sábado, 3 de agosto de 2019

Genaro González Licea, vivir y morir…



Genaro González Licea
fotografía sin datar




  
Vivir y morir es caminar con los ojos abiertos al vacío,
y perdernos, por siempre, en el tiempo.
En el azul olvido del tiempo.


Del libro Tumbas en el olvido de Genaro González Licea








jueves, 18 de julio de 2019

Genaro González Licea: es insoportable el sufrimiento



Genaro González Licea
fotografía sin datar




Es insoportable el sufrimiento
que dejan en las tumbas los migrantes torturados,
los secuestrados en las sombras que vagan sin saberlo,
los desaparecidos en la luz clandestina
de un tiempo indiferente,
en la traición de un silencio que duele de estar arrepentido,
en el olvido olvidado del olvidado.

En esas tumbas mi madre fue enterrada
y se fue con la humedad a un lugar que yo no encuentro.
En ellas mi padre rasgó la tierra con sus dedos,
y sembró con un suspiro un ojo de agua.
En él beben sedientas las almas extraviadas,
bebo yo y el otro de mi otro que late sumergido
en este vértigo interior que sangra desahuciado.

Del libro: Tumbas en el olvido de Genaro González Licea










sábado, 13 de julio de 2019

Genaro González Licea: Y morir…



Genaro González Licea
Fotografía sin datar 





Y morir es morir sin concesiones.
Luz oscura de luciérnagas perdidas.
Látigo de piedra azotado en otra piedra.
Frío atardecer mordido entre las hojas.
Ojo de agua hundido sobre el agua,
agua mágica que nace de un dolor que me tortura.

Del libro: Tumbas en el olvido de Genaro González Licea








Genaro González Licea: A propósito de Magnolias para soledad de Juan Carlos Capetillo



