sábado, 18 de julio de 2020

HORACIO ESQUIVEL DUARTE, PINTOR ZACATECANO DE EXPRESIÓN ABSTRACTA E INTENSIDAD EN LOS COLORES


Genaro González Licea
Fotografía sin datar




A pesar de las espinas bajo mi piel,
Abracé los sueños que olvidé,
Y besé los recuerdos del ayer.

Lucía Esquivel Mercado,
del poema: sobre el tiempo.


Un acercamiento a su obra artística
Horacio Esquivel no es un pintor modesto ni de escasos recursos. Cuenta con esa personalidad artística que sólo se define en un espacio de libertad, en la expresión sin ataduras de los relieves y perspectivas de la vida y la naturaleza, en el lienzo, en la intimidad del trazo que despierta el color dormido, ausente a la vista de la sensibilidad común de las personas.

Es un pintor maduro que, contrario a lo que comúnmente acontece, aquilató su sensibilidad a través del tiempo. Persona madura ya, expresó en su obra artística su creatividad interior. Bocetos, acuarelas, oleos y su fotografía inconfundible lo comprueba. Con naturalidad y sin esfuerzo alguno las perspectivas y los relieves afloran de su pincel, en su composición artística. Me recuerda a Murillo. Se dice de él, Enrique Valdivieso para ser preciso, que fue hasta la madurez cuando su técnica fluyó “en el dibujo junto con una inmensa soltura en el manejo del pincel. Con estos perfeccionados recursos comenzó a plasmar bellas y armónicas figuras, de amable aspecto, que trascienden una vibrante y afectiva expresión espiritual”. 
En realidad yo diría que en Horacio la madurez artística ha sido su permanente compañera. Sus trazos articulados en el lienzo o en sus composiciones plásticas así lo indican. Es un acto de comunión, diálogo y lucha interna del artista que busca e intenta expresar su verdad verdadera. En él su mundo y creación artística, basto y complejo, surgió en el momento justo que debía de nacer, ni antes ni después. Se dio al articularse, en su interior único e irrepetible, su turbulencia compleja de forma y actitud de vida, historicidad y circunstancia. Fue en ese momento cuando un yo interior tomó el pincel para expresar su verdadero rostro en sombras grisáceas y colores densos. Calidad y pureza de una sensibilidad propia de aquel que sólo le ata su propia libertad. Los barcos, el desnudo morado, fantasmas en la mina, mina de edén, Zacatecas. Pueblo minero, por citar algunas obras, es más que elocuente. Agréguese, por supuesto, su excelente trabajo fotográfico que da cuenta de atardeceres, caminos, oleajes, el peso de la soledad del mar, rostros tejidos en el abandono, recreación de espacios, firmamentos, cántaros, lunas y soles. Todos ellos con un toque autónomo de creatividad y expresión estética. Vivacidad, brillo e intensidad de los colores, asoma, como firma, en su obra.
Sin embargo, hay algo más en su obra. En sus colores intensos a cualquier tipo de luz, en la luminosidad y resplandor de su creación artística, recoge el impresionante silencio de las sierras y llanos zacatecanos, de los campesinos que de su silencio viven. Colores serranos de maíz y pino, de tierra, piedra, agua y montaña. Rostros naturales de luz desnuda que muere y nace al atardecer. Se enrosca en la nada, en la soledad de un árbol, una sombra, un jarrón, un sombrero o un rebozo que cubre los colores de cañadas, ríos, matorrales e incluso del firmamento mismo y de las propias raíces de la tierra.
La sensibilidad de Horacio Esquivel está muy por encima de lo cotidiano. Cuenta con un lenguaje artístico propio de esos pintores que han adquirido una personalidad que les permite transitar, con libertad, múltiples horizontes de creación pictórica. La actividad creadora, diría Samuel Ramos, en su Filosofía de la vida artística, “no puede realizarse sino en un ambiente de libertad, que es, por consecuencia, una imperiosa condición para la existencia de la personalidad artística”. Admiro su amor a la naturaleza y su sinceridad para expresarla. Cualidades que para mí le proporcionan una peculiaridad estética a su arte y a la expresión de lo bello de ese arte. Le proporciona un toque mágico, único, inconfundible. Su sinceridad en la reconstrucción del objeto cobra evidencia en sí misma. En la perfección de sus trazos.
Es así como refuta a la naturaleza en aquella idea común referente a que los únicos trazos perfectos son aquellos que la propia naturaleza da, pues, la excepción se da cuando, como en el caso, él mismo se torna naturaleza. Dicho nuevamente en palabras de Samuel Ramos, “si hay una especie de actividad del espíritu en la que se puede decir que el objeto es creación del sujeto, esa actividad es el arte. Por eso no cabe admitir que el arte sea una mera imitación de la naturaleza”.
A todo esto, por supuesto, agréguese su trabajo, perseverancia y continua perfección técnica. Talleres en casa y fuera de ella. Admirable actitud de quien desde hace mucho sabe que no todo es sensibilidad en el arte. La técnica es un medio que permite materializar la actividad creadora. Trabajar, trabajar y trabajar, para llevar esa inspiración a la forma perfecta, diría Stefan Zweig, en los creadores. Pero, además, remarca, “la forma verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo, sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador”.
De ninguna manera soy la persona indicada para calificar la obra del artista. Empero, permítaseme decir que la pintura de Horacio que más que de él es ahora mía, de mis ojos, de mi alma en el lienzo reflejada. Es una pintura que observé por horas. Su especial densidad, transparencia, sequedad petrificada, quietud y soledad de un objeto abandonado en la inmensidad del mar, del tiempo, del espacio, del infinito mismo. Es un lienzo donde la libertad de la pincelada nace desde lo más escondido del interior del alma, para dormir por siempre, como muerto en tumba, en una intimidad tan nuestra, tan propia, que solamente uno sabe su existencia y, a veces, ni uno sabe.
Efectivamente, me refiero a El ancla. El ancla que sobrevive al tiempo, que desde una perspectiva parece que se hunde y, desde otra, parece que flota entre el azul del mar inmenso y la carne arenosa del espacio y del infinito. Es el ancla que todos tenemos en nuestro interior. Es una pintura que marca la plena expresión de un estilo propio, presente ya en los pescados, los barcos, el pez petrificado y mi pintura al óleo. Es un principio de estilo sin retorno. Expresión abstracta de ver el mundo, la vida, la muerte, la intimidad humana.
El ancla, es una pintura de aparente sencillez. La envuelve, como mortaja, la inmovilidad del mar o tal vez del universo, espacio seco, petrificado, denso como el silencio que deja el olvido. Sin embargo, al mismo tiempo, una tenue luminosidad acompaña su quietud, de la misma manera que pequeños azueles acompañan el oxidado color que deja el abandono del abandonado. Sí, para mí El ancla describe la quietud y la muerte. El objeto que ligeramente descansa en un espacio indeterminado.
El ancla ¿descansa o se hunde, o simplemente está ahí, estática, frente a nosotros?, ¿el barco se fue o solamente ella está en el abandono del objeto abandonado? La respuesta no la sé. Tal vez la sienta con mucha nitidez un día. Lo cierto por ahora, es que el ancla solitaria integrada al vacío es una fuente de reflexión, es una imagen de silencio que nos remite a la soledad de nosotros mismos.
Solamente uno en su interior más íntimo sabe lo que encierra el ancla. Es algo que nos pertenece, hiere y entristece verla. Tal vez porque nos recuerda lo que un día dejamos o nos dejó. El ancla es una expresión enigmática que encierra un deseo casi humano de agarrase a algo. Es una sensación que nos lleva a un lugar donde nos hemos perdido, algo que ya no es nuestro y aun así nos pertenece. Un recuerdo, tal vez, que nos lleva a nuestro inconsciente, a nuestro andar pasajero y frágil en esta tierra. Ancla firme y sólida en la arena movediza del infinito mar del infinito.
El silencio se impone y da paso a la obra de Horacio Esquivel Duarte. Sensibilidad que desde la luminosidad zacatecana acompañará, por siempre, la historia de la expresión del arte.

