedra chiapaneca, voz de sol y cascada de esperanza. Es un maestro y un gran amigo, amigo de verdad. Me da mucho gusto que el maestro nos reuniera nuevamente en este 2º encuentro de poesía, cuento corto y minificción, que muy merecidamente lleva su nombre.

Debo decir que la intervención de cada uno de los escritores y poetas, todos de incuestionable nivel literario, hizo de su expresión un espacio de comunión muy especial en torno a la palabra, al maestro y a nosotros mismos. Uno escuchando al otro y el otro escuchando a uno. Lo cual, además, dejó al descubierto el excelente trabajo de los coordinadores del evento: la poeta Marcela Romn, y el también poeta, editor y promotor cultural Francisco Fierro Brito, para ambos mi más sincero agradecimiento.

 


He aquí mi modesta participación, dedicada, como expresé, al maestro y amigo: Roberto López Moreno. 



MUERTE Y DESEO

Quisiera oír el mar con tus oídos,

hundir mis ojos en tus ojos escondidos,

tocar con mis manos el desierto de tus manos,

besar tu silencio con mi olvido.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

DUELE RECORDAR EL OLVIDO

Duele recordar el olvido.

Somos insignificantes,

viajeros en la casa del camino,

recuerdos que se tejen,

sentimientos que palpitan, flotan.

Duele recordarlo.

Duele.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

CUANDO VEAS A LO LEJOS QUE LA MUERTE LLEGA

Cuando veas a lo lejos que la muerte llega

y sientas mis cenizas caer sobre las tuyas,

abre el ataúd entre el ensueño de tus manos,

y bebe un poco de agua en el hueco de mis ojos.

 

Duerme en mi olvido que crece cuando llueve,

y deja caer tu ausencia entre la mía.

 

Un día fuimos brisa en madrugada,

brasas atadas al amor del tiempo.

Polvo y viento es nuestra raíz ahora.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

NADA QUEDARÁ DE MÍ

Nada quedará de mí. En silencio dormirá el viento. El peso de la noche despertará a solas.

Habrá una inmensa soledad como la mía.

Espacio denso, desnudo en la intimidad desnuda.

Uno frente a su propia nada, uno con el peso de su propia soledad a solas.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

VIVÍ EXTRAVIADO EN MI ATAÚD VACÍO

Viví extraviado en mi ataúd vacío.

Bebí mi soledad a solas.

Fui grisáceo atardecer dormido,

silencio de cráneo sepultado,

olor a sepelio envejecido.

 

Fui palabra rota,

nostalgia que duerme cristalina.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

VEO YA, A LO LEJOS, MI ROSTRO AGRIETADO

Veo ya, a lo lejos, mi rostro agrietado caer entre sus ruinas,

mi desconsuelo atado en la sombra de mi mano,

mi voz clavada en una tumba sepultada.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

LA MUERTE ES UN AIRE EN LA SOMBRA

La muerte es un aire en la sombra,

una luz en el agua,

el azul en la luna, una nube vacía.

 

Es una voz suave envuelta en la tierra,

un olor a montaña, a ocaso, a madrugada.

 

Una lluvia de estrellas, recuerdos y olvido.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 

 

 

LA MUERTE A FIN DE CUENTAS ES UN SILENCIO

La muerte a fin de cuentas es un silencio luminoso que no existe,

un aire cansado de esperar,

una palabra envuelta en un silencio de ceniza.

 

Se acerca la hora de partida.

Que la muerte muera en mis brazos cuando muera.

(de Caloclica; Vozabisal, 2018)

 


Genaro González Licea

Ciudad de México, Caloclica, junio 2022. 

                                                                             



sábado, 23 de octubre de 2021

Genaro González Licea presenta Poesía en el atardecer, en el "34 Festival de las Artes Enrique Ruelas 2021"

 


POESÍA EN EL ATARDECER: UN REENCUENTRO CON EL ECO QUE ENVUELVE A LA PALABRA

  

Con gratitud a Jesús Nava

 

En el Centro Cultural Enrique Ruelas, aquí, en Pachuca, reencontré el eco de mi voz y mi palabra después de más de cuarenta años de estar ausente de un entarimado literario.

