jueves, 10 de junio de 2021

Genaro González Licea: a veces sueño que en un racimo de púas...

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


A veces sueño que en un racimo de púas algo de mí quedó colgado para siempre.
 
Es algo que existe en un rincón desconocido,
en un rostro de escombros debajo de mi lengua.
 
Es algo que yo mismo rasgué sin darme cuenta.
Tal vez fue mi corazón de arena dejado sobre el agua,
o mis pies descalzos que dejé enterrados sin su sombra.
 
Tal vez fui yo mismo envuelto en la palabra,
o un perro que murió al ver mis ojos.
 
Tal vez fue mi desaliento agusanado que en vano sepulté en mi propia sepultura,
o fue, quizá, mi propia voz perdida en lo negro de mi boca.
 
Mas no es sueño lo que sueño.
Es un deseo de regresar a un lugar inexistente,
a un espacio de donde uno no ha partido.
 
Es la indigencia humana que busca luciérnagas dotadas de palabras.
Es la búsqueda del yo enterrado en la garganta.
La falta de plenitud en la que vivo,
el caer y levantarse día a día.
 
Los dioses son plenos por no ser dioses.
Los misterios son inexistentes.
En la nada no existe nada, ni tú ni yo ni nadie.
Solo la nada misma.
El silencio que flota en el silencio.
La oscuridad que brilla en la negrura.
 
El tiempo mismo lo sabe bien, y sin embargo, también pide lo que no tiene.

 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea

 


Genaro González Licea: vivo con mi voz atada al piso de mis propias palabras demolidas.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Vivo con la voz atada al piso de mis propias palabras demolidas.
La lluvia pisotea las hojas caídas del otoño.
El silencio arrastra mi silencio de piedra sepultada.
La sequedad de los estanques rasguña los ojos de las ranas,
ranas muertas de amor al saltar sobre el polvo perdido entre la nada.
 
Camino, camino en silencio con mi soledad a un lado.
Camino extraviado en una negra luz atada al tormento de mis pasos que me siguen.
El amanecer me mira sabiendo que no existo.
Mis recuerdos se van por la mañana como aroma de tierra humedecida.
 
El polvo entierra el eco de mis pasos.
El aire susurra mi muerte en mis oídos.
Vivo sin saber que vivo.
 
Sumergido en mí mismo el sol envejece arrinconado.
Veo a lo lejos el peso de la nada perderse entre la nada.
Es un viento indigente que envuelve la miseria de mi ser sin alas,
es el canto incompleto de un ruiseñor perdido en la pureza de su propio olvido.
 
El día se va entre los árboles,
entre un lirio escondido en una luz que se desploma.
 
Oigo ya mi latido flotar más allá del infinito.
El olor de mi muerte se irá entre los maizales y dormirá para siempre en la piel de su negrura.
 
Mi soledad será el silencio y el silencio mi eterna eternidad vacía.
 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea

 


Genaro González Licea: los indigentes son aquellos que miran sin los ojos.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Los indigentes son aquellos que miran sin los ojos.
Son quejido astillado en el olvido,
fantasmas enredados en las ramas,
oscuridad caída en la negrura.
 
Son recuerdo arrastrado en un relámpago perdido,
frío que despelleja la vida y lo vivido,
escarcha de luna que cubre el dolor de su abandono.
 
Los indigentes son hojas que cuelgan en un árbol olvidado,
olor de invierno en un cirio desolado,
en un viento desnudo como el agua,
como el seco manantial que llora en un cántaro escondido.
 
Son la muerte que sopla entre las ruinas,
astillas clavadas en la nada,
oración desdichada que olvida su voz cuando regresa.
 
Son cal que tapa el aroma de la orina,
el olor podrido de las manos,
la morada palabra doblada entre la lengua.
 
Los indigentes son palomas que tienen rotas las entrañas.
Negro silencio como la eterna soledad de los gusanos.
 
Nadie completa su vacío,
ni el agua del mar, ni el aire que salpica su agonía.
Son eterna humedad insatisfecha.
Ven el mundo con una luz que no es de nadie.
Es de ellos y de nadie más.
 