Lluvia y destello de colores
Yo vi la luz entre los blancos populares. /Mi infancia fue un rectángulo de cal fresca, de viva cal con mi alegre solitaria sombra. Quizá este verso de Rafael Alberti, bien nos pudiera permitir un mejor acercamiento a los múltiples colores que acompañan, como flotando, el claroscuro musical que estalla en el alma del pintor Horacio Esquivel Duarte, Esquivelho como me gusta llamarlo.
Horacio tiene ya un lugar en la plástica mexicana, ni duda cabe. En sus lienzos está él de cuerpo entero, su brisa solitaria que llora en las sombras de luz y de vacío, su estilo y expresión artística que une el dolor del viento, el amarillo envejecido del viento, y el profundo tornasol de un crepúsculo escondido.
Está su expresión abstracta y su estallido del tiempo, la lluvia envuelta en un hechizo de arcilla que todo lo cubre y lo ve, es una lluvia que duele, que lastima, como luz caída a plomo en un hirviente medio día, como un silencio verdoso perdido en la montaña. Está, en fin, el sollozo del silencio temblando en la neblina, el negro calloso de la piel del espíritu minero, el agua llorosa que escurre entre la sombra, la dulzura del venero donde duerme la nostalgia de la luna, el agave reluciente de estar sobre la tierra, el azul olvido que acaricia las pupilas de la muerte.
Esquivelho crece y seguirá creciendo con el tiempo. Cada día descubre nuevas expresiones para dejar constancia de la maleza interior en que vivimos y, a la vez, estamos enterrados. Su libertad de búsqueda no se detiene nunca. Día a día su misma creatividad le lleva a romper convencionalismos carentes de sentido y, en contrapartida, a fortalecer la esencia de su arte. Ese arte que le distingue e identifica en su persona y personalidad: su llovizna de ese gris azuloso que abraza el dolor de la existencia, su bruma triste y peregrina, su tempestad de tonos y matices de una esperanza jaspeada de mañana, su salpicado de colores vivos, vivaces, como el vértigo de un atardecer caído sobre el agua.
Todo en él se agiganta, igual que el corazón del viento, que el explosivo manantial de sus múltiples colores. Es posible decir que, entre otras razones, ello se debe a que, para él, el inicio es solo una revelación, algo que le dice que ahí es el punto de partida, el instante que jamás regresará. Después vendrá la soledad, el artista frente a su propia concepción creadora, y al final, como un todo mágico, expresivo, abstracto, el surgimiento de un arte de vanguardia caminando junto a él, es él y su búsqueda permanente, infatigable, de encontrar la expresión sublime de las cosas, de la naturaleza de las cosas, del mundo, de la época que le tocó vivir. El arte emana de ahí, para crear un nuevo arte, en el caso, abstracto, con la armonía y equilibrio de la forma, los tonos y matices de colores.
En Horacio, el de la gota de lluvia y salpicado de colores, existe esa cualidad de ver y sentir que su pintura refleja su vida y su camino, su actividad plástica creadora. Su técnica está en el alma y en el trabajo del pincel hasta agotarlo. Su explosión interna revive en sus manos, a veces cae como gotas de lluvia abrazando el firmamento, otras como estallido de volcán y un aire pintado de  ceniza. Es el caso de un mundo paralelo, modernidad oxidada, creador de huracanes, y un mundo naranja con destellos azules y amarillos.
Hay otras donde un mundo petrificado nos revive la conciencia, sea un salmón, un gigante, un girasol o un pez café arenoso sonriéndole a la muerte, y otras más, donde un claro remanso expresa el vaivén de los verdes pastizales, el silencio del silencio, la serenidad del vacío contemplando el amanecer del mar, la tranquilidad del río jugando con el río, la quietud del rocío humedeciendo la esperanza de las hojas, de la tierra, del despertar del infinito en los ojos de una piedra, muda, estoica, mirando de frente el paso de los años, la inexistencia del tiempo. Ahí están las medusas doradas, playa canela y sus olas que esperan llorar sobre la arena, ondas de la mar, el festín de las gaviotas, golondrinas volando, las pencas de maguey, el verde colibrí unido a la paz de las palomas, los conos de Santa Mónica, y los molinos de viento cubiertos de parvadas que juegan a huir al firmamento.
En su pincel se expone claramente que el arte no es una línea recta, un peldaño sobre otro, es, más bien, la expresión de realidades y circunstancia de la vida, es movimiento, arte en movimiento, personalidad creadora. Naturaleza y realidad respirando al ritmo del pintor, a veces en forma tranquila, a veces exaltada, otras gritando y reclamando el exilio en que vivimos, la crisis y descomposición que vivimos de bosques, mares y desiertos, por la agresión humana desmedida. En cualquier caso, respira, está en movimiento. Muestra el tiempo de su tiempo.
Esquivelho es un pintor alejado de lo estático y convencional, es propuesta en movimiento, ese ha sido, me parece, su permanente estilo, su estilo depurado con los años, su forma de ser y ver el mundo en permanente e inagotable movimiento, de acuerdo al ritmo que late por sus venas. En su pincel, la forma corrugada de una cueva, de una mina, de un peñasco, del mar o el infinito, no es algo que nos lleve a descifrar, sino una expresión que nos lleva a sentir en libertad.
Su pintura es una expresión de libertad y su fuerza está en su creatividad ilimitada, en la observación detallada del momento y en el trabajo constante mediante el cual expresa sus revelaciones, martirios, tristezas, alegrías, equilibrios y armonías en los colores, sabiendo que, en realidad, éstos son un asomo de la sensibilidad humana. La mezcla de colores al interior de cada quien, la creación de tantos tonos de azules como de rojos o amarillos, dependerá, según mi parecer, de las manos que miran el alma del artista, pero, sobre todas las cosas, del trabajo y dedicación artística que éste tenga.
Nuestro pintor, lo dice su obra, es un hombre de trabajo. Ha estudiado muy bien el claroscuro, los colores interminables de la luz y de la sombra. Ha descubierto el tono y la nitidez del blanco escondido en la cal que nos sepulta, el negro tembloroso que tiñe con carbón el precipicio, la alegría del blanco y negro jugando de la mano, su risa, su sueño, su cansancio y su bostezo. Con su trabajo y creación artística ha logrado el equilibrio y armonía en los colores, la unidad de éstos y un estilo inconfundible en sus expresiones plásticas, estilo que, como ya dije, es, además de una técnica muy suya, un estilo de vida, una forma de ver e interpretar el mundo.
Sus estallidos y gotas de lluvia lo dicen todo. Sus colores suaves de tristeza abrazando la luz del día, sus piedras empalmadas lamiendo sus heridas, sus peñascos y caminos dejados en el árido sollozo del desierto. La pintura, igual que la poesía y toda creación artística, es, hasta donde veo, el reflejo del alma de las cosas, del artista mismo. Es una forma cotidiana de vivir envuelta en un lenguaje mágico. La vivacidad del arte, de la poesía, se diría, radica en eso.
Por lo mismo, el arte, igual que la palabra, se apaga cuando deja de ambular por los ojos que nos miran, cuando lo encadenamos al significado de un instante, el instante de la revelación, del inicio, del verbo. Ese sería el principio, no el fin. El arte y la palabra son veneros permanentes, racimos de colores que no se acaban nunca, son significados del devenir del infinito en plena libertad, expresiones, unas veces agridulces, como el alma del mar y de las olas mirándose a lo lejos, otras, llenas de ilusión y esperanza como el canto de una aurora teñida de palomas, como el aire que ríe y llora en la montaña, en la selva que moja los aromas del silencio, el eco dejado por viento. En resumidas cuentas, a mi entender, el arte y la palabra son la expresión viva del entorno, espacio y circunstancia, y trabajo, mucho trabajo.
Lo expuesto, una y otra vez lo confirmo en la obra de Esquivelho, veo, por ejemplo, las luciérnagas, el azul profundo de la oscuridad cercana, siluetas de árboles vigilando el silencio de su propia sombra, y miles de luciérnagas flotando como estrellas a mitad del firmamento. Sí, la danza de las luciérnagas son ilusiones en el tiempo, espacios mágicos de alegrías y tristezas, de recuerdos que flotan e iluminan lo que somos. Veo también su serie de arrecifes y corales, el clarear del alba hundida sobre el agua, el dormir del día en el hueco transparente de las manos, el mirar del arrecife extendido sobre el agua, agua cristalina y salada como el riachuelo que llegó desde unos ojos tristes, a las entrañas donde nace el mar. Los arrecifes y corales son un lienzo de colores mirando el reflejo de la luna, sonidos que se mecen en el agua e iluminan lo negro de las olas. Somos nosotros que bebemos en sigilo un sorbo de agua, esperanzas que flotan en un sol que al tocar el arrecife ya no duerme.
Difícilmente alguien igualará sus destellos de colores, sus revelaciones de sueños de cobalto y oro esperanzado, su color grisáceo evaporado, sus gotas de agua abrazando la nostalgia de un crepúsculo callado, el misterio del tiempo herido con el tiempo. Su fuerza creativa logra expresiones estéticas que lloran. Ahí está el café amarillento del peñasco, la cantera sollozando por los poros, el paisaje agavero mirando en silencio su amargura. Está el eucalipto respirando en la ilusión de sus colores, el naranja dolido del desierto con manchones de un verde carcomido, la granada reventando la ilusión del infinito, los niños Coras jugando en el río, y el chamán, que somos todos, envuelto en raíces de colores, en sueños de un árbol que se mece, en cantos de un girasol petrificado con lo negro de la luna.
Esquivelho es una turbulencia de imaginación creativa. En él los colores resucitan. El rojo puntillado vuela y ríe con el violeta y el turquesa derretido. El púrpura limpia los ojos de un naranja ilusionado, y los grises rezan al ver lo blanco de una nube perdida en el vacío. En él las expresiones son ventanas de esperanza, socavones, sin fin, de raíces de nopal creciendo en un verde hermanado con el ocre reseco de las lajas. Son voz de arcilla embravecida, piel minera que grita corrugada, ríos desconocidos que corren, sin saberlo, en nuestras venas. Es única y peculiar su forma de contemplar el devenir de la naturaleza, su comportamiento caprichoso, celestial, que ilumina a la vida y a la tenue despedida de un sueño moribundo, o de una flor que nace en la verde madreselva de un suspiro y otra que se extingue como un pueblo en las piedras del camino.
