La poesía es silencio en libertad. Es la libertad del silencio
que deja la expresión de un sentimiento, el infinito, el ser. Es un asomo a la
intimidad y a la efervescencia del ser, a la llaga donde la vida nace y muere y
se transforma.
La poesía, igual que la vida, es la línea en
blanco que dejan las palabras, la voz, los actos del andar en el camino, el
sentimiento que nos toca y nos duele, nos hunde y nos levanta, luz y sombra que
nos llena el vacío de estar siempre vacíos. La poesía, entonces, es el ser, el
alma del ser, en tanto que el poema, digámoslo así, es el cuerpo, la forma, la
expresión de ese acercamiento al ser.
Al caer el
tiempo es
parte de este espíritu de asomo a la raíz del ser, más todavía cuando la
realidad me dice que el tiempo, para mí, como expresa don Carlos Castilla del
Pino, “se adelgaza y es ya, aunque se prolongue tanto como yo deseo,
incomparablemente más breve que mi pasado”.
Sin embargo, la decadencia del tiempo, del
ser, no solamente es propio de la persona, también lo es de las cosas, de la
naturaleza y de la dinámica misma del universo. Nos tocó vivir, afortunados
somos todos, tanto la decadencia de una época como el nacimiento de otra, de la
cual ya no veré su florecimiento. El ser, por su propia naturaleza, nace y
muere cada instante, su carácter indigente es parte intrínseca de su vida,
permanencia y muerte. El ser, por sí solo es alma en pena, la carne por sí sola
es carne muerta.
Es así que, en Al caer el tiempo, existe el intento, lo subrayo, el intento, de conjugar
estas dos grandes esferas. La historia personal y la historia colectiva, la
decadencia de mi persona y la decadencia del tiempo.
Debo decir, por otra parte, que, en realidad,
no sé, con exactitud, qué
encierra Al caer el tiempo. Tal vez
solamente mi vejez o el agotamiento del tiempo, el declive y nacimiento de un
sueño que no existe o la fosa que yo mismo cabe con el paso de los años, uno, a
fin de cuentas, es lo que hace o dejo de hacer. Tal vez el dolor de ver y
sentir la muerte, la muerte del otro que es también mi muerte, la muerte del
ser, del ser pensante, tú, yo, él, y del ser viviente, el que palpita como la
yerba y el agua, o, quizá, sea tan solo la hermosa realidad de saber que el ser
no es infinito.
Mientras tanto, permítanme leer
los siguientes versos:
1
Mi camino es un sendero
donde los muertos florecen con sus penas.
Es un silencio llagado entre mi boca,
una voz muerta que no encuentra su destino.
Alma errante
como la bruma indigente tirada sobre el muelle,
como el tiempo desnudo que busca su voz en mi alarido.
2.
El recuerdo es un instante que nace del olvido.
Es un lamento y un quejido
que palpita en ilusiones que no existen.
Es la sombra de un migrante como yo, como tú,
buscando, siempre buscando,
un fantasma dormido sobre el tiempo.
3.
Los
atardeceres envejecen como yo ahora,
son
cavernas mirando mis pesares,
recuerdos
disecados en mi lengua,
latidos
amargos como el polen errante de mis manos.
La
vejez es sentir la soledad de siempre estar muy solo,
es
un cadáver esperando el calor de su ceniza.
4.
Un cuerpo tirado al andar de su camino.
Un mirar enmudecido limpiando la sangre que el sol seca.
Unos pasos indiferentes que se pierden en las hojas.
Un viento que se lleva el olor negro de su herida.
Una tierra que absorbe sus huesos y sus pasos.
Solo las manos de la luna abrazan el dolor de ese cuerpo que en
silencio se deshace.
5.
Un cadáver mutilado,
niños con lágrimas atadas en la boca,
mujeres desnudas flotando sobre el río,
sobre la luz huérfana del río.
¡Cuántos muertos sin enterrar!
¡Cuánto dolor tendido entre
las piedras!
Quejido de sus ojos en mis
ojos,
muertos míos, mis muertos.
6.
Con el tiempo,
los muertos sin sepultar son las hojas que pisamos,
las flores olvidadas que nos ven,
el polvo que en silencio nos espera.
7.
Las fosas clandestinas
son labradas con las penas de mis huesos,
con la carne deshecha de mis manos,
con el alma mezquina de tus ojos,
de los míos,
de los ojos del tiempo indigente que nos mira.
Concluyo con un poema que, si
bien no es parte de Al caer el tiempo,
sino de un poemario de próxima publicación titulado Silencio y abandono, ello en virtud de que. entre otras cosas,
deseo hacerles partícipe de un sentimiento muy personal que ojalá se cumpla:
No quiero sobrevivir a nada,
ni aplausos ni pedestales,
mucho menos el perdón del olvido.
Busco la libertad de estar solo
y rehacerme en mi propia ausencia.
Busco la bondad del silencio,
la plenitud del mudo abandono
disperso en su propio olvido.
Gracias
a la editorial El Canto de la Alondra
por permitirme estar aquí en Librofest
Metropolitano en la UAM Azcapotzalco, a Marcela, Marcela Romn; Frank Fierro
Brito, por ese hermoso prólogo al libro Al
caer el tiempo y, por supuesto, tanto a Manolo Mugica que me acompañó en el
presídium como a todas las personas que nos dieron la oportunidad de ser
escuchados.
Genaro González Licea
Caloclica, 12 de noviembre 2025.


