sábado, 23 de junio de 2018

poema de GENARO GONZÁLEZ LICEA






EL SILENCIO INDIGENTE
ASOMA SU DOLOR EN LA MISERIA



El silencio indigente asoma su dolor en la miseria.
Mis pensamientos se van entre las hojas.
Camino sin sentido llevado por el viento.


El calor de mi sombra cubre lo frío de mi piel vacía.
Un recuerdo hecho pedazos reclama lo que nunca he sido.


Soy un indigente que duerme en el dolor de su presagio,
en un tiempo que engendra el cadáver donde vivo,
la miseria de un hombre sin entrañas,
la sombra de una rama que me mira.


He dejado de ser yo de la punta de la lengua al sueño de mis pies dormidos.
Descanso a cielo abierto en un rostro que no es mío,
o es tan mío que ya no sé si es aquel que un día me enterró entre el maíz y el barro,
o es este que muerde sin mí el amanecer dolido.


Un muerto se levanta rezándome al oído.
Estoy más allá del vacío, más allá del fondo de la nada.
Estoy donde el silencio se queda sepultado,
donde uno come brasas y masca su desdicha en el musgo del cascajo.


La indigencia es una herida interna que lleva a la desnudez de la miseria.



Genaro González Licea
del libro: El silencio y la sombra
Apartado: La indigencia en las entrañas

© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.


poema de GENARO GONZÁLEZ LICEA





QUIERO SER ESTE Y EL OTRO







Quiero ser este y el otro y aquel que ha dejado de ser yo.
Quiero quitarme esta sed de la memoria,
esta sed invisible que me escurre por los ojos,
esta insaciable soledad de estar vacío.


Quiero desatar mi sombra de este tiempo que no existe,
de este naufragio que nos mira,
de esta ilusión que pisa lo que nunca se ha pisado.
Desierto donde habita un ser sin sepultura,
la intimidad de la nada,
el silencio que en silencio muere.


Quiero que cese esta esperanza que me duele,
este deseo de caminar con mis pies amputados sobre el río,
esta oscura oscuridad donde la luz es negra,
y el mañana se entierra a sí mismo al recordar su nombre.


Quiero encontrar el sueño que no tengo,
la lengua que he perdido,
el día que se va y jamás regresará a morir conmigo.


Punza este viento indigente que cubre la miseria donde vivo.
Esta sequedad en mis entrañas donde una parte de mí se separa de los ojos.



Genaro González Licea
del libro: El silencio y la sombra
Apartado: La indigencia en las entrañas

© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.









GENARO GONZÁLEZ LICEA Ocho poemas de El gato


















¿El gato es gato o soy yo un gato?
Me gustaría descifrarlo ahora.
Vacilo, dudo, decido hacerlo y no hacerlo.
Recuerdo.
Mi voz descansa sobre las hojas que descienden,
mis palabras se derriten en los labios.

Mi tristeza tiene el peso exacto de mi infancia.




***
El presagio cotidiano de la muerte,
lo permanente de morir a cada instante,
hasta que un día todo concluya.





***
Mis recuerdos caen sobre las hojas,
son ráfagas de luz,
mosaicos de vida que nunca vivirán.

Fueron aborto de infancia y destino.




***
Hay un recuerdo vacío,
enigmático,
estéril,
tal vez un sueño.

Me veo desterrado de mi mismo.
Camino a paso lento. 
Entre mis manos escucho un viento que se va.
Despierto en el centro de un cementerio,
doblo mi sombra
y tiendo mis propios pasos sobre el césped y el rocío.




***
Carezco de fortuna y si la tuviese,
la emplearía para comprar un bote de basura,
una cama, una silla y una mesa.
Una hoja en blanco, un lápiz.
Después dibujaría de mil y una maneras el alma de mi gato.
Crearía mis propios fantasmas,
le daría vida a mi vida;
al interior de la vida de mi vida.



***
Nunca pude tener un gato.
Acariciar su pelo y con ello
tener la ilusión de sentir las caricias
que no recuerdo haber tenido de mis padres,
de alguien que me diera aliento para seguir de pie,
comiendo la carnosidad de las cáscaras de fruta
dejadas en la soledad de un bote de basura.

Nadie lo comprendió en su momento.
Pero tampoco tenían la obligación de entenderlo.




***
Yo no sé si es el afecto por mí mismo,
el odio o el rencor,
los que pudren ahora la esperanza que formé para sobrevivir.
Sólo siento rodar mi sombra,
consumirme en una ilusión que no existe.
Extrañar lo que nunca he tenido.




