domingo, 18 de agosto de 2019

Genaro González Licea, poesía y olvido, a propósito de tumbas en el olvido.







Poesía y olvido
A propósito de tumbas en el olvido


¿Qué queda de las alegrías y penas del amor cuando éste desaparece?
Nada, o peor que nada; queda el recuerdo de un olvido.
Luis Cernuda,
 la realidad y el deseo.

Hablar de poesía es remontarse al tiempo, al sonido del tiempo, al silencio donde la nada existe sin la nada. Es hablar del amor y de la desesperanza, de la vida y de la muerte, del recuerdo y del olvido.
Poesía y olvido es el tema que envuelven estas letras. Olvidar, no es solamente dejar de retener algo en la memoria, tampoco dejar de realizar algo que deberíamos hacer y no lo hicimos, eso, tal vez, solamente sea un descuido. Es, más bien, construir una forma de ser con lo olvidado, asomarse a la muerte, saber que en uno no existe la eternidad cuando lo que somos o hemos sido se tiende en las manos del olvido.
El olvido es el sendero que nos lleva al infinito, al silencio, al vacío. Es la muerte real y verdadera de un mortal cualquiera. Uno late en este mundo en tanto nuestro corazón no reine en el olvido. La solemnidad del entierro precede al callado y verdadero morir que acaecerá después: el olvido, sentencia, y sentencia bien, don Carlos Castilla del Pino, hombre lúcido y amoroso que siempre me acompaña, y agrega: el olvido de uno es su asesinato por parte de los demás, una forma de extinción lenta. Un morir en agonía.
El olvido es un presente, siempre presente, cargado entre los hombros. Es difícil olvidar todo aquello que nos marca, el paso mismo de la vida, todo conscientemente lo guardamos. Por supuesto, me refiero al olvido “controlado”, de ninguna manera al olvido patológico que conlleva a la pérdida de la memoria. Me refiero al olvido como esa parte nuestra, humana también como nosotros, que amorosamente nos protege y sirve de coraza. El olvido es lo que más deseamos olvidar, mas no olvidamos, está ahí, siempre ahí, vivo y presente en la memoria, es el recuerdo de un olvido, diría Cernuda.
         La poesía, por su parte, es ese instante de luz y sombra que dejan en el alma las palabras. Es ese lenguaje sublime, en sí mismo contenido, que hace presente el alma de las cosas. Es hechizo, búsqueda y reencuentro, misterio, asombro y mágico suspiro que expide por instantes la palabra. La poesía es un todo compacto que se basta a sí misma, no duda de sí, es palabra y piedra en sí misma contenida. La poesía, ya lo dije en otra parte, es asombro, misterio y comunión. Encuentro y desencuentro de uno mismo con uno mismo, y de uno mismo con el otro. El otro que es una parte mía y otra que no conozco. El otro que nos revive por un instante y, al hacerlo, al mismo tiempo se revive.
Además, agregué, si recuerdo bien, que la palabra, si bien es voz y libertad, no describe, por sí misma, lo que somos y sentimos, insinúa, tal vez, su contorno y su relieve, su eco, su aroma y su misterio. Es, posiblemente, la línea en blanco que dejan las palabras donde nace la poesía. Es ahí donde se ajusta su exacto contenido, porque en ella, quizá, ya lo único que existe es el silencio sublime que deja el lenguaje en la intimidad de cada quien.
Y concluí: la poesía, entonces, bien podemos decir que es ese lenguaje sublime que dejan las palabras. Mucha razón tenía Eduardo Nicol en ello. Es el misterio de esa línea en blanco que resucita el alma de las cosas, el latir cotidiano de ser sin sepultura. Es el permanente viento que respiramos, es el alma que late en el vacío. Es la comunión de uno mismo, silente, desnuda a carne viva.
La poesía, así vista, es la creación de lo intangible del mundo cotidiano en la expresión concreta de nuestra historicidad y comportamiento humano en un determinado espacio. En ese sentido, en realidad, poetas somos todos. Sin embargo, el trabajo poético adquiere el significado propiamente dicho cuando esa transformación del no ser al ser, es la expresión de la palabra. Esa palabra que eterniza los instantes que revelan la esencia de las cosas. Esa palabra que no es exactamente una creación puramente divina y mágica, sino también, es esa creación que se construye, que el poeta construye, sea describiendo, denunciando o aceptando el actuar cotidiano en el que vive, la esencia y apariencia de la vida, del devenir de la vida, de la historicidad humana de la cual es parte.
