POESÍA
Y OLVIDO, UN LIBRO QUE MURIÓ DE AMOR
Un
libro, un libro nuestro es, diría don Antonio Machado, “la ceniza de un fuego que se ha apagado y que tal vez
no ha de encenderse más”. Eso es Poesía y
Olvido, ceniza de un fuego que murió de amor. Sin embargo,
en esa expresión de don Antonio Machado hay un “tal vez” que encierra una esperanza y abre la posibilidad de que
ese fuego apagado pueda encenderse una vez más.
Y esa es precisamente la razón que aquí
nos trajo: hablar sobre este libro de ensayo literario que, en su momento,
murió de amor y hoy su fuego se ha encendido nuevamente. Hablaré de él desde el
recuerdo y gratitud que le guardo, además, la precisión, a mi edad, es todo un
lujo.
Poesía
y Olvido me permitió, para bien, conocer a los amigos,
su calidad humana y literaria y, por supuesto, aprender de ellos, respirar
profundo y seguir. En ese sentido, el libro es un testimonio de gratitud a las
personas que he encontrado en el camino y me permitieron, o efectuar una
presentación o elaborar un modesto acercamiento a su obra, es el caso de “La sensación del instante y la eterna
eternidad de la poesía. A propósito del aroma del haiku de Martha Obregón Lavín”,
y “Búsqueda y ausencia en Soliloquios de Hans
Giébe”, aquí presente.
Martha Obregón Lavín, poeta, pintora,
retratista y docente. Luchadora social de toda la vida y extremadamente
sensible y sencilla, de esa sencillez que ilumina, le cito: “En el abismo, /un pájaro recobra /la luz del alba”. En lo
personal, me parece que Martha Obregón Lavín proporciona un nuevo amanecer a la
esencia del haiku, y así lo digo.
Hans Giébe, por su parte, con una obra,
igual que la de Martha, más que conocida, me detuve en una, solo en una de sus
obras, que a mí me dice mucho: Soliloquios,
también conocida como Solipsismos. En
esta obra encuentro, como lo digo en el libro que aquí se presenta, “una frase
densa y ligera, como agua de manantial, poética, reflexiva y de una sencillez
que solo he visto al perderse una hoja con el viento”, y agrego: “al releerlo me da la impresión de tener en mis manos
un libro que nunca había leído, a pesar de las anotaciones y subrayados hechos,
sin duda, por mí y para mí”.
Por otra parte, en el libro que aquí nos
reúne, también están presentes los ensayos sobre la obra, o para ser preciso,
de una parte de ella, de Enrique González Rojo Arthur, Diana Lucinda González
de Cosío, Lucía Paola Esquivel Mercado, Juan Carlos Capetillo, Otto Rene
Castillo, Lazlo Moussong, y Esquivelho (Horacio Esquivel Duarte) el pintor
jerezano cuya pintura, “naturaleza que
agoniza”, es la portada del libro, la contraportada, es una hermosa
fotografía de Ingrid L. González Díaz, que hace referencia a la cultura griega,
con una leyenda que señala: “lo que una vez fue y aún nos mira. Las huellas del
pasado”.
Dicho lo anterior, bien se puede decir que Poesía y Olvido es un modesto diálogo
con la obra de los escritores y pintores referidos, así como la exposición de
escritos literarios personales con los cuales reinicié, públicamente, dicha
actividad, después de más de cuarenta años de no hacerlo. A esto responde Aforismos a propósito de la vida y la muerte;
El silencio y la sombra, o la indigencia
de la vida y el tiempo, así como Poesía
y olvido, a propósito de tumbas en el olvido. Título este último que dio
origen al libro que hoy se presenta.
Es de mencionar que, en todo mi recorrido
literario, conté con el apoyo sincero y generoso de Enrique González Rojo
Arthur, quien siempre me dio la oportunidad de dialogar con él desde que yo
tenía, si no mal recuerdo, escasos 18 años. Diálogo que se mantuvo hasta unos
meses antes de su muerte el 5 de marzo de 2021. Enrique fue, es y será, una
persona clave en mi formación literaria, educativa y profesional, de la misma
manera que don Pedro Vuskovic Bravo y don Carlos Castilla del Pino; Enrique
Ruiz García (Hernando Pacheco o Juan María Alponte) y don Eduardo Nicol. Insisto,
la presencia de González Rojo Arthur tiene para mí un gran significado. Fue él
quien más me insistió en que diera a conocer mis escritos y, además, que nunca
dejará de escribir. Cuestión que le prometí y espero cumplirla.