Genaro González Licea 
Fotografía sin datar


A propósito de Magnolias para soledad
de Juan Carlos Capetillo

Genaro González Licea 

En un mundo tan lleno de soledad, tan vacío y desigual como la palabra desnuda que escurre en la boca virtual de un ser dormido. En una sociedad tan deshumanizada y rota, tan corrompida ya en sus entrañas e individualista hasta el extremo, me refugio en un poemario amoroso, evocativo, esperanzador y, al mismo tiempo, triste y melancólico como el suspiro de una tarde que se va, sin saber que su regreso ya no existe. Magnolias para soledad es el nombre del poemario, libro más reciente de Juan Carlos Capetillo Jaimes, poeta todo él, fraterno y siempre amigo.
         La soledad es un espacio riguroso de siempre estar muy solo. Desnudo en la más profunda indigencia que habita en un lugar que, por lo general, ni uno mismo sabe. A uno, en realidad, solo le cubre la palabra, solo ella nos acompaña y nos ampara, ella y nadie más es el aura que cubre el alma del poeta.
Uno lo entiende y lo sabe bien, intenta frenar esa aparente adversidad, y evoca, entonces, su miseria humana. Sin fortuna reclama piedad para sí mismo, se hinca y se duele en su vacío: devuélveme el reflejo turquesa en tus ojos sumergidos bajo tierra. Regálame el último verso en la realidad de tu piel, grita al viento Juan Carlos Capetillo, y nadie le escucha, y nadie dice nada, tal vez porque ese grito es nuestro grito, es el grito de todos que muere sin salirse de la boca. La soledad es una, está en uno y en nadie más. Nadie sabe, más que las barcas, cómo muere el silencio de las olas, su soledad blanca mecida por el viento. Nuestro poeta, con la profunda soledad que le acompaña, lo dice a su manera: Allá junto a las barcas que zarparon tras islas desiertas, los remolinos han bebido su propia forma. Sólo ellas te dirán con su alma de quilla ancestral que cada ola muere sin decir adiós.
         Por alguna razón nuestro poeta ve en la soledad un refugio tendido en recuerdo y cicatrices: junto a mí la soledad recostada sobre las hojas en las sábanas blancas de los lirios. Un viejo dolor que envejece en el olvido: es silencio y abandono, y agrega: arena dorada que olvidó pronto mi huella. Ve un silencio que no duerme, que vigila, como un acantilado, la soledad del mar y la muerte de las olas. La soledad a fin de cuentas es para él cobijo y compañía, grito y reclamo. Búsqueda y deseos de encontrar algo que tal vez quiso tener y nunca tuvo, o algo que tuvo y perdió en un sueño.
Sin embargo, al sentirse huérfano de sí, y sabedor de que uno en realidad nació para siempre estar muy solo, inventa su propia soledad y compañía utilizando su mismo dolor, su voz inconfundible, y la pureza del color de las magnolias, de su libre florecer a solas, de su forma de consumirse con el propio silencio de su aroma. Ahí radica, me parece, gran parte de su fuerza y autenticidad, de su verdad hecha palabra y ceniza, pues tanto es su afán de perseguir el silencio de su inmensa soledad, que desnuda, como ninguno, sus sentimientos y seduce a su propia soledad, mayúsculas y minúsculas alteran en verdad muy poco. En el fondo, en él hay una sola soledad: la soledad de siempre estar muy solo.
Únicamente las magnolias le llevan a la realidad, a preguntarse y quién es la soledad, esa soledad a quien le regalo estas magnolias.., es lo sublime, es la poesía. Es la evocación, el deseo y la esperanza de encontrarse en la poesía. Incluso, al leerle y releerle, por momentos llegué a sentir que no es la soledad lo que en realidad le duele, es, más bien, ese dolor interminable de su eterna permanencia, su devenir constante de estar sin estar, su caminar con ella en los mismos pasos de sus pasos: “he estado contigo desde el primer momento que estuve solo”, le dice, mas por alguna razón me quedé contigo y sin ti, y agrega, al final siempre estuve solo, sin estar en verdadera soledad. Lo cual le permite concluir, con cierto acento resignado: sin soledad, realmente estaba solo. Ahora, por tanto, sigue solo, seguiremos solos, igual que él, por los tiempos de los tiempos dormidos en la nada.
En la dedicatoria de magnolias para soledad, el mismo Juan Carlos se contempla como un poeta solitario, como un sueño roto, como alguien que rasguña la realidad donde se esconde él, ella, nosotros todos. Se contempla como un alma conviviendo con la oscuridad, como un habitante del otro lado del abismo, no este que conocemos, sino aquel donde los poetas se enamoran del silencio, de la oscuridad, de los fantasmas, de lo intangible, de lo invisible, o del eco de una voz que nunca existió. Es un poeta que cuestiona al tiempo, a la falsa igualdad del tiempo, “nosotros, los habitantes del abismo, los cuervos blancos, los hijos del infierno”, son palabras, en realidad, de toda una generación dolida, ofendida, triste de ambular por estos caminos sin raíces y alejados de las alas de huitzilin.
Ciertamente, Juan Carlos habló por millones de almas que deambulamos por los campos y los valles, por los cuatro puntos cardinales de la vida, por todos aquellos que vivimos en un abismo sin fondo, en un olvido sin nombre. El eco de esa voz se escuchará por siempre al leer los versos de nuestro poeta. En ellos está la personalidad y dignidad de todos aquellos que, por la razón que sea, estamos al otro lado del abismo. En ellos está, además, no la búsqueda de instalarse en la cúspide pasajera del grito emocional, sino, a mi entender, el deseo de obsequiarnos tan solo el olor de una magnolia que nos permita despertar de este aislamiento y soledad en que vivimos.
Es esta su manera de deletrear el tiempo, de romper convencionalismos literarios y buscar el despertar de lo que somos, la flama que en sus cenizas duerme. Su palabra, su poesía, es lo único que le acompaña y, sin duda, esa permanente soledad que me recuerda a Rilke, al poema soledad de Rainer María Rilke:
Estas manos mías llenas de ternura,
y nadie que las vendimie.
¿Tendré que llamar a los ángeles?

¡Ay, nuestro rebosar
no es más que indigencia para ellos!
Nuestra llamada que brota
no es más que un vecino ruidoso
de la indiferencia.