         La creación y el arte poético, me parece, son dos puntos unidos por la sensibilidad y la palabra del poeta. Son esencias que el poeta revela y deposita en nuestras manos, en las manos de todos mediante esa palabra que le consumió al construirla, que le dolió pulirla con esa sensibilidad muy suya.
Es por ello que, tal vez es un error muy mío, poesía, poeta e historicidad humana, es lo primero que tengo presente al escribir lo que yo estimo que es poesía. Los estilos y corrientes poéticas son, para mí, muy respetables, cambiantes y hasta cierto punto, secundarios, su grito, lo reconozco, develó la esencia, predominante tal vez, de su tiempo.
Pero el tiempo es una plenitud de múltiples tiempos, de múltiples hallazgos que se dan al mismo tiempo. La poesía es mucho más que estilos, es eco, ausencia, sonido. Instantes de colores, verbo que dialoga callado al fondo de su esencia, en el principio del principio de su esencia. Es hallazgo de luces y sombras unidas con el peso del vacío, es instante permanente cubierto de múltiples sueños amorosos, ráfagas de soledad y espinas, de esperanzas de piedra envueltas en la aurora.
La poesía es la palabra en sí misma contenida, “dice todo lo imaginable, y sin embargo no habla del ser. Lo dicho es algo que no debe cotejarse con nada. El único ser que ahí cuenta es el ser del decir”, así lo expresa Eduardo Nicol en sus Formas de hablar sublimes. Poesía y filosofía. Nuevamente mi maestro Nicol taladrándome las manos. Voz que es compatible, según mi parecer, con la siguiente expresión de Antonio Gamoneda, en la cual une el misterio poético original y el trabajo de la palabra, pues él refiere que la poesía es antes sensible que inteligente, con las palabras se dice lo indecible, y añade: el poema empieza en un apunte lleno de interrogaciones y de una manera horrorosa, y después hay que ir superando esos interrogantes..., la actividad creadora lleva consigo un cúmulo de tensiones.
         Con lo dicho hasta aquí, es posible deducir por qué me interesó abordar la relación entre poesía y olvido. Conjugación, me parece, de gran significado en mi escritura. El olvido, para mí, tiene un sentido filosófico, es piedra central en lo que escribo, es mi lucha por mantener la vivacidad humana. Recordemos que el ser humano muere cuando duerme en el olvido. El olvido hace polvo lo que somos, lo que hicimos. Nos hace realmente inexistentes, nos devuelve al origen del silencio y del vacío.
         Lo digo para mí una vez más, el olvido es la muerte, y morir es ya no recordarnos. La inmortalidad es un mito heredado por los dioses, un deseo idílico de permanecer por uno mismo en el tiempo. Si vivimos es porque el otro recuerda lo que somos, lo que hicimos. Sobre el particular, permítaseme referirme aquí a la hermosa nota de don José Guimón, titulada: Muere Carlos Castilla del Pino. Superar el olvido, y publicada en laverdad.es, el 16 de mayo de 2009, es decir, un día después de la muerte de don Carlos, en la cual refiere que éste último en una entrevista señaló: hay quien actúa con el solo propósito de dejar memoria de su existencia (…). Sólo cuando se es olvidado por aquellos que nos recordaban, o cuando éstos han perecido, se puede afirmar que inexistimos (…). El olvido sella la muerte de todo ser humano que alguna vez existió. Por el contrario, sobrevive mientras se le recuerde (…). Tener memoria del otro, recordarlo, es dotarlo de existencia.
         Solamente sobrevivimos en tanto el otro nos recuerde o nos tenga en su memoria. Vuelvo a citar a Castilla del Pino, discúlpeseme por ello, él señala en un texto que tituló: la forma moral de la memoria. A manera de prólogo, contenida en el libro el derecho a la memoria, que todos ansiamos sobrevivir aquí que se sepa, no hay ningún otro sitio donde esto pueda tener lugar, y eso sólo podemos logarlo en la memoria de los demás. Esto significa, como él mismo lo remarca, que no hay, pues, inmortalidad; hay memoria.
