lunes, 13 de enero de 2020

Genaro González Licea, en la presentación de "Las Caras del Amor" de Lucía Paola Esquivel Mercado


Teatro Hinojosa, Jerez, Zacatecas 
Fotografía sin datar 


Estoy muy contento de estar nuevamente con ustedes en este emblemático Teatro Hinojosa, y en este su muy propio ambiente jerezano, ahora con motivo de la presentación del poemario las caras del amor, de Lucía Paola Esquivel Mercado.

Le agradezco a la doctora Gema Mercado Sánchez, y al doctor José Enciso Contreras, el darme la oportunidad de acompañarles en esta presentación, y, por supuesto, a Lucía Paola por concederme el privilegio de elaborar la introducción de su poemario. 

Portada del libro: 
"Las Caras del Amor", de Lucía Paila Esquivel Mercado 
Fotografía sin datar

Pues bien. Refrendo aquí lo que ya he dicho por escrito: Lucía Paola Esquivel Mercado es una gran poeta. Tiene la semilla, el trabajo poético y la responsabilidad de ser poeta. Cualidades que se respiran día a día, al margen de otras actividades que lleve a cabo el poeta para ganarse el sustento de la vida.
Yo estoy muy agradecido con Lucía por permitirme aprender de su poemario, además, como dije, de permitirme dibujar unas ideas sobre el mismo. Las caras del amor es un libro repleto de sentimientos colmados de luz y de contrastes, de sensibilidad poética y agudeza reflexiva.
            El amor no es de ninguna manera un tema fácil y menos abordarlo en sus múltiples rostros que le forman. Es un tema intemporal, un sentimiento que depende mucho del tiempo en que se vive, del instante en que se tiene, Amor fraterno, metafísico, a uno mismo, al mundo, al otro que es otro porque es uno.
          Las caras del amor son muy complejas y nuestra poeta las aborda con impresionante sencillez y tino. En sus poemas queda claro que el amor consume, consume al otro en uno, se dispersa y multiplica en la vivacidad de un suspiro perdido en un instante sin fracturas racionales que le aten.
El amor, se podría decir, es irreal, metafísico, abstracto. Es un acto de fe, un creer que se nos ama y, al mismo tiempo, una certeza que nos dice que nosotros amamos lo que amamos. Creencia y certeza hacen la permanencia del misterio del amor, la flama, el suspiro que se enciende y se consume al mismo tiempo. Tal vez, por esta razón es posible afirmar, como lo hace don Carlos Castilla del Pino, que lo mejor del amor es su recuerdo. Tal vez, solo tal vez.
El complejo tema del amor. Sentimiento humano que encierra en sí mismo desamor. Amor y desamor nos esclavizan por igual. Y sin embargo, lo paradójico es, quizá, que solo el desapego, el desamor, es el hueco que nos da la posibilidad de buscar la libertad. La soledad es, por lo general, el precio.
Es cierto, quizá la soledad sea la expresión máxima de libertad, pero, por alguna razón que desconozco, la naturaleza del ser humano no es vivir en soledad, aislado del mundo, de sí mismo, del otro que por él existe.
Su naturaleza es sentir el amor y el desamor. El amor, esas cuatro letras que, como expresa Lucía, te “hacen sentir. /Luz infinita sin más que decir./ Te duele en el alma cuando te hace sufrir”.
De esta manera, es posible decir que el no vivir en soledad tiene su precio. “Somos castigados, diría en fuegos Margarita Yourcenar, por no haber podido quedarnos solos”, y agrega: “hay que amar mucho a una persona para arriesgarse a padecer. Tengo que amarte mucho para ser capaz de padecerte”.

Los efectos dolorosos del amor, de ese amoroso amor que, como lo expuse en la introducción del poemario que aquí se presenta, por lo general, hemos olvidado amar y Lucía nos recuerda desde el alma.

Genaro González Licea 
Fotografía sin datar 





Genaro González Licea: Lo claroscuro del amor en la poesía de Lucía Paola Esquivel Mercado


Fotografía sin datar


Hoy, estoy acompañada de la noche,
quizá la belleza del cielo se impregne en mis versos.