La soledad en estos tiempos que vivimos, tan indigentes, tan aislados y terriblemente solos, es el viento que respiramos con los ojos, el vendaval que nos extravía más allá del horizonte, más allá de la ausencia y del silencio que nos llora. Quizá sea la soledad de las magnolias la manera más íntima, auténtica y cercana, que nuestro autor encontró para expresarnos su mundo interior de luces y sombras, de huracanes tristes y delirios amarillos. Su dolor cotidiano que vive en sus adentros, su rebeldía que busca romper sus ataduras y vivir la grandeza cotidiana de sentir la libertad, la sencillez de sentir la vida en su propia libertad, sobre las charcas negras de un día cualquiera: Escápate conmigo a los rincones del mundo donde las charcas son eternas…, que la sangre reviente y se salga de nuestras venas, que la vida se acaba y la muerte llega, que nos encuentre desnudos viviendo la existencia plena, nuestra filosofía pasajera sin permisos ajenos.
Y cuando todo parece haber pasado, cuando el vendaval de imágenes comienza a reposar, uno encuentra, como un islote rodeado por el tiempo, como un suspiro dejado en alta mar, un poema sosegado, breve, deslumbrante. Un hilo preñado de silencio de oriente a occidente, de un cuarto vacío a la sombra que cubre el mundo entero, que reposará por siempre en la nada de mis ojos. Juan Carlos lo escribió sabiendo su dimensión, su peso, su textura. Su olor a magnolia impregnado de tiempo y soledad:
Danzan las hojas,
dorados torbellinos,
almas en vórtices.
         Pulcro poema que contrasta con esa poesía que Juan Carlos esculpe con la carne y deja en ella todo lo que es. Desnúdate en las arenas negras de mis pensamientosCual serpiente deslízate en los callejones de mis ojos. … He estado contigo desde el primer momento en que estuve solo.
         En efecto, la vida es así, una pluralidad de múltiples colores al centro del camino. Hallazgos de lágrimas tiradas en el agua, soles muertos atándonos las manos, sombras y silencios, imágenes reales y ficticias, vientos y nubarrones dibujando el dolor de un colibrí. Es posible, sin embargo, que cuando hablemos de nuestro poeta, su esencia nos lleve a un espacio interior donde realmente comulgamos los mortales: el abismo, el otro lado del abismo para ser precisos. Espacio enigmático que cada cual sabe dónde está y lo que guarda.
Por esta razón, y con el riesgo que ello implica, estimo que Juan Carlos es y será el poeta de todo aquel que se asome o viva al otro lado del abismo. Hueco desnudo que, por lo general, escondemos en un lugar muy nuestro, en un lugar que, incluso, muchas veces ni nosotros encontramos. Será, por tanto, uno de los autores más influyentes de todo aquel que camine en los espacios oscuros de la nada, en los hilos del vacío, donde, por cierto, de vez en vez en silencio caminamos, entre otras cosas, me parece, porque se requiere vivir en desamparo, asumir con humildad el amor y el desprecio de la vida, amar la soledad y haber estado muy cerca de la muerte. Nuca estuve tan cerca de la muerte, nos dice al oído nuestro poeta, hasta que me encontré solo, contemplando el abismo, diluyendo mi sombra, y agrega, nunca estuve tan cerca de la vida, hasta que toque con mi pupila los trazos nocturnos de una soledad que le pertenece a los dioses, al silencio, a la palabra, a la poesía.
Uno camina huérfano hacia la muerte, uno está solo con su propia soledad. No hay ídolos ni fantasmas. No hay enramadas ni piedras golpeándose en el agua. Uno está solo. Es la nada abrazando su vacío. Recuerdo a Rilke una vez más: no tengo amor, ni amada, ni casa, ni lugar donde vivir. Y todo aquello a que me entrego se enriquece a mis expensas. Y es verdad, después de leer Magnolias para soledad del poeta Juan Carlos Capetillo, estoy al extremo enriquecido. Su voz es un canto de magnolias cargadas de esperanza, de amor y de futuro, una expresión poética que solamente puede decir aquel, retomo una de sus líneas, que regresa descalzo del olvido.

Caloclica, Ciudad de México, julio de 2019









jueves, 27 de junio de 2019

Genaro González Licea: nada espero…





“Nada espero ni busco ya,
soy como el viento que toca al viento.

Es tan grande esta soledad,
este olor a invierno y sepultura,
que mis brazos se deshebran si me abrazo.
Ya ni los muertos me acompañan en mi fosa,
solo su voz que suena como piedras tristes tiradas al olvido”.