         Si de suyo el tema es complejo, se complica más cuando ubicamos que el olvido tiene varios colores y matices, a mí por ejemplo me gusta mucho el azul olvido. Dentro de ellos está el significado que tiene el olvido en un mundo tan extremadamente individualista como en el que vivimos y cuál sería su relación con el actuar poético en esta vida donde estamos todos. Qué importancia tiene el tema cuando, parecería, se ha olvidado la convivencia fraterna de vivir en sociedad, la historicidad humanitaria por sobre todas las cosas, el aroma de nuestras raíces de piedra y barro.
         Los migrantes, que somos todos, parecería también que los tenemos olvidados, igual que las tumbas clandestinas y las atrocidades cotidianas de violencia que vivimos, sabiendo bien que en esa cotidianidad estamos. Se nos ha olvidado que el otro es parte de uno y uno de aquél, del otro y de otro más. Con este olvido, me duele decirlo, vivimos sin existir. Somos unos muertos sin memoria.
Y dónde está la poesía y el poeta en este comportamiento deshumanizado que uno vive consigo mismo y con el otro, con el agua, con el viento, con las hojas, con los ojos que nos miran sabiendo que son nuestros. Dónde está la voz, parafraseando el último verso de la enfermedad del olvido de Juan Antonio Masoliver, que en este laberinto de silencio encuentre finalmente la palabra perdida. La que más deseamos olvidar. Está, estoy convencido de ello, en este mundo literario que nos cubre, en este follaje de luces y espinas enlazadas, pero, en gran parte, está en el olvido. Está, diría Cernuda, allá, allá lejos; donde habite el olvido.
         Recuperar la memoria histórica no es fácil, y hacerlo a través de la palabra mucho menos. Escribir poesía, lo he dicho muchas veces, constituye una gran responsabilidad personal y social con la palabra. Lo más sencillo es dormir en la metáfora encantada, envolver nuestra palabra en la palabra y olvidarnos, entre otros, del tema del olvido. El ser poético en estos tiempos donde es inmensa la clonación mental y, en contrapartida, muy estrecho el espacio reflexivo, crítico y autocrítico, requiere, me parece, de otra cosa: de coraje para olvidarse del olvido y ser memoria del otro en uno.
         Nuevamente me detengo en el olvido, en la importancia de ver el peso del olvido. Sucede, como dije, que hay situaciones y hechos que uno desea olvidar. Y si de ello da cuenta el poeta, con mayor razón, yo diría, cuando ese olvido de situaciones y hechos es social o colectivo. Nada de lo que suceda en la vida real y cotidiana le es ajena al ser humano en general, al poeta en particular. Cada cual, desde su palabra, no debe ser indiferente a ese olvido, serlo implicaría morir, lentamente, en su propia metáfora dormida.
         Como puede observarse, el olvido, a mi entender, constituye uno de los elementos centrales que permiten describir, de una mejor manera, tanto a una persona en lo individual, como a una sociedad entera, siempre y cuando, en este caso el poeta, no disocie al sujeto y al olvido, pues el olvido ni es abstracto ni es ajeno a la persona, es, por el contrario, intrínseco a ella, es una fisura que uno mismo introduce, consciente o no, al interior de su camino, personal o colectivo.
         El olvido no llega por arte de magia, no es externo a uno, sino, por el contrario, es parte de nosotros, de nuestra propia condición humana y, por lo mismo, es netamente voluntario. Es uno, y nadie más, el que lo forma o lo genera, el que le da la protección, la coraza, el hundimiento interior deseado, social e individualmente.
         En este contexto de poesía y olvido, de conciencia social e historicidad humana, entendí que la poesía es un instrumento que puede despertar conciencias y recordar olvidos, que el olvido lentamente nos destruye y, finalmente, como bien lo expresa don Carlos Castilla del Pino, que una cosa es lo que uno olvida; otra, lo que no quiere evocar, y otra lo que no quiere decir: tres huecos de distinta índole en la vida de todos. Reflexión esta última que instalé, como linterna, en mi libro: tumbas en el olvido, del cual, hasta cierto punto de manera azarosa, escogí las siguientes líneas:



Las tumbas en el olvido sollozan en silencio arrodilladas.

Son espinas que duermen en una parte de mí,
gusanos que respiran debajo de mi sombra,
voces clavadas en mis ojos.
Son lugares que uno habita sintiendo la muerte adormecida,
larvas heridas en un viejo recuerdo entristecido,
crepúsculos perdidos atrás del infinito,
granos de sal caídos en la llaga de un lamento.



Así son, lo sé,
porque un día así las vi
con estos ojos que ahí se me secaron.



Todo era un azul olvido,
un fluir clandestino de tiempo asesinado,
un sonido abrazado a un yo desconocido.



Y es en este azul olvido clavado en mis entrañas,
en esa soledad de grietas que pensé no verles más,
donde un día me hundí lamiendo mis heridas sepultadas,
mi cementerio de gritos dormidos en mi lengua.



Me hundí,
me hundí en un rostro tirado a un lado de mi rostro.
Rostro que siempre acarició mi voz ennegrecida
de tanto silencio acumulado,
mis miedos sumergidos,
mi existencia enroscada en el grito indigente que he perdido.



Descendí al fondo del fondo de mí mismo.
Ahí dormían mis prejuicios enlamados,
mis egos hechos nudo,
mi cobardía de no mirarme despojado de mí,
de callar el latido de las fosas clandestinas
hundidas en mi piel avergonzada,
el eco de su grito que crece con la hiel de mi agonía.



Lloro como un relámpago en la sombra
de un grito abandonado.
Toco la nada que siempre se juntó conmigo,
no encuentro el fondo
ni sé el lugar donde estoy arrinconado.



No hay fondo,
hay burbujas de olvido que callan enterradas,
sentimientos que ahorqué sin darme cuenta,
ideas de un viejo amarillo que me duele.



Hay un yo caído en las grietas de un peñasco derrumbado,
una sombra que gira desahuciada llorando su vacío,
un llanto amargo que alumbra el tiempo
donde estamos sepultados.



Es insoportable el sufrimiento
que dejan en las tumbas los migrantes torturados,
los secuestrados en las sombras que vagan sin saberlo,
los desaparecidos en la luz clandestina
de un tiempo indiferente,
en la traición de un silencio que duele de estar arrepentido,
en el olvido olvidado del olvidado.



No hay fondo donde estoy, no hay fondo.
Mis pies son lirios sembrados en el viento.
Dedos rotos que rozan el olvido.
Ojos que me ven desde el hueco de mis ojos.
Precipicios de recuerdos
de una oscuridad que me deslumbra.
Luz negra flotando en el luto de mi cara.



La muerte es la vida y la tumba de lo que somos,
de lo que nunca fuimos,
de lo que fuimos sin saberlo,
de lo que somos sin saber que somos.

Es el olvido de lo olvidado en el olvido,
de lo callado,
de lo dicho,
y de lo que no podemos ni queremos decir,
por cobardes a morir,
por nosotros mismos,
puramente asesinados.



Todos cargamos tumbas olvidadas,
tumbas que duele recordar,
y tumbas atadas a la lengua.
En ellas, lo sé bien, hay vísceras deformes,
llagas negras, a veces blancas, a veces amarillas,
que buscan mis ojos para verme.



Se necesita coraje para caer y levantarse
con los pies y las manos amputadas,
hablar con el dolor a solas,
tocar en silencio lo que uno nunca ha sido,
sentir el peso de la muerte a solas,
la soledad plena de estar por siempre solo,
muy solo, terriblemente solo.



Ya no hay fondo donde estoy, ya no hay fondo.
Hay tumbas en el olvido sollozando en silencio arrodilladas.
Precipicios sepultados en recuerdos que no existen.
Llagas que viven en mí y sueñan su dolor conmigo.



He llegado a pensar
que lo único realmente nuestro
es la libertad de soñar
lo que no somos.
 Genaro González Licea
Caloclica, Ciudad de México, agosto de 2019






sábado, 10 de agosto de 2019

Genaro González Licea, me acompañan…


Fotografía sin datar 




Me acompañan mis silencios,
mis recuerdos,
mis olvidos.
Mis pasos que caminan sin saberlo al paso mío.
Mis tumbas en el olvido.
Luz tenue que cubre con su sueño mi memoria.