Lucía Paola Esquivel Mercado
Las caras del amor


Mi pluma no tartamudea al escribir que Lucía Paola Esquivel Mercado es una gran poeta. La semilla está ahí, el trabajo poético, igual que el resplandor de la vida y los días sombríos que todos llegamos a tener, le espera, nos espera a todos en este camino lleno de girasoles, de contrastes de luces y de espinas y, por supuesto, de flaquezas, culpas y remordimientos humanos, amorosamente humanos.
Su talento y sensibilidad poética lo dio a conocer a muy temprana edad con “la mariposa mágica”, libro de cuentos y poemas que llevan a uno a sentir el aleteo del viento jugando con las hojas, el caer del agua entre las flores, la ternura de colores que alegran el llanto de la luna, la gracia de la noche, el silencio claroscuro del amor. El amor, decía entonces y lo repite ahora nuestra poeta, son cuatro letras. Cuatro letras “que hacen sentir. /Luz infinita sin más que decir. /Te duele en el alma cuando te hace sufrir/. Pero siempre perdonas, hay que admitir. /Sin él, no se puede vivir” y, sin embargo, el amor de ahora es distinto a aquél, tal vez, diría Neruda, “porque nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”.
El amor, los aromas y colores del amor, es el tema capital, entre otros, por supuesto, y de los cuales ya escribiré en su momento, que Lucía Paola teje y desteje con su canto en su maravilloso poemario “las caras del amor”. Tema amplio, complejo, inagotable, abordado entre tantos y tantos otros por Platón, Plutarco, San Agustín, Scheler, Stendhal, Nietzsche y Schopenhauer. Tema de mil aristas que ahora Esquivel Mercado nos recuerda con una voz suave, dulce y sencilla, pero, al mismo tiempo, firme y reflexiva, sorprendente y certera como un dardo.
Sabe perfectamente la importancia del amor en estos tiempos de sociedades frías y protocolarias, violentas, deshumanizadas y, en gran parte, enfermas de un espinoso individualismo clavado en las entrañas de todos los que aquí vivimos. El mundo derrumbándose sería el poema: “Tengo miedo a las miradas sin sueños, /a los hombres que les han robado el alma. /Los gritos de los niños inocentes, /que en lugar de vivir entre juegos, lo hacen entre armas”. Sí, el miedo se respira y, sin embargo, ni nuestra poeta ni nosotros claudicamos. Se tiene la libertad y en ella la palabra y la esperanza. Se tiene el don de amar, incluso, al propio miedo. “Existe la esperanza de recuperar la paz, lo dice Lucía Paola con voz fuerte, y que el amor y la alegría regresen a éste mundo que llamamos hogar”.
            Su voz nos alumbra y nos cobija. Nos deja a la intemperie mirando como pasa nuestro propio cadáver por un hueco de su escombro. Nos recuerda la fuerza del amor en todas sus aristas, entre ellas, el amoroso vaivén de lo que somos en la nada: “en cuestión de segundos/ el todo se vuelve nada; /se convierte en polvo”.
Su palabra nos recuerda “que la vida es un sueño” y amar no es otra cosa que un hermoso desafío, digamos, por ejemplo, ir “al cielo y al infierno el mismo día” o “sentir cosquillas al tomarse de las manos”. Mas en ese desafío la autora de las caras del amor, sabe muy bien que el amor, en forma paralela, encierra un posible desamor, el cual, por cierto, también es necesario y humano amar. Cobijar ese vacío agridulce y amoroso dolor de despedida que deja el que se va: “no seré yo quien lloré tu partida, /quien recuerde tus besos a medio día/ y por las noches gritando te maldiga”.
Los efectos dolorosos del amor, de ese amoroso amor que, por lo general, hemos olvidado amar y Lucía nos recuerda desde el alma: “te amé, juro que te amé, /con cada parte de mi ser”. El temple de quedar muy solo y hundido en desamparo, de llorar “en silencio/ tratando de perderme entre la niebla”. El valor de amar con dignidad la dignidad de lo que somos: “no quiero ser un cuadro de pintura/ que dejó de ser arte, porque nadie lo apreciaba. (…) /Quiero permanecer con mi esencia, /que solo eso baste para ser querida”, puntualiza, con aplomo, nuestra poeta. Ciertamente, hablar de amor y desamor es tan humano y tan complejo como hablar del devenir del tiempo.
Amar la doble cara del amor, me parece, nos asoma al amor pleno, a la comprensión de que dicha plenitud, cito a Lucía nuevamente, ya “no se trata de un príncipe azul/ ni de ser rescatada de torres o dragones”, sino simplemente del sentir sublime del instante del amor, el encuentro y desencuentro de un mirar que une y desune al mismo tiempo.
Antes y después de esa mirada lo que existió y existirá es un sinfín sin tiempo. El instante es hallazgo amoroso que perdura, es la pureza del amor, la pureza del instante que florece y florecerá siempre. “El corazón se alegra cuando estás cerca de mí. /Tus ojos reflejan los secretos de tu alma/ y me dicen a gritos que el amor es más grande que la distancia. /No importa cuán lejos estés o el tiempo que pasa, /nuestro amor siempre florece y nos roba las palabras”. La pureza del amor, en las propias palabras de Lucía, la pureza de ese instante que florece, que perdura.
El amor, a fin de cuentas, es un sentir que nos une y nos desune, es un sinfín de caras, de tonos y colores. Sentimientos que se mezclan en el alma, en el viento, en el vaivén de la vida y de la muerte. Amar es regresar a lo que fue, a lo que es, o tal vez a lo que nunca ha sido. La unión de ese instante son “las caras del amor”, la totalidad del ser y dejar de ser al mismo tiempo. La plenitud de los sentidos en el cosmos y en la tierra, en los rostros profundos del amor. Amor humano que se da sin intercambios ni ataduras. El amor por amor mismo.
Amar con la misma intensidad lo grato y lo ingrato del instante. Amar la belleza de una flor en su esplendor y en su declive. Amar por igual al indigente, a la pobreza y a la riqueza, al día soleado o grisáceo como un triste suspiro que ya no regresará. Amar con libertad y por igual, todos los instantes que encontramos al paso del camino. Las cosas que suceden, las cosas que uno propicia que sucedan, el trote mismo de los pasos que damos y no damos.