Del libro Tumbas en el olvido de Genaro González Licea


Genaro González Licea: se necesita coraje…





“Se necesita coraje para caer y levantarse
con los pies y las manos amputadas,
hablar con el dolor a solas,
tocar en silencio lo que uno nunca ha sido,
sentir el peso de la muerte a solas,
la soledad plena de estar por siempre solo,
muy solo, terriblemente solo”

Del libro Tumbas en el olvido de Genaro González Licea








sábado, 4 de mayo de 2019

Genaro González Licea, presentación del libro Al este de la luna de Diana Lucinda González de Cosío



Al este de la luna o el asombro del instante en el haiku
de Diana Lucinda González de Cosío

Ante esta selva de asfalto y clonación mental que vivimos. Ante esta cultura del cortar y pegar, y la permanente sensación de vivir en un mundo virtual que nos arrastra al vacío, encuentro un remanso de poemas cortos, un manantial de letras frescas que destilan en la pureza del agua, de la soledad hecha de piedra, del subsuelo donde fluyen los instantes de su origen que nadie sabe explicar más que el viento y el silencio que ahí estuvieron. Aromas verdes, azules, amarillos de tantos soles dormidos en el tiempo, de tantos sueños empapados con ese rocío que solo habita al este de la luna.
Encuentro, en fin, la integridad del instante espiritual del ser humano con la naturaleza, o dicho de otra manera, una visión de mundo que me lleva, con suma delicadeza, a la contemplación de la naturaleza en armonía con la vivacidad del alma.
Efectivamente, me refiero a esa visión de mundo que Diana Lucinda González de Cosío, plasma al este de la luna, libro de haikus donde la sensibilidad de nuestra poeta acaricia el instante, único, indivisible e irrepetible, con el propio devenir del tiempo, con la naturaleza, también irrepetible, del viento, del fluir del viento.
Esa conjugación del instante González de Cosío la expresa en la contemplación del paisaje, del viaje permanente que vivimos hasta encontrarnos más allá de la soledad del vacío, suceda esto cuando viene el barrunte (el olor lejano que nunca se ha ido) y el jardín de antaño reverdezca, o en Malinalco donde hay un árbol de copal, sólo una libélula y la neblina, la fosca de invierno; o más todavía, en Akumal, La Habana o la India, donde al horizonte/la bruma en la bahía/ciñe el espacio.
En todos estos lugares, en todos los haikus de este hermoso libro, está el eco pulcramente logrado, finamente pulido y conjugado, de la contemplación y el encuentro del instante, de la sensación del instante para ser precisos, del “aquí y ahora” del que hablaba, entre otros Basho.
Sorprende, me sorprende, la naturalidad con la que se expresa la conjugación entre las sensaciones del alma con el alma misma, y del alma al tocar el olor del viento, la naturaleza, el mar exterior en que vivimos, el permanente viaje en el que vamos. Un ejemplo de ello nuestra poeta lo asoma así: Rudo verano/los pájaros y flores/gozan la sombra./Disfruto el silencio/de mi respiración.
         Agréguese a lo anterior, la forma tan bella de exponer el haiku, impecablemente cuidado y trabajado palabra por palabra, línea por línea. La forma del haiku sería todo un tema que me disculpo no abordar aquí, pues para mí su usual construcción de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, no es sino la llave para acercarnos con sumo respeto a una cultura milenaria, a una forma de ser, a una filosofía y expresión espiritual donde la contemplación es el resultado de un equilibrio espiritual con los elementos propios de la naturaleza y de esa cultura que le vio nacer.
         En lo personal, después de leer a Diana Lucinda, confirmo la idea de que el arte del haiku es esa pincelada de silencio, de comunión, entre el misterio de la esencia espiritual de uno mismo y de las cosas, y la sensación del instante en que esa esencia es concebida. En ella no hay gritos ni palabras encendidas. Hay sencillez, armonía y silencio, mucho silencio, contemplando la desnudez de la neblina, del invierno, del otoño, de las hojas, de la vida. Doy un ejemplo: Tras una mirada/transcurrida la noche/queda la brasa. Otro más: Aún no hay viento. Sólo las piedras se mueven/ entre mis pasos. Y uno más para despejar la más mínima duda: Aire densificado/casi viento/casi agua/casi vientre/casi origen.