Del libro
Tumbas en el olvido de Genaro González Licea






sábado, 3 de agosto de 2019

Genaro González Licea, te hablo…


Genaro González Licea
fotografía sin datar



Te hablo desde aquí…,
desde esta sombra donde intenté buscarme.
Desde estos sueños
donde encontré mi libertad por un instante.
Mi fluir azuloso en el vaivén del viento.


Del libro Tumbas en el olvido de Genaro González Licea









Genaro González Licea, vivir y morir…



Genaro González Licea
fotografía sin datar




  
Vivir y morir es caminar con los ojos abiertos al vacío,
y perdernos, por siempre, en el tiempo.
En el azul olvido del tiempo.


Del libro Tumbas en el olvido de Genaro González Licea








jueves, 18 de julio de 2019

Genaro González Licea: es insoportable el sufrimiento



Genaro González Licea
fotografía sin datar




Es insoportable el sufrimiento
que dejan en las tumbas los migrantes torturados,
los secuestrados en las sombras que vagan sin saberlo,
los desaparecidos en la luz clandestina
de un tiempo indiferente,
en la traición de un silencio que duele de estar arrepentido,
en el olvido olvidado del olvidado.

En esas tumbas mi madre fue enterrada
y se fue con la humedad a un lugar que yo no encuentro.
En ellas mi padre rasgó la tierra con sus dedos,
y sembró con un suspiro un ojo de agua.
En él beben sedientas las almas extraviadas,
bebo yo y el otro de mi otro que late sumergido
en este vértigo interior que sangra desahuciado.

Del libro: Tumbas en el olvido de Genaro González Licea










sábado, 13 de julio de 2019

Genaro González Licea: Y morir…



Genaro González Licea
Fotografía sin datar 





Y morir es morir sin concesiones.
Luz oscura de luciérnagas perdidas.
Látigo de piedra azotado en otra piedra.
Frío atardecer mordido entre las hojas.
Ojo de agua hundido sobre el agua,
agua mágica que nace de un dolor que me tortura.

Del libro: Tumbas en el olvido de Genaro González Licea








Genaro González Licea: A propósito de Magnolias para soledad de Juan Carlos Capetillo