Las caras del amor” es una gran lección que nos recuerda la pureza y grandeza del amor: amar no es amar por separado, es amar lo grato y lo ingrato del amor, es amar las aristas infinitas del amor. La lección no es fácil, su cumplimiento menos. Se necesita una gran fuerza para lograrlo, y nuestra poeta ha demostrado, con creces, que la tiene. 

Genaro González Licea
Fotografía de Ivan Gómezcesar Hernández




domingo, 15 de diciembre de 2019

Genaro González Licea en el homenaje a Enrique González Rojo Arthur en el Palacio de Bellas Artes



Mi gratitud a todas y cada una de las personas que han hecho posible este merecidísimo homenaje al gran poeta y filósofo Enrique González Rojo Arthur, quien ha tolerado mis terquedades desde hace más de cuarenta años. 

Pues bien, sabedor que a nuestro poeta homenajeado le “repugna el panfleto, la vociferación al margen de la lira” y, por supuesto, el lenguaje de holanes y metafísico perfume, permítanme dar lectura a unas cuantas líneas que preparé para la ocasión.

fotografía sin datar

EL DEVENIR DEL TIEMPO EN LA POESÍA DE
ENRIQUE GONZÁLEZ ROJO ARTHUR

Cuando caiga en la calle,
en la esquina de Furor y Emboscada,
se escuchará de mis labios:
mis hijos, se llegó el momento de su viejo.
Extiéndanme en el piso.
Para morir deben ponerme aquí bajo las sienes
la más mullida de las piedras
y arroparme con mis propios estertores.
Tomen mi báculo.
Guárdenlo en el mismo sitio
en que, dobladas y planchadas,
esconderán mis sonrisas
mi terquedad de siempre
y mis debilidades.
Rodeen después mi cuerpo.
Apresen mis manos.
De vez en cuando interroguen a mi pulso.
con las mandíbulas abiertas
los segundos homicidas
ciérrenme los ojos
y vean cómo lentamente
se me va despellejando el nombre.
Poema: Pronóstico de Enrique González Rojo Arthur