Del libro:
El silencio y la sombra de Genaro González Licea

 


Genaro González Licea: sin más compañía que los años idos.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Sin más compañía que los años idos,
a la intemperie de un invierno teñido con sangre de palomas,
veo el infinito perderse entre las ramas.
 
Nada me dice nada ya.
Escucho el respiro de las hojas.
Miro mi interior vacío, inacabado en sí mismo inacabado.
 
Una música de lejos me serena,
es triste como el desaliento de alguien que no encuentra lo perdido.
Es una oración de amor que arrulla con su aroma un nido de pájaros caídos.
 
Ya terminé de estar en este mundo.
He devuelto todo lo prestado, mas siempre deberé lo mucho que me dio mi yo desconocido.
 
Espero el amanecer.
 
Caminaré en el aliento de un aire marchitado.
 
Seré un silencio vacío,
una sombra en la sombra.
 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea

 


Genaro González Licea: zurcí mi dolor con las púas de mis dedos.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


Zurcí mi dolor con las púas de mis dedos.
Un hilo de caña lloró al recordar la herida.
 
Fui alguien que se fue sin conocerse, otro sin irse nunca,
y uno más que esperaba que viniera.
 
Fui un insaciable deseo entre las nubes,
una permanente sensación de estar vacío,
un ser indigente que murió perdido.
 
Busqué la plenitud de dioses y demonios,
mas ellos, como yo, desnudaron sus culpas con el humo de su hoguera,
su tormento aún se escucha cuando el viento se mece entre mis manos.
 
Viví en el desamparo, mi silencio se quedó bajo una piedra.
Un día me conocí sin conocerme,
morí de espalda y el viento acarició mi olvido.
 
Hoy, estoy aquí, al pie de un árbol,
y la sombra de un ahorcado me mira de reojo.
 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea 



Genaro González Licea: el silencio indigente asoma su dolor en la miseria.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz


El silencio indigente asoma su dolor en la miseria.
Mis pensamientos se van entre las hojas.
Camino sin sentido llevado por el viento.
 
El calor de mi sombra cubre lo frío de mi piel vacía.
Un recuerdo hecho pedazos reclama lo que nunca he sido.
 
Soy un indigente que duerme en el dolor de su presagio,
en un tiempo que engendra el cadáver donde vivo,
la miseria de un hombre sin entrañas,
la sombra de una rama que me mira.
 
He dejado de ser yo de la punta de la lengua al sueño de mis pies dormidos.
Descanso a cielo abierto en un rostro que no es mío,
o es tan mío que ya no sé si es aquel que un día me enterró entre el maíz y el barro,
o es este que muerde sin mí el amanecer dolido.
 
Un muerto se levanta rezándome al oído.
Estoy más allá del vacío, más allá del fondo de la nada.
Estoy donde el silencio se queda sepultado,
donde uno come brasas y masca su desdicha en el musgo del cascajo.
 
La indigencia es una herida interna que lleva a la desnudez de la miseria.
 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea 



Genaro González Licea: quiero ser este y el otro y aquel que ha dejado de ser yo.

 

Fotografía de Ingrid L. González Díaz

 

Quiero ser este y el otro y aquel que ha dejado de ser yo. 

Quiero quitarme esta sed de la memoria, 

esta sed invisible que me escurre por los ojos, 

esta insaciable soledad de estar vacío. 


Quiero desatar mi sombra de este tiempo que no existe,

de este naufragio que nos mira,

de esta ilusión que pisa lo que nunca se ha pisado. 

Desierto donde habita un ser sin sepultura,

la intimidad de la nada,

el silencio que en silencio muere.


Quiero que cese esta esperanza que me duele,

este deseo de caminar con mis pies amputados sobre el río,

esta oscura oscuridad donde la luz es negra,

y el mañana se entierra a sí mismo al recordar su nombre.


Quiero encontrar el sueño que no tengo,

la lengua que he perdido,

el día que se va y jamás regresará a morir conmigo.


Punza este viento indigente que cubre la miseria donde vivo.

Esta sequedad en mis entrañas donde una parte de mí se separa de los ojos.

 

Del libro:

El silencio y la sombra de Genaro González Licea