Genaro González Licea 
Fotografía sin datar


A propósito de Magnolias para soledad
de Juan Carlos Capetillo

Genaro González Licea 

En un mundo tan lleno de soledad, tan vacío y desigual como la palabra desnuda que escurre en la boca virtual de un ser dormido. En una sociedad tan deshumanizada y rota, tan corrompida ya en sus entrañas e individualista hasta el extremo, me refugio en un poemario amoroso, evocativo, esperanzador y, al mismo tiempo, triste y melancólico como el suspiro de una tarde que se va, sin saber que su regreso ya no existe. Magnolias para soledad es el nombre del poemario, libro más reciente de Juan Carlos Capetillo Jaimes, poeta todo él, fraterno y siempre amigo.
         La soledad es un espacio riguroso de siempre estar muy solo. Desnudo en la más profunda indigencia que habita en un lugar que, por lo general, ni uno mismo sabe. A uno, en realidad, solo le cubre la palabra, solo ella nos acompaña y nos ampara, ella y nadie más es el aura que cubre el alma del poeta.
Uno lo entiende y lo sabe bien, intenta frenar esa aparente adversidad, y evoca, entonces, su miseria humana. Sin fortuna reclama piedad para sí mismo, se hinca y se duele en su vacío: devuélveme el reflejo turquesa en tus ojos sumergidos bajo tierra. Regálame el último verso en la realidad de tu piel, grita al viento Juan Carlos Capetillo, y nadie le escucha, y nadie dice nada, tal vez porque ese grito es nuestro grito, es el grito de todos que muere sin salirse de la boca. La soledad es una, está en uno y en nadie más. Nadie sabe, más que las barcas, cómo muere el silencio de las olas, su soledad blanca mecida por el viento. Nuestro poeta, con la profunda soledad que le acompaña, lo dice a su manera: Allá junto a las barcas que zarparon tras islas desiertas, los remolinos han bebido su propia forma. Sólo ellas te dirán con su alma de quilla ancestral que cada ola muere sin decir adiós.
         Por alguna razón nuestro poeta ve en la soledad un refugio tendido en recuerdo y cicatrices: junto a mí la soledad recostada sobre las hojas en las sábanas blancas de los lirios. Un viejo dolor que envejece en el olvido: es silencio y abandono, y agrega: arena dorada que olvidó pronto mi huella. Ve un silencio que no duerme, que vigila, como un acantilado, la soledad del mar y la muerte de las olas. La soledad a fin de cuentas es para él cobijo y compañía, grito y reclamo. Búsqueda y deseos de encontrar algo que tal vez quiso tener y nunca tuvo, o algo que tuvo y perdió en un sueño.
Sin embargo, al sentirse huérfano de sí, y sabedor de que uno en realidad nació para siempre estar muy solo, inventa su propia soledad y compañía utilizando su mismo dolor, su voz inconfundible, y la pureza del color de las magnolias, de su libre florecer a solas, de su forma de consumirse con el propio silencio de su aroma. Ahí radica, me parece, gran parte de su fuerza y autenticidad, de su verdad hecha palabra y ceniza, pues tanto es su afán de perseguir el silencio de su inmensa soledad, que desnuda, como ninguno, sus sentimientos y seduce a su propia soledad, mayúsculas y minúsculas alteran en verdad muy poco. En el fondo, en él hay una sola soledad: la soledad de siempre estar muy solo.
Únicamente las magnolias le llevan a la realidad, a preguntarse y quién es la soledad, esa soledad a quien le regalo estas magnolias.., es lo sublime, es la poesía. Es la evocación, el deseo y la esperanza de encontrarse en la poesía. Incluso, al leerle y releerle, por momentos llegué a sentir que no es la soledad lo que en realidad le duele, es, más bien, ese dolor interminable de su eterna permanencia, su devenir constante de estar sin estar, su caminar con ella en los mismos pasos de sus pasos: “he estado contigo desde el primer momento que estuve solo”, le dice, mas por alguna razón me quedé contigo y sin ti, y agrega, al final siempre estuve solo, sin estar en verdadera soledad. Lo cual le permite concluir, con cierto acento resignado: sin soledad, realmente estaba solo. Ahora, por tanto, sigue solo, seguiremos solos, igual que él, por los tiempos de los tiempos dormidos en la nada.
En la dedicatoria de magnolias para soledad, el mismo Juan Carlos se contempla como un poeta solitario, como un sueño roto, como alguien que rasguña la realidad donde se esconde él, ella, nosotros todos. Se contempla como un alma conviviendo con la oscuridad, como un habitante del otro lado del abismo, no este que conocemos, sino aquel donde los poetas se enamoran del silencio, de la oscuridad, de los fantasmas, de lo intangible, de lo invisible, o del eco de una voz que nunca existió. Es un poeta que cuestiona al tiempo, a la falsa igualdad del tiempo, “nosotros, los habitantes del abismo, los cuervos blancos, los hijos del infierno”, son palabras, en realidad, de toda una generación dolida, ofendida, triste de ambular por estos caminos sin raíces y alejados de las alas de huitzilin.
Ciertamente, Juan Carlos habló por millones de almas que deambulamos por los campos y los valles, por los cuatro puntos cardinales de la vida, por todos aquellos que vivimos en un abismo sin fondo, en un olvido sin nombre. El eco de esa voz se escuchará por siempre al leer los versos de nuestro poeta. En ellos está la personalidad y dignidad de todos aquellos que, por la razón que sea, estamos al otro lado del abismo. En ellos está, además, no la búsqueda de instalarse en la cúspide pasajera del grito emocional, sino, a mi entender, el deseo de obsequiarnos tan solo el olor de una magnolia que nos permita despertar de este aislamiento y soledad en que vivimos.
Es esta su manera de deletrear el tiempo, de romper convencionalismos literarios y buscar el despertar de lo que somos, la flama que en sus cenizas duerme. Su palabra, su poesía, es lo único que le acompaña y, sin duda, esa permanente soledad que me recuerda a Rilke, al poema soledad de Rainer María Rilke:
Estas manos mías llenas de ternura,
y nadie que las vendimie.
¿Tendré que llamar a los ángeles?

¡Ay, nuestro rebosar
no es más que indigencia para ellos!
Nuestra llamada que brota
no es más que un vecino ruidoso
de la indiferencia.