A la revelación, le acompaña, disculpen repetirlo, el trabajo constante de buscar nuevas perspectivas y relieves, formas destellantes de pintar, técnicas y caminos que comulguen con su alma alegre y triste, como el espíritu de un río olvidado por el agua, como el bosque mordiendo el abandono. Su paleta y su pincel son la expresión de su turbulencia de miles de colores que estallan en sus manos. Secretos en él no hay, solo pinceladas que interrogan día a día el aliento de infinitas formas y colores enlazados. Su don artístico se complementa con trabajo y necesidad constante de pintar. Lo divino es insuficiente en la pintura, en la poesía, cuando a ello no se incorpora el trabajo constante y permanente de pintar, la observación del comportamiento de las cosas, de los cirios de la muerte, de la vida y lo vivido.
Recuerdo aquí una idea que Vincent van Gogh le expresa a su hermano Theo: “se piensa que pintar es un don; y bien, es un don pero no como se lo figuran. Hay que utilizar las manos y hay que tomarlo —en tomarlo consiste la dificultad— en lugar de esperar a que se manifieste por sí mismo. Hay algo en ello, pero seguramente no como se lo imaginan. Si aprendes trabajando, pintando te haces pintor”. Y en otra parte agrega: “tengo los ojos fatigados todavía; pero en fin, tenía una idea en la cabeza y éste es el croquis. Siempre tela de 30. Esta vez es simplemente mi dormitorio; sólo que el color debe predominar aquí, dando con su simplificación un estilo más grande a las cosas y llegar a sugerir el reposo o el sueño en general. En fin, con la vista del cuadro debe descansar la cabeza o más bien la imaginación”. Finalmente, la idea del trabajo, sea este cual fuere, y estar de cuerpo entero en él, van Gogh lo relata así a su hermano Theo: “¿sabes que espero, cada vez que me pongo a tener esperanzas? que la familia sea para ti lo que es para mí la naturaleza, los montones de tierra, la hierba, el trigo amarillo, el aldeano, es decir, que encuentres en tu amor por la gente, no solamente de qué trabajar sino de qué consolarte y rehacerte cuando haya necesidad. …La vida pasa así, el tiempo no vuelve, pero yo encarnizo en mi trabajo, a causa justamente de saber que las ocasiones de trabajar no se repiten”.
            Esto es, hasta donde alcanzo a comprender, el alma del pintor y la pintura, el arte como trabajo creador que expresa el equilibrio de las cosas, el don de ver y pintar la esencia viviente de las cosas. Esquivelho está ahí, su fuerza creativa está de cuerpo entero en su pintura, en su trabajo artístico de colores infinitos, en sus perspectivas y relieves que solo se asoman cuando se ama de verdad lo que se hace y en ello se vive cada instante. Lo digo una vez más, en el arte de Horacio está su esperanza de ser y transformarse, de rehacerse cada día. Está el amor de un trabajo que calma el torbellino interno que le rasga el alma y las arterias, está su huella, su armonía y su equilibrio, consigo mismo y con su entorno, viviente, dinámico, cambiante.
            Técnicas de infinidad de colores se rinden al torbellino pensante de sus manos. Acuarela, óleo, óleo sobre tela o sobre acrílico, acrílicos sobre papel, hojas doradas, plateadas o blancas, un lápiz, una paleta, un pincel, un caballete. Técnicas únicas o mixtas, técnicas que se sujetan a la creatividad del artista, a sus destellos de fuego, de lluvia cálida o gritando. Sería complicado efectuar aquí una descripción de la técnica utilizada en cada cuadro, no es la intención ahora, más bien es mostrar cómo se extiende ésta en sus lienzos, acuarelas y figuras que estallan en sus manos y, sobre todo, mostrar el lenguaje sublime generado, la huella de identidad lograda y la expresión a la cual nos remite la textura de su obra.
            En Esquivelho las luces nacen de la nada, del silencio mismo donde su propio resplandor camina. Pienso en némesis, en esa fuerza rojiza que se junta con un canto azuloso que no existe, con un suspiro de jade que se aleja en la negrura, con un mundo mágico, amarillento, que flota en el vientre de lo oscuro, en la nada que nos cubre con la nada. Mémesis es la rebelión del aquí y ahora, la búsqueda y el encuentro del instante de un mundo reluciente más allá del vacío del universo. Es su sueño en nuestro sueño, son las miles de figuras, blancas y doradas buscando, siempre buscando, la pureza del ser que somos o nos negamos ser.
En Horacio, el óleo sobre tela es un espacio donde ya no hay sepultura, es el firmamento caído en aguacero de gotas amarillas, azules o doradas. Festejo de lágrimas perdidas, sentimientos que se van y dejan encallado el peso del olvido, solo, tan solo como una barca, la barca del olvido. Es un espacio de libertad. Recuerdo aquí las velas y las balsas, la claridad de las velas y las balsas que duermen a la orilla del mar, entre las mansas olas que no vuelven y la arena que jamás conocerán. Al fondo el azul del firmamento y su tranquilo reflejo en la amplitud del mar, el horizonte que languidece entre un blanco que en silencio se evapora, y el frío grisáceo de una brisa que no cesa, pero todo es libertad, remanso de soledad, de soledad envuelta en libertad. La libertad interna que siempre le acompaña.
El óleo, el lienzo, la hoja en blanco o revestida de plata u oro, son los puntos de comunión donde la creatividad de nuestro pintor toca los límites del arte. Son espacios donde las figuras adquieren un sentido propio, están ahí, adheridas a la profundidad del tiempo, a la pureza azulosa del andar de su camino. Fue así, se diría, como encontró los gestos y ademanes de las piedras mineras y sus llorosos dorados incrustados, las hojas buscando la tumba de una rama sepultada, el agua humedeciendo el seco recuerdo de una llaga. Son sus ojos los que escuchan los colores y sonidos, los detalles, insisto, tan a la vista de todos y, sin embargo, nadie más que él los ve. Quizá de ahí su deseo y necesidad de pintar esas revelaciones muy suyas.
Ya parece que veo estallar los colores en sus manos, como un volcán deseoso de por siempre estar vacío. El blanco lo veo reposar igual que un niño, el verde sobre el viento y arenosos azules extendidos, surge así la mina de sal y de cobalto, después, por mencionar algunos: mina del bote, otoño, cantera zacatecana, azul profundo, granada, pila bautismal del siglo VI, tempestad en el desierto, el pez remo, y naturaleza que agoniza. Su imaginación es infinita, parecería que nace de una tierra mágica, de universos donde crecen pastizales y espinos escondidos. Así es el misterio de la creación envuelta en arte. Nada le detiene ya, ni el grito de la brisa, ni el suspiro de la piedra o el cenizo sollozo de una tarde que despide el resplandor del día.
En el mundo de Esquivelho los colores son un todo maniatado. La brisa y la neblina están en lo blanco del recuerdo y del olvido. El suspiro del azul redondea la perspectiva y el relieve, ilumina el contorno de lo blanco trenzado con lo negro de unos árboles clavados en una sombra que no existe. En él los colores son un canto imaginario, una hoguera extendida entre los dedos, un pincel doblegado en su lamento. Son sueños desbordados, naturaleza sedienta de encontrarse, latidos de un recuerdo violeta que se ha ido. En él los colores son reflejos que se asoman a lo lejos. El rojo cae mirándose en lo oscuro, el verde tiembla en los destellos amarillos bailando en la espesura.
Dentro de esta desnudez hay un azul olvido que llora si me mira, un vacío sembrado de luces y de sombras, un silencio deshecho entre los ojos, un rocío que descubre el calor que me cobija, una línea invisible que marca lo frágil de la muerte, un blanco suave y ligero que tiñe la nostalgia de las nubes, un abismo de múltiples raíces gritando en un vientre sepultado.
            Toda una turbulencia interna, una experiencia a lo largo del camino, todo está en su obra, y es ésta la única que ha instalado al pintor jerezano de la fuerza destellante de colores, en la historia de un arte contemporáneo que renace. Esquivelho y su actuación creadora traduciendo la fuerza que anida en las heridas, en los gritos y en los llantos, en las alegrías y en las tristezas de la vida, de la muerte, de la naturaleza y del tiempo, del estallido de la naturaleza y del tiempo, del mundo, del ser viviente y de las cosas.
Esquivelho, el gran traductor de ese todo complejo, inmenso, divino, misterioso y eterno, que crea sus propias composiciones de arte. Esquivelho, el de la sensibilidad creadora que descendió a las grietas del sueño, del silencio y de la nada, y trajo entre sus manos el verde turquesa que riega las montañas, el rojo naranja que tiñe el dolor del mar y el recuerdo poroso de las olas, el dulce claroscuro que brilla en el blanco calloso de las nubes, en la nostalgia amarillenta de las flores. Trajo el color ocre mineral que acompaña la vida y lo vivido y el purpura que reza el misterio grisáceo de la muerte. Trajo la voz de una naturaleza que agoniza, el azul olvido de una lluvia que nos mira y nos cobija.
Así, al invaluable venero de artistas zacatecanos que descendieron al claroscuro del lienzo, del papel o la palabra, para forjar esta conciencia y esta voz del arte que tenemos, se agrega, como peñasco hundido más allá del tiempo, del viento y la ladera, Horacio Esquivel Duarte con su estallido de colores y su llovizna permanente que nos mira y nos abraza. Esquivelho estará ahí, por siempre, para hundirnos en los destellos oscuros de luces y sombras en nosotros enterradas y, al mismo tiempo, para recordarnos, en fin, que la estética natural brota de las piedras, ríos y montañas, árboles, peñascos y del silencio de uno mismo que, se diría, tenemos olvidado.