El devenir del tiempo y sus múltiples efectos en el ser y en la conciencia, es, me parece, la esencia, la flama, el latido y la semilla, que recorre la obra poética de Enrique González Rojo Arthur: “no es posible derramar dos veces el mismo lloro. Los ojos peregrinan, con el tiempo bajo el brazo”. Tampoco “vivir dos veces en la misma carne” y, mucho menos, “besar dos veces la misma boca”. “No es posible entrar dos veces en el mismo río” es el nombre del poema, que bien puede ser el nombre de todos sus poemas. 
Sí, para mí el devenir del tiempo es la constante que siempre acompaña a González Rojo. “El protagonista esencial de todos mis poemas /de todos”, nos remarca, “no es el ir desde un entusiasmo hasta un punto cualquiera y sus suburbios; no es el comprar con un pasaje la aniquilación vertiginosa del espacio /sino que es el devenir, /el paulatino derrumbamiento no sólo de la arena del reloj, /sino del reloj de arena. /El ser que es, desde siempre, un siendo. /El viajar en la carroza de lo efímero”.

El misterio que encierra el tiempo, el verbo como instante que estalla en la palabra, es un sublime manantial que día y noche le acompaña y, por lo mismo, el tiempo en él, igual que la nada, el infinito, y el vaivén del viento, en gran parte le pertenecen. Sin embargo, como gran humanista que es, les aseguro que a todos, en cada amanecer, nos envía “por correo de regalo alguna brisa”.

La obra poética y filosófica de Enrique González Rojo está construida en piedra. Lo mismo se puede decir de su actuar político, de su vocación docente y humanista y, por supuesto, de su gran compromiso con las personas que en la vida cotidiana buscan el pan de su existencia: obreros, campesinos, indígenas y, en general, con toda persona discriminada en esta sociedad donde el dinero es un lenguaje de prestigio, y la plusvalía “prohíbe caminar de puntitas para no despertar el canto de los gallos”.

Nuestro poeta escribe con esa fuerza que le da su propia historia, su integridad moral e intelectual de siempre, su congruencia de pensamiento y acto, su espíritu de libertad insobornable. Escribe desde los andamios cotidianos de la vida, desde la trinchera y con el puño en alto.

Su voz es un testimonio de voces clandestinas, de voces olvidadas que luchan sin ceder al ras del suelo. Es la voz y grito de la tinta, donde, permítanme citarlo, “cada gente /hace un mínimo cráneo con su mano /para poner en él /su incipiente conciencia proletaria”. Es el hechizo del silencio, donde sólo pueden “descubrirse /los puños en voz alta. /La manifestación que se diría /guardaba ya minutos de silencio /por las futuras víctimas. Recuerdo /Tlatelolco. Recuerdo /mis amigos y alumnos y recuerdo /el permanente mitin de sus tumbas”.

Ciertamente, González Rojo Arthur es un símbolo de lucha a quema ropa, cotidiana y permanente, de miles y miles de personas que se hablan de tú a tú con el arado, con las raíces de barro que nos unen, con las manos que sin dobleces nos hermanan. En este sentido, bien podemos decir que este merecidísimo reconocimiento es, por supuesto, a su amplia e intensa obra filosófica y literaria en general, pero, al mismo tiempo, es un reconocimiento al trabajo poético, social y cultural, que, desde una trinchera independiente, recorre los nervios de esta tierra, que es mi tierra.

Por estas y otras razones, puedo decir que nuestro escritor aquí homenajeado es, por una parte, altamente querido y respetado y, por otra, un incómodo poeta para aquellos sectores o comportamientos sociales donde nunca pasa nada.

Lógica reacción cuando en el escritor, como es el caso, no solamente hay creación literaria y conciencia social, sino también, todo un proyecto de vida, una militancia personal en las luchas democráticas y en las aguas incluyentes de los ríos. Lo cual se valora doblemente en estos tiempos, donde, se diría, la disidencia se ha perdido en las leyes del mercado, y la comodidad se ha dormido en las entrañas del olvido.

Se ha olvidado, quizá, elaborar un mínimo programa de vida, por ejemplo, el mismo Enrique nos diría: “concebir en la cuna nuestro primer proyecto /subversivo. /No dormir en la almohada (donde anidan los más tibios /ademanes maternos), /sino acurrucarnos en nuestro propio puño”, o bien, tomar decisiones y caminos, cosa que es “tan sencillo como esto”, cito nuevamente a Enrique, “vivir indignamente entre algodones /(que llegan al oído /para tapiar al yo, para dejarlo /sin nexos con el mundo), con la cuota de besos de la madre, /los hijos y la esposa, /con los pulmones llenos de incienso /de la gloría oficial, /o vivir dignamente en la tortura, /en la persecución, en la zozobra, /con la tinta azul cólera en la pluma”.