Su voz late, respira, suspira. Su aliento interior se hace presente una y otra vez para recordarnos el paso de las estaciones del año, el olor de las flores, el silencio que deja el camino. Ella lo dice así: Arrastra el viento/a una flor marchita,/hasta perderla.
Estoy francamente asombrado de esa gran sensibilidad y capacidad contemplativa de González de Cosío, de su manejo de los silencios y los vacíos, como parte integrante del haiku, de su incuestionable sutileza para esbozar los sentimientos y las ideas, lo cual permite respirar a los lectores, y llevarnos, como flotando, a que uno, por sí mismo, concluya la idea o reflexión, o bien, que partiendo de lo ya dicho, de la piedra de toque puesta ya, uno genere su propia contemplación. Escuchémosla una vez más: día nublado./Hoy no siento los pies/en tierra firme. Qué agregar, que decir. Solo uno sabe la raíz de sus emociones.
Es de agregar que esta virtud que le reconozco ampliamente a nuestra poeta, es lo que, me parece, nos acerca y hermana mucho más al haiku, a su complejidad y sentido profundo, cultural y filosófico que tiene. Ello es así, porque, hasta donde entiendo, el haiku es realmente intraducible, complejo en sus raíces y emociones culturales. Entender las cosas de distinta manera, nos llevaría, me parece, al riesgo de ver al poema que nos ocupa, como tres líneas breves, deshilvanadas y hasta cierto punto colmadas de simplicidad, cosa que sería un gravísimo error.
Son interminables las cosas que se pueden decir sobre este hermoso libro de Diana Lucinda González de Cosío, custodiado tanto por un espléndido prólogo de Cristina Rascón, como por la puntual y sensible introducción de Ilán Semo.
Por mi parte, permítanme agregar dos cosas más sobre este maravilloso libro de haikus. La primera de ellas es remarcar la envidiable forma de plasmar sus emociones con relación a la fuente original de la vida, sea esta la tierra, el agua, la luz, la sombra o el silencio. La conciencia de la vida y de la muerte, y del vacío que siempre permanece. Esas piedras angulares, esos orígenes superiores, orígenes madre, Diana Lucinda los hace florecer en nueve haikus ubicados en un apartado que llamó: ¿Eres tú, madre?
En ellos nuestra poeta contempla el origen, la madre, la madre del tiempo y la naturaleza, como la raíz de una planta en flor que mira al atardecer. Es la profundidad del silencio que sube a la neblina en plena madurez, para ver, después, la caída de la tarde. Escuchemos su voz: Sigo unas huellas/ya después de trazadas/¿Eres tú, madre? Sin embargo, me parece que también nos muestra el interior mismo de nuestra poeta, la cual, por un instante, reencontró sus raíces y sintió el peso del fluir del tiempo. La vida es fugaz, efímera, un tallo, una flor que se abre y se marchita. Es una estación a la cual todos habremos de llegar. Diana Lucida, para mí, también miró de cara a la vida, al lado de la muerte y del vacío.
La segunda cuestión que me interesa comentar sobre Diana Lucinda González de Cosío, y con ello concluyo, es su muy propio y natural espíritu viajero. Nuestra poeta es una viajera natural, viajaría, incluso, sin necesidad de salir de un calabozo. Tiene ese deseo de volar y caminar tanto en su propio interior, como en otras tierras. Espíritu que lo muestra en todos sus poemas, por ejemplo en este: Pecho amarillo/te he visto inclinado/como sin alas/sintiendo que hoy te vas/más yo soy el que viaja.

         Son viajes internos que se agigantan al conocer otros caminos. Diana Lucida González de Cosío es la poeta viajera. Marcha, como Basho, “bajo un cielo incierto”, e igual que él, es como “una hoja que arrastra el viento sin saber adónde”. El siguiente haiku es de Basho, pero bien puedo haberlo escrito nuestra poeta: lluvia de invierno:/me llamarán, ahora,/el viajero”


Genaro González Licea, Diana Lucinda González de Cosío (autora del libro), Manolo Mugica y Felipe Galván Rodríguez, en la presentación del libro: “Al este de la luna” de González de Cosío. Museo del Estanquillo. Colección Carlos Monsiváis, 4 de mayo de 2019.

Fotografía de Askari Biyiwe.