Fotografía de Ingrid L. González Díaz

La primera parte de este escrito: un acercamiento a su obra artística, se publicó en el año 2014, 
en tanto que, la segunda, lluvia y destello de colores, en el año de 2020






OTTO RENÉ CASTILLO, UN CANTO DE ESPERANZA Y LIBERTAD

Genaro González Licea
Fotografía sin datar 


Me voy
pero no te preocupes
si antes del otoñó
no he vuelto todavía.

Otto René Castillo


Vámonos patria a caminar es, quizá, el poema más conocido de Otto René Castillo. Es un canto de libertad y comunión, es la esperanza del nuevo amanecer de un pueblo hundido en la pobreza. Es un canto amoroso y tierno a la selva, al campo verde, a la llanura seca, al obrero y a la gente que va “cargando la esperanza por los caminos del alba (…). La que marcha con un niño de maíz entre los brazos”. América Latina canta este poema en sus entrañas, es su casa y su cobijo, su silencio dormido en las montañas. Es, además, el sabor biográfico más puro de este poeta guatemalteco nacido en Quezaltenango el 25 de abril de 1936, revolucionario todo él, integrante de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en su país, responsable de educar en la línea de batalla. Fue capturado en Sierra de las Minas y, según las crónicas, torturado y quemado vivo en Zacapa, Guatemala, en marzo de 1967: “Vámonos patria a caminar, yo te acompaño. /Yo bajaré los abismos que me digas. /Yo beberé tus cálices amargos. /Yo me quedaré ciego para que tengas ojos. /Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. /Yo he de morir para que tú no mueras, para que emerja tu rostro flameando al horizonte / de cada flor que nazca de mis huesos”.
Después aparecieron los reconocimientos al guerrillero y al poeta, los “perdones” del Estado, la develación de bustos y estatuas, su nombre en alguna calle, escuela o concurso literario, el “caravaneo” en su natalicio y en su muerte, o cuando la patria, dado el caso, rebase el dolor de su tristeza. Qué bien que nuestro poeta sea recordado por su patria y la literatura en los cuatro puntos cardinales, sin embargo, eso no lo es todo, por ejemplo, cito las palabras de Patrice Castillo, hijo del poeta, en una entrevista que le hizo un periódico guatemalteco, Diario de Centro América, La Revista, No. 87, año II, abril de 2010, titulada: ”en cierta manera, me siento víctima del conflicto armado interno”, él dice, estimo que con justa razón, “hay que asumir la responsabilidad y cumplir las leyes en todos los casos, incluido el de mi papá. Por ejemplo, ahora que he estado en Zacapa, donde murió mi padre, hablando con la gente, me contaron que conocen cinco lugares donde hay personas enterradas, parientes suyos. Nadie se encarga de eso. Falta mucho que hacer y no importa los años que hayan pasado”.
Efectivamente, falta mucho por hacer, entre tanto, Otto René crece cada día más en la sangre subterránea de la gente. La pobreza, injusticia e indignación de miles de indígenas, obreros, campesinos y pueblos marginados, siguen rezando, en la clandestinidad, sus poemas, su canto de esperanza de vivir en libertad, su deseo y aliento de transitar con dignidad por estos llanos y caminos donde andamos. “Compañeros míos —nos dice en viudo de mundo, poemas, La Habana, Casas de las Américas—, yo cumplo mi papel luchando con lo mejor que tengo. Qué lástima que tuviera vida tan pequeña, para tragedia tan grande y para tanto trabajo. No me apena dejaros. Con vosotros queda mi esperanza”.
De ninguna manera es azaroso que su fuerza poética cada mañana se agigante, igual que su reclamo y compromiso social, su voz revolucionaria pegada en la piel de la vida cotidiana y en las letras de nuestro tiempo. Otto René está más vigente que nunca. No es y espero que nunca sea, el guerrillero, el poeta inmortalizado como fósil atrapado en una piedra y, con ello, un poeta que, por alguna razón, no se quiere que su sangre y su palabra corran más por el alma de la gente, o para mesurar las cosas, se quiere que fluyan de distinta manera: mansa y castradamente en los ríos de la historia.
Voces autorizadas, como la de Roque Daltón, Luis Cardoza y Aragón, y tantos y tantos poetas y escritores independientes, se han pronunciado ya sobre la expresión literaria y guerrillera del poeta (lo cual merece todo mi reconocimiento, pues a la obra conocida del poeta, está el sinnúmero de escritos que distribuyó en la clandestinidad y, todo indica, que ahí siguen) y, más aún, de su incuestionable significado en la lucha revolucionaria guatemalteca. Sobre esto último véanse los registros, entre otros, de las Fuerzas Armadas Rebeldes y la incorporación, por parte del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), del nombre del poeta en uno de sus frentes, el urbano, por supuesto, me refiero al Frente Guerrillero Otto René Castillo.
En lo personal, estas líneas son un abrazo de gratitud y respeto a Otto René Castillo, a él como persona, a su poesía cargada de esperanza y contenido social. Al margen de la diferencia que pueda tener por su forma de lucha, por su camino a seguir para frenar la desigualdad social y lograr espacios reales de libertad, temas centrales que le atormentaron de día y de noche, de él guardaré siempre, tanto su congruencia entre su forma de pensar y actuar en la vida diaria, lo cual, en la práctica, no se logra fácilmente, como su sencillez y calidad humana que acompaña, sin dobleces, la fuerza ética y moral de su palabra, de su poesía militante que aún perdura.
Poesía que se aleja del discurso poético del grito y del templete, de la evocación idealizada que no observa, en realidad, un cielo grisáceo colmado de imposibles. Con él entendí que en una sociedad tan concreta, como el pan de cada día, el poeta se debe preguntar sobre cuál debe ser su participación real, viable y contundente, en esa sociedad en la que vive. La poesía a la altura de las circunstancias, la poesía desde la realidad para la realidad. Nada fácil es hacer del tiempo y espacio un todo poético, una poesía militante: “Lo más hermoso /para los que han combatido /su vida entera, /es llegar al final y decir: /creíamos en el hombre y la vida /y la vida y el hombre /jamás nos defraudaron. /Así son ellos ganados para el pueblo. /Así surge la eternidad del ejemplo. /No porque combatieron una parte de su vida, /sino porque combatieron todos los días de su vida. /Sólo así llegan los hombres a ser hombres: /combatiendo día y noche por ser hombres. /Entonces, el pueblo abre sus ríos más hondos /y los mezcla para siempre con sus aguas. /Así son ellos, encendidas lejanías. /Por eso habitan hondamente el corazón del ejemplo”.
Agréguese a ello lo que hace poéticamente Otto René Castillo con esa congruencia y comportamiento revolucionario, con esa conciencia y sensibilidad social, con ese amor a su patria peregrina: “Mi patria camina /por el mundo. /Ella no ha vuelto /aún hasta su choza, /sus pasos roen la cresta /primitiva del planeta, /suelen caer desde el tiempo /sus pisadas sobre el agua, /por encima de lágrimas camina /en busca de sus hijos /la gran descalza peregrina”.
Su poesía cala hondo en todo aquel que se acerque a ella. Su fuerza poética está en su compromiso y conciencia social. Su palabra es sencilla, amorosamente humana y social por excelencia. En ella exhibe una conciencia libertaria, un amor a la vida, a la patria, a las personas que transitan por los valles y los campos, por las calles y los andamios de la vida para ganarse el pan del día. “Atados vamos /a la mañana /que viene /con un lucero /rojo /en los cabellos. /Nos duele /la vida presente, /pero nos gusta /lo dulce de sus ojos, /lo claro de su risa”.