En él, como vemos, no impera ni el confort personal ni la pasividad del tiempo, ni las trampas del poder ni “la gloria envidiosa con su rabo y cuerno de ceniza”, como diría Luis Cernuda. Impera, filosófica y poéticamente, cuestiones que en él “no van por derroteros separados”, una lucha a brazo partido en contra de los moralismos y los mitos sin sustento que amasan la cultura de la culpa y el arrodillamiento de conciencias. “El entierro del ángel custodio” no es un pecado, es una piedra de toque para ver el mundo. Cito dos partes del poema: “Cuando cumplí dos lustros /dejé de musitar esas palabras /que se hallan de rodillas, /como primera piedra de algún templo; /comprendí que la fe no es otra cosa /que clavar en la tierra un espejismo, /para que nunca pueda evaporarse /al calor de los pies que traen consigo /la esperanza insolada”. Y agrega: “A partir de ese instante /no pude ya creer en otro mundo: /adentro de mi cráneo, los milagros /de Jesucristo fueron también crucificados; /y no entendí hasta entonces /que no hay en las obleas más deidades /que el envinado dios de la cajeta /o que el agua potable /es el agua bendita ciertamente”.

Llego, de esta manera, a un punto de la poética de Enrique González Rojo que aquí me interesa mencionar: su batalla por desatar los nudos internos que nos atan. Cada que leo y releo su poesía, me asombra la importancia y la forma poética de abordar los nudos internos que habitan en el ser humano: las culpas, los odios, los rencores. La represión emocional que nos domina. Su tema, todo indica, es este: sin libertad personal es mucho más difícil propiciar una libertad social. Nos recuerda así, que la conciencia más que individual es colectiva.

Aseveración que se confirma en su obra entera, por citar algunos textos, en “el libro de los pronombres”; “salir del laberinto”; “trincheras del espíritu”; “para deletrear el infinito”; “la larga marcha”; “por los siglos de los siglos”; y “El tercer Ulises o en cierto gris sentido y otros poemas”, entre esos otros poemas, por cierto, se encuentra “el hereje”, poema sin desperdicio alguno, escrito por Enrique en homenaje a Wilhelm Reich, y en el cual con un lenguaje sencillo y punzante, humorístico e irónico se diría también, aborda el aspecto sexual y el tema de la libertad de la persona, como pivote básico y primario que mueve y motiva al individuo como individuo que es, y como individuo en sociedad.

Cito tres partes del poema: “En un tiempo fui parte /de la fracción erótica/ del Partido Comunista. /Era un partido dentro del partido /como un ciego que se esconde en una gruta, /un águila en el águila del viento /o unos labios cerrados en mitad del camposanto. (…) Tras una fatigosa discusión, /se insistió en que debía retractarme /y que en el árbol de la noche triste de mi arrepentimiento /se ahorcaran mis palabras. (…) Yo hablaba /de que el enemigo principal/ era el sexo reprimido. (…) Sin perder los ideales, sin perderlos, /me sentí como Adán /cuando, expulsado, no pudo retener del paraíso /sino tan sólo el cuerpo /de su amada”.

Paralelamente a lo anterior, pero dentro de la misma lucha de motivar la libertad personal, está su construcción poética con la cual busca enfrentar esos “algodones que obstruyen la vivacidad del yo”. Construcción que nos lleva a la esencia de las cosas, a la reflexión de lo que somos, a la desmitificación de una visión de mundo que nos ata y esclaviza. De estos poemas, estimo que los contenidos en el texto “las huestes de Heráclito o astillas de infinito”, son los que mejor dan cuenta de ello.

Permítanme citar solamente algunos de sus rubros, los poemas me los llevo de tarea. Entre ellos está “la creencia y el bautismo”; “pasajes bíblicos y sentimentales”; “diez miradas a la fe”; “nueve poemas sobre el pecado”; “los diez mandamientos”, “un cielo con los pies de barro”; “penitencia y liberación”.