Dicho de manera breve, a este hecho se limita mi participación del día de hoy, al presentarse mi libro Poesía en el atardecer. Y qué bien que así sea. Me parece que el menos indicado para hablar del contenido de un libro es su propio autor. Más todavía si de poesía se trata, es decir, de la íntima expresión, encuentro y desencuentro de alguien consigo mismo y con el otro, el otro que, al tener frente de sí la expresión poética, elabora desde su alma, desde su propio interior, lo que entiendo por poesía.

La poesía es asombro, misterio y comunión, es la comunión íntima del ser, la línea en blanco que dejan las palabras, la metáfora, el trabajo de lo poético, su expresión, forma, escritura. Es permanente búsqueda y encuentro con nosotros mismos y con el otro que no conocemos y, sin embargo, dialogamos de tú a tú con él.

La poesía no es el lenguaje de los dioses. Es el lenguaje tuyo y mío, es la esencia de uno y del otro que nos mira. Mirar fresco, nítido, fugaz e intangible que envuelve la esencia de las piedras, el fuego del instante que encierra el alma en la palabra.

El poema es la envoltura del alma, de la carne, de los huesos. Es la envoltura del ser profundo que corre como el agua, diáfana, transparente, cristalina, en un riachuelo dejado en el olvido. Agua que corre en su pureza sin que nadie la ensucie ni detenga su camino. Nadie, absolutamente nadie, ni el sendero en donde va, ni las piedras que acompañan su camino. Nadie escucha la voz del agua que se asoma en el riachuelo. Su sonido es íntimo y está en el alma de cada quien.

Cuando el poeta llora en silencio se mira la sal de las palabras, se escucha el dolor de la intimidad del ser, del ser poético que envuelve el alma, la mía, la del otro, la del tiempo. Ser poeta encierra un compromiso, una forma de ser y caminar. La palabra es la envoltura del poeta, es voz, eco que acaricia el asomo de la revelación del instante, ese instante de luz y sombra que habita en la intimidad del ser de cada uno de nosotros.

Ninguna palabra, como lo menciono en el libro que se presenta “describe lo que somos y sentimos, solo insinúan, tal vez, su contorno y su relieve, su eco, su aroma y su misterio. Es, posiblemente, la línea en blanco que dejan las palabras donde nace la poesía. Es ahí donde se ajusta su exacto contenido, porque en ella, quizá, ya lo único que existe es el silencio sublime que deja el lenguaje en la intimidad de cada quien”. La poesía, a fin de cuentas, nos dice don Carlos Castilla del Pino, “es lo que más se acerca a la verbalización de lo íntimo. Pero también la poesía, a este respecto, es insuficiente”.

Regreso al punto inicial. Permítaseme comentar porqué expresé que fue en el Centro Cultural Enrique Ruelas y mediante la lectura del libro que aquí se presenta, el instante mediante el cual “reencontré el eco de mi voz y mi palabra después de más de cuarenta años de estar ausente de un entarimado literario”.

Lo primero a expresar es que Poesía en el atardecer es un texto que nació en las Tertulias de viernes literarios que lleva a cabo el centro cultural antes referido. Centro cultural al cual asistí para compartir un primer acercamiento sobre lo que entiendo por poesía, así como la lectura de una serie de poemas de mi autoría, publicados ya, en Caloclica; El desahuciado, el gato; y El silencio y la sombra.

Aquella lectura dio forma, en sus términos, al libro que hoy se presenta y constituyó, para mí, más que la conformación de una antología poética, la expresión de un poemario simbólico, de un testimonio modesto, muy modesto, de gratitud y comunión, pues, mediante él regresé, públicamente, subrayo, públicamente, al quehacer poético.