La soledad en estos tiempos que vivimos, tan indigentes, tan aislados y terriblemente solos, es el viento que respiramos con los ojos, el vendaval que nos extravía más allá del horizonte, más allá de la ausencia y del silencio que nos llora. Quizá sea la soledad de las magnolias la manera más íntima, auténtica y cercana, que nuestro autor encontró para expresarnos su mundo interior de luces y sombras, de huracanes tristes y delirios amarillos. Su dolor cotidiano que vive en sus adentros, su rebeldía que busca romper sus ataduras y vivir la grandeza cotidiana de sentir la libertad, la sencillez de sentir la vida en su propia libertad, sobre las charcas negras de un día cualquiera: Escápate conmigo a los rincones del mundo donde las charcas son eternas…, que la sangre reviente y se salga de nuestras venas, que la vida se acaba y la muerte llega, que nos encuentre desnudos viviendo la existencia plena, nuestra filosofía pasajera sin permisos ajenos.
Y cuando todo parece haber pasado, cuando el vendaval de imágenes comienza a reposar, uno encuentra, como un islote rodeado por el tiempo, como un suspiro dejado en alta mar, un poema sosegado, breve, deslumbrante. Un hilo preñado de silencio de oriente a occidente, de un cuarto vacío a la sombra que cubre el mundo entero, que reposará por siempre en la nada de mis ojos. Juan Carlos lo escribió sabiendo su dimensión, su peso, su textura. Su olor a magnolia impregnado de tiempo y soledad:
Danzan las hojas,
dorados torbellinos,
almas en vórtices.
         Pulcro poema que contrasta con esa poesía que Juan Carlos esculpe con la carne y deja en ella todo lo que es. Desnúdate en las arenas negras de mis pensamientosCual serpiente deslízate en los callejones de mis ojos. … He estado contigo desde el primer momento en que estuve solo.
         En efecto, la vida es así, una pluralidad de múltiples colores al centro del camino. Hallazgos de lágrimas tiradas en el agua, soles muertos atándonos las manos, sombras y silencios, imágenes reales y ficticias, vientos y nubarrones dibujando el dolor de un colibrí. Es posible, sin embargo, que cuando hablemos de nuestro poeta, su esencia nos lleve a un espacio interior donde realmente comulgamos los mortales: el abismo, el otro lado del abismo para ser precisos. Espacio enigmático que cada cual sabe dónde está y lo que guarda.
Por esta razón, y con el riesgo que ello implica, estimo que Juan Carlos es y será el poeta de todo aquel que se asome o viva al otro lado del abismo. Hueco desnudo que, por lo general, escondemos en un lugar muy nuestro, en un lugar que, incluso, muchas veces ni nosotros encontramos. Será, por tanto, uno de los autores más influyentes de todo aquel que camine en los espacios oscuros de la nada, en los hilos del vacío, donde, por cierto, de vez en vez en silencio caminamos, entre otras cosas, me parece, porque se requiere vivir en desamparo, asumir con humildad el amor y el desprecio de la vida, amar la soledad y haber estado muy cerca de la muerte. Nuca estuve tan cerca de la muerte, nos dice al oído nuestro poeta, hasta que me encontré solo, contemplando el abismo, diluyendo mi sombra, y agrega, nunca estuve tan cerca de la vida, hasta que toque con mi pupila los trazos nocturnos de una soledad que le pertenece a los dioses, al silencio, a la palabra, a la poesía.
Uno camina huérfano hacia la muerte, uno está solo con su propia soledad. No hay ídolos ni fantasmas. No hay enramadas ni piedras golpeándose en el agua. Uno está solo. Es la nada abrazando su vacío. Recuerdo a Rilke una vez más: no tengo amor, ni amada, ni casa, ni lugar donde vivir. Y todo aquello a que me entrego se enriquece a mis expensas. Y es verdad, después de leer Magnolias para soledad del poeta Juan Carlos Capetillo, estoy al extremo enriquecido. Su voz es un canto de magnolias cargadas de esperanza, de amor y de futuro, una expresión poética que solamente puede decir aquel, retomo una de sus líneas, que regresa descalzo del olvido.

Caloclica, Ciudad de México, julio de 2019