Recuerdo aquí que un día estuve en casa de Enrique González Rojo, hacía poco tiempo de haber fallecido el buen amigo de
Eusebio Ruvalcaba. Entre silencios y palabras enlutadas, Enrique me mostro una
pluma muy original de un color verde jade, si no mal recuerdo, y me dijo: “es
la pluma de Eusebio, antes de morir pidió que me la entregaran”. Su servidor ya
no podrá hacer lo mismo, pero mi pluma ya le pertenece. Se diría que es a esta
insistencia de Enrique, a lo que responde su prólogo al poemario de Caloclica que marcó un compromiso
hondamente en mí, lo tituló: “DESESPERANZA
Y POESÍA. En torno a la Caloclica de Genaro González Licea”.
Otro acto generoso de Enrique, de los
tantos y tantos que se dieron, fue el haberme permitido hablar de su obra
poética, en 2019, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, a
propósito de un homenaje a él. Sobre el particular, recuerdo que le pregunté:
“deseas que mencione algo en particular”, “no Genero, expón lo que tú quieras”,
me contestó. En el presente libro hay un breve comentario tanto al prólogo en
cuestión, como mi exposición en la Sala Manuel M. Ponce. El primero se titula Desesperanza y poesía y, el segundo, El devenir del tiempo en la poesía de
Enrique González Rojo Arthur.
Por otra parte, debo decir también que
guardo un hermoso recuerdo de cada una de las obras y autores a las que se
refieren los ensayos literarios contenidos en Poesía y Olvido. Uno de esos recuerdos es que, en cada obra de los
autores ya citados, “vi lo grandioso y efímero del ser humano, el misterio
amoroso del ser, del ser de barro que se extingue con el agua”. “Sí, el polvo vuelve
al polvo, al infinito polvo que recorre la sombra azul que vive en la eterna
eternidad del infinito”. Vi la grandeza de la palabra y la pequeñez e
insignificancia que somos ante el infinito y, sin embargo, nuestra grandeza
está en vivir, en la vida y lo vivido. Escúchese, en lo que uno ha hecho que
suceda.
Otro recuerdo, muy presente en mí, fue
que, al elaborar notas de las obras de los autores, me percaté hasta el poro
más hondo del alma, de la enorme dimensión, peso y densidad que tiene el silencio
y el olvido en la literatura en general, en mí en particular. Somos instante y
eternidad al mismo tiempo, destello de recuerdos, silencios y olvidos. Entendí
que el silencio es un espacio de libertad que da el olvido, y que el ser, para
ser libre requiere del olvido y abandono.
Agregaría,
finalmente, que Poesía y Olvido se compone de trece ensayos y, si
recuerdo bien, once epígrafes. De éstos últimos, permítanme, para concluir,
leer siete de ellos:
1
Siniestro aullido
el del perro que piensa
en su suicidio.
Enrique González Rojo Arthur
20 haikus heterodoxos.
2
Viento otoñal,
para mí ya no hay dioses,
no hay Budas ya.
Shiki.
3
Nunca creí que amar doliera tanto.
Estoy en la miseria, me revuelco
como el pez en la arena, en la imposible
proximidad del mar que creyó suyo.
Rubén Bonifaz Nuño
El manto y la corona (1958)
De otro modo lo mismo.
4
Me voy
pero no te preocupes
si antes del otoñó
no he vuelto todavía.
Otto René Castillo
Poesía (1989).
5
A
pesar de las espinas bajo mi piel,
Abracé
los sueños que olvidé,
Y
besé los recuerdos del ayer.
Lucía
Esquivel Mercado,
del
poema: sobre el tiempo.
6
Muerte,
con tu inocencia que liberas vidas,
que
sólo cumples veredictos
y
efectos provocados por las causas.
Muerte
amiga, carente de amigos,
Muerte
que consuelas, Muerte salvadora,
incomprendida,
rescatista
del dolor,
ladrona
del tiempo.
Lazlo
Moussong
Tibor, mi tío vampiro.
7
¿Qué queda de las alegrías
y penas del amor cuando éste desaparece?
Nada, o peor que nada;
queda el recuerdo de un olvido.
Luis Cernuda,
La realidad y el deseo.
Mi agradecimiento a Casa Manu, La Tertulia
Nacional MX, Sumeru, hermoso referente cultural ubicado en el Centro
Histórico de la CDMX. Casa que nos obsequió la oportunidad de presentar Poesía y Olvido, así como a Hans Giébe quien
me acompañó en este diálogo con todos ustedes.
Genaro González Licea
Caloclica, CDMX, octubre de 2025.