La poesía es una sombra que camina con la mía y, por lo mismo, bien puedo decir que es parte de mi propia sombra. Desde que me acuerdo he dialogado y escrito poesía en forma permanente, pero en público suspendí esta actividad por un buen tiempo. Cuestión que, para ser sincero, no me generó ni me genera ningún problema, pues soy de las personas que piensa que, tal vez con un margen de error considerable, la poesía, en esencia, es intimidad y comunión. Lectura íntima y comunión con uno mismo y con el alma del lector en un contexto fraterno donde se escuche el silencio del agua que dejan las palabras.

Ese contexto lo encontré, como detonante, en el Centro Cultural Enrique Ruelas, lo cual se complementó con varios factores. Uno de ellos es la generosidad con la cual me recibió Hans Giébe en particular, la comunidad cultural del Estado de Hidalgo, en general, creativa, crítica y autocrítica y, sin duda, un bastión muy importante en el ámbito nacional y, por supuesto, la calidez de Luis Manuel García Aguirre, director del citado Centro cultural, persona comprometida con la creación literaria, el teatro, la música, danza y artes plásticas, entre otras vertientes de la creación y del conocimiento humano.

Otro factor fue la insistencia de Enrique González Rojo Arthur de que publicara mi poesía y escritos literarios que él conocía desde aquellas tertulias literarias realizadas en su casa, allá por la década de los setentas, hasta los últimos textos que yo mismo le llevé, entre ellos, Caloclica, al cual le obsequió un hermoso prólogo que le agradeceré siempre.

Recuerdo que un día le escribí unas líneas en las cuales, en una de sus partes, le decía: “mi palabra, que lejos está de buscar los reflectores y embriagarse con aplausos, ya nunca más caminará huérfana por el resto de mis días. Caloclica no será, como lo había pensado, mi última expresión en un poema”. Cuestión que hasta ahora se ha cumplido.

El factor que redondea lo anterior fue el haber asistido, aquí, en la bien llamada “bella airosa”, a escuchar poesía en un lugar modesto, nada grande pero bien distribuido, bancos y sillas de todos los colores, aunque eso sí bien ordenadas, jóvenes muy atentos para presentar su obra de teatro, su intervención musical, su declamación, su canto o su poesía. Poesía sin olanes de seda ni voces impostadas. Poesía a flor de piel y en hojas sueltas, y dicha de pie en un pequeño entarimando, aunque limpio, desgastado.

Lugar cálido, con poetas, hombres y mujeres, que venían de varios municipios del Estado de Hidalgo. Pocas personas sentadas y muchas de pie, en el pasillo y recovecos, esperando su turno o bien escuchando, como yo, la expresión más genuina y natural de la poesía. Ese lugar es y será por mucho tiempo, el Centro Cultural Enrique Ruelas. En esos momentos, me avergüenza decirlo, yo no sabía de su existencia ni de su gran actividad cultural.

Sabía, sí, quien era el maestro Enrique Ruelas Espinosa y su significado en la cultura nacional. Hidalguense todo él, humanista, dramaturgo, poeta y un gran maestro admirado, apreciado y respetado por alumnos y todo aquel que convivía con él. Formador de generaciones y generaciones de actores, unos alumnos, otros entregados ya al arte escénico, a la cultura en general. Maestro innovador por excelencia, vital, muy vital y siempre mirando y encarando los problemas de su tiempo.

Yo qué daría, en estos momentos, por ver, con su dirección, obras de teatro tan actuales en su tiempo como ahora, como muertos sin sepultura de Jean Paul Sartre, sus entremeses cervantinos, su teatro guiñol, o una obra de la campaña de alfabetización artística que él dirigió en el Centro Teatral de México, formando delegaciones en todos los Estados.