Es la palabra de un ser humano herido por la injusticia y desigualdad social que impera en Guatemala, en Centroamérica, por mencionar la región del poeta, porque en realidad le atormentaba la desigualdad del mundo. El fusil más fuerte de Otro René Castillo era la pluma y visión de mundo que tenía, su poesía militante. Las manos rayadas por las púas del duro entrenamiento guerrillero, de ninguna manera son requisito indispensable para ser un verdadero y real revolucionario, muchos menos un poeta. Otto René fue, antes que nada y por sobre todas las cosas, un escritor, un poeta y dramaturgo, dentro y fuera del campo de batalla, que acudió a la guerrilla con su canto como instrumento de lucha.
Un canto que fue suyo y de nadie más. Un canto que nace del alma del pueblo para el pueblo. Es un acto de indignación por tanta inequidad social y la presencia inflexible del Estado. Él sabía muy bien que su papel en la lucha guerrillera era estar inmerso en ella con su tinta cargada de esperanza. Miles de sus escritos latieron por las selvas y las casas de campaña, eran de él y de nadie más. Él era el Antonino deseoso de luchar por los esclavos al lado de Espartaco, quién, él mismo expone en su poema, le dice: “enséñanos mejor tu canto, Antonino, luchar lo puede hacer cualquiera, pero nadie como tú, para hacer de las palabras las alondras azules que tanto necesitan aún nuestros hermanos. Antonino respondió: las aves de más dulce canto, Espartaco, defienden su libertad también con garras”. Y es así como Otto René, el poeta, subió a la montaña a defender su canto y congruencia consigo mismo, y ahí dormir, para siempre, como el más bello verano de aquel tiempo, que es nuestro tiempo ahora: “Estoy seguro. /Mañana, otros poetas buscarán /el amor y las  palabras dormidas /en la lluvia”.
Su voz ahora es nuestra, es la voz que busca la libertad perdida, el canto que recoge la sequedad del campo, el dolor del humillado jornalero, el amor de sí mismo al lado de su amada. Su poesía es una expresión amorosa que recoge la voz del humillado por una dictadura militar y el grupo social que la sostiene. Es la libertad del viento que ama el sonar del mar sin ataduras.
Otto René subió a la montaña para morir, y él lo sabía. Su poesía, sin embargo, como lo expresa Luis Cardoza y Aragón en su libro El río: novela de caballerías, “no vale por haber subido a la montaña y por su asesinato. Vale por sí misma. Obra de amor, de ira y de entusiasmo. Su pluma da razón al fusil. El fusil es su pluma desesperada de las palabras”. En él, por lo mismo, no hay ni habrá rostro melancólico, tampoco un icono que vende y vende su imagen sepultada al lado de un pueblo empobrecido. Otto René será por siempre un hombre sencillo, muy humano y amoroso, que caminará como sombra en nuestros pasos.
El punto final debería ser aquí, empero, hay un poema de Otto René Castillo, el gran estafado, en el cual, a mí parecer, se conjuga su sensibilidad y amor a la vida, a la mujer amada, a la tierra envuelta en lejanía, al exilio de uno mismo y a lo incompleto que somos como somos. Con algunos fragmentos de dicho poema, concluyo éste mi reconocimiento a su poesía: “Uno se pierde, /a veces, /en el fondo /de una mujer /y no vuelve /a encontrarse /jamás. /Uno se marcha /luego por el mundo /incompleto de sí, /completo solo de su silencio. /A veces, /en un bar, /tomando coñac /y oyendo /tristes blues, /se acerca alguien /que nos recuerda /a la mujer /donde nos hemos /perdido. /Y su compañía /nos deja más solos /que nunca. /(…)/Uno se sale /por la puerta de fondo, /porque se considera /el gran estafado, /cuando en realidad /solo se ha perdido /en el fondo complejo /de una mujer, /que ni siguiera /se ha ido, /sino que sólo /nos ha dejado marchar”.


Genaro González Licea
Fotografía sin datar  

Caloclica, Ciudad de México, octubre de 2019. 





lunes, 13 de enero de 2020

Genaro González Licea, en la presentación de "Las Caras del Amor" de Lucía Paola Esquivel Mercado


Teatro Hinojosa, Jerez, Zacatecas 
Fotografía sin datar 


Estoy muy contento de estar nuevamente con ustedes en este emblemático Teatro Hinojosa, y en este su muy propio ambiente jerezano, ahora con motivo de la presentación del poemario las caras del amor, de Lucía Paola Esquivel Mercado.

Le agradezco a la doctora Gema Mercado Sánchez, y al doctor José Enciso Contreras, el darme la oportunidad de acompañarles en esta presentación, y, por supuesto, a Lucía Paola por concederme el privilegio de elaborar la introducción de su poemario. 

Portada del libro: 
"Las Caras del Amor", de Lucía Paila Esquivel Mercado 
Fotografía sin datar

Pues bien. Refrendo aquí lo que ya he dicho por escrito: Lucía Paola Esquivel Mercado es una gran poeta. Tiene la semilla, el trabajo poético y la responsabilidad de ser poeta. Cualidades que se respiran día a día, al margen de otras actividades que lleve a cabo el poeta para ganarse el sustento de la vida.
Yo estoy muy agradecido con Lucía por permitirme aprender de su poemario, además, como dije, de permitirme dibujar unas ideas sobre el mismo. Las caras del amor es un libro repleto de sentimientos colmados de luz y de contrastes, de sensibilidad poética y agudeza reflexiva.
            El amor no es de ninguna manera un tema fácil y menos abordarlo en sus múltiples rostros que le forman. Es un tema intemporal, un sentimiento que depende mucho del tiempo en que se vive, del instante en que se tiene, Amor fraterno, metafísico, a uno mismo, al mundo, al otro que es otro porque es uno.
          Las caras del amor son muy complejas y nuestra poeta las aborda con impresionante sencillez y tino. En sus poemas queda claro que el amor consume, consume al otro en uno, se dispersa y multiplica en la vivacidad de un suspiro perdido en un instante sin fracturas racionales que le aten.
El amor, se podría decir, es irreal, metafísico, abstracto. Es un acto de fe, un creer que se nos ama y, al mismo tiempo, una certeza que nos dice que nosotros amamos lo que amamos. Creencia y certeza hacen la permanencia del misterio del amor, la flama, el suspiro que se enciende y se consume al mismo tiempo. Tal vez, por esta razón es posible afirmar, como lo hace don Carlos Castilla del Pino, que lo mejor del amor es su recuerdo. Tal vez, solo tal vez.
El complejo tema del amor. Sentimiento humano que encierra en sí mismo desamor. Amor y desamor nos esclavizan por igual. Y sin embargo, lo paradójico es, quizá, que solo el desapego, el desamor, es el hueco que nos da la posibilidad de buscar la libertad. La soledad es, por lo general, el precio.
Es cierto, quizá la soledad sea la expresión máxima de libertad, pero, por alguna razón que desconozco, la naturaleza del ser humano no es vivir en soledad, aislado del mundo, de sí mismo, del otro que por él existe.
Su naturaleza es sentir el amor y el desamor. El amor, esas cuatro letras que, como expresa Lucía, te “hacen sentir. /Luz infinita sin más que decir./ Te duele en el alma cuando te hace sufrir”.
De esta manera, es posible decir que el no vivir en soledad tiene su precio. “Somos castigados, diría en fuegos Margarita Yourcenar, por no haber podido quedarnos solos”, y agrega: “hay que amar mucho a una persona para arriesgarse a padecer. Tengo que amarte mucho para ser capaz de padecerte”.