***
Las palabras dejan un hueco en mi pensamiento.
Los gusanos pululan y avanzan sin sentido.
Mi sombra se diluye, nada qué hacer.
Vigilar mi sombra.
El dolor despeja mi camino.

Genaro González Licea
del libro: El desahuciado, el gato

© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.


GENARO GONZÁLEZ LICEA del poema Adiós
















7 de abril

Solo.
Tomo café y pienso, pienso, pienso.
Mi cabeza se hunde.

Después del recuento,
un paisaje que recordaré siempre:
sol, luz, agua.

Despierto, veo mi cuerpo,
¡Vivo!
Debo seguir.
Genaro González Licea
del libro: El desahuciado, el gato

© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.

GENARO GONZÁLEZ LICEA del poema El desahuciado






  
He perdido el deseo de vivir y de morir.
He perdido mi sombra, mi camino, mi destino,
hasta la hora incierta de mi  muerte.
La rutina se impone,
Todos saben de qué y cuándo moriré.
Mi mundo está en otra parte.




v 


De mí no queda más que el desahucio,
la pena de ver mi muerte
en los ojos que me miran.





v 
Desahuciado,
busco y encuentro el amor
en todas las cosas y seres vivos.

No hay  rencor ni odio.
Amo sin las ataduras que da el amor.
Libre de mí mismo, de alguien, del mundo.

¡Para ser libre se requiere desamor,
a los 39 años lo he entendido!

Pedazo a pedazo,
todo mi pensamiento cae en ruinas,
languidece, muere, crece, ríe, se agiganta.

Menciono el nombre de Frida y el de Ingrid Libertad,
y su sonido produce la más pura canción
alrededor de mi vida,
un canto tornasol que me sigue al infinito.


Genaro González Licea
del libro: El desahuciado, el gato
© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.


Cinco poemas de GENARO GONZÁLEZ LICEA del libro: El desahuciado, el gato









Recuerdas
que juntos vimos caer la tarde.

Hoy vuelve a caer ...
Y siguen las piedras.



v 


Tu rostro
es la desnuda sencillez del día más triste.

Cúbrete en mis ojos
y dame la mirada que no tengo.




v 


De mis adentros nace el vacío de mi camino,
Me hundo en lo más profundo de mí,
me desgarro y muerdo a solas mis entrañas.
Amaso con mis dedos la existencia,
recobro mi nombre y camino con la dignidad a rastras,
sin culpas, sin penas,
sin el dolor amargo de mirar el tiempo.




v 


Un día me perderé,
sin rostro ni brillo ni oscuridad.

Recuerdo desenterrado, sonámbulo, solo.
Íntimamente solo.



v 


Mi cuerpo no alimentará a los gusanos
ni mis huesos a las flores.
Sólo rozaré tu piel.


Genaro González Licea
del libro: El desahuciado, el gato

© Genaro González Licea. Todos los derechos reservados.



