Soy un hombre desolado, la angustia y la pasión me abruma. Después de una risa una tristeza. No soy dócil ni me humillo para tocar el cielo. Soy lo que pienso, y lo que pienso no es del otro mundo, es tan común y cotidiano como amasar la tierra y hacer adobes. Amo a poetas como Rilke, Otto Rene Castillo y Jaime Sabines, por ejemplo; sin embargo, el desapego a dioses y poetas es mi constante.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
jueves, 6 de enero de 2011
Enfermedad incurable*
Si es mi destino el tener una enfermedad incurable, nadie se angustie por ello, déjenme en paz mis últimos días. Recuerden a Hipócrates al referirse a los enfermos de cáncer: “aquellos que padecen cánceres ocultos, lo mejor es no curarlos; porque con cualquier tratamiento perecen. Viven más tiempo cuando no se les cura”.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
Mi vida languidece*
Ya no tengo fuerza para reiniciar. Les he pedido a mis amigos que respeten mi soledad, mi tristeza que se extiende como el atardecer después de una lluvia.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
Los indigentes*
Nadie sabe si amo u odio porque he aprendido
a esconder ante todos la índole arriesgada,
siempre arriesgada, de mis propios sentimientos.
Onofre Gil
Los indigentes. Abatido por la sombra de la luna, el indigente muerde con más fuerza su dolor. El silencio se aleja. Sabe que un día morirá llevando consigo el desprecio de la gente, tal vez incluso, de sí mismo. Con el paso del tiempo qué importa si modificó su fe, o la perdió o transformó; ¿a qué indigente le interesa ser “nuevamente” lo que fue?
Los indigentes son prácticos; recorren caminos que no son nuestros; tienen un olor penetrante que les une y les desune. Los indigentes se aman uno al otro como dioses, piensan distinto a nosotros, su caminar sin rumbo es su consuelo, su dicha de seguir viviendo. Para ellos nosotros somos locos. Ellos no sufren por la pérdida de un ser querido, ellos saben que la muerte es realmente natural y normal, y no tiene porque generar vacío en ser alguno. Ellos se despiden del mundo cada vez que cierran los ojos, no saben si despertarán, si su voz delgada y rota se quedará por siempre al ras del suelo.
Los indigentes ríen de las prisas, del prestigio social; para ellos la gente no es otra cosa sino gente. Los indigentes se muestran alegres, complacidos, satisfechos, cuando comen y comulgan en los desperdicios que la gente arroja a la basura.
Para la sociedad los indigentes son locos. Locos que se unen y se aman y habitan en lugares donde solamente viven ratas. Para la sociedad los indigentes están locos cuando lo único que existe es la visión de un mundo diferente.
Los indigentes aman, odian y mueren como cualquier persona; sueñan, imaginan, sienten; adoran a sus dioses, llevan a cuestas sus fantasmas y sus muertos, sus desencantos, sus enfermedades y sus amores.
El mundo del subsuelo no está exento del amor y del dolor. Los indigentes también ríen a carcajadas o sonríen simplemente, viven a pleno sol el recuerdo de alguien que aún aman; pero también lloran sin ruido alguno cuando las horas caen cansadas en los poros de la cara, como un presagio que les dice la fecha de su muerte, y lo saben muy bien porque su sombra inicia el rito final: se anuda enfrente de su cara. Nadie les enterrará, lo saben. Su sombra simplemente se unirá con otra.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
a esconder ante todos la índole arriesgada,
siempre arriesgada, de mis propios sentimientos.
Onofre Gil
Los indigentes. Abatido por la sombra de la luna, el indigente muerde con más fuerza su dolor. El silencio se aleja. Sabe que un día morirá llevando consigo el desprecio de la gente, tal vez incluso, de sí mismo. Con el paso del tiempo qué importa si modificó su fe, o la perdió o transformó; ¿a qué indigente le interesa ser “nuevamente” lo que fue?
Los indigentes son prácticos; recorren caminos que no son nuestros; tienen un olor penetrante que les une y les desune. Los indigentes se aman uno al otro como dioses, piensan distinto a nosotros, su caminar sin rumbo es su consuelo, su dicha de seguir viviendo. Para ellos nosotros somos locos. Ellos no sufren por la pérdida de un ser querido, ellos saben que la muerte es realmente natural y normal, y no tiene porque generar vacío en ser alguno. Ellos se despiden del mundo cada vez que cierran los ojos, no saben si despertarán, si su voz delgada y rota se quedará por siempre al ras del suelo.
Los indigentes ríen de las prisas, del prestigio social; para ellos la gente no es otra cosa sino gente. Los indigentes se muestran alegres, complacidos, satisfechos, cuando comen y comulgan en los desperdicios que la gente arroja a la basura.
Para la sociedad los indigentes son locos. Locos que se unen y se aman y habitan en lugares donde solamente viven ratas. Para la sociedad los indigentes están locos cuando lo único que existe es la visión de un mundo diferente.
Los indigentes aman, odian y mueren como cualquier persona; sueñan, imaginan, sienten; adoran a sus dioses, llevan a cuestas sus fantasmas y sus muertos, sus desencantos, sus enfermedades y sus amores.