Los efectos dolorosos del amor, de ese amoroso amor que, como lo expuse en la introducción del poemario que aquí se presenta, por lo general, hemos olvidado amar y Lucía nos recuerda desde el alma.

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar 





Genaro González Licea: Lo claroscuro del amor en la poesía de Lucía Paola Esquivel Mercado


Fotografía sin datar


Hoy, estoy acompañada de la noche,
quizá la belleza del cielo se impregne en mis versos.

Lucía Paola Esquivel Mercado
Las caras del amor


Mi pluma no tartamudea al escribir que Lucía Paola Esquivel Mercado es una gran poeta. La semilla está ahí, el trabajo poético, igual que el resplandor de la vida y los días sombríos que todos llegamos a tener, le espera, nos espera a todos en este camino lleno de girasoles, de contrastes de luces y de espinas y, por supuesto, de flaquezas, culpas y remordimientos humanos, amorosamente humanos.
Su talento y sensibilidad poética lo dio a conocer a muy temprana edad con “la mariposa mágica”, libro de cuentos y poemas que llevan a uno a sentir el aleteo del viento jugando con las hojas, el caer del agua entre las flores, la ternura de colores que alegran el llanto de la luna, la gracia de la noche, el silencio claroscuro del amor. El amor, decía entonces y lo repite ahora nuestra poeta, son cuatro letras. Cuatro letras “que hacen sentir. /Luz infinita sin más que decir. /Te duele en el alma cuando te hace sufrir/. Pero siempre perdonas, hay que admitir. /Sin él, no se puede vivir” y, sin embargo, el amor de ahora es distinto a aquél, tal vez, diría Neruda, “porque nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”.
El amor, los aromas y colores del amor, es el tema capital, entre otros, por supuesto, y de los cuales ya escribiré en su momento, que Lucía Paola teje y desteje con su canto en su maravilloso poemario “las caras del amor”. Tema amplio, complejo, inagotable, abordado entre tantos y tantos otros por Platón, Plutarco, San Agustín, Scheler, Stendhal, Nietzsche y Schopenhauer. Tema de mil aristas que ahora Esquivel Mercado nos recuerda con una voz suave, dulce y sencilla, pero, al mismo tiempo, firme y reflexiva, sorprendente y certera como un dardo.
Sabe perfectamente la importancia del amor en estos tiempos de sociedades frías y protocolarias, violentas, deshumanizadas y, en gran parte, enfermas de un espinoso individualismo clavado en las entrañas de todos los que aquí vivimos. El mundo derrumbándose sería el poema: “Tengo miedo a las miradas sin sueños, /a los hombres que les han robado el alma. /Los gritos de los niños inocentes, /que en lugar de vivir entre juegos, lo hacen entre armas”. Sí, el miedo se respira y, sin embargo, ni nuestra poeta ni nosotros claudicamos. Se tiene la libertad y en ella la palabra y la esperanza. Se tiene el don de amar, incluso, al propio miedo. “Existe la esperanza de recuperar la paz, lo dice Lucía Paola con voz fuerte, y que el amor y la alegría regresen a éste mundo que llamamos hogar”.
            Su voz nos alumbra y nos cobija. Nos deja a la intemperie mirando como pasa nuestro propio cadáver por un hueco de su escombro. Nos recuerda la fuerza del amor en todas sus aristas, entre ellas, el amoroso vaivén de lo que somos en la nada: “en cuestión de segundos/ el todo se vuelve nada; /se convierte en polvo”.
Su palabra nos recuerda “que la vida es un sueño” y amar no es otra cosa que un hermoso desafío, digamos, por ejemplo, ir “al cielo y al infierno el mismo día” o “sentir cosquillas al tomarse de las manos”. Mas en ese desafío la autora de las caras del amor, sabe muy bien que el amor, en forma paralela, encierra un posible desamor, el cual, por cierto, también es necesario y humano amar. Cobijar ese vacío agridulce y amoroso dolor de despedida que deja el que se va: “no seré yo quien lloré tu partida, /quien recuerde tus besos a medio día/ y por las noches gritando te maldiga”.
Los efectos dolorosos del amor, de ese amoroso amor que, por lo general, hemos olvidado amar y Lucía nos recuerda desde el alma: “te amé, juro que te amé, /con cada parte de mi ser”. El temple de quedar muy solo y hundido en desamparo, de llorar “en silencio/ tratando de perderme entre la niebla”. El valor de amar con dignidad la dignidad de lo que somos: “no quiero ser un cuadro de pintura/ que dejó de ser arte, porque nadie lo apreciaba. (…) /Quiero permanecer con mi esencia, /que solo eso baste para ser querida”, puntualiza, con aplomo, nuestra poeta. Ciertamente, hablar de amor y desamor es tan humano y tan complejo como hablar del devenir del tiempo.
Amar la doble cara del amor, me parece, nos asoma al amor pleno, a la comprensión de que dicha plenitud, cito a Lucía nuevamente, ya “no se trata de un príncipe azul/ ni de ser rescatada de torres o dragones”, sino simplemente del sentir sublime del instante del amor, el encuentro y desencuentro de un mirar que une y desune al mismo tiempo.
Antes y después de esa mirada lo que existió y existirá es un sinfín sin tiempo. El instante es hallazgo amoroso que perdura, es la pureza del amor, la pureza del instante que florece y florecerá siempre. “El corazón se alegra cuando estás cerca de mí. /Tus ojos reflejan los secretos de tu alma/ y me dicen a gritos que el amor es más grande que la distancia. /No importa cuán lejos estés o el tiempo que pasa, /nuestro amor siempre florece y nos roba las palabras”. La pureza del amor, en las propias palabras de Lucía, la pureza de ese instante que florece, que perdura.
El amor, a fin de cuentas, es un sentir que nos une y nos desune, es un sinfín de caras, de tonos y colores. Sentimientos que se mezclan en el alma, en el viento, en el vaivén de la vida y de la muerte. Amar es regresar a lo que fue, a lo que es, o tal vez a lo que nunca ha sido. La unión de ese instante son “las caras del amor”, la totalidad del ser y dejar de ser al mismo tiempo. La plenitud de los sentidos en el cosmos y en la tierra, en los rostros profundos del amor. Amor humano que se da sin intercambios ni ataduras. El amor por amor mismo.
Amar con la misma intensidad lo grato y lo ingrato del instante. Amar la belleza de una flor en su esplendor y en su declive. Amar por igual al indigente, a la pobreza y a la riqueza, al día soleado o grisáceo como un triste suspiro que ya no regresará. Amar con libertad y por igual, todos los instantes que encontramos al paso del camino. Las cosas que suceden, las cosas que uno propicia que sucedan, el trote mismo de los pasos que damos y no damos.

Las caras del amor” es una gran lección que nos recuerda la pureza y grandeza del amor: amar no es amar por separado, es amar lo grato y lo ingrato del amor, es amar las aristas infinitas del amor. La lección no es fácil, su cumplimiento menos. Se necesita una gran fuerza para lograrlo, y nuestra poeta ha demostrado, con creces, que la tiene. 

Genaro González Licea
Fotografía de Ivan Gómezcesar Hernández




domingo, 15 de diciembre de 2019

Genaro González Licea en el homenaje a Enrique González Rojo Arthur en el Palacio de Bellas Artes



Mi gratitud a todas y cada una de las personas que han hecho posible este merecidísimo homenaje al gran poeta y filósofo Enrique González Rojo Arthur, quien ha tolerado mis terquedades desde hace más de cuarenta años. 