martes, 12 de septiembre de 2017

LA SENSANCIÓN DEL INSTANTE Y LA ETERNA ETERNIDAD DE LA POESÍA




A propósito del aroma del haiku de Martha Obregón Lavín

 Genaro González Licea

Leo y releo los haikus de Martha Obregón Lavín y no me canso de disfrutar, admirar y reconocer, su gran sensibilidad para expresar su amor a la vida, a la naturaleza, cosas, olores, sonidos, silencios, vacíos y, en general, a la unidad del ser humano en el cosmos. De su lectura se desprenden un sinfín de matices, colores, sorpresas y paisajes. De cada palabra, no digamos de cada haiku, escurren preguntas, reflexiones e imágenes al por mayor. Y eso se debe, me parece, a que en ella la nada, el silencio, la contemplación, el acercamiento humano con el todo y el todo con uno mismo, en su forma más íntima y desnuda, es casi un acto mágico, revestido de impresionante sencillez y complejidad al mismo tiempo.
Al leerle, recordé emocionado la primera parte de un poema de Rilke, en la cual podemos ver y sentir la vida con la sencillez de la vida misma. No te empeñes en comprender la vida, nos dice, y, así, “será una fiesta para ti./ Acepta los días/ como el niño recibe del viento/ pétalos de flores, cuando va de camino”. Mi reconocimiento a Martha es y será múltiple e impagable. Su sencillez ilumina su escritura, nos lleva al encuentro de la esencia de las cosas. Nos allana el camino de ida y de regreso: Blanco y azul,/ el techo de los árboles,/ de pronto es rosa.
La naturaleza, igual que el espíritu del viento, del agua, del firmamento, es universal, como también lo es la cultura que la interpreta, la sensibilidad que lo aborda y se acerca a las entrañas de su esencia. En realidad, cualquier espíritu que respete al otro, en su forma de ser y actuar, respeta a la cultura en sí misma, en su tiempo, espacio y movimiento.
Es el caso del haiku y de las personas, como Martha Obregón, que tienen la sensibilidad de escribirlo. Me parece que gran parte de la esencia de esta forma de escribir poesía, es la sencillez con la cual nos lleva a la contemplación de lo esencial de la naturaleza y, de ninguna manera, o muy rara vez, a la confrontación de ésta. Cuestión muy peculiar de la sabiduría japonesa que nos atrapa y nos cobija y, sin duda, del carácter, sensibilidad y forma de ser de nuestra poeta, quien, además, tiene la virtud de que, respetando el origen de esta forma poética, intenta encontrarse en ella y desde ahí crear y recrear su mundo y su percepción de él, sin trastocar su esencia. Situación más que válida y, para mí por lo menos, envidiable, pues, al hacerlo, no queda atrapada entre dos mundos, oriente y occidente para decirlo en breve, y sí, en cambio, en uno propio, su mundo poético pincelado con la estética, matices y vivacidad propia de una obra de arte.
Nadie se asombre si encuentra en Obregón Lavín haikus clásicos y no clásicos, poemas cortos o pinceladas de amor. En general, yo diría que Martha escribe haikus con el respeto absoluto a esta forma poética y, a partir de él, busca su propia expresión artística, sin dejar a un lado su visión de mundo y una cultura muy suya que le lleva a interpretarlo en congruencia con nuestro tiempo.
En su poesía expresa bellamente la emoción de mujer hecha de barro que presiente peligros y emboscadas: “Nubes grisáceas/ dibujan en la luna/ tristes presagios. Describe el temor a la muerte y a la vida misma, a la soledad de estar desnuda frente a la desnudez del alma. Nos hace envejecer y sentir el peso de la pequeñez que somos en este cuarto oscuro, manantial de imágenes que fluyen, sombras que al mismo tiempo son amor y sepultura: El cuarto, oscuro./ Se abre el cosmos sin ti:/ temo a la muerte.
Nuestra poetisa no se detiene nunca. Como “un ocelote de mirada tranquila” acaricia lo incierto de la vida, lo cambiante del tiempo, lo efímero que somos. Hace del cosmos una imagen múltiple que arrulla a la eterna eternidad de nuestro instante, a nuestra humana soledad en líneas de agua, silencios, luz, sonidos, voces interiores que interpretan la simplicidad de lo que somos, del mundo, de la vida, del devenir de la vida. Hay una sensibilidad en ella, muy suya, muy íntima que nutre el alba y el ocaso que todos somos: En el abismo,/ un pájaro recobra/ la luz del alba.
Sus poemas nos llevan a un interior sin fondo, a una respuesta sin alas, a una reflexión que duele, y ella lo sabe bien, por eso solamente nos asoma a la respuesta, a una interrogación sin ojos, a la sombra de una eternidad sin tiempo: Quietos los árboles./ Ladridos en la sombra./ Pasa un espectro. Sí, nos lleva sin florituras a un lugar donde es posible que una rama seca me diga la estación del año, pero también la eterna estación donde la vida empieza, donde el agua corre y también se estanca, donde las hojas gestan su aroma a tierra y su amor de madre. A fin de cuentas la esencia del mundo es una rama seca que muere y nace al mismo tiempo y en cada instante. Es un amor que respira al ver las flores igual que las espinas: La rama tiembla,/ una gota dudosa/ cae, y expira.