En los versos contenidos en cada uno de estos rubros, a prueba de lectura, impera el exhorto a que todos y cada uno de nosotros propicie la crítica y autocrítica, la búsqueda, el encuentro y desencuentro de nosotros mismos. En particular les dice a los poetas: “El poeta no crece cuando calla (…) Es grande/ cuando desde su pluma /(punto en que se acurruca el universo) /se pone a deletrear sus terquedades, /se encarama en los zancos de sus ojos, /tiene con el mundo un intercambio de palabras mayores, /entrevista al ser, /marca el número telefónico de la nada, /hace la radiografía del absoluto, /es cronista /de la lucha cuerpo a cuerpo /de Dios y la materia”.

Por su parte, a los lectores, les dice claramente: “mis poemas/ —aquí, lector, donde te brindo/ metáforas para armar y desarmar— /son únicamente, lo confieso, /las sagradas escrituras/ de la nada”.

Y a todos en general, nos deja las siguientes palabras de terapia, precisamente, para curar la superstición: “resulta apropiado, /además de los jarabes, /las cápsulas y las fricciones, /indicadas por el médico, /leer tres veces al día, /antes de cada comida, (uno de los poemas /de las Huestes de Heráclito /sin dejar, sobre todo, /de ingerir la pastilla /de su punto final”.

Su poesía es una cátedra al alcance de todos, es palabra envuelta en libertad y puesta en movimiento. Es una creación literaria muy propia, muy de él y de nadie más. Hay que decirlo: con su herejía y búsqueda de lugares inéditos, con su gusto y necesidad de pensar con imaginación, ha renovado el lenguaje poético, ha creado, con su propio tono, “una gramática iracunda”.

En ella, la metáfora e imagen poética nos toma por asalto, nos sorprende su fusión mágica con la realidad cotidiana que es de todos y, más aún, nos sorprende la transformación poética que sufren, el hallazgo al que nos llevan. Unos ejemplos, de los tantos y tantos que hay en su obra, serían: “a la sombra del milagro”; “me hallo en un corazón /sin salida”; “Zapatero /a tus poemas”; “no sustraerás de la bolsa ajena tu pecado”; “en las fosas nasales empezaron a germinar florecillas silvestres”; y, ”digámoslo: Penélope no se queda en casa. /No permanece aquí para cuidar la hortaliza. /Para lavar la cara sucia de los pepinos, /peinar a los elotes, plancharle a las lechugas /los puños y los cuellos”.

En su “gramática iracunda”, da terapia a las palabras “sumisas y medrosas, apacibles y apoltronadas en su conformismo. Verbos hincados de rodillas. Adjetivos de cerviz doblegada. Oraciones que nunca han ido a gritar al Zócalo hasta sentir todas sus letras enronquecidas”. Su gramática es muy propia, muy de su creación poética e insobornable convicción y forma de ser en este mundo. Su gramática no tiene nada que ver con “las gramáticas de las costumbres, sensatas y tranquilas, sin rugidos ni estridencias”. Como señala el mismo Enrique: “el que esto escribe ha preferido olfatear otros rumbos e internarse en diferentes caminos. Me repugna el panfleto, la vociferación al margen de la lira; pero me atrae la barricada y sueño firmar con sangre un convenio de pólvora con mis hermanos. Mi gramática es una gramática iracunda que no las trae todas consigo, que saborea su mal sabor de boca y se halla dedicada a masticar su rechinar de dientes”.

El compromiso que asume la poesía de Enrique González Rojo es más que evidente. Su obra poética es de una creatividad y compromiso permanente, es nueva y novedosa cada que uno acude a ella. Es una gran lección que, como toda gran lección, nos marca, nos hunde y nos sacude al sentir los gestos de dolor que encierran las palabras.

Su forma de decir las cosas, su “gramática iracunda”, nos dejan desnudos y enroscados en nuestras propias entrañas, en nuestro propio subconsciente de recuerdos y olvidos. Su lenguaje poético lastima, sacude e interioriza en las grietas o fracturas que tenemos, son espinas que se clavan en la conciencia y en los poros de un sinfín de culpas que cargamos. Su metáfora nos asoma a nosotros mismos, nos permite vernos tal como somos, sin máscaras ni dobleces, y reencontrar las llagas internas que ocultamos. Nos remite ir al fondo de un abismo donde escondemos varias cosas que no queremos o podemos decir. 