Pues bien, sabedor que a nuestro poeta homenajeado le “repugna el panfleto, la vociferación al margen de la lira” y, por supuesto, el lenguaje de holanes y metafísico perfume, permítanme dar lectura a unas cuantas líneas que preparé para la ocasión.

fotografía sin datar

EL DEVENIR DEL TIEMPO EN LA POESÍA DE
ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO ARTHUR

Cuando caiga en la calle,
en la esquina de Furor y Emboscada,
se escuchará de mis labios:
mis hijos, se llegó el momento de su viejo.
Extiéndanme en el piso.
Para morir deben ponerme aquí bajo las sienes
la más mullida de las piedras
y arroparme con mis propios estertores.
Tomen mi báculo.
Guárdenlo en el mismo sitio
en que, dobladas y planchadas,
esconderán mis sonrisas
mi terquedad de siempre
y mis debilidades.
Rodeen después mi cuerpo.
Apresen mis manos.
De vez en cuando interroguen a mi pulso.
con las mandíbulas abiertas
los segundos homicidas
ciérrenme los ojos
y vean cómo lentamente
se me va despellejando el nombre.
Poema: Pronóstico de Enrique González Rojo Arthur

El devenir del tiempo y sus múltiples efectos en el ser y en la conciencia, es, me parece, la esencia, la flama, el latido y la semilla, que recorre la obra poética de Enrique González Rojo Arthur: “no es posible derramar dos veces el mismo lloro. Los ojos peregrinan, con el tiempo bajo el brazo”. Tampoco “vivir dos veces en la misma carne” y, mucho menos, “besar dos veces la misma boca”. “No es posible entrar dos veces en el mismo río” es el nombre del poema, que bien puede ser el nombre de todos sus poemas. 
Sí, para mí el devenir del tiempo es la constante que siempre acompaña a González Rojo. “El protagonista esencial de todos mis poemas /de todos”, nos remarca, “no es el ir desde un entusiasmo hasta un punto cualquiera y sus suburbios; no es el comprar con un pasaje la aniquilación vertiginosa del espacio /sino que es el devenir, /el paulatino derrumbamiento no sólo de la arena del reloj, /sino del reloj de arena. /El ser que es, desde siempre, un siendo. /El viajar en la carroza de lo efímero”.

El misterio que encierra el tiempo, el verbo como instante que estalla en la palabra, es un sublime manantial que día y noche le acompaña y, por lo mismo, el tiempo en él, igual que la nada, el infinito, y el vaivén del viento, en gran parte le pertenecen. Sin embargo, como gran humanista que es, les aseguro que a todos, en cada amanecer, nos envía “por correo de regalo alguna brisa”.

La obra poética y filosófica de Enrique González Rojo está construida en piedra. Lo mismo se puede decir de su actuar político, de su vocación docente y humanista y, por supuesto, de su gran compromiso con las personas que en la vida cotidiana buscan el pan de su existencia: obreros, campesinos, indígenas y, en general, con toda persona discriminada en esta sociedad donde el dinero es un lenguaje de prestigio, y la plusvalía “prohíbe caminar de puntitas para no despertar el canto de los gallos”.

Nuestro poeta escribe con esa fuerza que le da su propia historia, su integridad moral e intelectual de siempre, su congruencia de pensamiento y acto, su espíritu de libertad insobornable. Escribe desde los andamios cotidianos de la vida, desde la trinchera y con el puño en alto.

Su voz es un testimonio de voces clandestinas, de voces olvidadas que luchan sin ceder al ras del suelo. Es la voz y grito de la tinta, donde, permítanme citarlo, “cada gente /hace un mínimo cráneo con su mano /para poner en él /su incipiente conciencia proletaria”. Es el hechizo del silencio, donde sólo pueden “descubrirse /los puños en voz alta. /La manifestación que se diría /guardaba ya minutos de silencio /por las futuras víctimas. Recuerdo /Tlatelolco. Recuerdo /mis amigos y alumnos y recuerdo /el permanente mitin de sus tumbas”.

Ciertamente, González Rojo Arthur es un símbolo de lucha a quema ropa, cotidiana y permanente, de miles y miles de personas que se hablan de tú a tú con el arado, con las raíces de barro que nos unen, con las manos que sin dobleces nos hermanan. En este sentido, bien podemos decir que este merecidísimo reconocimiento es, por supuesto, a su amplia e intensa obra filosófica y literaria en general, pero, al mismo tiempo, es un reconocimiento al trabajo poético, social y cultural, que, desde una trinchera independiente, recorre los nervios de esta tierra, que es mi tierra.

Por estas y otras razones, puedo decir que nuestro escritor aquí homenajeado es, por una parte, altamente querido y respetado y, por otra, un incómodo poeta para aquellos sectores o comportamientos sociales donde nunca pasa nada.

Lógica reacción cuando en el escritor, como es el caso, no solamente hay creación literaria y conciencia social, sino también, todo un proyecto de vida, una militancia personal en las luchas democráticas y en las aguas incluyentes de los ríos. Lo cual se valora doblemente en estos tiempos, donde, se diría, la disidencia se ha perdido en las leyes del mercado, y la comodidad se ha dormido en las entrañas del olvido.

Se ha olvidado, quizá, elaborar un mínimo programa de vida, por ejemplo, el mismo Enrique nos diría: “concebir en la cuna nuestro primer proyecto /subversivo. /No dormir en la almohada (donde anidan los más tibios /ademanes maternos), /sino acurrucarnos en nuestro propio puño”, o bien, tomar decisiones y caminos, cosa que es “tan sencillo como esto”, cito nuevamente a Enrique, “vivir indignamente entre algodones /(que llegan al oído /para tapiar al yo, para dejarlo /sin nexos con el mundo), con la cuota de besos de la madre, /los hijos y la esposa, /con los pulmones llenos de incienso /de la gloría oficial, /o vivir dignamente en la tortura, /en la persecución, en la zozobra, /con la tinta azul cólera en la pluma”.

En él, como vemos, no impera ni el confort personal ni la pasividad del tiempo, ni las trampas del poder ni “la gloria envidiosa con su rabo y cuerno de ceniza”, como diría Luis Cernuda. Impera, filosófica y poéticamente, cuestiones que en él “no van por derroteros separados”, una lucha a brazo partido en contra de los moralismos y los mitos sin sustento que amasan la cultura de la culpa y el arrodillamiento de conciencias. “El entierro del ángel custodio” no es un pecado, es una piedra de toque para ver el mundo. Cito dos partes del poema: “Cuando cumplí dos lustros /dejé de musitar esas palabras /que se hallan de rodillas, /como primera piedra de algún templo; /comprendí que la fe no es otra cosa /que clavar en la tierra un espejismo, /para que nunca pueda evaporarse /al calor de los pies que traen consigo /la esperanza insolada”. Y agrega: “A partir de ese instante /no pude ya creer en otro mundo: /adentro de mi cráneo, los milagros /de Jesucristo fueron también crucificados; /y no entendí hasta entonces /que no hay en las obleas más deidades /que el envinado dios de la cajeta /o que el agua potable /es el agua bendita ciertamente”.

Llego, de esta manera, a un punto de la poética de Enrique González Rojo que aquí me interesa mencionar: su batalla por desatar los nudos internos que nos atan. Cada que leo y releo su poesía, me asombra la importancia y la forma poética de abordar los nudos internos que habitan en el ser humano: las culpas, los odios, los rencores. La represión emocional que nos domina. Su tema, todo indica, es este: sin libertad personal es mucho más difícil propiciar una libertad social. Nos recuerda así, que la conciencia más que individual es colectiva.

Aseveración que se confirma en su obra entera, por citar algunos textos, en “el libro de los pronombres”; “salir del laberinto”; “trincheras del espíritu”; “para deletrear el infinito”; “la larga marcha”; “por los siglos de los siglos”; y “El tercer Ulises o en cierto gris sentido y otros poemas”, entre esos otros poemas, por cierto, se encuentra “el hereje”, poema sin desperdicio alguno, escrito por Enrique en homenaje a Wilhelm Reich, y en el cual con un lenguaje sencillo y punzante, humorístico e irónico se diría también, aborda el aspecto sexual y el tema de la libertad de la persona, como pivote básico y primario que mueve y motiva al individuo como individuo que es, y como individuo en sociedad.