El mundo del subsuelo no está exento del amor y del dolor. Los indigentes también ríen a carcajadas o sonríen simplemente, viven a pleno sol el recuerdo de alguien que aún aman; pero también lloran sin ruido alguno cuando las horas caen cansadas en los poros de la cara, como un presagio que les dice la fecha de su muerte, y lo saben muy bien porque su sombra inicia el rito final: se anuda enfrente de su cara. Nadie les enterrará, lo saben. Su sombra simplemente se unirá con otra.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
miércoles, 5 de enero de 2011
Para evadir lo adverso*
Para evadir atmósferas, espacios o actitudes adversas, haz las cosas que tengas que hacer con un esfuerzo triple, con una carga adicional a la carga normal.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
*González Licea, Genaro, Aforismos, Apropósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
domingo, 2 de enero de 2011
La vida es una partida de ajedrez
Ante ningún nuevo conocido soy capaz de
mostrar tibieza o frialdad. El encuentro es mi volcán.
Elías Canetti
Por situaciones que tiene la vida, día a día, ineludiblemente, estamos frente a frente con nosotros mismos. La vida, igual que la muerte, minuto a minuto se tiende a nuestros pies; parecería que actuamos en un gran tablero de ajedrez donde por momentos nos perdemos, precisamente porque la vida es un doble juego, una doble partida, un tablero en movimiento donde los peones somos nosotros mismos. Participamos en un tablero social y otro interior; en el primero están nuestras piezas en conflicto, íntimas, que actúan de tú a tú. En el segundo, somos peones, alfiles, torres, damas, reyes o caballos. Somos piezas que mueve la vida.
*González Licea, Genaro. Aforismos, A propósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
La vida: lucha interior y exterior donde uno se encuentra y reencuentra hasta llegar a la última partida
La vida es una lucha interior y exterior donde uno en forma permanente se encuentra y reencuentra hasta llegar a la última partida, aquella donde uno se enfrenta a sí mismo con la dicha de vivir hasta el último momento, y, al mismo tiempo, de morir con la satisfacción de haber intentado ser siempre uno mismo. Después del último momento, la nada, la eternidad, una molécula incrustada en el tiempo.
La lucha interior y exterior de la vida influye mucho en la actitud y autenticidad con que vivimos. Ser nosotros mismos, vivir nuestra vida con nuestro espacio de libertad. Aquí no hay reglas, cada quien se acerca a la vida y a la muerte en forma diferente. La mayor crueldad es vivir y morir en otro, ser un todo sin consistencia, una masa social anónima, sin proyecto ni sentido, ni definición propia.
Esta peculiaridad de cada persona en su actuar de vida, Stefan Zweig la ejemplifica muy bien en Una partida de ajedrez. Sus personajes son Mirko Czentovic y el doctor B. El primero, un campesino yugoslavo adoptado por un párroco que todas las tardes gustaba jugar una partida de ajedrez con un amigo militar. Un campesino que observaba cada movimiento de piezas, incluyendo al cura y al militar. Un campesino “incapaz de escribir una frase sin faltas de ortografía”, incapaz de sostener pláticas extensas. De ahí su parquedad y su silencio. Ese campesino, con el paso del tiempo, llegó a ser campeón mundial de ajedrez. Su secreto: fortalecer su debilidad, su carencia de dotes intelectuales, y remarcar su rasgo terco e indiferente de abordar lo cotidiano de su vida. Una jugada, un acto, una decisión siempre la tomaba con absoluta frialdad e indiferencia. Lograba estar inmóvil, insensible, rígido, durante horas y horas frente al tablero y su contrincante, frente a cualquier acto de su vida, aunque en su interior, en su tablero interno, habitaba la turbulencia, la reflexión crítica, el cálculo matemático e impecable de decidir.
Por su parte, el doctor B., un hombre culto, de gran capacidad de abstracción. Una persona recluida por años en los campos de concentración nazi. Ahí vivió sin noción del tiempo y del espacio; los días pasaban sin fecha, insípidos como una vida sin proyecto, como un pedazo de trapo masticado. El doctor B. era “un esclavo de la nada”, una persona encerrada en un pequeño cuarto día y noche, noche y día, “aislado, sin ver ni hablar más que con sus interrogantes”. Dentro de esta locura llegó a sus manos un libro que contenía ciento cincuenta partidas de ajedrez de los campeones del mundo, fue su fuga, memorizó jugada a jugada, reconstruyó mentalmente las partidas “desdoblándose” en cada una de ellas, él era opositor y oponente, jugaba en un tablero interior y en otro exterior al mismo tiempo. Cada jugada fue una fuga, un bálsamo diría Rodolfo Bucio, que le permitió “bloquear” los recuerdos del tiempo, más aún, los recuerdos del tiempo vivido en prisión.
*González Licea, Genaro. Aforismos, A propósito de la vida y la muerte, la desesperanza y el desencanto humano, Amarillo editores, Derechos reservados, México, 2000.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