Don Enrique Ruelas Espinosa es una realidad aparte. Conocedor como pocos del arte escénico mundial. Fue un hombre de gran compromiso social. Regresó al teatro a su lugar de origen, al pueblo, sí, al pueblo donde todas las obras, dramáticas, jocosas, épicas o satíricas, se dan cita. Los protagonistas son el pueblo mismo, su cultura, su actuar cotidiano, su estructura misma como telón de fondo. Aquí no hay butacas acojinadas, pasillos alfombrados y barandales de caoba. Hay calles, plazuelas y personas. Actores que surgen de una esquina o del público que al aire libre es parte integrante de la escena. Obra, actores y espectadores, envueltos en uno solo.

La corriente rueliana está en todo el país y más allá de sus fronteras. Aulas, escuelas, premios, bibliotecas, centros de cultura, fundaciones y estatuas, llevan su nombre. Ya no hablemos de las miles y miles de referencias, nacionales e internacionales, contenidas en programas, eventos culturales y libros referentes a la historia del arte escénico a través de siglos, épocas y edades. Rubro éste último, de sus textos, en dos tomos, que comprenden las anotaciones del maestro para impartir sus clases, y que fue presentado hace tres años, en 2018, por el rector actual de la Universidad Nacional Autónoma de México. Institución en la cual el maestro impartió clase por más de 45 años y fundó, junto con Fernando Wagner, y Rodolfo Usigli, la Licenciatura Dramática y Teatro, en la anterior Facultad de Filosofía y Bellas Artes, ahora Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Es muy extensa la aportación del maestro Ruelas Espinosa en la cultura mexicana. Guanajuato, por ejemplo, le reconoce la creación del Festival Cervantino y su compromiso con la cultura en general. Hombre sencillo que nació y se fue para estar con nosotros siempre, en un mes de octubre, como este, día 20 y día 6 de octubre de 1913 y 1987, respectivamente, para ser precisos. Días en los cuales el maestro Ruelas Espinosa construyó y enfrentó su destino. Ese espacio azaroso donde los caballos solares del tiempo, diría Goethe, en su Poesía y verdad, “se precipitan con el carro ligero de nuestro destino y no nos queda más que agarrar fuertemente las riendas y apartar las ruedas a izquierda y derecha de esta piedra o de aquella caída. ¿Quién sabe adónde vamos? Si a duras penas recuerda nadie de dónde viene…”.

Como dije, sabía quién era don Enrique Ruelas Espinosa, pero, además, sabía también que ese hombre tan respetado era el padre de otro igual, persona de un gran significado para mí: el doctor Enrique Ruelas Barajas. Persona a la cual, por cierto, dediqué el poemario que aquí se presenta: Al siempre amigo Enrique Ruelas Barajas esta lectura de poemas a voz baja y martajada, como el maíz y el trigo que nutre a la hostia, al pan y a la tortilla.

Me alegra mucho recordar los antecedentes de Poesía en el atardecer, del porqué es un texto simbólico muy importante para mí, lo cual, si de suyo es muy grato, mi alegría crece aún más, al tener la oportunidad de presentar este modesto poemario como parte del 34 Festival de las Artes Enrique Ruelas, como una más de sus actividades artísticas, literarias, de teatro, música, danza, artes pláticas y poesía.

Rubro este último en el que, por cierto, se recuerda la flama siempre presente de don Ignacio Rodríguez Galván, poeta y dramaturgo del siglo XIX, que amó la grandeza y el dolor de este mi país desolado, árido, frio, triste y dulce en sus raíces de barro y jade sepultado que late en las entrañas todavía. “El águila que cae” lo dice todo, Guatimoc y sus palabras que digo siempre como un rezo: “Ya mi siglo pasó. Mi pueblo todo /jamás elevará la oscura frente /hundida ahora en asqueroso lodo”, y agrega, desde el barco que “suavemente /se inclina y se remece”, desde “la brisa triste /cual hombre en agonía”: “Adiós, oh patria mía, /adiós, tierra de amor”.

Concluyo este mi testimonio de gratitud, con la lectura de estas líneas contenidas en Poesía en el atardecer:

 

Uno de pronto despierta solo,

escucha caer su sombra como lluvia en el olvido,

como voz enterrada, como murmullo perdido.