Cito tres partes del poema: “En un tiempo fui parte /de la fracción erótica/ del Partido Comunista. /Era un partido dentro del partido /como un ciego que se esconde en una gruta, /un águila en el águila del viento /o unos labios cerrados en mitad del camposanto. (…) Tras una fatigosa discusión, /se insistió en que debía retractarme /y que en el árbol de la noche triste de mi arrepentimiento /se ahorcaran mis palabras. (…) Yo hablaba /de que el enemigo principal/ era el sexo reprimido. (…) Sin perder los ideales, sin perderlos, /me sentí como Adán /cuando, expulsado, no pudo retener del paraíso /sino tan sólo el cuerpo /de su amada”.

Paralelamente a lo anterior, pero dentro de la misma lucha de motivar la libertad personal, está su construcción poética con la cual busca enfrentar esos “algodones que obstruyen la vivacidad del yo”. Construcción que nos lleva a la esencia de las cosas, a la reflexión de lo que somos, a la desmitificación de una visión de mundo que nos ata y esclaviza. De estos poemas, estimo que los contenidos en el texto “las huestes de Heráclito o astillas de infinito”, son los que mejor dan cuenta de ello.

Permítanme citar solamente algunos de sus rubros, los poemas me los llevo de tarea. Entre ellos está “la creencia y el bautismo”; “pasajes bíblicos y sentimentales”; “diez miradas a la fe”; “nueve poemas sobre el pecado”; “los diez mandamientos”, “un cielo con los pies de barro”; “penitencia y liberación”.

En los versos contenidos en cada uno de estos rubros, a prueba de lectura, impera el exhorto a que todos y cada uno de nosotros propicie la crítica y autocrítica, la búsqueda, el encuentro y desencuentro de nosotros mismos. En particular les dice a los poetas: “El poeta no crece cuando calla (…) Es grande/ cuando desde su pluma /(punto en que se acurruca el universo) /se pone a deletrear sus terquedades, /se encarama en los zancos de sus ojos, /tiene con el mundo un intercambio de palabras mayores, /entrevista al ser, /marca el número telefónico de la nada, /hace la radiografía del absoluto, /es cronista /de la lucha cuerpo a cuerpo /de Dios y la materia”.

Por su parte, a los lectores, les dice claramente: “mis poemas/ —aquí, lector, donde te brindo/ metáforas para armar y desarmar— /son únicamente, lo confieso, /las sagradas escrituras/ de la nada”.

Y a todos en general, nos deja las siguientes palabras de terapia, precisamente, para curar la superstición: “resulta apropiado, /además de los jarabes, /las cápsulas y las fricciones, /indicadas por el médico, /leer tres veces al día, /antes de cada comida, (uno de los poemas /de las Huestes de Heráclito /sin dejar, sobre todo, /de ingerir la pastilla /de su punto final”.

Su poesía es una cátedra al alcance de todos, es palabra envuelta en libertad y puesta en movimiento. Es una creación literaria muy propia, muy de él y de nadie más. Hay que decirlo: con su herejía y búsqueda de lugares inéditos, con su gusto y necesidad de pensar con imaginación, ha renovado el lenguaje poético, ha creado, con su propio tono, “una gramática iracunda”.

En ella, la metáfora e imagen poética nos toma por asalto, nos sorprende su fusión mágica con la realidad cotidiana que es de todos y, más aún, nos sorprende la transformación poética que sufren, el hallazgo al que nos llevan. Unos ejemplos, de los tantos y tantos que hay en su obra, serían: “a la sombra del milagro”; “me hallo en un corazón /sin salida”; “Zapatero /a tus poemas”; “no sustraerás de la bolsa ajena tu pecado”; “en las fosas nasales empezaron a germinar florecillas silvestres”; y, ”digámoslo: Penélope no se queda en casa. /No permanece aquí para cuidar la hortaliza. /Para lavar la cara sucia de los pepinos, /peinar a los elotes, plancharle a las lechugas /los puños y los cuellos”.

En su “gramática iracunda”, da terapia a las palabras “sumisas y medrosas, apacibles y apoltronadas en su conformismo. Verbos hincados de rodillas. Adjetivos de cerviz doblegada. Oraciones que nunca han ido a gritar al Zócalo hasta sentir todas sus letras enronquecidas”. Su gramática es muy propia, muy de su creación poética e insobornable convicción y forma de ser en este mundo. Su gramática no tiene nada que ver con “las gramáticas de las costumbres, sensatas y tranquilas, sin rugidos ni estridencias”. Como señala el mismo Enrique: “el que esto escribe ha preferido olfatear otros rumbos e internarse en diferentes caminos. Me repugna el panfleto, la vociferación al margen de la lira; pero me atrae la barricada y sueño firmar con sangre un convenio de pólvora con mis hermanos. Mi gramática es una gramática iracunda que no las trae todas consigo, que saborea su mal sabor de boca y se halla dedicada a masticar su rechinar de dientes”.

El compromiso que asume la poesía de Enrique González Rojo es más que evidente. Su obra poética es de una creatividad y compromiso permanente, es nueva y novedosa cada que uno acude a ella. Es una gran lección que, como toda gran lección, nos marca, nos hunde y nos sacude al sentir los gestos de dolor que encierran las palabras.

Su forma de decir las cosas, su “gramática iracunda”, nos dejan desnudos y enroscados en nuestras propias entrañas, en nuestro propio subconsciente de recuerdos y olvidos. Su lenguaje poético lastima, sacude e interioriza en las grietas o fracturas que tenemos, son espinas que se clavan en la conciencia y en los poros de un sinfín de culpas que cargamos. Su metáfora nos asoma a nosotros mismos, nos permite vernos tal como somos, sin máscaras ni dobleces, y reencontrar las llagas internas que ocultamos. Nos remite ir al fondo de un abismo donde escondemos varias cosas que no queremos o podemos decir. 

Sí, hay que decirlo, su poesía nos instala en esa reflexión que duele, que confronta la pequeñez de lo que somos. Al leerle, por lo mismo, sugiero ponerse guantes y armarse de valor hasta los dientes y, de esta manera, seguir al pie de letra el principio por él mismo dictado: “a medida que avanzo /les van saliendo púas /a mis versos. /Ven lector, toma tus guantes”.

Leer a González Rojo es iniciar un encuentro, reencuentro y desencuentro con uno mismo y con el otro, es tallarse los ojos hasta llorar el alma. Mirar el nudo ciego de los mitos y creencias que nos atan, la cultura de la violencia con la cual nos llenan las pupilas, el crimen de la clonación mental para hacer de todos uno solo, irreflexivo, autómata, sumiso en la voz y en la palabra. Su poema: “apuntes para la biografía de mi musa o mi humilde aportación al bicentenario”, es más que elocuente. En él se dice a sí mismo, nos dice a todos: “¿Qué haces /cuando tu patria, deshilachada y doliente, /crucificada en sí misma, /clama por sus poetas; /cuando los medios, /secuestrados por la parte más negra de la noche, /arrojan por horas y más horas carretadas de basura /hacia la gente?”. La musa de cada quien, su musa, exaltada le grita y nos grita: “es el momento /de que los poetas ganen la calle, /se metan en los ojos de la gente, /sacudan toda mano apoltronada /en su propia indolencia; /la hora de llevar al cadalso /la indiferencia narcisista /que los ata / de manos y de pies a su soberbia”.

Leerle, es tener la posibilidad de construir nuestra propia voz y vida en el camino, escuchar cómo late y fluye el tiempo en nuestros pasos, cómo ocurre la credulidad, dicha ésta por su propia tinta en las confidencias de un árbol: “¡Qué derrumbe!/ ¡Qué aguacero de dioses!/ ¡Qué lodazal formado/ con el agua iracunda/ del Diluvio!/ ¡Qué cielo/ con los pies de barro!”.

Su obra poética es tan inmensa como su tarea de deletrear el infinito. Cualquier persona o escritor, sabe reconocer en él su integridad humana y el peso de su obra que es toda ella hereje, optimista, esperanzadora y libertaria. En lo particular solo intenté asomarme un poco al devenir del tiempo, y retomar, con imprudencia, algunas cosas, como esta que nos recuerda que, cito una parte de su poema “los olvidos”: “La mente se desanda, /camina a contrapelo del gerundio, /reconstruye la carne desde el molde /de las huellas, /busca el olor a vida/ en la carroña de la remembranza”.

Genaro González Licea
Caloclica, Ciudad de México, diciembre de 2019.


Genaro González Licea
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