En ella, incluso, hay poemas donde las palabras no son palabras, son vacíos que respiran más allá del silencio, son recuerdos que dan escalofríos, grietas de soledad que solo el que las carga sabe: Una fisura/ fría como esta lluvia/ es tu recuerdo. Su finísima sensibilidad me cautiva, más todavía cuando arropa los secretos del alma, los secretos íntimos que la vida nos da, los que guardamos en el olvido, en una parte muy nuestra que hasta nosotros olvidamos, pero están ahí, con ellos caminamos, reímos, lloramos, y sin ellos dejaríamos de ser lo que en este mundo somos: Sin deshojar,/ la blanca margarita/ guarda el secreto. Secretos en los que insiste con el mismo sosiego y resplandor cuando nos dice: Amaneciendo/ secretos de neblina/ susurra el aire.
Pero en ella también hay un espíritu capaz de acariciar a un tigre hasta dormirlo, ternura poética escrita con la fuerza de un volcán acariciado por el viento, por ese canto sutil carente de maldad, limpio como el sonido del silencio en el silencio, ligero como la brisa que acaricia el mar, me refiero a sus haikus dedicados a la infancia, entendiendo por ésta la limpieza del alma de todo ser humano en una edad cualquiera, limpieza que muchas veces se esconde, más nunca nos deja, siempre está en nuestro interior más hondo, ahí, siempre leal: Ladra nervioso,/ rabioso o juguetón./ Siempre leal. Su poesía dedicada a la infancia, desde Mi libro de haikus. Poemario ilustrado para niños y niñas, hasta ésta que me lleva a escribir éstas líneas, nos deja ver su ternura y amor por las personas, amor humano de verdad humano, ese amor y ternura tan íntimo, tan limpio que muchas veces ya no queremos ni sentirlo, porque es posible que peligre nuestra coraza humana y quedemos más solos que nunca: Lombriz: ¡cuidado!/ una gallina hambrienta / sin compasión.
Solamente a una persona que le duele el desamparo, la miseria y mezquindad en que vivimos, nos puede alertar de los peligros y la violencia que enfrentamos. Martha lo hace en varios tonos y colores, uno de ellos es este: Asaeteada/ por años en el mar…/ ¡Ya nunca más!, otro, escrito con la misma belleza y sinceridad, es donde nos muestra su tristeza al ver la destrucción en que vivimos: Triste destino:/ el muérdago y el hombre/ matan al árbol.
En ambos casos, en el fondo habita la soledad y el vacío, el duelo por lo perdido, por la parte que uno mismo perdió al perderse lo perdido: Ya no se escuchan/ las gaviotas lejanas./ Chocan las olas. En ella habita un dolor que nos cimbra de pies a cabeza y nos invita a aceptarnos como somos: Rompió la ola,/ rodaron caracolas,/ quedó la espuma. Y es entonces cuando, en el ocaso/ la alondra conmovida/ espera el alba, y nuestra poeta nos asoma de lleno al horizonte, a la vida, a la plenitud de la vida, con una belleza sin igual: Silentes nubes/ dormidas en los campos:/ nace el rocío.
Nace así una esperanza en la ventana, “en la ventana de la esperanza” donde mil alfileres se perdieron. Poemas de luz escritos con espinas, interrogantes que abren y cierran el resplandor del alma, el aroma de una piedra, la espesura del mar: ¿Serán salobres/ las hojas del manglar?/ El mar lo sabe. Quién es el mar, quién el manglar, quiénes las hojas. Son pinceladas que interrogan la existencia. ¿Será salada el alma del pescador que humedece sus recuerdos con la brisa del mar?, preguntémosle al pescador, al mar de recuerdos y abandonos que se esconde entre nosotros: La golondrina/ deja en el abandono/ cielos del norte.
Cuando aparentemente todo está dicho, nuevos veneros surgen de la poesía de Obregón Lavín. Convencido de la imposibilidad de agotarlos, digo tan solo, con el riesgo de equivocarme, que percibo en ella un espíritu renovador en su haiku, pues, como ya dijimos, respetando esta forma de escribir poesía, intenta plasmar su propia voz y dimensión humana. La naturaleza es universal como las hojas, como el viento, como el agua, pero la forma de acercarnos a ella nos hace distintos y tal vez únicos. La contemplación tiene mucho de presente, y el presente es la compleja realidad donde vivimos. Surge así, por ejemplo, el guajolote que “vive en el corral con su collar de granates”, los “suaves nenúfares que “flotan desentendidos del ajolote”, y “un ocelote/ de mirada tranquila:/ el mediodía. Y lo que logra, según mi forma de ver, no es solamente una expresión poética muy suya, muy propia, sino además, asomarse a una cultura originaria muy nuestra, cuyo origen es un idioma que bien podemos ubicar de palabras cortas, dulces y sonoras.
Siempre es saludable encontrar un Masaoka Shiki que revolucione y, al mismo tiempo, fortalezca tanto el legado de Issa, Basho y Buson, como a la literatura japonesa en particular y a la universal en general, pero, sobre todo, a la esencia misma del haiku, el cual siempre mantendrá la sensación del instante y la eterna eternidad de su poesía.


Ciudad de México, agosto de 2017.