 

Los recuerdos se envuelven con la luz que asoma,

los pájaros lagrimean al ver mis ojos,

cantan una canción que huele a flores,

a espigas rotas, a sombra herida.

 

Solo, mi soledad me dejó solo,

sin una sombra de cobija, sin un refugio de morada.

 

Desnudo, frente a mí, estoy más solo que nunca.

Mis entrañas se tocan a sí mismas,

los gusanos muerden mis penas y la cal el olor de mis quejidos.

 

El viento aúlla sin encontrar mi nombre,

los geranios al mirarme se marchitan,

la mañana se va oliendo a música mojada,

el riachuelo se evapora y muere como fantasma a la mitad del día.

 

Fui amado, la vida brilló en mis ojos, tembló en mis manos.

Luché y caí abatido. El carbón de mi pobreza fue mi tumba y mi tintero.

 

Estoy a la orilla de mi sombra,

un inmenso silencio me acompaña.

 

Terminaré en seguida, no sin antes agradecer a todos ustedes la oportunidad de ser escuchado, y felicitar a la editorial Vozabizal, al Centro Cultural Enrique Ruelas, y al Centro de las Artes de la Secretaría de Cultura del Estado de Hidalgo, por su gran labor cultural y educativa llevada a cabo en el Estado, y por ser el mejor portavoz para dirigirse a mi país y más allá de sus fronteras. Con ustedes mi gratitud siempre y, como punto final, las siguientes líneas del poemario Poesía en el atardecer: “Veo mi cadáver entrar al cementerio, mi sombra se quema junto a mí, toco mis cenizas con la punta de la lengua y con ellas escribo mi nombre en el olvido”.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMEX, octubre 22 de 2021.

 

Han Giébe, Genaro González Licea y Luis Manuel García Aguirre
Fotografía: Jesús Nava


Fotografía: Jesús Nava




martes, 5 de octubre de 2021

Genaro González Licea: Enrique González Rojo Arthur en la memoria del tiempo.

 

Fotografía de la página de
Enrique González Rojo Arthur en Facebook 



ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO ARTHUR

EN LA MEMORIA DEL TIEMPO.

  

“Una poesía filosófica tendría que ser excepcional para que no resultase una mera prosa en verso”, señala Eduardo Nicol al abordar el tema de poesía y filosofía. Su expresión encierra un razonamiento riguroso, propia de un filósofo acostumbrado a interrogar el comportamiento humano y exponer su resultado sin atadura. Sin embargo, como buen filósofo no se inclina por los razonamientos cerrados y mantiene la posibilidad de encontrar o elaborar una poesía filosófica siempre y cuando ésta sea excepcional, escúchese, distinta a los patrones comúnmente establecidos, o bien, a patrones de ninguna manera anclados en lo ordinario.

         En la vida cotidiana esta excepción a la cual se refiere Eduardo Nicol, la percibí en el trabajo filosófico y poético de Enrique González Rojo Arthur, en su trabajo de creación, o “salto mortal o cabriola metafísica de la nada al universo”, como diría él. En Enrique encontré el justo eslabón entre ambas expresiones del ser, y ese hecho, sin entrar a su estudio, sino simplemente ponerlo en la mesa y recordarlo en un día como hoy, 5 de octubre, fecha de su nacimiento, es el objeto de las siguientes líneas.

El esfuerzo de unir estas dos expresiones del conocimiento del ser, es, a mi entender, una de tantas enseñanzas de nuestro poeta. Tarea compleja, nada sencilla ni para estudiarla y mucho menos para exponerla a los ojos de los mortales, como los míos, por supuesto, como, quizá, para los del filósofo o poeta que lo intente.