Sí, hay que decirlo, su poesía nos instala en esa reflexión que duele, que confronta la pequeñez de lo que somos. Al leerle, por lo mismo, sugiero ponerse guantes y armarse de valor hasta los dientes y, de esta manera, seguir al pie de letra el principio por él mismo dictado: “a medida que avanzo /les van saliendo púas /a mis versos. /Ven lector, toma tus guantes”.

Leer a González Rojo es iniciar un encuentro, reencuentro y desencuentro con uno mismo y con el otro, es tallarse los ojos hasta llorar el alma. Mirar el nudo ciego de los mitos y creencias que nos atan, la cultura de la violencia con la cual nos llenan las pupilas, el crimen de la clonación mental para hacer de todos uno solo, irreflexivo, autómata, sumiso en la voz y en la palabra. Su poema: “apuntes para la biografía de mi musa o mi humilde aportación al bicentenario”, es más que elocuente. En él se dice a sí mismo, nos dice a todos: “¿Qué haces /cuando tu patria, deshilachada y doliente, /crucificada en sí misma, /clama por sus poetas; /cuando los medios, /secuestrados por la parte más negra de la noche, /arrojan por horas y más horas carretadas de basura /hacia la gente?”. La musa de cada quien, su musa, exaltada le grita y nos grita: “es el momento /de que los poetas ganen la calle, /se metan en los ojos de la gente, /sacudan toda mano apoltronada /en su propia indolencia; /la hora de llevar al cadalso /la indiferencia narcisista /que los ata / de manos y de pies a su soberbia”.

Leerle, es tener la posibilidad de construir nuestra propia voz y vida en el camino, escuchar cómo late y fluye el tiempo en nuestros pasos, cómo ocurre la credulidad, dicha ésta por su propia tinta en las confidencias de un árbol: “¡Qué derrumbe!/ ¡Qué aguacero de dioses!/ ¡Qué lodazal formado/ con el agua iracunda/ del Diluvio!/ ¡Qué cielo/ con los pies de barro!”.

Su obra poética es tan inmensa como su tarea de deletrear el infinito. Cualquier persona o escritor, sabe reconocer en él su integridad humana y el peso de su obra que es toda ella hereje, optimista, esperanzadora y libertaria. En lo particular solo intenté asomarme un poco al devenir del tiempo, y retomar, con imprudencia, algunas cosas, como esta que nos recuerda que, cito una parte de su poema “los olvidos”: “La mente se desanda, /camina a contrapelo del gerundio, /reconstruye la carne desde el molde /de las huellas, /busca el olor a vida/ en la carroña de la remembranza”.

Genaro González Licea
Caloclica, Ciudad de México, diciembre de 2019.


Genaro González Licea
fotografía sin datar 




jueves, 10 de octubre de 2019

Genaro González Licea, aquí despierto…


Genaro González Licea 
fotografía sin datar


Aquí despierto dormido en un sueño que se ha ido.
Las varas son dagas que me buscan sepultado.
Yo estoy lejos de mí y cerca de mi yo vacío.
No me busques más,
estoy en una flor que ríe en los ojos que la miran.
Soy el migrante polen
que busca en sí mismo su cuerpo sepultado,
su sombra enterrada que cambia de color al recordarme,
a veces es de un triste azul,
otras de un amor turquesa tendido sobre el agua.

 Del libro
Tumbas en el olvido de Genaro González Licea 






lunes, 7 de octubre de 2019

Genaro González Licea, vi mi cuerpo…


Genaro González Licea 
Fotografía sin datar  



Vi mi cuerpo sin haberlo sepultado,
la fatalidad de morir mientras respiro,
la sombra de un estanque
alimentando mi barro sepultado.

Del libro
Tumbas en el olvido de Genaro González Licea




viernes, 4 de octubre de 2019

Genaro González Licea, vivo…



Genaro González Licea
Dibujo de Askari Biyiwe
Poeta de la imagen y el sentir de la palabra



 Vivo una esperanza rasgada
con el duelo del aroma de un cuchillo.

Del libro
Tumbas en el olvido de Genaro González Licea




miércoles, 2 de octubre de 2019

Genaro González Licea, estoy solo…

Genaro González Licea
fotografía sin datar




Estoy solo frente a mí.
Día a día mi vida se va
como un riachuelo de luz adormecida.


Del libro

Tumbas en el olvido de Genaro González Licea