La obra de ambos pensadores está ahí, cualquier persona puede acudir a consultarla. Mi impresión es que ambos perciben con gran claridad que, citó a Nicol, “tal vez el nudo de la cuestión estuviera en la y. Algún conocimiento elemental poseemos de las dos, puesto que no podemos confundirlas”, ello en virtud de que, agrega, “la y es una conjunción copulativa, cuyo oficio (dice el diccionario) es unir palabras (o sea cosas) en concepto afirmativo. Sin embargo, la asociación es también disociación”.

Poesía y filosofía condensan, cada una, en sí misma, su esencia. Sobre el particular, menciona Eduardo Nicol: “cada una es lo que es, y ambas quedan separadas por la misma y que las reúne”. Posteriormente complementa: “para quienes no estén al tanto del asunto, es conveniente advertir que lo dicho en el párrafo anterior recoge las ideas con que Platón, en el Sofista, inauguró la dialéctica como ciencia rigurosa”.

Sin cuestionar lo dicho por el maestro Nicol, empero, permítaseme agregar a lo antes citado que, por su parte, González Rojo inauguró la poesía filosófica, la unión de la semilla cotidiana que revive la filosofía y la poesía en la esperanza envuelta en la palabra, en la creación de un canto poético que interroga con una gramática iracunda.

Ello es así, toda vez que, hasta donde percibo, lleva a cabo un esfuerzo poético excepcional donde la y tiende a diluirse, dejando claro que la creación literaria, la poesía en especial, carece de estándares y patrones convencionales, pues al interpretar el cosmos y su devenir se basta a sí misma, más todavía cuando es despojada de mitos y prejuicios e instalada, en contrapartida, en la conciencia de la materialidad de las cosas, “del ser material que constituye el afuera”. Ese afuera conocido como tiempo, ya sea físico, convencional, psíquico o histórico. En suma, el tiempo como atributo del ser material y la conciencia como eje central donde está “el bastón de mando”.

De esta labor de poesía filosófica, González Rojo, en realidad, da cuenta en toda su obra, sin embargo, en forma muy particular dicho tema revistió un interés sin precedentes en los últimos meses de su vida, ejemplo de ello están sus últimos cuatro libros de poesía titulados: Poema filosófico I, II, III, y IV, este último con un paréntesis de continuará. Por lo dicho, bien se puede decir que nuestro humanista, filósofo y poeta, dio su último suspiro con el tema en el tintero.

¿Qué llevó a Enrique González Rojo Arthur a escribir sus últimos libros sobre el tema de poesía filosófica?, ¿qué instante o atisbo de luz, como él diría, vio para unir sin titubeos los temas en cuestión? No lo sé, empero, el tema está plasmado y la semilla fermenta día a día.

Es en este universo material y concreto en el cual transita nuestro poeta. Es en este universo, en este “desierto de desiertos” que es “uno y el mismo para todos”, donde se genera su reflexión. Es un universo donde la materia se multiplica por mil al infinito, es el espacio donde se da cita la creación y la esencia de las cosas, en él, nos refiere Enrique, “no hay lugar donde lo existente, limitado y mal hecho (…) halle la manera de acceder a los palacios de la perfección y entablar relaciones con los ángeles u otras criaturas sin defecto concebidas”.

Es en este universo que amamos y desamamos, vivimos y morimos, nos picamos los ojos, creamos culpas y redenciones, construimos y destruimos, sí, es en este universo donde deambula nuestro poeta. Universo que “no ha sido creado ni por ningún Dios ni por ningún hombre”, pues en él “todo influye en todo” y, por lo mismo, “la realidad no surge de los telares de la creencia ni se genera en el tronido sinfónico de los dedos del milagro”.

Mas en el cosmos la creación no es nada fácil. El poeta al que se refieren estas líneas lo sabe bien, toda vez que, como el mismo expresa, “la verdad se escamotea”, “la nada borronea cuanto existe”, “implica ciertos negocios turbios con la nada”, razón por la cual, el que el todo pueda influir en el todo mismo “resulta verdadero si se investigan y descubren las infinitas causas que zurcen, con el ligamen del misterio y la niebla, unas cosas con otras, porque no hay sino un cosmos. Inabarcable, sí, y que se aleja, desde luego, expandiéndose, de nuestro conocimiento. Pero encerrado en la discreta continuidad de lo infinito”.

Escuchemos la voz de González Rojo al insistir: “la nada jamás será preñada por el ser. En la nada no hay algo –ni un puntito escondido en la insignificancia– capaz de dejar de ser lo que siempre ha de ser: nada, sólo nada. Como esta última tiene como cualidad esencial ser imposible, el universo es imperecedero. Y también infinito, con devenires de nunca acabar, y límites inmolados por la artillería pesada de lo eterno. El cosmos ha existido, existe y existirá por los siglos de los siglos”.

Y agrega: “El ser humano no nace del pacto, la alianza, el matrimonio secreto, invisible, intrauterino, de dos realidades contrapuestas, como lo blanco y lo negro que se sienten traicionados por los pretenciosos desplantes de lo gris. La carne no es la casa de alquiler de un alma que en esencia jamás se contamina de la impureza de los adobes que forman su habitáculo”.

A renglón seguido nos recuerda, “nos guste o no (cuando el pulso pida la palabra para decir su último parlamento de latidos, cuando la sangre mude su carrera por el andar despacio, pian pianito, diminuendo que acaba por detenerse en la coagulación de la existencia) el espíritu, el alma, se apagarán repentinamente como el cirio que, con el soplo interior de su último aliento, se queda para siempre sin su llama y deja tras de sí –después de padecer los estertores del chisporroteo– su cadáver de cera”.

Nada detiene el devenir, ni los golpes de pecho, ni los rezos o alabanzas, pues, como él mismo nos señala: “como el día y la noche, todo se halla marchando en el gerundio nuestro de cada día, de nunca acabar, de correr fagocitando porvenires. Todo. Desde la dimensión indescriptible del cosmos –en que palabras como gigantesco, enorme, titánico– son como pobres botellas con delirio de grandeza que pretenden absorber el mar, hasta el ínfimo corpúsculo –del que sólo de oídas sabe el ojo– enamorado de la nada”.

Con lo expuesto, a mi parecer, es posible acercarnos de una mejor manera a lo que González Rojo llama la “ausencia del ser”, lo que expone sobre los griegos, Séneca, Hegel, Marx y sus discípulos, o bien su muy interesante diálogo con Lucrecio.

Sobre este último en una de sus partes se dice: 

“Tu poema filosófico –me dice Lucrecio– debería de llamarse Novum De rerum natura” (De la naturaleza de las cosas).

“Yo asiento sin dubitación alguna, sin la santurronería del dogmático pirronismo y a continuación reflexiono que las personas con su fuerza de trabajo, sus instrumentos productivos y una causa final gestada en su cabeza, creamos una cosa, un útil, un satisfactor. Si entonces nos preguntamos muy filosóficamente por su esencia, no podemos responder, como lo hacían Santo Tomás de Aquino y su maestro Alberto Magno, que aquélla es lo que hace de una cosa que sea lo que es y no otra –definición de esencia que se ahoga en la atmósfera enrarecida de la abstracción–, sino aquello para lo que fue creada”.

Y concluye: “dime, Lucrecio, qué piensas de todo lo anterior, cuando lo que ambos pretendemos es poner un hasta aquí al canto de sirena de los prejuicios”.

Poesía filosófica es todo un tema tejido en el transcurso de los años por Enrique González Rojo Arthur, sus últimos libros sobre el tema ameritan, sin duda, una lectura cuidadosa y profunda. Lo dicho aquí sobre el particular solamente es, como dije, un mencionar el tema y ponerlo en la mesa para conmemorar su nacimiento.

En la memoria del tiempo, en el andar de los días, la presencia de González Rojo siempre saldrá a nuestro paso.

Genaro González Licea

Caloclica, CDMEX, octubre 5 de 2021.

 

Genaro González Licea
Fotografía sin datar